14 febrero, 2006

El desánimo de los mejores y las perversiones de la institución. Otro post sobre la Universidad, pero éste más personal.

Hay días torvos, y temporadas, épocas en que el desaliento nos puede, no sé, o serán "los heraldos negros que nos manda la Muerte". Bueno, se me fue la mano por el gusto de citar a César Vallejo. Más adecuado a la situación que quiero describir es otro verso del mismo poema, aquel que dice "Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas". Pues a eso voy, a los bárbaros Atilas con sus potros, y al campo yermo que nos dejan tras su paso.
Vengo observando desde hace tiempo un fenómeno inquietante y que a otros, con mayores responsabilidades que las mías, debería preocupar mucho más que a mí. Me refiero al desánimo en que viven los mejores de mis colegas y compañeros, tanto los más próximos como los de otras universidades. Me voy a permitir hablar en primera persona, porque yo tengo a muchos de ellos por maestros y fuente de mis mejores estímulos profesionales. Y lo voy a hacer para decir que es como si arenas movedizas nos estuvieran tragando.
Uno va por los pasillos y se encuentra a los mandangas felices y contentos, de charleta camino de la cafetería o haciendo campaña para ser elegidos para el comité ejecutivo de la comisión provisional de la asamblea supramunicipal de mediopensionistas del gremio de torneros universitarios. Encantados de la vida, oiga, sin dar palo al agua pero con el orgullo del que sabe que hace cosas de importancia. Y luego están los otros, los buenos. Tengo, por fortuna para mí y para general indiferencia, compañeros con curricula apabullantes, auténticos investigadores de primera, docentes inquietos e innovadores, intelectuales completos, académicos por los cuatro costados... y no les hace caso ni dios, con perdón. Me refiero a que la Universidad en que laboran pasa de ellos como de auténticos apestados. Y luego nos cuentan aquello de la calidad y la competitividad. Sí, vida, y yo con estos pelos. Ahora prueba con un masaje un poco más abajo, a ver si empiezo a sentir algo. Porque esas milongas de la calidad, la excelencia y los objetivos de primera división yo ya no me las creo, ¿sabes? Llevo mucho tiempo viniendo por este club y os conozco a todas, corazón.
He tenido bastantes conversaciones esta temporada con esos compañeros a los que quiero y admiro. Y siempre terminamos igual: esto se acabó, a nosotros sólo nos queda refugiarnos en los cuarteles de invierno, el que venga detrás que arree, este hedor es insufrible, etc., etc.
De verdad que no quiero dramatizar en exceso ni hacer un post lacrimógeno. Y menos aún lograr que nadie sienta compasión de estas personas, pues para nada la necesitan. Su propia capacidad y su formación les proporcionan recursos más que suficientes para disfrutar haciendo lo que de verdad les gusta y para esponjar sus espíritu con actividades más gratas que estas de la brega con una institución atrozmente decadente. Y en eso yo, modestamente, quiero también inspirarme en los mejores e irme con ellos. A la jodida Universidad que le den dos duros. Ayer mismo le anuncié a mi queridísimo amigo el Decano de mi Facultad que servidor se declara indiferente a los institucional y objetor de lo burocrático. Que les den dos duros y por ahí a las comisiones, comités, juntas, consejos y direcciones. Perder el tiempo en esas cosas es, aquí y ahora, como hacerle la corte al cadáver putrefacto de una dama que en vida fue hermosa: rotunda belleza la pretérita, sí, pero ahora es un fiambre que hiede.
Uno siempre va con el vaso lleno y haciendo equilibrios para no verterse el líquido encima. Ayer me cayó en él una gota más y lo colmó. Lo cuento brevísimamente. Un grupo de profesores había trabajado duro para proponer a la instancia política correspondiente una nueva titulación. Se rellenaron prolijos formularios y hubo que exponer complicadas metodologías y que detallar programas complejos. Aun con todo el empeño que esa gente puso, seguro que el proyecto no es perfecto y tiene partes sumamente criticables, es posible que no merezca objetivamente la aprobación que pretendía. Pero, ay, amigo mío, ayer cayó en mis manos el informe negativo del evaluador que lo juzgó negativamente. Y una cosa es que algo tenga defectos y otra muy distinta que esté cualquier tarado en condiciones de verlos. Da vergüenza, y grima, y asco, y náusea leer aquellas lerdas frases con las que el fulano o la fulana (desconozco tanto el género del evaluador o evaluadora como el uso que gusta hacer de su género; aunque algo puedo colegir sólo con ver cómo escribe y qué cositas tan monas dice) trata vanamente de sustentar su veredicto. Es espeluznante que un asunto de tal importancia lo pueda despachar cualquier cantamañanas amigo de no sé quien y nombrado a dedo (seguramente por habilidades que tienen más que ver con el dedo mismo que con cualquier otra cosa) con cuatro frases absolutamente vacuas, lugares comunes sin relación con lo que se juzga, y demostrando bien a las claras que el/la sujeto/a o no leyó lo que tenía entre manos (me refiero a los papeles) o no entendió ni palabra, pobrecito mi cuquín, con lo tierno que es él para todo.
Pero eso no fue todo. Supe que el excelso árbitro –lo digo porque supongo que el pito jugó un papel bien relevante en su juicio- no era de esta Universidad mía, pues se cruzan las evaluaciones para evitar corruptelas, oiga, que menudos somos de puros y estirados, aquí un amigo, aquí mi señora. Estas conversaciones siempre acaban en un matiz que se te pega al estómago, es lo que tienen. Y en esta ocasión el matiz fue que mi informante me dijo quién era el superevaluador leonés para este tipo de menesteres. Y que cómo no, pues es el ojete (perdón, el ojito) derecho de todas las altas instancias que pitan (y dale con lo de pitar; tengo hoy la prosa sonora) en la cosa educativa y universitaria de la junta que se arrejunta.
Y, sí, es él.
Así que para casita y a disfrutar de la vida privada. Fue bonito mientras duró, pero aquélla que amábamos se nos volvió una raposa. ¿Han visto que fino me quedó el sinónimo?

13 febrero, 2006

Resocialización

Estoy temiendo el día en que mi tía Obdulia me pida que le explique qué es lo de la resocialización de los presos y cómo funciona. Lo de ser de Derecho es lo que tiene, que la gente piensa que sabes. Y saber, saber, sabemos poco más que salir del paso con una larga cambiada. Voy a entrenarme un poco y a tratar de pensar en el asunto como persona, sin las tenazas del dogma doctrinal.
El artículo 25.2 de la Constitución dice que “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados”. Hasta ahí bien. Esa es una auténtica conquista civilizatoria, muy propia, por cierto, de esta civilización nuestra que es malvada y opresiva. Que ya te digo yo cómo reinsertan en Marruecos o Indonesia –o Guantánamo, ciertamente- a los presos. Pero dejemos eso, no vaya a hacer yo mal uso de la libertad de expresión y provocarle a alguno un síncope multiculturalista.
La filosofía resocializadora ha dejado atrás, por cruel e incivil, la función meramente retributiva de la pena, es decir, la pena concebida como simple venganza, esa que se aplica al grito de que el que la hace la paga y que ojo por ojo, diente por diente. Ha costado siglos, y milenios, que llegara la humanidad –bueno, sólo esta perversa parte occidental de la misma- a la convicción de que también el delincuente es un ser humano con derecho a replantearse sus valores, reajustar sus prioridades y asimilar las reglas de la convivencia en orden y respeto. Esto vale tanto como decir que el preso, al tiempo que purga su delito, tiene derecho también a una segunda oportunidad y que la sociedad no lo expulsa de su seno para siempre, sino que está dispuesta a recibirlo de nuevo y permitirle que rehaga su vida. Tal pensamiento subyace a la eliminación de las penas que no tienen vuelta de hoja, la pena de muerte y la cadena perpetua.
Esto es lo primero que tengo que hacerle ver a mi tía, que me preguntará cómo es posible que un señor o señora que ha asesinado cruelmente a unas docenas de conciudadanos y que es condenado a cuatro mil años de cárcel sólo pueda cumplir, como máximo treinta (o cuarenta ahora en ciertos casos). A ver si logro convencerla, pues yo estoy bastante de acuerdo con tales límites máximos del castigo.
Mas es de temer que, aún persuadida de la fuerza de esas razones, siga torturándome con sus dudas. Y me dirá que cómo es que de esos treinta años máximos se sigue descontando, de modo que con quince o veinte ya puede recobrar la libertad aquel asesino de mi ejemplo, que será el ejemplo suyo, seguro. Le diré que porque se aplican descuentos, ligados a ciertas labores y logros del preso, un sistema como los puntos de Alimerka. Ella me replicará que por qué hay que darles puntos que deducen años, y mi contestación será que porque ciertas actividades y trabajos son señal o indicio de resocialización, de que el que fue delincuente está ahora en el buen camino y muestra maneras ya de ciudadano adaptado y con buena disposición hacia sus semejantes. Y en este punto se me vendrá el mundo encima, pues mi tía volverá a la carga y me pedirá que le explique qué pasa si el preso hace en la cárcel tres carreras, lava la ropa de todos sus compañeros, sirve cada día en el comedor el arroz a la cubana y gana el campeonato de parchís, pero sigue en sus trece y proclama a los cuatro vientos que lo que hizo estuvo bien y que volvería hacerlo, o lo hará de nuevo en cuanto pueda. Añadirá mi tía: ése no está resocializado, ¿verdad? Y qué le contesto, cielo santo.
Llegados ahí, me vendría muy bien que mi tía fuera una colega y nuestro encuentro se desarrollara en un sesudo congreso académico. Pues entonces le explicaría cuan importantes son en el Derecho las ficciones y las presunciones de todo género. Pero con mi tía eso no va a colar, ni soñarlo. Yo sé muy bien dónde tiene el límite de su capacidad de asimilación jurídica: en el sentido común. En lo que le toque el sentido común me va a decir que somos los leguleyos una panda de descerebrados sin principios. Y tendré que reconocerle, con harto dolor, unas pocas cositas.
Para empezar, que lo de haberse reeducado y resocializado debería ser objeto de comprobación estricta y no reconocimiento automático ligado a signos meramente externos que nada necesario indican sobre la disposición de ánimo y los contenidos de la conciencia del penado. Porque mi señora Obdulia es capaz de ponerme ejemplos terribles, como que qué pasa si el campeón mundial de degüellos hace un curso de metalurgia y afilado de dagas, sonriendo morbosamente mientras se entrega a sus estudios y perfecciona sus técnicas. ¿Le computaría para la reducción de pena?
No sigo. Ya el paciente lector habrá visto adónde queremos ir a parar mi tía y yo. A que tiene todo el sentido que la prisión proporcione al preso medios y acicates para la resocialización; a que deben contar para la reducción de penas todas las actividades que sean indicio de una voluntad de reeducarse y reinsertarse; a que, por mucho que haya hecho, no podemos considerarlo, pese a todas esas actividades, cuando existe constancia suficiente y clara de que no se ha resocializado, ni lo pretende; a que tratar lo desigual de modo igual es fuente de sangrantes injusticias; a que sustituir el estudio individualizado del delincuente por un cómputo automático de reducciones es tomar el pelo a la sociedad y a los delincuentes que sí se esmeran de buena fe en rehacer su vida sin volver a caer en el delito; a que el más puro, prístino e indubitado signo de rehabilitación es el reconocimiento expreso de la propia falta, la expresión del arrepentimiento y la explicitación del rechazo al crimen; a que la sociedad debe perdonar, sin duda, al que haga méritos para ser perdonado y pida perdón; a que es de idiotas perdonar al que no quiere ser perdonado, porque sólo espera una nueva oportunidad para volver a expresar con sus acciones todo su odio, el mismo que le hizo matar la vez o las veces anteriores; a que hay que cambiar la normativa de beneficios penitenciarios, para que sean mayores para el que en verdad por su actitud y su aptitud los merece, y nulos para el que se empecina en su sangrienta vocación.
Por cierto, mi tía y yo estábamos hablando en general, no sólo de terroristas presos. Pero para éstos también. Todos los beneficios para el que cambie su discurso y trate de enmendar su crimen, con palabras y hechos. Ninguno para los otros. Nada de automatismos ni de falsas igualaciones.
Y ya sé que los casos que están ahora en los periódicos se rigen, en lo que favorezca al penado, por la legislación vigente cuando se cometieron esos desmanes. Hablábamos en general y pro futuro. Y para tratar de que se entienda algo de lo que pasa y de lo que todavía puede pasar.

¿Pero de verdad pasa lo que está pasando?

Eso, eso me pregunto, si realmente pasa todo lo que los medios de comunicación dicen que pasa. Porque si no pasa todo eso, hay que meterles a esos medios demandas y querellas a mansalva, para que se corten de contar tanta trola. Pero si pasa lo que dicen que pasa, ay, entonces... Entonces significará que vivimos en una puticlub con Constitución de neón en la entrada.
Vamos a ver, un ejemplo nada más. Échenle un vistazo a lo que explica hoy Periodistadigital. Va sobre el asunto, conocido, de las carreras de pega que se han montado algunos etarras, con connivencias profesorales y administrativas, para agenciarse una resocialización de pata negra. Por lo leído –insisto, si es verdad, vaya tela de situación; si es mentira, vaya tela de información- los aprobados caían por ser vos quien sois, sin exámenes que merezcan tal nombre o dando por bueno que mientras uno le coloca a un concejal una bala en la nuca le aprueban tres asignaturas, por convalidación, supongo.
Dice ese periódico digital que la guardia civil tiene pruebas de irregularidades en cuarenta de tales casos de estudios con trampa. Y uno, ciudadano ingenuo por mucho que se ponga pretencioso en el blog, sigue haciéndose preguntas: ¿dónde están los fiscales, los jueces, los ministros, la gente de bien, las personas con agallas, los altos camisonados, los defensores de la legalidad o los simples estudiantes que tienen que desgastar el codo para aprobar sin recurrir a poner bombas?
Bien, pase que se negocie, que se acuerden indultos, que se acerquen presos, que se permitan asambleas y mítines de legalidad discutible -y digo, simplemente, discutible-. Todo sea por la paz, pues, al parecer, la paz con sangre entra, como la letra. ¿Pero también tenemos que dar por buenas las carreras y los títulos conseguidos sin reunir ni las condiciones legales para matricularse en una carrera universitaria? Ya sé que parece el chocolate del loro. Pero los brutos de mi pueblo decimos aquello de “bien está joder, pero no arrancar los pelos”.
También me estoy interrogando a mí mismo sobre qué significará eso de la resocialización. Pero esto para otro post, a ver si alguno me lo explica clarito y lo voy entendiendo. Cuanto más estudias, menos sabes, hija.

La mala leche. Por Francisco Sosa Wagner

La oferta más variada que existe ahora en los supermercados es la de leche. Hay muchas leches, tantas que es difícil seleccionarlas pues la hay natada y desnatada, con isoflavonas, con vitaminas modernas y acreditadas y sin vitaminas o vitaminas pasadas de moda, fermentadas y no fermentadas, fementidas y verdaderas, nutritivas y no nutritivas, para viejos, para mujeres en el puerperio, para concejales, para aspirantes a concejales ... No falta nada. Aparentemente. Porque falta la más importante: la mala leche. No me refiero a la mala leche que es madre del resentimiento, de las envidias oscuras o de los odios eternos, me refiero a la mala leche que procrea el ingenio y su derivado el humor, el humor inteligente, nunca el de esos botarates que salen por la televisión. Si esta sustancia tan necesaria no aparece en ninguna lista de precios se debe a que esa mala/buena leche ni se compra ni se vende. El tipo con mala leche nace, no se hace; ocurre como con el subsecretario, cuando viene al mundo una criatura ya se sabe si alcanzará o no esta altanera dignidad burocrática: por los andares, por los decires, qué sé yo ... Pero el asunto es grave porque la mala leche resulta clave para desvelar los misterios de la sociedad y fundamental para desenmascarar los mil disfraces que adopta la hipocresía que, tal como ocurría en los tiempos de Quevedo, es calle sin fin donde hay cuartos y aposentos para todos.
Es decir que quien quiera cultivar el humor debe mojar su pluma en esa tinta fecunda. En este sentido, creo que la prosa gana a la poesía. Acaso porque aquella aventaja en general a su hermana en variedad de asuntos y riqueza en la forma de expresarlos. En las "Conversaciones con Goethe" de Eckermann, el poeta, que se hallaba cuando está hablando en su ancianidad alta, desliza esta perla: "la cuestión es bien sencilla: para escribir en prosa hay que tener algo que decir. Quien no tenga nada que decir, siempre podrá componer versos y rimas, donde una palabra lleva a la otra y siempre termina por salir algo que, aun sin ser nada, logra dar el pego". Un poco exagerado el severo Goethe pero algo sabía del asunto.
Porque es bien cierto que los poetas son un poco pelmazos y, aunque en los últimos decenios se han empeñado en recorrer caminos nuevos, lo cierto es que propenden a seguir cantando los amores con Purita y la vistosidad de las flores en primavera, o lo que es peor, la muerte y la malaventura. Lo harán en rima asonante o consonante, creyéndose clásicos, vanguardistas o ultramodernos, pero casi siempre recalan en los mismos caladeros. Parece que la forma de escribir en verso los encadena a los que ellos entienden cumbres de los sentimientos y de las sensaciones, como si una forma tan alada de expresarseno pudiera malgastarse en asuntos fútiles. El escritor en prosa es mucho más fecundo, dispone de alas para escapar de las dictaduras convencionales.
Hay, claro es, poesía de humor y ahí están los testimonios de los siglos pasados. Cuando Gonzalo de Berceo llama a un contemporáneo "ome revolvedor" está cultivando la invectiva social sana y de buena puntería pues se está refiriendo a esa especie eterna, intemporal, del amigo de los enredos, del intrigante, del trapisondista. Por supuesto nadie reconocerá serlo pero el personaje está presente y es bien visible en el escenario social: en el Parlamento, en las agrupaciones de los partidos, en las Universidades y hasta en las empresas de recauchutado de ruedas o de exprimidores de zumo, "omes revolvedores" los hay a cientos. Con el añadido contemporáneo de las mozas "revolvedoras". Es humor por supuesto la letrilla satírica que cultivaron Góngora y no digamos Quevedo o las redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz, y luego Torres y Villarroel etc. hasta Ángel González o Andrés Trapiello. Si disparan con puntería es porque todos ellos tuvieron en su infancia un ama de mala leche.
Quiero que la Seguridad social me proporcione una de esas ubres gozosas para pasar mejor las gachas espesas de la chabacana realidad circundante.

12 febrero, 2006

Corazones de Letizias

No, el título de este post no es una gratuita provocación. Es que, este mediodía, de vuelta de Santander, hemos parado en Llanes a comprar unos cuantos de los suculentos quesos de la zona. Y hete aquí lo que nos topamos en la tienda de productos regionales: unas cajas de dulces que se llaman "Corazones de Letizias". No sé de qué estarán hechos, pero se me antoja que su dulzura debe de ser real y su sabor majestuoso. Supongo que la empresa que los comercializa procede con alteza de miras, aunque sean miras económicas. Ahora falta sólo que a alguien se le ocurra promocionar el apetitoso bocado diciendo que está muy rico para mojar en bourbon. Aunque tengo entendido que conviene antes asperjarlos un poco con Benedictine.
Llega un momento en que si dejas volar la imaginación sospechas de todo. Llevo media vida comiendo galletas Príncipe y caigo en la cuenta ahora. Aunque no creo que sean las mismas, pues las que yo tomo están rellenas de chocolate.
Ya ven, se pone uno a jugar con las palabras y cuando te quieres enterar te ha salido una sátira. Y entonces, oh cielos, le tiemblan a uno las canillas, pues vaya usted a saber si no estamos ya rebasando los decrecientes límites de la libertad de expresión. Tiempos hubo al fin y al cabo, y no tan lejanos, en que por gastarse unas chuflas a cuenta de las familias reinantes le podían a uno amputar por donde más duele. Mas ahora, por fortuna y mientras no cambie la jurisprudencia, miramientos sólo hay que tenerlos con los profetas y sus directos poderdantes. Así que me guardo de imaginarme platos proféticos, no sea que se me escriba Erdogan, me am0nesten los multiculturalistas ateos o se me declare alevoso culpable de la tercera guerra mundial. Pues es cosa sabida que en este balbuciente siglo cuando alguien con turbante pega unos tiros o secuestra unos turistas recibe de nosotros la eximente de cabreo con los perversos occidentales que andan diciendo cosas sin encomendarse a dios.
Ya estoy repasando mi vocaburio y mi repertorio de frases hechas y refranes castizos, pues temo que por una inocente liberalidad expresiva pueda un día ocasionar un incendio de embajadas. Hace meses yo habría dicho ahora que de tanto podar se me está quedando el léxico en bragas, pero también esta parte de mi lenguaje la estoy capando. A ver cómo me las ingenio para que mis posts futuros se compongan sólo a base de "consenso", "acuerdo", "futuro", "ciudadanos", "esperanza", "esfuerzo", "mensaje", "paz", "anhelo" y muchos "dequés".
Propongo que mi ejemplo cunda y que entre todos le demos un buen recorte a los diccionarios. Mismamente hace un par de días me encontré en internet una de tantas páginas que recogen refranes, en concreto una que versa sobre refranes referidos al pan. Me espeluzné y tras un breve vistazo no quise seguir leyendo, no fueran a pegárseme unos cuantos de los más inconvenientes. Imagínense que un día en una comida de constitucionalistas progres se me escapa aquello de "pan con pan comida de tontos". Tonto tengo entendido que ya no se puede decir, y hasta se va a cambiar la Constitución para impedirlo. Además, en los últimos tiempos casi siempre que se me ha ocurrido comentar con un íntimo que alguien parece tonto me responde que es un alto cargo y que échale de comer aparte.
Y este que he mencionado es de los refranes inocentes, pero menudo revuelo si un día le sale a uno aquello de "hacer un pan como unas hostias" que, según la referida página inconveniente, es "expresión familiar con la que se expresa el desacierto o mal éxito de una cosa". Yo diría que es caricatura desconsiderada, no sé.
Así que nada de guasas ni artificios verbales y todo el mundo a hacer pasteles; es decir, al pasteleo.
Por cierto, como ya no estoy en edad para andar montando empresas, lanzo al lector ansioso de guita unas pocas ideas que le pueden arreglar la vida:
- Alcachofas de la vega.
- Bonobuj para viajar en tanqueta.
- Sujetadores Zaplana.
- Atún claro Calvo.
- Cabello de ángel Acebes.
- Yogur Pascual con trífidus activo.
- Construcciones Camps.a.
- Pantys doble antxo.
- Bozales Guerra.
- Levitas y sotanas Paco Vázquez.
- Galletas María-no.
En fin. Dejémoslo.

El buen anarquista. Por Francisco Sosa Wagner

Tal como los más descreídos habíamos pronosticado, la ley que prohíbe el uso del tabaco se incumple con bastante eficacia. Los políticos, bien intencionados, parecen ignorar que España es un país de anarquistas católicos y conservadores y que, cultivando esta estética, nos hallamos desde hace siglos, desde antes del invento del anarquismo, que vino ya formalizado y en tomos encuadernados en el siglo XIX, con Proudhon, que tuvo poco de prudente, de Babeuf y así seguido. Ahora el anarquismo, muy vivo incluso en la II República, ha desaparecido, pero esto es apariencia, es decir, no está en las siglas ni en el barullo del escenario, pues ha optado por enroscarse en el alma del pueblo y vivir su vida autónoma y desafiante. Así que, si el español fuma en un restaurante y echa el humo, en plan retador, a un vecino es por mor del anarquista que lleva dentro y lo mismo el que maneja dinero negro aunque este también lo hace para que nadie le acuse de racista o de despreciar al color maldito. Esta misma actitud política se advierte en el propietario del perro que deja sus mensajes en la acera o que ladra sin misericordia en las horas canónicas y en ese simpático jovencito que circula con un coche convertido su interior en una discoteca, alarmando al prójimo con su chulería de delincuente en ciernes. O quien toca la bocina con estruendo para saludar a Purita que pasa cerca con los niños recién recogiditos de la guardería. Estamos pues en que las leyes sirven para poquito pero de algo hemos de vivir los parlamentarios y los juristas que les acompañamos en la labor de interpretar, embarullar y dejarlas sin hueso ni sustancia. Montesquieu fue el último de los grandes sujetos pensantes que se tomó en serio esto de las leyes y escribió nada menos que sobre su “espíritu”dejando una honda huella en Occidente aunque yo prefiero a su modelo, a Locke y a su Segundo Tratado sobre el gobierno civil, porque dice las cosas más claritas y sin las pretensiones del francés. Se ve que en Inglaterra siempre han gastado mayor comedimiento. Ahora mismo hacen lo imposible en aquella isla brumosa por no cumplir las mil y una normas que emanan de los chorros legislativos de Bruselas, chorros que no paran de manar, para desesperación de quienes se empeñan en seguirlos a pies montillas, perdón, a pies juntillas. Lo cierto es que España está habitada por creyentes en las leyes que atraviesan su territorio con sus evangelios y sus rezos bisbiseantes y así es de ver cómo, en nuestros días, se afanan los responsables universitarios por hacer los deberes impuestos desde Europa para cambiar la Universidad, ella -la tal Universidad- que tiene la piel de un paquidermo con muchos trienios. Pero esta actitud enlaza con la descrita al inicio de esta perorata mía, o sea, con el anarquismo. Porque es evidente que, si se quiere cambiar una ley ya existente o parir una de nueva vitola, no es para rendirle culto de latría sino para infringirla mejor, para darse el supremo gustazo dehacer le un educado corte de mangas. Esto es admirable y aquí es donde el anarquismo español moderno adquiere su condición deportiva y su grandeza de muchos quilates. Condición deportiva, digo, por lo que tiene de juego, más incruento que una tesis doctoral. Pero, adviértase la diferencia con el pasado, cuando los anarquistas asesinaban a Cánovas o a Canalejas o a Dato o le ponían una bomba a Alfonso XIII justo el día de su boda que ya son ganas de amargar la fiesta nupcial. De esa época del anarquista torvo, com bomba al cinto, barba de una semana y olor a noche gargajeante y delictiva, hemos pasado al anarquista aseado que somos todos, limitados a incumplir la ley con una sonrisa de suficiencia. De donde se sigue que lo más probable es que una ley alcance su auténtica dignidad solo cuando ha sido violada a horcajadas.

10 febrero, 2006

Las cosas como son: ZP es un genio.

Pues sí, las cosas como son. A Dios lo que es de Dios y a Maquiavelo lo que es de Maquiavelo. Hace un momento estaba yo comiendo y oí la noticia en la radio. Casi me trago el tenedor de la risa (cielos, quién sabe a qué médico habría tenido que acudir y por dónde me lo iba a sacar).
Resulta que ZP ha nombrado al díscolo Paco Vázquez embajador en el Vaticano. El buen hombre deja la ciudad del Superdépor y, con loable espírito de servicio, se va a representar ante la cátedra de San Pedro al Estado español. Genial. Andaba mustio y crítico por el tema de la nación española y lo mandan a la nación ecuménica. Pelillos a la mar; o a la pila de agua bendita.
Se admiten apuestas sobre el destino que aguarda al Guerra, que fue torero antes que fraile, en cuanto acabe con el engorroso trámite que lo entretiene ahora en la Comisión Constitucional del Congreso. Yo me juego unas cervezas a que acaba de embajador ante la UNESCO. Por lo de la cultura y tal.
Felicito cordialmente al Vaticano.

Otra de médicos.

Rigurosamente real la historieta que voy a contar, para seguir con la serie iniciada hace unos días. Ya sabe el amigo lector que en el fondo de estas historias rigurosamente verdaderas late alguna pregunta inquietante: ¿por qué son así? ¿Se les pone ese carácter cuando se visten la bata blanca o es natural suyo? ¿Tienen mamá? ¿Habrán sufrido mucho cuando eran pezqueñines? ¿Disfrutan de una vida sexual convencional o se ponen cada noche los cueros y las tachuelas en salva sea la parte? ¿Les azuza el portero de su casa, cuando parten cada mañana, para ponerlos bravos y que envistan sin misericordia al paciente? ¿Serán tan fieros y descarados en casa o andarán compensando en la consulta las constantes bajadas de rabo en el hogar?
No sé, habría que hacer una larga investigación interdisciplinar para poder contestar con mínima solvencia a tanto cuestionario. Pero como no es nuestro campo ni el de la psicopatología ni el de los exorcismos, conformémonos con seguir contando aquí experiencias que dan pistas de por dónde deben de ir los males de los pobres galenos.
Mi pareja visitó hace unos días al dermatólogo. Unas mínimas escamaciones en una pantorrilla, ya se veía que la cosa no era importante. Pero por si acaso y porque hay que cumplir periódicamente con la penitencia de que un médico nos demuestre –o lo intente al menos- que somos mierdecillas sin dignidad ni derechos.
Pues comienza la consulta. El doctor observa la torneada extremidad de mi santa –bueno, a ver si no pierdo el hilo ni me pierdo en pormenores que no vienen al caso ni conviene divulgar-, eso sí, al parecer sin tocarla, no vaya a contagiarse de algún mal irremediable. “No descartemos la psoriasis”, dice, serio. “Enséñeme las rodillas y los codos”. Al tiempo que le mostraba tan inocentes partes, mi mujer le explica, por si el dato fuera relevante, que yo tengo psoriasis en los codos. Y esta fue la respuesta del matasanos: “Pues como si tiene caspa. Lo que le pase a su hombre nos trae sin cuidado”. Uno a cero a favor del equipo de casados de Villamelones.
Nada, de la temida psoriasis ni rastro en mi chica. “Tiene usted las manos muy frías”, dice entonces el médico, y añade: “Probablemente tiene usted mala circulación”. Ella no me ha contado cómo fue que él le cató la temperatura manual, pero sí que ella le hizo ver que en la calle había en ese momento cinco grados bajo cero y que ella acababa de entrar de la calle. “A ver, enséñeme las uñas”. Pobre mujer, las llevaba pintadas. Bronca al canto: “¿Y para qué me valen a mí sus uñas si están pintadas y no veo nada?”. Así que ya sabe, querido lector, cuando vaya usted al médico no se pinte las uñas, no vaya a ser que desee el galeno mirárselas para averiguar qué tiempo hará mañana en Sebastopol. Son como augures esos muchachos. Menos mal que se conforman con las uñas y no se les mete en la cabeza profetizar desastres a base de estudiarle a uno los higadillos.
No se desanimó por causa de los esmaltes el pertinaz curador: “Nada, nada –siguió, implacable- usted va a tener mala circulación”. Ella, temerosa, le pregunta que adónde debería ir para que le vieran eso y, en su caso, tratarse. Momento que aprovechó el sujeto para marcar el dos a cero, por la escuadra nuevamente: “Vaya a Benidorm y disfrute. Otro arreglo no tiene. Cada uno es como es”.
Le preguntó la paciente, ya impaciente, que finalmente qué era lo de la pantorrilla y él le respondió con aplastante lógica hipocrática: “No es nada, absolutamente nada; así que aplíquese esta crema durante quince días”. Le habrían encantado a Heidegger tanto el diagnóstico como la terapia. La nada se trata con cremas, ya ven. A lo mejor es para que se vuelva algo, y así, cuando sea algo, lo tratamos para que se quede en nada. También puede ser esto una novedosa ramificación de la dialéctica. De la nada a la nada pasando por la crema. Ya me lo imagino yo al doctor en casa, todo el día con lo de “Mujer, si es una cremita de nada, no te va a doler, verás como no es nada”. Lo malo es que les gusta hacer lo mismo con los pacientes. Y eso ya no, oiga.

09 febrero, 2006

La monda: el mundo sigue al revés.

Pues sí, no sabe uno a qué atenerse ni donde tiene ya la mano derecha; ni la otra.
Leo con regocijo en Die Welt que la Universidad Nacional de Seúl, en la que presta sus esmerados servicios Hwang Woo Suk, el tipo aquel que falsificó los resultados de sus experimentos de clonación y se las dio de haber logrado lo que era mentira, acaba de suspender de toda investigación y docencia tanto a él como a seis de sus colaboradores. Y no sólo lo expedientan, sino que la fiscalía ha formulado acusación penal contra el sujeto. Me troncho y me muero de envidia. Mira tú, Corea. Y nosotros, sintiéndonos tan superiores y tan herederos de todas las tradiciones universitarias, seguimos manteniendo gordos y bien atendidos a los mentirosos compulsivos que pululan por nuestros Departamentos. Al trolero de aquí que tengo yo por personae periódico de este blog, cada vez que suelta una patraña más gorda e increible lo nombran asesor de algo y le soban el lomo. Y así tantos. ¿No necesitarán en Corea un profesor asturiano de Derecho? Igual me apunto.
Me viene a la cabeza un viejo recuerdo. Una vez, en una universidad que yo conocí, un ex-alumno descubrió que un profesor había publicado con su nombre, el del profesor, un trabajo estudiantil de aquél, trabajo del que, para más inri, el profesor de marras le había dicho que era más bien flojillo y que con notable iba que chutaba. Se destapa el escándalo, se abre expediente, se nombra instructor y se sobresee el expediente, así, todo seguido. Me encuentro con el referido instructor al poco, hombre de notable prestigio jurídico y sólida trayetoria, y le pregunto que, hombre, cómo así lo del sobreseimiento. Y me contesta que no le parece bien castigar a un profesor por una niñería así, que, al fin y al cabo, son muchos los que hacen esas cosas y tampoco vamos a ponernos exquisitos ahora. Ancha es Castilla. Viva la Pepa. Tonto el último. El profesor hizo carrera fulgurante. Al instructor tampoco le fue mal. Los denunciantes quedaron como sujetos viles e intolerantes.
Bueno, cambio de tercio y sigamos con lo de que este mundo es la monda, como se constata en los periódicos. Nadie está donde se le suponía. Leo, complacido, las declaraciones de Saramago en El País sobre el asunto de las caricaturas de Mahoma. No se anda con chiquitas y, aunque señala que no hay que meter a nadie estúpidamente el dedo en el ojo, insiste en el carácter intolerante y despótico de las teocracias, sin concesiones a relativismos ramplones. Y cuenta que ahora en el Islam hacen lo que aquí era moneda común en los siglos XV y XVI y que al pan, pan y al vino, vino. Bien.
Pero el cuerpo se me descompone otra vez cuando en ABC veo a la Ministra de Cultura, la sin par Carmen Calvo, defender en nombre de la libertad de expresión una obra expuesta en Arco y que se titula El Cristo de los misiles, en la que se se ve una figura de Cristo con un misil en la mano derecha. Me parece bien la defensa, estoy de acuerdo, pero me pregunto si aplica la Calvo la misma filosofía a la cuestión de las caricaturas de Mahoma o si es que hay en el mundo creyentes de una fe que, por intolerantes y arcaicos, merecen más respeto que otros, más flexibles. Porque menudo negocio es entonces ser tolerante, significa que se pueden guasar de ti sin problema, no como con el que tiene mala leche, que con ese cuidadín y respeto. Y esto lo dice un ateo como servidor, ojo. Y me veo, también a mí, al revés en el mundo, ahora defendiendo a los cristianos de aquí. Lo que me faltaba.

Política y bajas pasiones.

Un enigma me inquieta cada vez más, como a tantos, imagino. Es la pregunta de por qué los políticos se dedican a la política. Me refiero a los políticos profesionales, a los de alto standing, aunque no sólo. Pero hablemos de ésos.
Con los años y las decepciones uno se va apeando, a la fuerza, de toda concesión a los idealismos en este tema. Por consiguiente, renuncio desde ya a tomar en cuenta la posibilidad, nula o muy marginal, de que los mueva un loable propósito de conformar la sociedad con arreglo a cualquier género de ideales o de concepción del bien o la vida buena. Puede que, curiosamente, eso sea lo que impulse a los más extremistas, a los fanáticos incluso, a los que todavía creen que es posible construir sobre la tierra alguna forma de paraíso, o pergeñar una sociedad santa y pura. Malos son esos extremos, pues suelen cobrarse sus anhelos en sangre y su frustración en víctimas inocentes, tratando con crueldad al reticente y con saña al que mantiene el ideal opuesto.
Pero no parecen de ésos los que vemos a diario en la tele u oímos en la radio, diciendo hoy una cosa y mañana su contraria, proclamando ahora un programa que al día siguiente sacan a subasta, diciendo digo donde ayer dijeron Diego y afirmando, al tiempo, su coherencia personal e ideológica con frases cada vez más abstrusas. En esa capacidad para enmascarar sus incongruencias con frases inverosímiles y reñidas con el sentido común y la más elemental semántica se aprecia en este tiempo la única habilidad reseñable de nuestros políticos, y a tal punto que la ciudadanía comienza a valorarlos sólo por eso. Hace un par de décadas la gente aún se extasiaba ante el dato superficial de que tal político era guapo de cara o poseía una oratoria exquisita y afilada. Pero ahora ya ensalzamos como suprema virtud digna de aprecio la zorrería, el talante de pillo, la falta de escrúpulos adornada de descaro y desenvoltura. Y no pongo ejemplos porque no hace falta y para que no me digan que se me ve no se qué plumero. Y porque me los puedo ahorrar, pues los tenemos a todas las bandas y en todos los bandos.
Así que dejemos el asunto en sus términos más abstractos y centrémonos en la pregunta de por qué son como son y obran como obran. Sugiero, como hipótesis, que en esos políticos se da una combinación variable de los siguientes factores: afán alimenticio, pulsión morbosa por el poder como fin en sí mismo y, en un grado más, malévolo y narcisista goce de la manipulación.
Lo del ánimo alimenticio concierne en particular a esos políticos que no tienen más oficio ni beneficio. Los ciudadanos deberíamos estar permanentemente informados de tales circunstancias, de qué era cada uno antes de concurrir al cargo o de qué destino laboral lo espera cuando le toque retornar al tajo. Yo nunca votaría una lista integrada mayoritariamente por personas que no tienen otro lugar en el que caerse muertas. No se trata de volver a la vieja teoría decimonónica, que sostenía que tanto el sufragio activo como el pasivo deberían ser exclusivos de gentes con posibles, para que los apuros de su economía personal no lastraran su atención al interés general. No, no se trata de eso, sino de comprensión con el desvalido. Ese diputado que despotrica off the record de la política de su partido y que a la hora de votar o manifestarse en público es un disciplinado peón y un aburrido repetidor de la consigna oficial es digno de pena. Pero también dan lástima esos inocentes mosquitos que aplastamos de un manotazo cuando se empecinan en chuparnos las sangre de las pantorrillas. Supongo que será esa la explicación de tantos comportamientos de diputados actuales, muchos de pata negra y añeja trayectoria: que no tienen más flores en que libar que esa, medio marchita, que su partido les ofrece a cambio de sumisión. Mas deberían abstenerse del gesto contrito con que tratan de mostrarnos su interior desgarro. Igual que, mutatis mutandis (ojo al matiz, ¿eh?, luego que no me digan que insulto), la buena prostituta (o el buen prostituto) no le muestra su asco y su desamparo al que le paga lo estipulado. El servicio incluye la sonrisa, así que a ver si estamos a lo que estamos como es debido. Que debe ser de la venal entrega el fingimiento abono (sutil juego de palabras, me ha quedado, pardiez; me he levantado entre quevedesco y culterano). Si tienen hipotecada la virtud, que le pongan convencimiento al oficio, por lo menos.
La pulsión de poder debe de contar también bastante. Creo que era Adler el que le rebatía a Freud que fuera nuestro motor principal el afán libidinoso y proponía como alternativa o complemento el ansia de poder, de dominio sobre los otros. Lo que en el habla común llamamos la erótica del poder. Y algo de eso debe de haber. Lo vemos a diario, en el medio de cada cual. En el mío, universitario, sólo así se puede comprender la fruición que a tantos embarga cuando pillan carguillo y componen un orden del día. Si a eso le añadimos coche oficial, despacho con tumbona y salir en la tele con cara de tener muchos proyectos, para qué queremos más. Y en la medida en que importa más el símbolo que el contenido, la apariencia de autoridad por encima del poder del que en verdad se dispone, se torna compatible el dárselas de jefe y el adoptar, al tiempo, una actitud en pompa ante el que nos quita y nos pone (dicho lo de poner en el sentido de disponer, no de otros más vulgares e impropios de una prosa tan pura como esta).
Pero en esto también existen escalas. Porque hay alguno que otro que tiene vocación de mando real, que ansía ser macho (con perdón; no es una expresión de género, es una expresión genérica) dominante. Si en éstos se combina semejante pasión por cortar el bacalao con la ausencia de un mínimo bagaje intelectual, ése que permite a su dueño juzgar con alguna ecuanimidad de las consecuencias de todo tipo que puedan reportar sus propios actos, con una ausencia de ideología definida, con una total falta de ideales que trasciendan y frenen su enfermizo ánimo de dominio, nos topamos con un cóctel explosivo. Son los que no reparan en gastos –especialmente gastos ajenos- ni medidas, los que pagan cualquier precio por perpetuarse en el sillón, los que pueden tergiversar y retorcer hasta lo insospechado los programas que los auparon y las convicciones de quienes de buena fe los apoyan, los que abominan de toda ética de convicciones sin ser capaces a cambio, tan siquiera, de mantenerse fieles a una ética de la responsabilidad, los que ya no se guían ni por razón de partido ni por razón de Estado y obran llevados solamente por su pulsión perversa, por puro narcisismo. Son los parásitos de un sistema, el democrático-representativo, que sólo puede funcionar con alguna soltura y eficacia cuando sus supremos ejecutores mantienen unos mínimos de lealtad a las reglas del juego y de decencia en el trato con los electores, tanto propios como ajenos.
Cuando caemos en manos de los políticos con servidumbres y taras como las descritas quedamos, los ciudadanos, a merced de los elementos, de semejantes elementos. Únicamente subsiste alguna esperanza de salir del trance si dichos individuos tienen enfrente una sociedad civil mínimamente sana, que sea capaz de contrapesarlos con su firmeza. No parece nuestro caso. Más bien nos hipnotiza la pasión de tamaños gavilanes.

08 febrero, 2006

BLOGS

A día de hoy este blog lleva 18.600 visitas, en seis meses de actividad. Cuando lleguen, pronto, a veintemil, haré alguna fiestecilla de celebración conmigo mismo y con quien tenga a mano. Si alguno se apunta, yo invito. Si alguien quiere venir con antifaz para mantener el anonimato, encantado, más divertido aún.
No pretendo colgarme medallas ni oso creer –pese a mi acreditada soberbia- que es por la calidad de mis posts ni por ninguna cualidad especial de un servidor. Yo soy el primer sorprendido y me hace pensar bastante este relativo “éxito”. Cada vez que algún amigo me pregunta por qué le meto tiempo a esto respondo, con sinceridad, que es una pura terapia personal. Pero me parece que es hora de reflexionar un poco más y ver qué hay detrás de todo esto.
Muchos comentarios me han hecho meditar mucho. Muchos posts ya no los escribiría como lo hice en su momento, pues me han servido los comentarios críticos para ver excesos y manías que me salen por ahí y de los que no era lo bastante consciente. Algunos amigos y compañeros con los que he convivido durante años me hacen caer en la cuenta de que ahora me conocen mucho mejor. Y de ahí viene la perplejidad, de que sea esta vía tan indirecta, u oblicua, la que nos lleve a conocernos y entendernos, más y mejor que las conversaciones ocasionales o frecuentes. Quizá tenga todo esto una explicación, y sobre eso quiero compartir ahora, brevemente (cuando digo tal cosa aquí ya ningún lector habitual me cree, con razón) alguna idea.
En este mundo en que vivimos es cada vez más difícil conversar. Nos pueden los condicionamientos de todo tipo, y hasta los malos hábitos. Feliz el que tiene una buena tertulia. Pero la mayoría vamos todo el tiempo corriendo de la ceca a la meca (no sé si esta expresión aún se puede usar o si ya habrá que suprimirla). Con mis compañeros y colegas me veo siempre a las carreras por los pasillos, en reuniones, comisiones, consejos, juntas, convenciones y asambleas. En los ratos libres nos puede casi siempre la consideración de lo más inmediato, el homenaje a las urgencias. A lo que se añade algo que ya se ha tocado aquí, la pérdida de la capacidad para dialogar. A veces es posible, o con algunas personas muy concretas. Pero lo más común cuando hoy dos personas hablan es pisarse la palabra, evitar que el otro te coloque una idea suya, y no digamos si se trata de que el otro nos endilgue una experiencia o una reflexión personal. Surge la impaciencia, el afán por interrumpir, la competición por ver quién vence en la pugna por usar más a discreción la oreja ajena, sólo la oreja. Muchas veces que hablamos juntos hablamos solos, son monólogos superpuestos. Y cada uno lucha por parecer más listo, más ocurrente, más experto, más viajado, más apabullante. Y no digamos el uso indiscriminado del interlocutor a modo de psicoanalista en el que descargar los miasmas espirituales; o matrimoniales; o de cama. Puff. Por si todo esto fuera poco, los convencionalismos y las etiquetas también nos coartan la comunicación: esto no se lo digo a fulano, no vaya a pensar que soy del PP o del PSOE, o un desalmado, o un timorato; esta expresión no la uso, no se vaya a ofender mi interlocutor, porque es de este o aquel partido, o porque es hombre, o mujer, o católico, o ateo, o heterosexual, u homosexual. Y así siempre. Al final, lo más barato y cómodo, callar y darse el piro. Y yo, por supuesto, en todo esto como la mayoría; o peor, para qué negarlo.
Así que para mí el blog es un sucedáneo de las conversaciones casi siempre imposibles. Pero un sucedáneo que acaba resultando muy ventajoso, mejor que el producto original muchas veces. Siempre que uno escribe algo aquí piensa que a ver si lo van a leer fulano y mengano, y que, uff, qué pensarán. Pero así, en soledad y silencio, es fácil hacer abstracción de todos esos reparos, pues predomina la impresión de que se habla para el lector genérico, anónimo, el ser humano a secas, igual que uno, ni más ni menos, y con la misma disposición a intercambiar ideas y ponderar argumentos, pero sin echarse el aliento en la oreja. Por eso entiendo muy bien el papel importantísimo que juega en este juego el anonimato, la filosofía justificadora de los nicks. Son maneras de hablar desnudos, de liberarse de los temores sociales, de construir razón sólo con las razones, al margen de intereses, temores y cálculos. Más lo divertido que resulta pensar quién será este cabronazo que me conoce tanto, que me habla con tal confianza y seguridad y que no enseña la patita. Que siga así.
Vuelvo al principio e insisto en que comencé en esto para no tragarme día a día las ocurrencias, por no quedarme para mí solo tantas cosas con las que tampoco se puede ir aturrando a la gente que uno se tropieza en los aparcamientos o los bares. Me parecía poco más que un diario en el que verter las impresiones y algunos pensamientos. Y la sorpresa, fantástica, es constatar que al otro lado hay gentes iguales, con parecida necesidad e idénticas inquietudes. Y que a uno le hablan también, le discuten y hasta lo regañan cuando la ocasión lo merece. Y ya, en el colmo del disfrute, cuando se ponen los comentaristas a debatir entre ellos uno se siente conseguidor de relaciones, vehículo de intercambios muchas veces bien interesantes y sentidos.
Puede que este medio, los blogs, tan impersonal, acabe siendo un modo de humanizarnos, paradójicamente. Un canal por el que fluye la comunicación entre individuos enjaulados, encerrados en su vida, su trabajo, sus dependencias, sus temores. Un cauce para que se expresen los descontentos, se manifiesten los tímidos, se agrupen los solitarios. Un cauce independiente, además, un río sin dueño ni empresa que lo explote.
Hace días le planteaba yo a un amigo que sigo sin entender muy bien cómo, por qué y de dónde aterrizan los lectores de este blog (o de los blogs de este tipo en general) y, sobre todo, qué mueve a los que con frecuencia comentan –y muy bien- los posts. Me respondió que seguramente son personas con ganas de hablar conmigo y entre ellos. Confieso que me puse nervioso y me costó escribir post siguiente. Así que, amigos, gracias, pero permitidme que siga escribiendo como si estuviera solo, aunque sea, en el fondo, para hablar con vosotros, y para escucharos.
En fin, me ha salido una cosa personal y un tanto blanda. Notodo va a ser despotricar. Pero cuidado, que de esto a perpetrar un manual de autoayuda no va más que un paso. Sería una buena forma de hacernos ricos, pero perdería autenticidad la cosa.
Salud.

07 febrero, 2006

CULTURAS/CIVILIZACIONES: ¿TODAS IGUALES?

Llego de mi Asturias, patria (¡?) querida, cavilando. Y me pongo, cansado, a perpetrar un post que supongo que me dará para debatir más de un rato con tanto amigo de los que cada día hacen más agradable y formativo, para mí, el debate. Es tarde y también conviene cenar, así que voy al grano y hago el argumento sucinto, sin perjuicio de ulteriores ampliaciones cuando me lleguen las primeras estocadas.
Enunciaré de mano la tesis central: no todas las culturas son iguales en valor, no todas valen lo mismo, las hay mejores y peores. Conozco bastante bien los debates en filosofía política entre individualistas y comunitaristas y entre universalistas y relativistas culturales. Pero hago abstracción por ahora de la cosa doctrinal y paso directamente a tomar partido por algunas causas. Al afirmar que no todas las culturas (o civilizaciones, me permito aquí y ahora usar los dos términos como intercambiables, aunque quepan precisiones analíticas que marquen diferencias) son igual de valiosas estoy pensando, por ejemplo, en que la moderna cultura occidental, ésta en la que estamos los que aquí hablamos, es superior, y desde múltiples puntos de vista preferible, a la cultura del paleolítico, o a la cultura europea de la Alta Edad Media, por poner dos ejemplos bien contundentes.
Por supuesto, toda comparación se hace por relación a un referente, a un patrón de medida. Y es necesario explicitarlo. El patrón que yo estoy tomando aquí adopta como eje al ser humano y atiende principalmente a dos cuestiones que le conciernen: la calidad material de su vida (índices de mortandad, niveles de sufrimiento físico, número de años de perspectivas de vida, nivel de satisfacción de necesidades físicas primarias, etc.) y el grado de libertad de todo individuo –con independencia del sexo, el nacimiento, la apariencia, etc.-, entendida como capacidad para elegir la forma de vida y los valores que la inspiren. Esto requiere, sin duda, desarrollos más amplios, pero creo que podemos entendernos, por el momento, dejándolo así expresado.
Pues bien, si por esas dos razones combinadas la civilización moderna occidental es superior a sus antecesoras inmediatas o más alejadas, es superior también a todas las culturas contemporáneas, actuales, incluida la islámica: porque en estas otras culturas, como la islámica, el dominio absoluto de una religión, elevada a religión de Estado excluyente y exclusiva y que da pie a auténticas teocracias, imposibilita el tipo de desarrollo social y de actividades que permiten tanto el progreso material –repito, hablo de aportaciones de la ciencia para nuestra calidad y posibilidad de vida, no de otras cosas- como la libertad de espíritu, que va ligadada siempre a la tolerancia y a una reconducción de la religión al fuero interno de las personas.
Pensemos en por qué nos espanta la pretensión de los creacionistas norteamericanos de someter la enseñanza y la ciencia estadounidenses –y de todas partes, si pudieran- a la censura y el filtro de su compatibilidad con el tenor exacto del Antiguo Testamento: porque significaría paralizar la posibilidad misma de que se desarrollen ciencias como la paleontología y determinadas ramas de la biología, probablemente, como la genética. Y no digamos nada de lo que supone en términos de marcha atrás de conquistas tales como los derechos de la mujer. Las consecuencias de su triunfo se presentarían como retroceso científico general, y de ciertas libertades, lo que conduciría a daño inmediato para nuestra calidad de vida. Porque supongo que nadie me negará que hay más y mejor calidad de vida allí donde se deja, por ejemplo, a la medicina (médicos y médicas, ojo) avanzar en los métodos de curación de enfermedades o a la ingeniería en la construcción de puentes o de edificios más seguros y baratos. Si negamos eso, poco nos quedará por debatir. Pero, eso sí, que me lo niegue uno que vaya a pie, pase de quirófanos y viva en chozas; o que si tiene un cáncer prefiera ir a que se lo vea el chamán de alguna tribu o ponerse a orar al dios de la salud.
Pues ése es el problema de gran parte de las culturas contemporáneas, comenzando por la islámica, ya que se trata de culturas que no han pasado por esa experiencia capital que en otros lugares, también regidos por una religión monoteísta del Libro, han posibilitado la eclosión simultánea del conocimiento libre y la autodeterminación personal, sobre la base de una idea de verdad independizada de los textos del Libro y de una concepción de la dignidad personal que arranca de la libertad de conciencia, base de la autonomía personal. ¿O acaso los reparos que aplicamos a los creacionistas no nos sirven para otras cosmovisiones limitadoras y de efectos equivalentes o peores?
Sentado lo anterior, la pregunta es qué hacer en la situación presente, cómo debe comportarse esta cultura nuestra a día de hoy. Mi respuesta primera es ésta: debe, en primer lugar, procurar la universalización de esas dos enormes conquistas civilizatorias, ciencia libre y conciencias autónomas. Esto equivale a que los que creemos en estos valores de fondo de nuestros sistemas sociales debemos congruentemente ansiar su disfrute por toda la humanidad, al margen de razas, lenguas, naciones, culturas y religiones. Yo deseo firmemente y con absoluta convicción que cualquier niño o niña que en este momento esté naciendo en Pakistán, Indonesia, Bolivia, Tahití o Sierra Leona tenga exactamente las mismas posibilidades, las mismas, de llegar a viejo y de decidir qué quiere ser de mayor que tendrá el niño que ahora mismo esté naciendo en León, Madrid, Bruselas o Helsinki.
¿Y cómo lo conseguimos? Esta pregunta nos conduce a mi segunda respuesta. Sentado el qué, hay que ver el cómo: pacíficamente y mediante el diálogo intercultural. Y en ese diálogo intercultural tendrá también nuestra cultura que ceder y cambiar en multitud de cuestiones que no tienen que ver con las esencias antes mencionadas: verdad empírica, ciencia secularizada y libertad de espíritu. El mestizaje, el intercambio, la evolución, son buenos y enriquecedores para todos y por definición. Ahora bien, decir diálogo es decir mucho. La orientación al diálogo es una actitud (y requiere también una aptitud), es una disposición de ánimo, un talante, incluso. Y el problema estriba en que dos no pueden dialogar cuando uno no quiere, cuando se muestra inflexible; o cuando el otro se muere de miedo por la violenta fiereza de su interlocutor. El diálogo con Torquemada y sus más radicales secuaces en los tribunales de la Inquisición me temo que era imposible. A los inquisidores no los venció el diálogo, los derrotó el Estado moderno desde la filosofía ilustrada que lo alimentó en sus orígenes. Sin un componente mínimo de esa filosofía y de esa praxis, que lo fueron de la tolerancia, al menos tolerancia de mínimos, no hay posibilidad real ninguna para esos niños de los “otros mundos” que antes mencioné como ejemplo. Traducido a términos más prácticos, lo anterior significa que la necesaria disposición al diálogo por “nuestra” parte tiene que estar alimentada de convicciones humanísticas, no de escepticismo radical, autocrítica enfermiza (subrayo el adjetivo) y relativismo cultural extremo, ése que proclama que cuentan más los grupos que los individuos, y que cualquier cultura es tan buena como cualquier otra (incluidas, si queremos ser consecuentes, nuestra cultura teocrática medieval) y tan conveniente, por tanto como ésta que hoy aquí vivimos.
Respeto total al otro, sí, pero al otro por ser humano, y respeto al otro que muestre una mínima disposición a respetar al ser humano, en su cultura y en la nuestra; respeto al ser humano por encima de su religión, de su raza, de su lengua, de sus costumbres, de cualquier cosa que pueda convertirse en jaula que encierre irremisiblemente su libertad. Esto significa reciprocidad, y equivale, con un ejemplo sencillo, a que de la misma manera que aquí debemos aceptar al que decida convertirse en musulmán o irse a vivir a la selva con los indígenas y a su manera, allá se debe respetar igualmente al que desee mutar sus creencias o elegir otra forma de vida. Toda cultura que quiera imponerse a la fuerza sobre sus miembros es una cultura opresiva, y así debe ser llamada y así debe ser tratada. Ojalá mañana aquí convivan cien iglesias y sin forzamiento ninguno, tampoco para los ateos; ojalá mañana así sea también en Pakistán, Indonesia, Sierra Leona o el más escondido paraje amazónico.
Hasta aquí he hablado de ideas e ideales. Toca ahora referirse a la práctica. Me parece que es urgente que sentemos una distinción fundamental, la distinción entre propósitos y ejecuciones. Los errores de ejecución o las traiciones que en el seno de nuestra civilización han padecido y padecen tales ideales de fondo, que nos definen como cultura, no son indicio de maldad congénita de la misma, sino muestras de eso, de errores y traiciones. Que el poder supremo en esta civilización lo ostente en estos momentos un cafre fanático como Bush no es señal de que sea esta civilización el colmo de la perversidad, sino de que padecemos graves desajustes internos o de que se nos están disolviendo peligrosamente nuestros propios principios. Pero la solución es corregir esos desajustes en nombre de los mismos ideales que nos dan pie a la crítica frente a Bush, o frente a la guerra de Irak, o frente al doblez moral de ciertas multinacionales petroleras; no tirar por la borda, por culpa de esos sujetos, de esas empresas o de determinado país, todas las conquistas civilizatorias, ésas que nos han permitido descubrir vacunas, explorar el espacio, avanzar en la igualación jurídica y social de las mujeres o acabar con la esclavitud.
Mientras conservemos la fe en lo valioso de la filosofía de fondo, podremos corregir tantos errores o incongruencias entre teoría y práctica de los derechos humanos, por ejemplo. Pero si renunciamos a las convicciones, al grito de todo da igual o persuadidos de que nuestro mundo es el peor de los posibles, todo estará perdido y volveremos al imperio libérrimo del fanatismo, la opresión y la fuerza. Si por lo que este mundo ha hecho tan mal (colonización, descolonización, capitalismo salvaje, guerras por interés meramente económico, retorno de la tortura –que aquí y sólo aquí está vetada y que aquí y sólo aquí podemos volver a exterminarla-) nos abandonamos a creer que son mejores, o igual de malos, esos regímenes primitivos, cleptómanos y fanáticos que imperan, por ejemplo, en gran parte del mundo islámico, no lograremos el ideal de universalizar los más básicos de esos que llamamos derechos humanos; conseguiremos sólo que tampoco rijan aquí, ya sea porque nos venza el fanatismo de fuera, ya porque ganen la partida los fanáticos antiilustrados de dentro.
Nuestra cultura ha incurrido en practicas odiosas que primero han dejado a las otras gentes en la miseria material y moral y ahora están sirviendo de coartada para los que allá quieren perpetuar la dominación más cruel y la extirpación de todo asomo de libertades individuales. Eso es rigurosamente cierto. Pero la solución no está en renunciar a ella y abandonarse al retorno de los dioses sanguinarios y los sátrapas que los invocan. La solución está en perseverar en ella para que, desde ella, podamos, mediante el diálogo, ayudar a la liberación de los que no pueden elegir sus dioses, o su oficio, o su orientación sexual, o la persona con la que quieren casarse. Pero ese diálogo ha de ser tan abierto en las formas como firme en lo irrenunciable. Porque es de miserables proclamar aquí las virtudes liberadoras del matrimonio homosexual, por ejemplo, y añadir que merece el mismo respeto una cultura en la que los homosexuales sean apadreados o ahorcados. Pues la culpa de que se les hagan tales cosas, por seguir con el caso, no es exclusiva de ni de Bush ni de la colonización ni de las multinacionales; es, en gran medida también, de la maldita mezcla de religiosidad premoderna y de dictadura sanguinaria en que han ido a parar esas otras culturas. ¿O acaso no es mejor para cualquiera, de acá o de allá, vivir en EEUU, pese a Bush, que en Arabia Saudí -salvo que se sea familia del jeque de turno y se venga cada veranito de putas a Marbella- o Afganistán, pongamos por caso? Pues debe llegar el día en que se pueda morar con la misma libertad y la misma esperanza de vida en un lugar que en otro. ¿O no? Si estamos de acuerdo en eso, podremos debatir luego sobre táctica y estrategia para lograr la liberación de todos y ver, por ejemplo, cuánto y hasta cuándo se debe excepcionar la libertad de expresión para no ofender a los dioses de otros. Si no, no hay nada más que hablar. Y cuando no se quiere o ya no se puede hablar, la violencia reemplaza a la comunicación, gane quien gane.

Una frase de Goethe. La vida sigue igual.

Un colega y, sin embargo, muy querido amigo me remite esta frase de Goethe:
"En esa época vemos a toda una serie de personas más o menos destacadas, pero ni rastro de una orientación compartida o de unos intereses en común: cada cual vivía encerrado en sí mismo y siguiendo su propio camino, sin participar en lo más mínimo en las aspiraciones que movían a los demás. A mí me parecen bolas de billar que recorren ciegamente el tapete verde sin saber nada las unas de las otras y que, cuando por fin chocan entre sí, no hacen sino alejarse aún más". Fin de la cita.
Talmente parece que está hablando de aquí ahora mismo. Se ve que en todas las épocas se cuecen habas.

06 febrero, 2006

Impresiones pluriculturales de mi hijo en Dinamarca

ESTO ME ESCRIBIÓ MI HIJO AYER. ESTUDIA EN DINAMARCA. LO PUBLICO CON SU PERMISO, CLARO. Y NO LO PONGO CON NINGÚN PROPÓSITO CONCRETO, SINO POR LO SIGNIFICATIVO QUE RESULTA, SIN MÁS. SIGNIFICATIVO DE DISTANCIAS Y MUTUOS DESCONOCIMIENTOS QUE SÓLO ASÍ SE PUEDEN SUPERAR, CON LA CONVIVENCIA Y EL ENTREMEZCLAMIENTO REAL.

Vivo con 3 pakistanÍes y un indio musulman. Paso de preguntarles, la verdad, porque me temo que quienes más lamentan todas esta movidas son ellos... estando aquí ahora. Lo que sí es triste, incluso en esta gente, que es gente culta (para sus standares el menos... están en Europa estudiando una carrera, cosa que no es poco), es el profundo desconocimiento que tienen de Europa. Y lo que es peor, hay uno que cree saber, pero el pobre no sabe... Se me "lamentaba" un dÍa de cómo en España (ay, ay, qué sabrás de España, hombre) es una lástima que la mujer trabaje, porque se pierden las tradiciones y no se qué mandangas más. Resulta tambien que lo del matrimonio "apañao", como digo yo, es una manera de proteger a la mujer. De quién, o de qué, pregunto yo. Insisto, son buena gente. Pero se huele, se huele -incluso en éstos que han tomado la iniciativa de venir a Europa- un desconocimiento profundo. No digo irrespetuoso, pero simplemente ignoran sin saberlo. Porque cuando se les aclara o explica, lo aceptan con"ohh, ahh".
Recuerdo una vez que el indio, el más majo de todos, me preguntó: ¿en España puedes casarte con quien quieras? Tras unos segundos de reflexión y varios chistes malos que me pasaron por la cabeza, del estilo de "bueno, o con quien se deje", opté por el simple "sí". "¿Y lo que digan tus padres no importa?", a lo cual respondí con un "en absoluto", y ante su cara de estupor tuve que puntualizar que importaba en tanto en cuanto era una opinión muy a tener en cuenta, jaja. Pero que en el fondo un servidor haría lo que en gana le viniese, so to speak. Claro, el chaval me preguntaba medio a sabiendas, y me explico lo que ya me habían contado otros, que eso en la India/Pakistan no se estilaba. Que a él no le parecía justo eso de que escogiesen tus padres por ti con quién ibas a pasar el resto de la vida (cualquier otra concepción del matrimonio, como unión potencialmente temporal, no ha lugar) no le parecía como muy justo, a lo cual asentí. Porque resultó que el chaval les había dicho algo así a sus padres (no sé si porque la hija del alcalde de su pueblo oyó hablar de ése que fue pa Europa que es buen partido), a lo cual parece que aceptaron... pero ah, eso sí. que sea musulmana. Fair enough, que dirian los guiris. Y yo creo que con eso el hombre ya se da con un canto en los dientes. Lo que son las cosas.
Batallitas del estilo, muchas más. Como la de que, atención, los europeos, con nuestra promiscuidad, vamos por ahí embarazando a todas (¡?) y que luego nos damos el piro y que eso qué es, etc. Alguien le replica con lo evidente, pero no hay tu tía, al final éstos son mas papistas que el papa y comparten lo del mejor método, la abstinencia. Así que somos malotes, que comemos cerdo (animal que dios puso en la tierra como ejemplo de impuro, cita cuasi textual) y un tanto decadentes por eso de hacer lo que el mayor o menor conocimiento de cada uno nos da a entender. Insisto en que nos llevamos bien, y que estoy aprendido cantidad sobre su cultura con esta gente, que es ciertamente abierta, y seguro que representante de una mayoría dentro de su cultura. Aunque se perciban cierto regusto a doctrina, pero vamos, que eso no sorprende a nadie. Además cocinan picante, como a mi me gusta.
Siempre está tambien el ciertamente idiota, que critica como ¡¡oigh, comen con las manos!! Menudo plantel, idiotas en todas partes. Sorpresa, ninguna tampoco. Bah, yo rompo la baraja y unos días como con las manos, otros cerdo... El otro dia, precisamente, oí a un cazurro un cagamento buenisimo... iban dos cazurros (parece esto un chiste) en una sola bici y uno medio se cayó. El taco of choice fue un "me cago en tu dios" que casi me hizo caer a mí tambien de la bicicleta, jajajaja. Con tanto mestizaje cultural, uno ya no sabe, oiga.
Y tengo que contar esto: en navidades, alguien puso un papá noel bastante grande en el corcho que hay en la cocina, en plan de coña. No faltó el paki que me preguntó... si el papá noel era alguna deidad para nosotros. Cuando les contestas con ironías y chistes y les ves la cara de poker, te lo vuelves a pensar y ya les dices que no... no realmente. Y los "aunque bueno" te los guardas pa mejor ocasion, que pobre susto se llevaron en halloween con la gente disfrazada de cosas por los container pidiendo caramelos. "¡¡¿¿Quienes eran esos!?!" "¿Nunca has oido hablar del halloween?" "Mmm no.." "¿Ni en esas peliculas americanas..." "Mmm no" "Ya, bueno, pues es eso que has visto" y me vuelvo a la habitacion pensando que seguramente por Islamabad no ponen muchas peliculas de esas de jolibud.

05 febrero, 2006

HEINE Y NOSOTROS. Por Francisco Sosa Wagner

Seguir los aniversarios, centenarios etc es muy significativo y da en cierta manera la temperatura moral de una sociedad. Hace unas semanas, encaramado en esta columna, recordaba yo tempranamente el cincuentenario de la muerte de Pío Baroja. Decía entonces que la figura del escritor no gustaba a buen seguro a las mentes ortodoxas y marimandonas que actualmente padecemos, por cierto, con hechuras de plaga de mayor calado que las bíblicas. No tardó enponerse de manifiesto esta premonición y así, en alguna ciudad vasca, se ha vivido una situación bochornosa en la que el nacionalista de guardia quiso equiparar a Baroja con un cuadrúpedo local, ante la mirada pasiva y distante de un progresista de caseta de feria que en las inmediaciones se hallaba.
La única conmemoración que pasa entre triunfos es la de Mozart porque su música inmortal da buenísimos rendimientos a quienes de ella han hecho mercadería.Por el contrario, de Dimitri Shostakovich, que nació en 1906, apenas se habla, acaso porque iba a poner en más de un apuro explicar la persecución que sufrió porparte de aquel benefactor del pueblo ruso y mecenas artístico que se llamó Stalin.
Ciento cincuenta años se cumplen ahora también de la muerte en París de Heinrich Heine, el gran poeta alemán. Para nosotros tiene interés ahora la obra de Heine porque, con su pluma, se desempeñó como un rebelde ante el orden establecido: el alemán, que no le gustaba, y el francés, país al que emigró en 1831. Heine era judío y sufrió la persecución tradicional. Napoleón intentó suavizarla pues, cuando sus ejércitos se asentaron en Prusia, permitió a los niños judíos acudir a las escuelas. Heine se aprovechó de esta circunstancia. Pero la vuelta a la “normalidad” le llevaría a hacerse bautizar por un pastor protestante. Sin entusiasmo, únicamente para tratar de no complicar su futuro. Lo revela su comentario ácido: “antes me odiaban los cristianos, ahora ya me odian los cristianos y los judíos”. Seducido por la Francia del rey burgués (revolución de 1830), Heine se instala en París donde vivirá hasta su muerte (y aun en su regazo pues allí se halla enterrado). Pronto vería también los costurones del régimen instaurado por aquel frivolón que proporcionó negocios pingües a la oligarquía apoyado en el garrotede su ministro Guizot. Como compañía femenina tuvo Heine a Matilde, una analfabeta que jamás intuyó con quien compartía lecho y sexo (hay que hacer un estudio sobre los grandes creadores ligados a mujeres analfabetas). Murió Heine en 1856, cuando ya el escenario se había ocupado de forma imperial por Napoleón III, pero ya no estaba el poeta para bromas pues pasó años sepultado en la inacción de la cama.
Heine tiene actualidad en la España de nuestros días porque supo ver el peligro del nacionalismo con gran perspicacia. Y eso en un momento en el que todavía traía la vistosa vitola revolucionaria, es decir, cuando se hallaba asociado a las ideas democráticas y de libertad, nuevo fundamento de la legitimidad para mandar. Porque, a finales del siglo XIX, la causa“nacional” pasaría de las manos liberales a las de una derecha antirrepublicana, antidemocrática e intransigente (Charles Maurras y compañía). Pues bien, Heine vio bien pronto el peligro del nacionalismo como fuente de odio y de desunión. Por eso fue un europeista convencido, no evidentemente en términos políticos, pero sí en aquellos culturales y de civilización -en la linea de un Schiller- que son los que están sirviendo de fundamento para la actual construcción europea. Heine: irónico, envuelto en distancias profilácticas, disfrutó de los grandes espacios, abominó del tufo del establo cercano.

YO TAMBIÉN SOY DANÉS

Yo también soy danés.
Frente a la barbarie religiosa, soy danés.
Frente a los que detestan las libertades, soy danés.
Frente a los asesinos, soy danés.
Frente a los que odian al infiel y quieren su muerte, soy danés.
Frente a las religiones estúpidas, odiosas, cerriles, soy danés.
Frente a los que aman las cadenas, soy danés.
Frente a los dioses y profetas sanguinarios, soy danés.
Frente a los relativistas culturales, soy danés.
Frente a los cobardes que no plantan cara a los liberticidas, soy danés.
Frente a los que no merecen la libertad que disfrutan en esta civilización occidental moderna, soy danés.
Frente a la tolerancia fofa, soy danés.
Frente a los que entienden o disculpan al que mata por un dios, soy danés.
Frente a los que quieren aliarse con la parte más infame del género humano, soy danés.
Frente a los que prefieren rendirse ante los que nos amenazan con la muerte porque somos libres, soy danés.
Frente a las teocracias, soy danés.
Frente a los que no están dispuestos a mover un dedo para que sus hijos sean libres, soy danés.
Frente a los que se muestran comprensivos con los tarados del puñal y la bomba, soy danés.
Frente a los de aquí que dan la espalda a los daneses libres, soy danés.
Frente a las masas furiosas de allá que gritan, amenazan y queman, soy danés.
Para el que quiera castigar, reprimir, humillar o matar a los daneses, sépalo, yo también soy danés. Para los daneses que nos enseñan a mantener la cabeza alta y a sentir el orgullo por una cultura de libertad, que lo sepan, yo también quiero ser danés.

Represión

Vivimos, aquí y ahora, en este país, en una sociedad eminentemente represora y reprimida, acoquinada por temores de medio pelo y reparos tontitos. Ya no es aquella represión exterior (y malísima también, peor, de eso no hay duda: la represión era peor, pero la gente era menos cobarde y cómoda) de cuando la dictadura, que era represión estatal. Ahora que las normas nos permiten ser considerablemente libres, funciona a toda máquina la represión social, que es mucho más sutil, pero casi igual de efectiva; o más. Antes se nos cercenaban las libertades básicas desde el código penal y los reglamentos administrativos. Ahora estamos de nuevo atados, pero por las convenciones sociales enraizadas en el discurso único. Hace décadas la maldición te llegaba si no eras sumiso al régimen; ahora, si no te atienes a las reglas para ser guay y modelno. Ante el medio autoritario la gente antes se defendía hablando; en este momento la opción absolutamente mayoritaria es la de callar. Uno ya no sabe cómo hablar ni qué decir. Ves a tu alrededor tropelías sin cuento, abusos manifiestos, descaro congénito, pero líbrente los dioses de levantar la voz o de dar a tu protesta un tono que no sea de mansa suavidad, ya que, en caso contrario, serás tildado de cavernícola, retrógrado y violento.. Sólo cuando los poderes mediáticos y los mandamases de algún partido dictan consigna se puede alzar la voz para gritar, en grupo y formación, eso sí, “nunca más” o “Aznar, asesino” o “ZP, traidor”. Se autoriza así, según y cómo, el exabrupto contra lo lejano feo, pero no se permite la denuncia de la corrupción inmediata ni del mangoneo próximo.
Bajemos un momento a la anécdota con afán ilustrativo. Cuando un servidor casca aquí o en algún periódico sobre las vergüenzas de la universidad, vienen de tres en fondo los amigos con un “tienes razón, hombre, pero no se puede decir así, deberías moderar el tono y ser más suave”. ¿Más suave con qué y para qué? Pues para que nadie se enfade, para que ninguno se dé por aludido y, sobre todo, para que los que mandan no se ofendan. Ah, pues muy bien, chitón y a chupar del frasco. Se indigna uno ante tan amistosos consejos y, entonces, el buen amigo de turno te consuela con el argumento de que total para qué, que te complicas la vida sin necesidad, que esto no tiene arreglo, que luego te lo van a hacer pagar y es una pena. Miedicas. Tramposos. No gustan, ni siquiera muchos de los honestos, de más crítica que la clandestina, esa que se practica los sábados por la noche en la intimidad de la cena de matrimonios y con un buen brandy en la mano. Y cuántas veces acaban estas amables reconvenciones en un “yo te conozco y sé que no, pero el que te lea va a pensar que eres del PP”. Todo el que no reconoce que qué bien y que estupendo y qué mundo maravilloso es sospechoso de hacerle el juego al PP. O eres ciego y mudo y complaciente o eres del PP. Tertium non datur.
Otra historieta mínima. Hace poco más de una semana explicaba en Sevilla en un curso de doctorado. Se me ocurrió la malhadada idea de contar una historia real que yo había visto y que tenía como protagonistas a dos profesores varones estúpidos y una profesora igual de tonta. Sin dar nombres, me referí a los primeros haciendo ver que eran varones tramposos, deshonestos y bobos. Cuando apareció en la historia el tercer protagonista, que era una dama, se levantó indignada una estudiante y dijo “¿y por fuerza tenía que ser una mujer la tonta?”. Le tuve que responder que si lo prefería le ponía pito a la señora y contaba la historia diciendo que versaba sobre tres señores tontos, pero que eso era falsearla en nombre de una igualdad de género que es identidad en el género tonto. Y que por qué no se ofendían sus compañeros varones de que los dos primeros protagonistas malparados fueran de su mismo sexo.
Y es que nos pasamos la vida así, esto es insufrible. Cada vez son los márgenes más estrechos. Nos obligan a hablar sin criticar a nadie, pues todos somos iguales y nadie es más que nadie. Hay que hablar sin ponerle género a los personajes, pues eres sexista tanto si dices que qué guapa como que qué fea, que qué lista como que qué tonta; o que qué listo o qué tonto. Si dices algo negativo de los partidos catalanes eres españolista y activista del boicot. Si criticas a Rajoy, eres cómplice de los que desmembran esta patria nuestra; si tus iras van contra ZP eres un revanchista y un renegado. La lista de los personajes públicos que puedes denostar es cerrada y se circunscribe a Bush y Sharon. Mas ni se te ocurra zumbarle al presidente de Irán, pongamos por caso, porque te cae encima un pacifista indignado. Sí, sí, un pacifista de consigna y manifa y, por tanto, tuerto, de los que sólo ven las armas de un lado. Y así hasta el infinito. ¿Qué carajo hacemos los que queremos criticar a todo el mundo, sobre la base de que la razón –buena o mala- no tenga que inclinarse ante el prejuicio?
Esto cada día se soporta peor. O repites acríticamente consignas bobaliconas o te fríen las neuronas con frases hechas por el departamento de marketing de los partidos y los periódicos. Si queremos que esta sociedad conserve un mínimo arsenal crítico, si queremos que la libertad de expresión, y la de conciencia, y la de cátedra, y un puñado más de ellas, no queden en nada, debemos superar dos miedos que atenazan por completo a esta sociedad, comenzando por sus supuestas élites culturales: el miedo a infringir el código de lo políticamente correcto y el miedo a no parecer progre. No habrá más progreso real en este país mientras continuemos así, como una masa de meapilas reprimidos. Reprimidos por los apóstoles de variadas liberaciones, manda güevos/as.

04 febrero, 2006

Una amiga revela que se rebela. Nos sumamos a su rebelión.

UNA AMIGA QUE FIRMA COMO "ANÓNIMO II" HA DEJADO POR AHÍ ABAJO UN COMENTARIO QUE MERECE PRIMERA PLANA. ME APUNTO SIN DUDARLO A SU ENFADO Y LANZO LA PREGUNTA DE CÓMO PODEMOS LOS CABREADOS MANIFESTAR NUESTRO MALESTAR DE MODO EFICAZ, PARA QUE ALGO IMPORTANTE VERDADERAMENTE CAMBIE, PARA QUE CESE EL ENGAÑO SISTEMÁTICO EN QUE ESTA SOCIEDAD FARISAICA SE HA INSTALADO, CON SUS POLÍTICOS A LA CABEZA.
ESTE ES EL TEXTO DE "ANÓNIMO II".
Creo que quizá no me he explicado con claridad. No pretendo exponer problemas"burgueses" o de mera comodidad, ni mucho menos. Lo que pretendo es exponer algo tan sencillo como que se está perdiendo un tiempo precioso en discutir conceptos, metaconceptos y supraconceptos de una forma absolutamente chabacana y sin ninguna seriedad o rigor doctrinal mientras que nadie nos explica o da cuenta del día a día y de cuestiones que son de mucho más calado a largo plazo para el propio mantenimiento de nuestro sistema social tal y como lo entendemos. Y de momento apenas he apreciado debate de verdad, del auténtico en el tema del Estatuto. Sólo he visto política rastrera, barriobajera por parte de todos los implicados, electoralista, apocalíptica por todas las partes y agorera. Pero debate real, del bueno, con argumentos, barajando repercusiones, consecuencias, razones y motivos, de eso nada de nada. Por eso me da asco la situación. Porque mientras el Presidente de Castilla y León clama por la aprobación del Estatuto y las consecuencias económicas que eso va a suponer para una Comunidad deprimida como Castilla y León, el Vicepresidente de la Comunidad intenta "sisar" los fondos prometidos por Zapatero a las provincias León, Zamora y Salamanca (que veremos a ver si llegan), fundándose, entre otras lindezas, en la aportación económica más fuerte deValladolid y Burgos a la Comunidad. ¿De qué me sonará a mí ese discurso...?
Y lo siento, pero no comparto su análisis porque me resulta demasiado complaciente. Hay que plantar cara. Nuestros diputados cobran una media de 6.000 euros al mes ¿y qué hacen a cambio? Por poner sólo un ejemplo, la LRU fue un desastre en la educación universitaria de los ochenta que sólo alcanza parangón con la aprobación de la LOGSE para la educación no universitaria. Y no me refiero a la existencia de ordenadores o a las clases a la sombra de un árbol, me refiero a que mientras discutimos si Cataluña es o no nación, estamos formando generaciones de auténticos borregos, sin capacidad crítica ni de análisis, que no saben escribir correctamente, que son incapaces de leer un texto complejo y entender su significado porque en clase hay que explicar términos tales como "gravamen" (caso real y la explicación la tuve que dar yo a alumnos de tercero de Universidad), estudiantes que no leen la prensa porque no saben ni que existe, les basta con El Marca (real, de 120 alumnos en clase sólo uno levantó la mano y confesó leer el periódico local los domingos)... esa generación (con honrosas pero cada vez más escasas excepciones) responde a un modelo educativo que absolutamente nadie ha abordado con el rigor, la seriedad, el consenso y la participación social necesaria. Eso por no hablar del sistema de selección del profesorado y de la formación de este último que también tiene honrosas excepciones, pero que desgraciadamente tienden a escasear cada vez más. El genio que decida quedarse en la Universidad sale corriendo nada más ver la cantidad inhumana de formularios de becas, proyectos, acreditaciones, certificaciones, habilitaciones, contrataciones temporales, cuasitemporales y supratemporales que debe rellenar antes de tener un tiempo mínimo para sentarse a TRABAJAR. ¿Por qué será que soy tan desconfiada de pensar que ese caldo de cultivo favorece precisamente a esos mismos políticos que desvían nuestra atención de lo que es más importante para lanzarnos a discutir sobre el concepto de moda metiéndonos unos a otros el dedo en el ojo?
Nuestro sistema educativo, por continuar con el ejemplo, permite ahora que alumnos peguen a sus compañeros sin que el centro pueda hacer nada, porque si lo intenta siquiera corre el riesgo de que el nenín pegue fuego al centro con el director dentro. Y permite también que en Cataluña un director de colegio pueda decidir por encima de la opción personal de los padres si el niño va a recibir o no educación en castellano como "lengua vehicular". No quito importancia al debate sobre la inclusión, por ejemplo, del deber de conocer catalán o del término nación en el estatuto pero me parece increible que toda la prensa y clase política de este país se lance a hacerse"pajas mentales" con estas ideas sin un estudio crítico, riguroso y serio de la legislación vigente, nacional y comparada, de la situación real existente en Cataluña y de tantas y tantas cosas de las que se debería de informar con algo más de profesionalidad. Por cierto, algunas de esas "novedades que van a hacer estallar la patria" llevan vigentes desde hace muchos, pero que muchos años sin que ningún Gobierno de la sacrosanta Nación española decidiera hurgar en la herida no sea que me quede sin el apoyo parlamentario preciso (léase, CiU). En la educación universitaria en Cataluña más del 90% de las clases se imparten en catalán. No recito de oídas. Lo afirmo. Respuesta oficial ante cualquier intento de obtener respuestas en castellano durante la clase: si eres de fuera de Cataluña, estudia allí. Hace tiempo que en determinadas asignaturas se ha optado por publicar los programas y entregar los exámenes solamente en catalán. Hace mucho, pero que mucho más de un año que se persigue el pequeño comercio por no rotular su establecimiento por dentro y por fuera en catalán (no hará falta que recuerde cuándo y quién empezó la política lingüística que ahora tanto se critica).Hace mucho más que ha desaparecido la bandera española de los edificios oficiales. ¿Y justo ahora hay que dejarlo todo, salir corriendo y paralizar a todo el país por estas dos "novedades" del Estatuto? Pues lo siento pero me rebelo. Son asuntos de importancia capital, pero para tomársela con el interés debido. No para adoptar la postura que más me va a favorecer electoralmente y montar el pitote tirando de la cuerda en dos direcciones totalmente contradictorias.
Lamento mucho mi aburguesamiento, pero no todos tienen la suerte de disponer de casa, empleo y medios suficientes. Y lo siento sobre todo porque tampoco es éste un país que facilite el" hágase a Ud. mismo a base de trabajo y esfuerzo". Imagino que estará al tanto de la generalización del término "mileurista" a raíz de una carta publicada en El País, por cierto muy realista y muy alabada por todos los periodistas y "expertos" de rigor, de una joven madrileña que se quejaba y con absolutamente toda la razón de la situación de los ciudadanos de este país, especialmente de los jóvenes. Hace tiempo que todos nuestros jóvenes leoneses (y de muchos sitios más) tienen que emigrar a Madrid para poder trabajar, ciudad donde pasan por el año o dos años de"becario" (explotado sin sueldo) para pasar al de empleado con sueldo mínimo (explotado con sueldo de risa). ¿Me quiere decir qué va a pasar el día que sus padres no puedan seguir manteniendo dos casas, pagando estudios, másters, postgrados, formación, etc. para después seguir ayudando al pago de alquileres, hipotecas, facturas, etc. mientras su hijo/a gana una porquería eso sí con todos los honores cum laude habidos y por haber?
Ayer se publicaban en La Crónica de León las declaraciones de una diputada por León que gana 6.000 euros al mes y que afirmaba, sin sonrojo alguno, que esa cantidad "entre alquileres y desplazamientos apenas le alcanza para llegar a fin de mes"? ¿Dónde están los sindicatos? ¿Dónde los partidos políticos contrincantes? ¿Dónde tantos agentes sociales implicados? Pues cobrando del otro lado y recortando nuestros servicios y derechos sociales. Ya sabes, hay que apretarse el cinturón y no ser muy "burgués" pero ellos, casualmente, necesitan 6.000 euros al mes en una ciudad donde la mayor parte de los jóvenes titulados universitarios con menos de 3 años de experiencia en cualquier rama laboral ganan una media de 1.000 euros al mes. ¿Le sigue pareciendo un asunto "menor" si debido a todas estas disfunciones educativas y laborales la tasa de natalidad es de las más bajas de Europa, nuestra Seguridad Social está al borde de la quiebra y sólo es capaz de salvarse a partir de una llegada indiscriminada y malgestionada de inmigrantes extranjeros? Fíjese en todos los problemas que la situación está planteando ahora pero no olvide los que planteará en el futuro cuando los hijos de esos inmigrantes sean españoles de pleno derecho igualitos, igualitos a nosotros y se pasen la Constitución y el Estatuto por el arco del triunfo para ir a recibir a los gavilanes en plena Plaza Colón o para asistir a la enésima pelea de los Latin Kings en cualquiera de nuestras ciudades. Ojo, con esto no estoy haciendo un planteamiento xenófobo o racista, basta con mirar hacia Francia, Alemania, Reino Unido, Estados Unidos para ver qué nos aguarda a la vuelta de la esquina en esta materia. Me ratifico, con nuestras pajas mentales hemos descuidado aspectos sociales y jurídicos básicos, que determinan nuestro modelo de convivencia mucho, muchísimo más que el Preámbulo del Estatuto catalán. Y sin embargo, a nadie parece importarle.Lo siento si mis preocupaciones le parecen"nimias" pero a mí me parecen realistas. Lo que no se puede jamás es olvidar que los Estados, naciones, nacionalidades, regiones, Administraciones públicas, poderes públicos y cualquier otra entelequia organizada del tipo que sea (incluidos los políticos que en ellos se integran) están al servicio de los CIUDADANOS. No deconceptos metajurídicos, ni de fantasmas nacionales, grupales, tribales o lo que sea. De los ciudadanos y de sus necesidades reales.

02 febrero, 2006

Unimafias

Voy a poner al lector un caso práctico y a pedirle algunas respuestas, aunque sea para sus adentros. Vea esta historia imaginaria (más o menos):
Se hace un sorteo de siete profesores funcionarios para integrar un tribunal de habilitación para plazas de profesor titular o catedrático de Universidad, plazas funcionariales, por tanto. Los candidatos firmantes son un buen puñado, las plazas en juego son, pongamos, tres. En esa disciplina hay varios grupos de poder. ¿Que qué es eso? Pues quiere decir que hay un grupo de personas que obedecen sistemáticamente y sin rechistar las órdenes de un líder o capo, incluidas órdenes de ejecución sumarísima. Pues bien, en la historia más o menos (más bien menos) ficticia que estoy narrando, hay tres de esos capos implicados, pues cada uno de ellos cuenta con pupilos entre los aspirantes y tiene cada uno interés en que alguno de sus protegidos obtenga plaza, ya sea porque se le considera intelectualmente muy competente -caso excepcional, esa es la verdad; pero alguna vez ocurre y hace días lo he visto suceder en un caso- ya sea porque es diestro en otras artes que no benefician a la ciencia pero dan gusto al científico. Cada uno de esos tres capos tiene bajo su estricta y perruna obediencia a algunos miembros del tribunal sorteado (sit, X, sit), pero ninguno tiene votos suficientes para garantizar que ganen el concurso sus candidatos. ¿Qué hacen en tal caso? Pactan y se reparten el pastel: tal barrio para ti, tal otro para mí. Ay, perdón, me equivoqué, en qué estaría yo pensando. Quiero decir que pactan en términos de el tuyo sale con mis votos y el mío con los tuyos y así gana uno de cada uno. La cosa funciona a la perfección, pues lo que excluido estaba de antemano es que no cumpla con su voto alguno de los mandangas a sueldo -baratísimo, eso sí: unas caricias en el lomo y, si acaso, una conferencita; pero hay excepciones y algunos son mas caros, de alto standing propiamente- que cumplen las órdenes a pies juntillas. Cada uno votó al que le mandó el macho dominante de su camada, y todos se fueron a la cama tan contentitos. Pero algunos de esos jefes de grupo quedaron tan satisfechos con los resultados del acuerdo que decidieron mantenerlo hacia el futuro y repartirse así todas las plazas venideras, en los nuevos concursos. Alguno de ellos hasta ha escrito sesudos artículos contra la corrupción, mira tú que cosa, cielo.
Sólo me falta darle al lector un detalle adicional, ciertamente importante y en el que seguro que ya ha reparado: con esos pactos el resultado del concurso está decidido mucho antes de que comiencen las pruebas del mismo, por lo que nada van a contar el mérito y las capacidades que los distintos candidatos ahí muestren. El señalado por el dedo velludo de los dioses va a triunfar aunque rebuzne; el que no tenga tal visto bueno celestial no gana ni aunque sea el Pelé de la disciplina.
Y ahora vienen las preguntitas, y vuelvo a rogar al lector paciente que trate de responderlas para sí con toda la buena fe de que sea capaz, que será poca, por fortuna:
a) ¿Qué ideología cree Vd. que tienen los tres capos de la historia? ¿Serán derechistas, izquierdistas, multiculturalistas, sarracenos, masones, contorsionistas...?
Respuesta correcta: todos fervorosos defensores del Estado de Derecho, garantistas y legalistas a más no poder, no faltaba más.
b) ¿Qué actitud cree Vd. que mantienen esos capos frente a nuestra vigente Constitución?
Respuesta correcta: continuas proclamaciones de amor encendido a la norma suprema, juramento incluso de dar por ella la vida y lo que sea que no sea muy caro, más exégesis esmeradas para sacarle a la norma de normas lo mejor de todo lo que lleva dentro.
c) Dice esa Constitución que algunos nos creemos que el acceso a la condición funcionarial estará regido por el principio de mérito y capacidad. ¿Qué cree Vd. que opinan los referidos maestros constitucionalistas de tal pauta?
Respuesta correcta: se la suda y se parten de risa.
Y ahora vamos con esos que con tan acrisolada disciplina (inglesa) obedecen y ejecutan las decisiones de los capos, muchas veces con un rictus de pena en la boca y mirada de lo siento chico, pero órdenes son órdenes (es bien conocido el argumento de la obediencia debida en ciertos ámbitos, por ejemplo en los ejércitos totalitarios).
Pregunta: ¿qué cree Vd que ven esos/as tipos/as cuando se miran al espejo?
Respuesta correcta: eso, exactamente eso que usted está pensando y que ni usted ni yo vamos a pronunciar ahora, pues se acerca la hora de comer.
Eso sí, unos y otros, amos y sumisos, se proclaman progresistas a carta cabal, personas de exigentísima moral y paladines de todas las causas nobles. Dicen en mi pueblo un refrán que viene de perillas, y pido perdón por sus términos: “el cagau no se huele”. Pues eso.
Y luego presumimos de ser un Estado moderno. Una mal administrada casa de putas decadentes, eso es lo que somos. Comenzando por la Universidad.
Firmo y rubrico: Juan Antonio García Amado, Catedrático de Universidad.
PD: la responsabilidad por todas y cada una de las cosas dichas en este post es plenamente mía y solo mía. Ruego, por tanto, que quien se sienta molesto no tome revancha por ellas contra ningún amigo mío que sea más débil o se halle más indefenso que éste que suscribe. Porque tal proceder, también habitual es este medio, es propio de despreciables cobardes.

01 febrero, 2006

Progresamos hacia atrás: en el mundo y aquí mismo

Cuentan hoy los periódicos que más de veinte países árabes elevan su enójadísima protesta ante Dinamarca, pues un periódico de allá publicó hace días unas viñetas en las que aparecía una caricatura de Alá, revestido de aspecto belicoso, guerrero. Esos países piden castigo para el periódico en cuestión. El periódico se ha disculpado ya y el primer Ministro danés dice que con eso basta y que hay que respetar la libertad de expresión. Desde aquellos países confesionales no se admiten licencias expresivas en lo que toque a su dios. No hay derechos humanos que valgan frente a la inmunidad divina y la intocabilidad de la fe. Los creyentes no admiten crítica ni caricatura de sus símbolos. Estamos a la espera de que Juan Goytisolo, siempre ejemplar en la denuncia del autoritarismo y la represión propia de este perverso y pervertido Occidente laico, denuncie el fundamentalismo y sus excesos.
Por aquí también comienza el lobezno a asomar sus orejitas. Una anécdota doméstica. Ayer mismo, en mi clase con alumnos de último curso de Derecho en mi universidad, tuve la malhadada ocurrencia de hacer unas bromas, yo diría que bastante inocuas -pero lo que a uno le parece inocuo, el otro lo puede considerar diabólico-, a propósito de la nueva encíclica de Benedicto XVI en que admite el disfrute carnal pleno en el matrimonio. Les insinué algo acerca de la liberación que ello significaría para tantas parejas de férrea disciplina católica en las que la antigua fobia eclasiástica al placer carnal llevaba a los esposos, y especialmente a las esposas, a la represión del placer y a la exclusión de cualquier variante erótica al margen de la postura del misionero y poquito más. Les conté algo, de pasada, de personas mayores próximas a mí, que habían vivido traumáticamente la furia de sus confesores por permitirse ciertas licencias amatorias con sus cónyuges. Todo ello en no más de tres o cuatro minutos. Todo para congratularme de la nueva libertad concedida por el reciente Papa.
Por qué lo hice, maldición. Al salir de la clase, un estudiante, un buen estudiante, vino a mí y, muy educadamente y con nobleza, eso es cierto, me dijo que con mis palabras seguramente habían ofendido muy seriamente las creencias de muchos de sus compañeros, y que no debo decir esas cosas ni hacer bromas de ese tipo, y que no es cierto que la Iglesia haya nunca reprimido ninguna forma de disfrute carnal entre los cónyuges. En esas estamos.
Traté de explicarle que en ese mismo día y en los anteriores me había permitido hacer bromas y críticas de cosas tales como el neoliberalismo, el comunismo, el PP, el PSOE, el pueblo en el que nací, los asturianos, los leoneses... Y hasta a costa de mi pobre madre había hecho algún chiste. Y ningún problema. Hacer guasas a costa de ZP o los ateos, por poner dos casos, da pie a una complaciente y complacida hilaridad de los jovenzuelos estos. Pero con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho. Pero no, seguramente es más ajustado decir que hemos topado con unas jóvenes generaciones que saben poco o nada de la historia y la dogmática de las propias creencias que acríticamente abrazan, esas que, por tanto, asumen superficialmente y con talante estrictamente maniqueo y futbolístico.
Llueve sobre mojado. A principios de este curso les hice leer un documento de la Conferencia Episcopal Española contra el matrimonio homosexual. Sospecharon algunos, o muchos, no sé, que mi propósito era crítico, y recibí un buen puñado de correos electrónicos anónimos en los que se me llamaba rojo de mierda, sociata maricón y lindezas similares. Y podría contar más casos así, del pasado curso.
Es lo que hay. Si el lunes les hago ver cuánto se parecen sus actitudes a las de los gobiernos islámicos antes citados, volverán a tomárselo a mal. Mejor me callo y les hablo de las normas anankástico-constitutivas. Si consigo que no lo entiendan, les parecerá muy bien.
Y ya sé que hay de todo en todas partes. Pero cuán oprobioso resulta el silencio estabular de la mayoría. Más oprobioso aún que la militancia fundamentalista e indocumentada de los otros.
Yo paso. Me rindo. Que nos zurzan a todos. Vivan las cadenas.