17 julio, 2006

Memoria histórica.

Recibo del Departament de Relacions Institucionals i Participació de la Generalitat de Catalunya un folleto magnífico sobre el coloquio internacional que los días 24 a 27 de septiembre se celebrará en Barcelona sobre “Políticas públicas de la memoria”. Parece un buen programa.
Esto de la memoria histórica es algo necesario, pero que en los últimos tiempos me desasosiega, como todas las ideas buenas que se tornan eslogan y comedero de burócratas. Y sí, seguro que nos hacen mucha falta políticas públicas de la memoria, y más en estos tiempos en que son tantas las políticas de falseamiento histórico, la memoria esquizofrénica o de homenaje a diversos hijos de mala madre y lerdos varios.
No sé cómo salir de esa inquietud que me produce la combinación de dos sensaciones: la convicción, por un lado, de que muchos acontecimientos del pasado, historias de sacrificios, persecuciones, torturas y muertes, no deben caer en el olvido, para lección de futuras generaciones, desprecio eterno de los despreciables y admiración infinita de los valientes y honrados; y el temor, por otro, de que muchos quieran manipular a los muertos, seleccionar con parcialidad a los represaliados, alistar a conveniencia a los caídos o discriminar entre verdugos.
Así que se me ocurren un puñado de muy elementales criterios para el cultivo público de una memoria referida a luchas y represiones que sea digna de un esfuerzo colectivo y servidora del interés de todos, por encima de disputas de cortas miras.
1. Objetiva.
Ni siquiera a este propósito vamos a hacer de la historia una ciencia exacta, pero aquí interesa especialmente el esfuerzo para evitar la parcialidad. Por ello, lo primero que ha de buscarse es la definición de criterios rigurosos y claros para el hallazgo y público conocimiento de los acontecimientos del pasado que se estimen dignos de recuerdo permanente y de recordatorio colectivo, sea para el ensalzamiento de algunos comportamientos, sea para el desprecio y vilipendio de otros.
Mal se sirve desde relativismos diversos a una memoria histórica decente. Porque es necesario delimitar pautas objetivas. ¿Qué debe recordarse? ¿sobre qué debe proseguir el esfuerzo de la investigación, el impulso de revelar los hechos tal como ocurrieron? ¿Sobre asesinatos, secuestros, torturas por razones políticas? ¿Sobre represión de ideas y expresiones? ¿Sobre entramados políticos, militares, económicos, empresariales? Sea lo que sea, no debería quedar este trabajo previo definitorio al albur de las ocurrencias de algún director general o de los intereses torticeros de un consejero autonómico o un ministro de este o aquel pelaje. Ni a merced del péndulo y sus leyes.
2. Inclusiva y no sesgada.
Aclarado qué es lo que se quiere recordar, en este punto se hace énfasis en la imparcialidad de la aplicación de aquellos hechos así definidos y que han de averiguarse. Si buscamos que queden al descubierto asesinatos políticos, que queden todos. Si buscamos fosas comunes, destapémoslas todas. Si pretendemos desenmascarar verdugos, salgan a la luz los nombres de todos. Si nos interesa que se exhiban las miserias de los políticos miserables, aireémoslas todas sin conmiseración con ninguno.
Ese esfuerzo de trabajo imparcial con la memoria acabará haciendo justicia a las verdaderas responsabilidades de cada grupo, ideología o doctrina en el pasado. Particularmente pocas dudas me caben de que, en su conjunto, la represión franquista durante y después de la guerra civil fue más intensa y más miserable (aún) que la de los diversos grupos que después del 31 y durante la guerra decían que luchaban por la república y la libertad, mientras que algunos eran puros esbirros de aquel otro genocida llamado Stalin. Un esfuerzo de memoria no selectiva acabará dando a cada uno lo suyo y poniendo a cada cual en su lugar, en el que merece ante la historia. Fusilara o torturara por este totalitarismo o por aquel otro; o por creer de buena fe que defendía la mejor justicia y la libertad más excelsa.
El franquismo, por ejemplo, también hacía ostentación de su memoria histórica, la de sus caídos exclusivamente, glorificados como héroes y mártires. Una memoria histórica antifranquista incurriría en la misma tacha de memoria sesgada, por mucho que se quieran mejores, y lo sean muchas veces, las razones morales de los antifranquistas que las de aquellos otros. O, por poner otro ejemplo, ¿alguien considerararía aceptable un cultivo aleccionador de las víctimas de ETA que no diera cuenta también de aquella otra aberración ética que se llamó GAL? La diferente proporción no es excusa, pues una memoria histórica sometida a cálculo y promedio no es más que vil utilización de los muertos para manipulación de los vivos.
3. No partidista.
Esta nota es secuela o consecuencia evidente de la anterior. Toda memoria partidista es memoria parcial, sesgada, condicionada por el prejuicio o el interés más rastrero, estructuralmente maniquea. Se trate del partido de que se trate. Si en algo tiene gran sentido el pacto y la política de Estado, suprapartidista, es en este tema. Porque las razones para rememorar los errores y las abominaciones del pasado tienen mucho más que ver con la construcción en común de reglas y límites, con el acuerdo social civilizatorio, que con cualquier ajuste de cuentas. La memoria parcial, selectiva, partidista, es la prolongación del enfrentamiento, sublimado ahora en una división en muertos buenos y malos y en ejecutores comprendidos y verdugos reprobados. No es eso, no debe ser eso.
4. Pacificadora, no agitadora de odios y revanchas.
Los móviles del que abona la memoria son determinantes por mitad de la valía moral de tal empresa; las consecuencias del recuerdo, aun las no queridas, constituyen la otra mitad que se debe ponderar para dar el visto bueno a esas políticas. Nada a este respecto menos conveniente que el "y tú más" o el "comenzaste tú". Que hablen los hechos, pero que quien desde el Estado los saca a la luz lo haga para lección general y desde el respeto a los muertos y represaliados de cada uno, independientemente de las proporciones. ¿Nos imaginamos el efecto tan benéfico que aquí y ahora tendría un gran acuerdo entre los grandes partidos de un ala y de la otra para homenajear juntos y con lealtad y respeto a todos los que padecieron persecución, represión y muerte, con una condena unánime para todos los casos y con total independencia de si fueron más culpables los de aquí o los de allá? Para hacer ciencia histórica están los historiadores, y bien la escribirán si son independientes y profesionales. Las políticas públicas de la memoria están para hacer sociedad cohesionada por las comunes reglas de juego, para hacer convivencia y para evitar la catástrofe de la guerra en cualquiera de sus formas.
5. Reparadora.
Recordar a las víctimas del fanatismo y del abuso político es hacerles homenaje, significa solidarizarse con sus destino trágico y demostrar que no fue vana su entrega ni estéril su sacrificio, que hemos aprendido la lección y que trabajamos, desde la claridad que da el recuerdo, para que no se repitan infamias tales. Esa es la reparación que se les hace, ese es el canon que se les paga, en ese colectivo reconocimiento late la justicia que recordar significa en esos casos. Es cosa diferente de las posibles responsabilidades civiles o penales que correspondan, y aún cupieran. La pública memoria ni reemplaza ni complementa otras responsabilidades u otras reparaciones, es meramente retribución social de lo colectivamente considerado como injusto, aberrante, aleccionador. Para hacer justicia individual a los perseguidos o a sus herederos existen otros caminos, admisibles y debidos en tantísimos casos. Pero son procesos paralelos que ni tienen por qué confluir ni deben reemplazarse.
6. Ilustrada.
También el recuerdo es praxis, pero debe ser praxis ilustrada, es decir, práctica vinculada a razones y movida por ellas, teniendo que integrarse esas razones en una doctrina que nos hable a todos de lo que puede ser y lo que no y que por todos se entienda como ratificación de una forma de convivencia mejor y de lealtad a las formas sociales y política más respetuosas con la integridad y la libertad de cada uno. No ha de consistir mero lamento, aunque también, crítica negativa de lo un día acontecido, sino antes que ndada ratificación de los valores que deben aglutinarnos para que el vivir juntos no equivalga a luchar contra nadie ni a excluir a ninguno. El culto a la memoria de los de antes no está reñido con las políticas de perdón y reconciliación, más bien las exige. Sin ese propósito, se convierten tales políticas en lo contrario de lo que les da su fundamento moral, en acicate para nuevos desmanes, en amenaza.
Dicho todo lo anterior, una pequeña historia familiar. Mi padre perdió en nuestra guerra civil a un hermano. Se llamaba Valiente y cuentan en mi pueblo que era un hombre recto con inquietudes intelectuales. Llamaba la atención que en aquel tiempo y en aquella aldea porque tenía un diccionario en casa y se pasaba horas cada día leyéndolo. Luchó en el bando de los republicanos y jamás regresó. Muchos años después, mi padre se encontró en un bar con un señor y se pusieron a hablar de aquellos tiempos. Mi padre le mencionó a su hermano desaparecido y aquel hombre le dijo que lo había conocido y había compartido con él cautiverio por unos días. Los habían apresado juntos y los habían encerrado en un túnel. Cada noche sacaban a unos cuantos y se los llevaban en un camión. Uno de los guardianes era del mismo lugar que este hombre que narraba a mi padre el suceso y le advirtió que se escondiera cada noche que fueran a buscarlos, pues en ello le iba la vida. Así lo hizo y sobrevivió. A mi tío se lo llevaron una noche y lo fusilaron. Lo fusilaron los del bando franquista. Si yo pudiera averiguar dónde lo enterraron, le llevaría unas rosas y un diccionario. Y le prometería que no volverá a ocurrir, para que descanse en paz. Simplemente.

14 julio, 2006

Fiestas ciudadanas.

¿Conocen ustedes cosa más patética que una ciudad en fiestas. Sólo con ver los programas se desanima el más optimista, eclosión de chenoas, desfiles de grupos regionales ucranianos y de Santovenia de la Valdoncina, deportes autóctonos sin masas, misa obispal y calles cortadas al tráfico, las luces de navidad sin la estrella de Belén. Y el caso es que la gente se agita de aquella manera, venga paseos para arriba y para abajo sin saber qué más se puede hacer. ¿Habrá algo más triste?
Se dice que en tiempos las fiestas eran populares y participativas. Ahora son peripatéticas y pasivas y cobra un concejal por el apaño. Supongo que populares ya no son porque ya no hay pueblo, sólo masa movida por la masa. Y lo de participativas... Participar se reduce a ver y mostrarse. Matrimonios cuarentones con uniforme, ella el vestido de flores y la rebequilla por si refresca, que han dicho en la tele que este calor ya no puede durar; ellos, su pantalón ligero de raya bien marcada, polo clarito y jersey sobre los hombros, con ese toque desenfadado del paseíto con la parienta, que son ya veinte años de casados y no nos perdemos una. Mira la del quinto, va sola y sin los niños. Una pasadita calle arriba, una pasadita calle abajo. Y vuelta a empezar, salvo el ¿te apetece que nos timemos un helado en esta terraza? Pero si está hasta los topes, Pepe, y además mira cómo te estás poniendo, que no te vale la ropa del año pasado.
Cuentan las crónicas que antaño en las fiestas la gente bailaba, cantaba, jugaba a cosas o se desmadraba de lo lindo. Ahora, vamos, Luisa, que la canguro dijo que a las una se iba y tu madre ya no está para hacerse cargo. Se acuerda uno, inclusive, de cuando por lo menos se gastaban unos duros en las tómbolas (qué locura, qué alboroto, otro perrito piloto), se hacía gala de infame puntería en las barracas de tiro y se subía a la chavala aquella a la noria para ponerle la mano en la rodilla, mismamente, en cuanto fingiera vértigo. Ahora el personal ya ni finge nada. Ni baila.
¿Y los fuegos? Los artificiales, digo. Eso es lo máximo, el culmen, el climax del disfrute multicolor. ¿Qué se le ha perdido fuera de casa al personal la noche de los fuegos? Caen sobre el descampado correspondiente como hordas sedientas de pólvora y perritos calientes. Momentos de íntima comunión familiar, abuela arree, que no llegamos para los fuegos, cada día está más lenta esta mujer. ¿Y lo que disfrutan los niños? Mira, María Jennifer, los fuegos, ay, qué bonitos. ¿Te gustan? Y María Jennifer con la play station de última generación, eligiendo, para destrozar al siguiente enemigo, entre un mortero, una mina antitanque o un simple kalashnikov AK-47 y echándole paciencia con los progenitores. Mamá, me duelen los pies, grita desesperado Enol, mientras pisotea con saña al señor de al lado. Espera un poquito, cariño, que faltan los más preciosos, luego te ponemos otra vez en la sillita. Deberíamos escribir un manual: "Cómo llevar a los niños a los fuegos y otras mil putadas con amor". Qué duda cabe de que la primera crisis de confianza entre vástagos y progenitores acontece en esa primera noche de fuegos artificiales, cuando los pequeños descubren, con íntimo desgarro, que sus papás no sólo parecen bobos. De ahí en adelante, una cadena de desencuentros, bien se sabe, y una convicción irrefutable.
Ah, si recuerdo aquellas romerías de la aldea sí me pongo insufrible. Cuánto caminar. Los de la pandilla de Ruedes no nos perdíamos una en muchos kilómetros a la redonda. Fueron los primeros bailes, iniciáticos, yo creo. Recuerdo que la primera que me dio un sí (las de Rudes no contaban, eran como hermanas, más o menos), después de horas de noes de aquellas estiradísimas adolescentes, era de Fontaciera y se llamaba Pili. Taquicardia. Luego, a las dos o las tres de la madrugada, nos juntábamos de nuevo los del pueblo y echábamos a andar para casa, una, dos, tres horas, lo que tocara. Cantábamos, hacíamos risas y aprovechábamos el regate a los charcos para rozar algo de carne del otro lado, aunque fuera fraterna.
Me parece que la alegría de las fiestas, su condición propiamente festiva, se acabó cuando desertaron los jóvenes. Eso debió de ser a fines de los sesenta y en los setenta, cuando el contraste entre los hábitos de diversión heredados y las nuevas costumbres juveniles se hizo radical. Antes se divertían todos en los mismos lugares festivos, con las variantes propias de la edad, sin ocultarse, salvo en las contadísimas ocasiones en que un afortunado pudiera pasar a mayores; o sea, casi nunca. De un día para otro, la mirada paterna empezó estorbarles a ellas y la materna a ellos. Surgieron discotecas por las esquinas y la muchachada decidió, no sin razón, que eran lugar ideal para la exploración impune de mundos ignotos. Pero seguía habiendo usos bien firmes, como el rato de "las lentas". Uno se acodaba en el mostrador y se iba armando de valor a base de 43 con cocacola o, ¡cielos! cocacola con pippermint. Así lucimos ahora estos cuerpos gallardos. Mientras sonaba rock o pop y las luces giraban y giraban, sólo bailaban ellas y algún descerebrado con ínfulas. Pero, ah, amigo, cuando, de repente, las luces se ponían quietas y tenues y sonaba Nicola di Bari salíamos todos de la barra, a puros empellones, e íbamos, en rigurosa fila pidiendo baile a todo lo que tuviera faldas y/o apuntara pechillos.
Nunca envidié tanto a las mujeres. Cómo se vengaban de sus seculares opresiones -sic transit gloria mundi-, qué caras de fastidio, que noes tan hoscos, cuánta suficiencia. Creo que a los cuarentones bien cumplidos y a los cincuentones se nos debe una revancha. ¿Se imaginan? Nosotros apostados en medio de una pista enorme y ellas, de tres en fondo, implorándonos con la mirada, estirándose y atusándose, forzando sonrisas, ensayando los tonos más convincentes y el mohín más fiable. Y nosotros venga a decir que no, con la vista perdida en la lejanía, con cara de tener cosas más importantes en qué pensar, presto el rictus para poner distancias. Qué placer. Y luego, a aceptarle un lento bien insinuante (je t´aime moi non plus, jeje) a la más fea o la más golfa. ¡Quietas!, no se me alteren las amazonas, no es lenguaje sexista ni cristo que lo fundó. Es parte fundamental del desquite soñado, pues siempre los que acababan pillando pareja para unos cuantos bailes sin soltarse eran los que tenían más espinillas y más duro el resto de la cara, los más perros, los guarretes. De buena gente no te caía ni una de Nino Bravo.
También me acuerdo de mi primer baile de discoteca vespertina. En el viejo Náutico, en Gijón. Íbamos a por todas Marcelino, amigo de entonces y coterráneo, y un servidor. Habíamos tomado el tren cerca de Ruedes y lucíamos nuestras mejores galas: pantalones de pata de elefante y jersey apretado y corto, marcando la inconfundible huella de la fabada casi diaria. Nos costó varias vueltas a la pista el primer triunfo. Glorioso. A la muchacha veinte dejabas de fijarte y podías hasta tocarle el codo a un camarero para implorarle clemencia bailable. O será que el novillo embiste con los ojos cerrados. Sea como fuere, fuimos a dar con dos que nos aceptaron simultáneamente la invitación. Nos abalanzamos sobre sus cinturas generosas como náufragos a tablas. Y vaya tablas. La de Marcelino era la mujer más fea del mundo. La mía la segunda. A la primera la volvimos a encontrar muchas veces en semejantes lugarejos. La llamábamos "La Checoslovaca". No se nos ocurrió nada más exótico e intimidador, imaginábamos que el país de los checos estaría en las antípodas y lleno de nativos con espanto. Cuando terminó la pieza y las soltamos, nuestras sensaciones eran francamente contradictorias: qué bien que bailamos al fin, pero podríamos haber tenido algo más de suertecilla. Así que, crecidos en medio de todo, retornamos a la fila y seguimos probando, ya más atentos al probable origen geográfico de las candidatas. Nones. Las melodías propicias tocaban a su fin y no habíamos catado más de las mieles de la danza minimalista. Nos miramos y no necesitamos decirnos más nada: volvimos a sacar a La Checoslovaca y a su amiga. Esta vez con la eslava bailé yo, que siempre he sido un tipo legal y amigo de mis amigos.
A ver si consigo parar, que se me está poniendo cara de folklórica y, a este paso, puedo acabar en Tele5 inventándome por precio que me pulí a La Checoslovaca. O en Popular TV, vista la elevada virtud que resplandece en mis historias. Me permito sólo una anecdotilla más, para ilustración de jovenzuelos y solidaridad de los viejos compañeros de fatigas. El siguiente paso era ligar. Había que ligar bailando, claro, y ese breve rato de las lentas requería no sólo la suerte de un sí, sino la inspiración oratoria que siempre acababa faltando. Con las veces que uno lo había ensayado para sus adentros. Sobre lo primero, lo del sí, existían ciertas tácticas, que uno iba descubriendo a base de concienzuda observación o por los consejos de algún compañero mejor adiestrado. La principal, fijarse dónde quedaba una chica sola. Sabíamos que en grupo eran implacables con casi todos, etología pura, pero cuando las otras bailaban y una se iba quedando sola... vulnerable, a por ella. Como pasa talmente en la vida animal, el que se queda descolgado de la manada suele tener alguna tara o defectillo. Pero para exigir estábamos.
Así me topé yo con Ignacia, mi primer ligue. Ina para los amigos. Trabajaba en una fábrica de camisas, en el barrio de la Calzada. Yo cruzaba a pie medio Gijón un par de días a la semana para esperarla a la salida de la fábrica, te recuerdo Ignacia, las calles mojadas. Lo que se dice personalidad, creo que no tenía. De cara bien y el cuerpecillo por lo menos no tenía aquel otro aire de Bratislava. Pero personalidad poca, pues siempre iba a remolque de sus dos amigas, que tenían ligues anteriores al nuestro, y por eso fui vilmente utilizado, para mi eterno desdoro. Que sus amigas bailaban con los suyos, Ignacia bailaba conmigo. Que se dejaban dar un par de morreos, Ignacia me permitía cuarto y mitad de uno. El momento de mayor dicha fue cuando las tres parejas pasamos a la fase siguiente a la de la discoteca: la boite. Toda la música lenta y mullidos sillones de a dos. Luz, la justa para soñar sin ser visto. Allí sus amigas se mostraron mucho más tolerantes e Ignacia hacía lo que podía con este desastre que ahora escribe por no llorar. Tampoco fueron los éxitos para tirar cohetes, pero menos da una piedra, y nunca mejor dicho. A ver cómo lo digo: conseguí, entre temblores, hacerme brevemente con la primera mitad de una parte par situada en el anverso. Mis colegas en el empeño habían alcanzado minutos antes las dos cimas, a pares.
A la semana siguiente, crecido, dominador, optimista, me fui a buscar a Ignacia a la fábrica. Ese mismo día me dejó, pues me había cortado en exceso mi amago de melenilla y me quedó al descubierto mi buen color campestre. Maldito peluquero.
¿De qué estábamos hablando?

Ante todo análisis.

Esto que copio abajo es un comentario del perseverante AnteTodo. Me parece muy digno de consideración, y ahí va. Da para pensar un rato.
Los líderes inestables (ZP, Rajoy) piensan en términos de plazos muy cortos (las próximas elecciones), y los que dominan el aparato del partido (González, Aznar) en términos más largos... pero también electorales. Por eso, estructuralmente PP y PSOE no persiguen objetivos distintos, sino el mismo: ganar. Las diferencias derivan de que su audiencia "target" es distinta.El PP ha decidido invertir a largo plazo, modificando la demanda de los votantes (creando la necesidad en el mercado para luego satisfacerla). Era la apuesta de Aznar: no volver a ser los "votados por defecto", sino crear en la sociedad española una masa crítica basada en "values".
Llega la hora de rentabilizar. El PP hace el primer movimiento en clave de Kulturkampf: nuestros valores (los vuestros, auditorio) son atacados por ZP (ZP himself, no "Maragall", "Patxi López", etc.). No hay que hablar de objetivos políticos, de resultados en la gestión, de si la política del PSOE nos deja mejor, peor o igual. Si nos enrocamos en los principios ganaremos seguro, porque: a) los definimos nosotros; y b) los principios no admiten transacción. Así se legitima la radicalidad más brutal (teorías conspiranoicas en las que la Guardia Civil asesina a 192 personas el 11-M; identificación de PSOE y ETA, etc.) y el nulo ánimo de conciliación, pues saben que con la transacción se verían derrotados publicitariamente (resumiría Iurisprudent: "We are guided by a signal in the heaven"). Todo esto, contra la voluntad de Rajoy (sensato y cortoplacista -su liderazgo es inseguro-), que ya no manda. En el PP se manda desde fuera (FAES, COPE, etc.). El PSOE sigue su estrategia suicida: da igual todo porque no perderá las siguientes elecciones. Ningún otro objetivo está a la vista. Gastemos poco para rentabilizar mucho (derechos civiles y políticos, que son baratos) pero no demos respuesta a lo que se está gestando desde la ultraderecha. Se está apoyando mucho en la propia estrategia del PP, porque a corto es útil y barato: con el tono AcebesZaplana, cualquier cosa que rechace el PP será apoyada por la mayoría de los españoles (¿quién quiere firmar con quienes llaman etarra al Gobierno de España?). Pero eso se va a acabar. Apoyarse en la coyuntura del rival es pan para hoy: Aznar lo supo ver bien ("sólo nos votarán hasta que el PSOE se limpie"), y por eso quiso crear una "demanda específica de PP" en la sociedad.
Para ganar ZP debe rehuír el debate de principios, porque le restaría votos. No puede debatir si se debe o no se debe transigir con precios políticos (tampoco puede cuestionar otras políticas candentes, como la política criminal, la penitenciaria o la de menores): sigue la pauta del PP porque le dañaría electoralmente reclamar una identidad política propia, "invirtiendo" en la sociedad para generar una demanda electoral PSOE. POR ESO EL DEBATE SE PLANTEA EN EL TERRENO DE LOS HECHOS. Porque el debate en el terreno de los fundamentos predispondría al electorado en su contra. Como dice Chomsky, a la izquierda le cuesta mucho más explicar sus postulados que seguir el populismo derechista: decir en la TV USA "muera Saddam" cuesta 5 segundos y da millones de votantes; explicar una posición algo más compleja supera el umbral de atención del televidente y da impresión de debilidad; trasládese esto al tema ETA.
Por eso el PSOE quiere encauzar el debate por la vía de si yo estoy negociando o sólo entablando contactos, si antes negociaba o sólo buscaba el escenario previo para el contacto. Como mucho, en el terreno de los fundamentos irá a señalar la falta de autoridad moral del PP ("tú hacías en 1998, al año de morir M. Á. Blanco, lo mismo que yo hago ahora"; "no: a Suiza sólo fuimos en plan Gila, a decirle al enemigo si se rendía"). Este debate bizantino es consecuencia del recorte que ambos partidos pretenden darle al debate. El PP quiere denunciar que "atacas mis principios" ("sangre de los muertos", etc.); el PSOE no quiere llevar la contraria en principios, por lo que sólo puede negar los hechos ("no los estoy atacando"; o "no más que tú").
Lamento no controlar mi monomanía. Dice la terapeuta que se me pasará. Debe tener razón, porque ahora pienso cada vez más insistentemente en la terapeuta.

13 julio, 2006

Honrar a los muertos.

Se ha muerto mi tía Obdulia. Yo había convivido con ella y con su marido, Rufino, durante seis años, de lunes a viernes cada semana del curso, cuando estudiaba el bachillerato en Gijón. Siempre fue un modelo de buen ánimo y vitalidad. Ya no me queda casi nadie, de tantos como eran.
El contacto de los últimos tiempos con la muerte me ha hecho pensar en lo poco que se atiende a los muertos. Es muy difícil, por ejemplo, encontrarse en la sala correspondiente del tanatorio ante el féretro que acoge el cuerpo de un ser querido. La gente va y viene, se para de espaldas al cristal y tapando su visión, habla, habla y habla. Lo intenté ayer de nuevo, quería henchirme de recuerdos y contarle en silencio mi gratitud. Imposible. Todo el mundo alrededor, cada cual a su bola y con su particular milonga, venga hablar y hablar, sin ton ni son, como en el bar mismamente, promiscuidad de conversaciones, anécdotas, risas. Al muerto, ni caso, para qué.
Me coloqué ante el cristal del recinto en el que está expuesto el ataúd con las flores y traté de agarrarme, un poco náufrago, a la memoria de Obdulia, de conversar con ella unos minutos, de despedirme con afecto. De inmediato se me incrustó al lado una pariente que pugnaba por narrarme con todo lujo de detalles y pormenores sus dolencias y peripecias de los últimos veinte años. Raja que raja a voz en grito, entre risas y suspiros. Reculé y fui a caer en poder de un grupo de varones desconocidos que debatían sobre asuntos de alta política. Me zafé y huí del tanatorio, sin haber logrado reconcentrarme en el recogimiento con mi tía.
Hemos perdido el trato personal con los muertos, seguramente porque tampoco hacemos demasiado caso a los vivos que no nos resultan pedestremente útiles. Primero el rito remplazó a todas las fes, si algún día las hubo medianamente puras. Luego el propio ritual se disolvió en definitiva intrascendencia, en frivolidad mundana. El fallecido pierde todo el protagonismo, es puro objeto, pretexto apenas para otro superficial encuentro social. Parece que no somos capaces de dar con un espacio para el respeto que no esté colmado de interés, trivialidad y disimulo, ni con un territorio para la piedad que no se impregne de superstición.
Los muertos se nos están perdiendo en el vacío. La muerte es el evento más natural de la vida, más que el nacer, que es puro azar, y la muerte más natural de todas es la que representa la suma de la edad y las enfermedades. Mi visión es materialista, con las reservas que se quiera, que son reservas de esperanza y miedos. No añoro ni liturgias ni ritos ni bálsamos ni placebos. Sólo la humana piedad que debemos a los nuestros que se acaban, que culminan la vida yéndose. Para demostrarnos, a nosotros mismos, que no pasaron en vano.
Cuando murió mi padre, me encerré a solas con él media hora. Lloré, le hablé, me despedí de tú a tú. Luego salí a las luminosas salas y los acogedores espacios del tanatorio y volví a representar los viejos papeles. Pero con él ya estaba en paz. Tan sencillo como eso; y tan difícil.

Tratos preliminares.

Cada vez entiendo menos al Gobierno y a la oposición. ¿Será que me estoy centrando? Lo que me faltaba. Lo último, el ridículo rifirrafe sobre si el Gobierno negoció con ETA el modo de negociar con ETA. Me recuerda aquellas asambleas estudiantiles de mis tiempos -gloriosos tiempos de estudiantes inquietos y profesores activos-, cuando se acababa siempre votando si se votaba y estallaba la reunión por los efectos de la paradoja.
Francamente, no lo entiendo. No entiendo que alguien pueda pensar de buena fe que dos se van a poner a negociar por impulso espontáneo e irrefrenable, de sopetón, por puro apretón incontenible, si se me permite la expresión, que no está tan fuera de lugar, si bien se piensa. Supongo que en ocasiones anteriores también ocurriría así, poniéndose de acuerdo para reunirse y buscar algún entendimiento, o para sondear la firmeza y las convicciones del adversario, su moral de lucha o su moral en general (puede ser este último el caso de ahora). No que aparecieran los unos y los otros en Suiza o Argelia por arte de birlibirloque, hombre, ¿usted por aquí?, pues sí, soñé que usted vendría y aquí me tiene, qué casualidad, pues ya que estamos dialoguemos, y tal y tal.
Así que ni logro comprender por qué los rajoyanos se hacen cruces por causa de los preliminares ni cómo es que los zapaterianos no responden lo obvio, que a falta de iluminación súbita del Espíritu Santo, alguien habrá tenido que sondear si el otro estaba mínimamente por la labor de quedar y echar una parrafada. Esto parece un concurso de torpes, los unos haciéndose la vieja señorita ofendida y estrecha y los otros con más capas que una cebolla, pero antes muertos todos que sencillos para decirle al pan pan y al vino vino.
Esto de los tratos preliminares da problemas en cualquier ámbito de la vida. Me está recordando mucho los viejos debates familiares y eclesiásticos sobre las relaciones preliminares. ¿Se acuerdan? Los más jóvenes ni se lo imaginarán. Pues resulta que antes la norma era estricta y las relaciones de pareja sólo podían ser matrimoniales, tras el casorio en vicaría. Antes (r)ajo y agua. Y duchas frías. Y carabina. Advertencia para jovenzuelos ajenos a las delicias de la historia: llamábase carabina a la mujer, fuera amiga o pariente, que acompañaba a la niña de la casa en los románticos paseos por parques y jardines, para que no pasaran de preliminares sus tratos con el pretendiente, primero, o prometido, más tarde, si pintaban oros. Qué benemérita institución la de la carabina, cuántos daños colaterales se ocasionaron en triángulo tan morboso. Tiempos idos de ansias y contenido arrebato.
En lo conceptual el problema era similar a este otro de ahora, y parejas las discusiones. Pues, si estaban prohibidas las relaciones prematrimoniales, ¿qué relaciones cabían antes del matrimonio? Uno que se tomara al pie de la letra semejante veto podría creer, como parece que lo hace el PP en el otro asunto, que tenían vedado los novios el hablarse, mirarse tiernamente a los ojos, calcular el precio del pisito futuro y planear lo cuantioso de su prole mañana, si dios quiere. Si no hay relaciones, no hay relaciones. Pero no, la cosa iba de eufemismos. Lenguaje eclesiástico de antaño. Como el lenguaje político de hogaño, ni por azar hablan con propiedad y sin segundas.
La única relación perseguida era, hablemos en plata, el folleteo. En lo demás se iba abriendo la mano (vean qué hermosa ambigüedad) a medida que progresaba el noviazgo y se consolidaba el proyecto de ayuntamiento legal futuro. La familia dejaba a los prometidos sus buenos ratos a solas en la salita de estar, se licenciaba a la tía acompañante y se les permitía acudir sin apósito consanguíneo al cine de los domingos en sesión de tarde. Ahí se iba tentando el terreno (otra expresión afortunada), se ensayaban diversas tácticas de aproximación, se hacían más intensas las relaciones prematrimoniales que no eran relaciones prematrimoniales condenadas. De esos tiempos y maneras viene una de las más acrisoladas prácticas de nuestros ancestros, práctica que ha quedado grabada en nuestros genes, impregnada en las neuronas de generación en generación y que, por lo que se ve, sigue determinando nuestros esquemas y valores. Me refiero a la puntita nada más.
Porque no me digan que lo de Rajoy y Zapatero no es tal cual lo de la puntita nada más. El uno que sí, que es obvio, que se te nota en la mirada que vives enamorada, que yo a ti te conozco y eres ligera de cascos (¡?), que no te haces valer, que un día nos vas a dar un disgusto y nos avergonzarás a todos, que parece mentira, según te hemos criado y con lo que nos hemos sacrificado por ti, cómo puedes pagárnoslo de ese modo, mujer fatal siempre con problemas, qué hace una chica como tú con gente como esa. El otro, que no, que de verdad, que te lo juro, que me conservo íntegra y pura, que sólo fueron miraditas, que en serio que no es mal chico, pero ha llevado mala vida y te prometo que va a cambiar, que no me engaña, que ni tocamientos ha habido, ni un besito siquiera, no, ni en la mejilla, me puedes creer. Un horror, parece mentira que todavía sigamos así.
¿A quién le importa realmente si el gobierno ha tenido tocamientos con Josu o se ha dado algún magreo a oscuras con Arnaldo? Es la naturaleza, es impulso. A qué rasgarse las vestiduras. Lo dice el refrán: el hombre pone la mecha, la mujer la estopa, viene el diablo y sopla. Deberíamos concentrarnos en que la relación no acabe en embarazo indeseado, hacerles ver a estos chicos, unos y otros, que es mejor sincerarse y no andarse con hipocresías y ñoñeces. Y enseñarles a usar condón, que hasta en política tiene sus ventajas.

12 julio, 2006

¿Instituciones naturales?

Parece que seguimos dándole vueltas a la naturaleza, cual noria. Cuando a una institución social o jurídica le ponemos como apellido lo de natural se me erizan los pelillos. En cualquier sociedad que haya rebasado mínimamente el primitivismo las instituciones son artificiales, artificios sociales con los que desde el azar y el poder el grupo reacciona ante el medio y se adapta a él para asegurar su propia perpetuación. Lo único natural se halla en lo fisiológico y lo puramente instintivo. Es natural tiritar de frío, respirar, comer, aparearse y cosas así. Pero esto sólo se hace naturalmente cuando el humano se encuentra en ese nivel que se conoce como estado de naturaleza, si se me permite una expresión tan contaminada de doctrina, cuando el individuo carece de socialización y predomina por completo en él la dimensión puramente animal, primaria, solitaria. Porque, por ejemplo, siendo natural comer, todas y cada una de las prácticas alimenticias que podemos toparnos en cualquier sociedad suponen ya prácticas institucionalizadas, pues es en cada sociedad donde se determina qué se come, cuándo se come y de qué manera se come. Y lo del apareamiento no digamos. Institucionalización de las prácticas quiere decir sustitución de las maneras naturales por otras sometidas a reglas artificiales, reemplazo del impulso meramente instintivo o fisiológico por modos de hacer reglamentados. Es el precio que pagamos por la cooperación social. Los luhmannianos y otros de la simpática calaña sistémica llaman a eso reducción de complejidad, pero no nos metamos en honduras.
Si hemos de colaborar para beneficio mutuo (aunque sea siempre un beneficio desigual), tendremos que atenernos a reglas comunes. Y para que nos ejercitemos en el acatamiento de las reglas más vitales para el grupo se nos fuerza primero a la obediencia de lo accesorio. Al niño no se le explica antes lo que es una constitución o lo que importa una tradición o cómo se configura el tipo penal de robo con fuerza en las cosas; se le dice que debe hacer caso a lo que le digan el papá o la mamá (bueno, tal vez eso era antes), que no se le arrebata por las malas el juguete al hermanito o que no se grita en misa (puede que también esto esté anticuado, no voy a misa; de todos modos, si sigue en vigor esa norma para los pequeñajos, ¿por qué sí los dejan vocear en los restaurantes?). Todas las reglas implican socialización, pues socializarse no es otra cosa que plegarse a las reglas comunes, a las reglas sociales. Y todas las reglas sociales son artificio, invento, creación; y bien está, ya que no puede ser de otro modo. ¿Alguien es capaz de mencionar una regla que, de tan natural, no tenga o haya tenido excepción en algún pueblo y en algún tiempo? Los iusnaturalistas, aquéllos que creen que las normas de su pueblo y de su tiempo son universales y eternas y que el centro geométrico del cosmos está en su ombligo, aducirán de inmediato que natural y omnipresente es el impulso protector de la propia descendencia, por ejemplo. Y tendrán que habérselas con que a Moisés lo rescataron de las aguas mientras las surcaba en canasta o que Abraham se mostraba dispuesto a cargarse por la brava a su vástago, y con mil contraejemplos de pueblos que mataban a las niñas o a los pelirrojos o a los que no daban cierta talla. Y así hasta donde queramos. Con lo que hasta los pueblos elegidos acaban siendo pueblos depravados, a tenor de tal punto de vista.
¿Y el matrimonio? Civilizaciones han existido con poligamia, poliandria, amor libre y homosexualidad exquisita. ¿Degenerados todos? Y no digamos la visión de la mujer. De hace cincuenta años para acá es de derecho natural, por lo que se ve, que la mujer tenga los mismos derechos que el varón, exceptuado el sacerdocio y un par de detalles menores. Pero hace cien años y pico bramaban los papas contra las que se ponían pantalones, pretendían trabajar fuera de casa o querían votar. Unas machorras contra natura, engendros, así se pensaba. Para qué seguir con las muestras, lo evidente y bien sabido no necesita mucha letra.
Enseñaba Oakeshott décadas ha, un muy conservador y muy inteligente filósofo político, que las actitudes políticas básicas se explican por una diferencia de temperamento. Los conservadores son aquellos que se complacen en que nada cambie, que se sienten cómodos con los moldes heredados, que se guarecen en la tradición, se extasian con los ritos ancestrales y se recrean en las repeticiones. Buscan la seguridad de lo conocido, la certeza de lo consabido, rehuyen la sorpresa, se inquietan ante las innovaciones. Y los progresistas, los que disfrutan de la aventura, de la creación, los que se gustan abriendo caminos nuevos y aventurándose en lo incierto. Me parece que tiene mucha razón y que su esquema ilustra mejor que la superficial contraposición por razón de partidos y siglas. Eso nos ayuda a entender que haya tantos conservadores en los partidos que se dicen de izquierda y algún que otro progresista en los de la llamada derecha. Los conservadores por temperamento se oponen sistemáticamente a los cambios, prefieren la estabilidad de las tradiciones a la peligrosa capacidad innovadora del derecho positivo, siempre al albur de las coyunturas y, si se está en democracia, de las mayorías. Son los grandes perdedores de la modernidad; de momento, pues retornan fuertes, ahora con galas de posmodernos y nuevas vestimentas nacionales para su afán de masa.
La era moderna supuso el triunfo, pensábase que definitivo, de la libre configuración de las sociedades, del espíritu cuestionador y reformista. La mentalidad moderna es inquisitiva, discutidora, exige fundamentos y razones donde los otros sólo invocan el siempre ha sido así y no puede ser de otro modo. Ese es el progreso de los progresistas, el remover evidencias con pies de barro, el cuestionar naturalezas fingidas, el exigir convicciones razonadas donde sólo se aducen tradiciones incuestionables. Unido, cómo no, a la suprema creencia de que la autonomía de cada individuo vale mil veces más que todas las autodeterminaciones comunitarias.
Lo anterior nos aboca al dilema último de los unos y los otros, conservadores y progresistas temperamentales. Los primeros no son capaces de asumir el cambio; los segundos no asimilan la permanencia. Los conservadores sólo pueden ser felices a base de estancamiento, de parar la historia, de ponerle trabas a la evolución. Por eso resultan sus ideas tan disfuncionales cada vez que tesituras nuevas exigen romper esquemas y cambiar hábitos. Su peligro es el totalitarismo: todos a una, y esa una la de siempre. Los progresistas son rehenes de su propio vértigo y añoran el imposible de una sociedad sin normas, sin pauta común. De ahí que tuerzan el gesto siempre ante el Estado y el Derecho, que, por definición, frenan la historia y aspiran a durar, por mucho que cambien en la superficie mientras su esencia perdura. Su peligro es la anarquía.
El Estado y el Derecho modernos representan el equilibrio más perfecto y, al tiempo, inestable, entre esas dos contrapuestas exigencias, permanencia y cambio. Son el recipiente que se quiere constante para que, en su seno, todo pueda mutar, pero paso a paso y jamás todo de golpe. Están abiertos a la evolución, pero dentro de un orden. A los unos, claro, les gusta más su cara de orden; a los otros, su seno mutable. Y cada cual tira de su lado, los conservadores del lado del orden, con la esperanza del retornar a un orden sin Estado, pura dictadura de las convenciones sociales más añejas; los progresistas, del lado del cambio, guiados por la ensoñación de un Estado sin orden, sin compulsión, sin fuerza. Unido todo ello a que los conservadores opinan que nuestra naturaleza es horrenda y más vale que nos aten corto, mientras que los progresistas creen que somos por naturaleza bondadosos y basta sólo que nos dejen en paz y a nuestro aire. Y, si hablamos de Derecho, los conservadores quieren normas jurídicas sin vuelta de hoja y duraderas, mientras que los otros anhelan un Derecho a la carta, con tantas opciones como personas. Dos quimeras.
Cada sociedad ve naturales sus modos y de derecho natural sus instituciones, evidente lo artificioso y libre opción lo imperativo. Socializados como estamos con determinados esquemas, tendemos a hacer una muy peculiar síntesis dialéctica entre el forzamiento, que nos parece libre opción, y la libertad, que se niega cuando nos sometemos por incapacidad para imaginar alternativas. Vestimos como se nos dicta y pensamos que con ello exhibimos una personalidad propia; tarareamos los ritmos colectivamente impuestos en la confianza de que de esa guisa expresamos nuestro verdadero ser; nos reproducimos según los manuales al uso -ay, cuanto daño nos están haciendo los manuales, esos catecismos de nuevo cuño- y criamos a nuestra prole todos igual, en bien del libre desarrollo de la personalidad. Es así y así tiene que ser mientras haya sociedad, pero, al menos, no nos engañemos.
Mas que así tenga que ser no quita para que podamos opinar, dentro de inevitables márgenes, sobre cuánto hay de ontológicamente impepinable y cuánto de relativo y perecedero en esas instituciones en que nos resguardamos para no padecer las penas del excéntrico o el loco. Y esto vale para lo del matrimonio, que andamos discutiendo. No hay una forma natural y necesaria de familia, ni de pareja ni de matrimonio ni de nada que sea social. Los conservadores aquellos temen que el cuestionamiento de las instituciones consideradas -por imperativo social también- primeras repercuta en crisis de la obediencia y que todo acabe en desenfreno sin límite. Por eso revisten instituciones como la matrimonial con los ropajes de lo ineluctable y cargan de ontología presunta lo que no es más que provisionalidad abocada a caducar. Y los progresistas se piensan que hacen la revolución cuando se acogen a los nuevos modelos que la sociedad con sus normas innovadoras les permite, como el matrimonio homosexual. Pero siguen cumpliendo normas; y más, buscándolas para homologarse en ortodoxias alternativas, no se pierda de vista la contradicción.
No hay tu tía.

11 julio, 2006

Anónimo se enamora.

Me repito, lo sé, pero insisto en que este Anónimo oficial tiene madera de literato. Así que, una vez más, paso a primera plana su narración de un evento amoroso que, por lo que se ve, lo tiene contento. Ah, y enhorabuena por tan sonado triunfo.
30 de junio 2006, fin de las fiestas de León. Paseo Papalaguinda, carpa dominicana y el Anónimo como de buitre. Suena el regetón y la salsa y el merengue y todo ese berreo : mi gataaaa perreaaaaa esta nocheeee entre travesuraaaaa. Ya salía por pies de allí dirección a la carpa Amigos de Rusia cuando la vi, apoyada en un árbol, con su vestido corto completamente rojo resaltando su piel criolla, parecía una rosa de carne que saliese del árbol. Me dirigí a ella mientras se recogía el pelo con una goma dejando libre su cara bonita, ¡quién fuese tu marido!, sonrió, ¿y cómo se llama ese marido mío?, Cecilio Salvarrosa contesté... Yo Maiglys, y sin dejarme respirar me pregunta: ¿dónde está tu esposa? Está en la cárcel, respondí, la pillaron comiéndole la pirula a un niño de 6 años detrás de una iglesia y tiene para rato.
Me invitó a un trago, una amiga suya llevaba la barra y ella se invitó a unas Ponderosas con Tequila. Cuando le empezaron a brillar los ojos la besé entre el carrillo y la comisura de los labios, me agarró la mano y me trepó hasta el corazón una añoranza de amor. Soy de Venezuela. ¿Estás de paso? Pretendo quedarme, allá la broma está muy jodida con Chávez. Me contó un poco su vida, que se había quedado preñada con 19 años, que si lo del futuro mejor... yo capeé sus preguntas, ese día me tocaba ser electricista de la empresa Lux-Electrolux, con domicilio social en Valladolid (una que se inventó Mª Angustias en su libro de prácticas).
Ya teníamos agarradas las dos manos, una música más romántica sonaba en esos instantes y le dije ¿no estás un poco cansada de hacer el gringo aquí?, déjame que te enseñe un poco esta ciudad tan clásica...Nos despedimos de su amiga. Fuimos al hostal Reino de León y me derramé sobre Maiglys como palpando, pero con los ojos bien abiertos, sintiendo que sus besos me cuidaban, y pensé que había llegado de su remota tierra para extender su belleza junto a mí. Estábamos en la soledad silenciosa, que pronto fue quebrada por una dicha que acabó con el silencio a golpes del corazón que ama. Fueron unas horas en que la hermosa de Venezuela arrojó sobre mí el Atlántico que tan sólo hacía dos meses nos separaba. Fui suavizado por las uñas de sus dedos, que recorrían tecleando mi columna vertebral descargando voltios que parecían llegar del cielo, hasta que en el estremecimiento más intenso parecía que me acariciaban un volcán de manos. Competimos en el goce y debimos de parecer un Leviathan de sólo dos ciudadanos unidos por un pacto momentáneo.
Tras ducharnos escogimos un tiempo de reposo sonriente, mezcla de ese llevarlo bien de los estoicos y del desvanecimiento de una hoja de roble. Y, al fin, en la pequeña habitación, mientras Maiglys se vestía para volver a ayudar a su amiga a recoger la carpa, quise decirle que quería tomar algo de su existencia de algún modo, para roerla poco a poco cuando ya no estuviese conmigo, pero me quede sin habla, como si me hubiese ahogado una bruma. ¿Qué habrá en ESPAÑA para mi amada de Venezuela? .... (¿Continuará?).

Reglas y masas.

Cuanto más una sociedad relativiza y disuelve las normas jurídicas que habrían de regirla, si se trata de sociedad moderna, más retornan, y con mayor fuerza, las normas sociales. El acabarse del Estado y del derecho positivo, de naturaleza artificial y designio deliberado, no significan, como creían ácratas y marxistas de primera hornada, don Carlos incluido, la implantación de una libérrima anarquía feliz, sino el imperio de una normatividad más viscosa y atenazante, menos respetuosa de las personales opciones de los individuos y que aún con mayor saña reprime desobediencias y heterodoxias con sanciones que se adoban de desprecio social y exclusión colectiva. Es el reino del inconsciente colectivo y de la inercia social, de la superstición común, de la tradición anquilosada, de la historia rígida que busca perpetuarse en homogeneidades infinitas, en repetición eterna.
Me refiero a las reglas sociales espontáneas, los usos, los hábitos que la gente ni cuestiona pues se le escapa su naturaleza optativa, que sí sabe ver en las leyes del Estado. Se toman aquellas pautas normativas por naturales, sin saber que no tienen nada que no sea también artificio y manipulación, si bien con el disfraz de lo inexorable. Son reglas que se alimentan del temor que esparcen, el temor sobre todo a ser tildado de diferente, excéntrico, loco.
Creo que en España, puede que igual que en medio mundo, vivimos ese retorno, tal vez por el alocado cuestionar del Estado que, precisamente, nació en la era moderna para protegernos de la dictadura de las convenciones acríticas de la masa social.
Allí donde hace mutis una asociativa sociedad civil surgirá siempre el incivil grupalismo, reemplazará la masa irresponsable a la agrupación consciente, y los ciudadanos, queriéndose súbditos más bien, harán dejación de su autogobierno, individual y colectivo, y se abandonarán al rito comunitario más irracional, a la exaltación de fantasmagóricas almas colectivas y a la defensa de problemáticos honores suprapersonales. Lo acabamos de ver nuevamente, y multiplicado, como era de esperar, en el Mundial de fútbol, ese desahogo de pueblos con más víscera que seso y más premodernos que modernos a secas. Y lo contemplamos a diario en esta sociedad que no quiere serlo y desea mutar en una promiscuidad de comunidades cutres. Buena cuenta se dan los politicastros estos, todos, felices de convertirse a toda marcha en señores feudales, en caudillos de una masa social boba, en lugar de perseverar como gestores responsables de los designios libres de ciudadanos reflexivos. Por eso ansían, entre otras muchas cosas, selecciones nacionales de lo que sea, los que aún no las tienen. Y los que ya cuentan con ellas a su favor, las adornan de medallas y recepciones y las ofrecen a vírgenes y santos; por eso se empachan de eslóganes y retóricas hipnóticas, para hacernos en serie, clones, muñecos de colorines, rebaño dócil.
Qué pena.

10 julio, 2006

Gustoso cumpleaños.

9 de julio. Este blog acaba de cumplir un año. Vamos por las cuarenta y dos mil visitas. Así pues, en este espacio virtual levanto una imaginaria copa llena del bebedizo que a cada uno más agrade y brindo con y por los amigos que me vienen acompañando en esta humilde empresa que para mí es divertimento, desahogo y terapia, a partes iguales.
Gracias y va por vosotros. Seguiremos aquí mientras la neurona aguante y no os falte la paciencia.

Obviedades necesarias sobre religiones y Estado.

Con los años no ha dejado de crecer mi tolerancia en asuntos religiosos, al tiempo que se atenuaban, creo que casi por completo, mis prejuicios con los creyentes. Otra cosa es que reclame para mí idéntica consideración, que generalmente recibo de ellos, todo hay que decirlo. Diríase que en esta sociedad los enfrentamientos por cuestiones de fe o de su ausencia han pasado felizmente a la historia. Por eso sorprenden tanto algunas opiniones que de tiempo en tiempo se vierten en los medios de comunicación y determinadas posturas de personas con responsabilidad pública y, se supone, con la cabeza bien amueblada. Incluidos los gubernamentales que quieren hurgar en viejas heridas de nuestras guerras de religión. Pero hoy toca hablar de los otros.
Un ejemplo, el editorial de ayer, sábado 8, en ABC, titulado "Desaire a la mayoría católica". Como si el editorialista hubiera resbalado y se hubiera caído en el túnel del tiempo, calzada retro. Deberían quitarle unos puntos por conducirse así. Extracto, sobresaltado, algunos párrafos con miga:
"El ciudadano José Luis Rodríguez Zapatero es una persona libre para albergar en su conciencia personal las creencias o descreencias que considere oportunas, pero el presidente del Gobierno se debe a ciertas obligaciones de respeto a la mayoría de los ciudadanos. Por ello, su ausencia -y la de la Vicepresidenta- en la Eucaristía que el Papa celebrará mañana supone una desconsideración relevante a la mayoría católica de la nación y a la propia figura de uno de los principales líderes espirituales del planeta.
"Es probable que Zapatero haya calibrado perfectamente la valoración política de su gesto -de su no-gesto, más bien- como expresión de lo que sin duda considera un talante de laica modernidad, pero lo que en realidad va a hacer es un desaire deliberado a millones de ciudadanos de los que también es presidente
". Etc.
Aquí me tienen, sin que sirva de precedente, dispuesto a defender al Presidente.
Qué curiosa idea del respeto maneja el autor de estas líneas. Yo pensaba que el respeto mejor que a los fieles de cualquier credo religioso se debe consiste, además de no perseguirlos ni denigrarlos por sus creencias, en no tomarse a chufla sus ritos ni hacer de fariseo en sus ceremonias, cual si se tratara de eventos mundanos más propicios para las relaciones públicas y el mamoneo que para el recogimiento sincero y la comunión con su razón de ser. Pero parece que no, estaba yo en un error. Por lo visto, sigue habiendo católicos que prefieren recibir en sus misas, como si tal cosa, a un Presidente que honestamente proclama su condición de descreído en materia religiosa, tal vez les gustaría incluso que pusiera falsa cara de devoción, orase con estudiado gesto contrito y, por qué no, recibiese algún sacramento, total qué más da si de ese modo se somete, aunque sea sin ganas, a lo que hay que someterse y hace propaganda de lo que se pretende propagar como sea. Pues muy mal. Si así frivolizan ésos sus más sagrados ritos y sus ceremonias más significativas, que no se lo tomen a por la tremenda cuando los traten como lobby de intereses o como asociación descaradamente secular. Repito lo evidente, no son todos así, pero el editorialista de ABC les hace flaco favor a quienes a sí mismos se respetan como católicos y no quieren que se humille su fe a base de fingimiento y poses estudiadas.
Y que no nos vengan con que no se refieren a la persona de Rodríguez Zapatero sino al cargo que ostenta, a la institución. ¿Todavía hay que recordar que en un Estado aconfesional las instituciones públicas ni pueden en buena ley ni deben comprometerse con confesión ninguna ni humillar sus cargos ante la cabeza visible o invisible de ninguna iglesia, ni ante el Papa de Roma siquiera, de Roma. Sin perjuicio de que, a título personal y privado, estén tan legitimados como cualquiera para vivir con arreglo a la fe que elijan, si alguna escogen. ¿Añoranza de la religión de Estado?, ¿nostalgia de la confesionalidad estatal, desaparecida hace poco más de veinticinco años? Ya bastante escozor nos provoca a muchos ver a los miembros de la Casa Real de misa en recepción pontificia, y tiro porque me caso con Letizia. Insisto, en lo que toca a su vida privada, como si se hacen mormones, no nos afecta. Como cabeza del Estado, chitón. Pues cuando se casa Felipe en la Almudena no es el Príncipe de Asturias y heredero de la corona el que propiamente se casa en la iglesia y, otra vez, con la Iglesia, es un señor cuya fe vale tanto como la del último mindundi del país y cuya acción es suya y a nadie más que a sí mismo representa. Igual que opción personal y no concesión institucional o compromiso de Estado con una idea sería si resultara ateo, se casara con otro de su sexo y celebrara su banquete nupcial en un club gay. Ateos y gays, a día de hoy y Constitución en mano, valen tanto, ya sea en cuanto ciudadanos o en cuanto detentadores coyunturales (o vitalicios y hereditarios) de los poderes del Estado como el más fervoroso católico o el luterano más entregado. Exactamente lo mismo, ni más ni menos.
Menos mal que, según cuenta el mismo periódico, algún obispo terció ayer mismo para decir que la Iglesia no tiene ningún interés en que nadie, ni un Presidente de Gobierno, vaya a misa a hacer el paripé. Pero hoy mismo vuelven los diarios a la carga, al hilo de las palabras del Papa sobre la importancia de la familia tradicional. Debería puntualizarse mejor: la importancia que la iglesia católica concede a la familia tradicional. Están en su derecho, tienen sus razones que serán sus buenas razones. Pero me pregunto: ¿alguien aquí está impidiendo que los católicos formen familias, las mantengan con arreglo al espíritu de su más pura tradición y perseveren en ellas con sacrificada vocación de servidores de su fe y cultivadores de sus convicciones? Diríase que sí, a la vista de lo que los periódicos recogen hoy domingo, después de los actos del Papa en Valencia. Dice por ejemplo La Nueva España, en su titular interior, que Benedicto XVI reivindica la "vigencia" del matrimonio entre hombre y mujer. Ah, ¿pero lo habían derogado? ¿ya no está social y legalmente en vigor?, ¿está prohibido?, ¿se pena en España o se discrimina al señor y la señora que contraen nupcias entre sí? Yo creía que ese supuesto de matrimonio heterosexual se hallaba claramente amparado por el artículo 32 de la Constitución, pero igual se lo ha cepillado Zapatero y ni me he enterado, en qué estaría yo pensando.
Naturalmente que está vigente, y hasta lozano. Y más lo estaría si no hubiera tanto católico practicando el emparejamiento meramente fáctico, o divorciándose a mansalva, o yéndose de putas el sábado sabadete. Están en su derecho, sí, para mí no cabe duda. Pero poco coherentes son con su fe, mucho menos que los que hacen cualquiera de esas cosas, en su caso, porque estiman que a nada ofenden que merezca respeto o sumisión. Así que atienda Benedicto XVI los usos anárquicos de su grey antes de dar tanto la tabarra para que no se nos deje a los demás vivir abiertamente y con coherencia lo que tanto católico practica de matute o con estrepitosa inconsistencia. No sea que le digamos aquello de la paja; de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio. Lo único que no está vigente es la imposición por narices del modelo de ellos como modelo de todos.
Parece que el Papa estuvo machacón, pues el mismo periódico explica en otro titular que "El Papa pide a los gobernantes que las leyes respeten el matrimonio tradicional". Vuelvo a lo mismo, a mí me parece que lo respetan. Tanto, que hasta otorgan efectos civiles al modo canónico de contraer el matrimonio tradicional. Pero qué lenguaje tan poco inocente, qué sibilinos eufemismos vaticanos, qué birlibirloque conceptual. No se quejan de falta de consideración a su matrimonio, no; expresan el malestar de quienes desean que el modelo que se sustenta en su fe, la suya de ellos, sea el modelo de todos, por bemoles; de los que desean que no resulte legal lo que para ellos es pecaminoso o nefando. ¿Eres ateo o partidario del amor libre o militante de convicciones sociales vinculadas a modelos no tradicionales de familia?, pues te aguantes, te casas uno con una del sexo de enfrente (no de la acera), para siempre a ser posible (¿se nos olvidó la lata del 82 y los apocalípticos a-nuncios de la Iglesia Católica con ocasión de la ley del divorcio? ¿Cuántos católicos han sido obligados a divorciarse por causa de esa legislación infame? ¿Lo fueron -suponiendo que sean o se tengan por católicos, que ni lo sé ni me importa- el puñado de ministros del PP que disolvieron vínculo matrimonial en vía civil cuando estaban a las órdenes de Aznar? ¿Por qué no regañan los papas al PP por andar dando tan mal ejemplo a las huestes de la Iglesia de Roma?).
Otra cosa es que a muchos católicos les desagrade, porque afrente a sus convicciones, ver que el vecino del quinto se ha casado con otro hombre y topárselos ahora en al ascensor haciéndose arrumacos. O que les moleste que en el segundo izquierda viva una pareja liberal que organiza una vez al mes cenas de matrimonios para no limitarse a desear en vano a la mujer o el marido del prójimo. Pues a aguantarse, ya que otros habrá a los que les produzca reparo, y hasta grima, el apego de los católicos a los moldes más rancios de la institución familiar, con lo que ha llovido y las que han caído. Que cada uno viva según sus convicciones, haciendo lo que quiera, siempre que los tratos sean entre adultos con capacidad para consentir, y que cada cual respete al otro y pondere con seriedad y consideración sus razones. Dios en la casa del que lo quiera y la Constitución en la de todos. Que hasta los refranes deberíamos ir cambiando.
Primicia exclusiva sobre este su humilde bloguero, aprovechando que el Pisuerga pasa por Pucela: pues resulta que servidor se va a casar en menos que canta un gallo con una católica. Y que dicho tengo, y lo mantengo, que no finjo la fe que no profeso ni recibo sacramento en que no creo. Por respeto a las ideas de mi mujer, precisamente. Así que nos fuimos a ver al cura de su parroquia de antaño y, aleluya, me dice que ojalá hubiera muchos como yo. Matrimonio mixto, dos papeles más para firmar, asumo compromiso de respetar la fe de mi compañera y a otra cosa, mariposa. Me quedo pensando que algo ha cambiado para bien en la Iglesia cuando hasta palmadas de felicitación le dan a uno por no disimular, mientras que hace cuatro días semejante doblez era obligatoria, bajo severa sanción social, eclesiástica, y hasta jurídica a veces. Pero viendo a muchos de los de Valencia estos días empiezo a pensar que simplemente di con un cura razonable que respeta a su Dios, ama a su prójimo y predica con el ejemplo. No llegará a Papa, descuiden. Como tampoco alcanzará púrpuras eclesiásticas el capellán del hospital en que mi madre se encuentra, que discretamente pasa a verla y es todo respeto, discreción y amorosa dedicación. Yo los dejo solos, pues ella es creyente, para que hablen de lo que deben o procedan según el rito que quieran. ¿Me dejarían muchos en paz a mí por no serlo? La mayoría de los amigos y compañeros católicos que tengo sí, sin duda; los obispos y cardenales, no lo sé, francamente, no estoy nada seguro. No habrá paz con ellos mientras no dejen de meterse con nosotros. Y no me refiero a que traten de convencernos, eso me parece muy bien, que hablen y escuchen a partes iguales. Me refiero a que quieran que la ley nos prohíba ser como somos y vivir como creemos que debemos hacerlo. Eso ya nunca más, nunca, cueste lo que cueste, pase lo que pase. En este reino de los suelos las ideas del Pape valen exactamente igual que las mías y tiene el mismo derecho que yo a imponerlas a los demás: ninguno.

09 julio, 2006

Las voces del bien. Por Francisco Sosa Wagner

Veía y escuchaba la noche del viernes el programa, retransmitido desde Berlín, dedicado a la música-ópera y operetas, canciones etc-, parte de las atracciones populares vinculadas al campeonato mundial que en Alemania se ha celebrado. Y pensaba que, si alguien quiere buscar identidades, puede encontrarlas precisamente en la comunión ante la gran música, que enlaza personas, clases sociales, países y continentes. El lugar de celebración era magnífico, el famoso Waldbühne (escenario en el bosque), con más de veinte mil espectadores, pese a las serias amenazas de un tiempo poco respetuoso con las previsiones de los humanos. Quiero decir que, en lugar de andar siempre hurgando en lo que nos divide, podríamos ocupar nuestro tiempo con lo que nos une, que es mucho y sólido. En lugar de engolfarnos con los derechos prehistóricos, las lenguas que se inventan, los fueros pasados o las reivindicaciones al vecino, podríamos engolfarnos con las notas musicales que son lenguaje universal que a todos nos abraza.
Porque, al contrario de lo que se nos anuncia desde ciertas tribunas, el desentierro de identidades colectivas imaginadas es sumamente reaccionario, tiene que ver muy poquito con el progresismo pregonado, frío -por aritmético- cálculo de votos, mientras que la vibración con el vecino ante la música es un regalo de solidaridad y un monumento a la convivencia. De un vecino que puede ser un austriaco, un italiano, un japonés o una señorita de Ohio. Y está bien vincular el acontecimiento musical vivido en Berlín con el fútbol porque, si este es pasión identitaria excluyente, aquel es bálsamo que anuda sentimientos compartidos.
Se oyeron arias de óperas bien conocidas: de Verdi, de Rossini, de Puccini, de Bizet, de algunas operetas de Léhar, de zarzuela española, del West Side Story de Bernstein ... Con la orquesta de la ópera de Berlín en el foso, que allí no es tal, y cantando tres grandes: el maduro Plácido Domingo y dos jóvenes: el mejicano Rolando Villazón (discípulo del español) y la rusa Ana Netrebko. Al final, con una copa de champán en la mano, el brindis de La Traviata, desató la felicidad y la inocencia entre los asistentes que aprovecharon para encender las luces de sus desvanes interiores y degustar los frutos de la emoción.
¿Qué hombre no se enamora de la Netrebko? ¿Qué mujer no se enamora de Villazón? Cualquiera que tenga buen gusto y sepa advertir la voz cuando lleva en su seno pureza de pájaro y cuando es capaz de trasladar a quien la disfruta a la intimidad de los cielos. La Netrebko tiene mirada dulce pero a veces esa misma mirada se hace de vértigo y su voz es un surtidor que asciende y desciende y se da a todo tipo de juegos, como todo surtidor bien aparejado. Ambos, la Netrebko y Villazón, protagonizaron el año pasado en Salzburgo un verano de eternidades al hacer La Traviata verdiana. La soprano -Violeta- se hizo con el escenario, con la ciudad ... hasta por unos días consiguió tapar a Mozart que se escondía, aturdido, en su casa, de la que expulsaba a los turistas. Se la aplaudía a la Netrebko por las calles y hasta los colegas cantantes le cedían el protagonismo, el divismo todo a ese mujer que es perla, que es velo, que es vuelo.
Sépase pues que de Hispanoamérica no nos vienen solo dictadores que lo han sido, lo son, o aspiran a serlo, ni chanchullos, ni tráfico de cocaína, nos vienen también grandes cantantes que suben a los mejores escenarios con la naturalidad de quien toma un tranvía: Marcelo Álvarez, Juan Diego Flórez, este Rolando Villazón ... Hay que oírlos para lavar las manchas de nuestros vicios.
¡Ah, qué felicidad salir de la desmesura de la política y de su sectarismo y entrar en la mesura de lo inmensurable!

08 julio, 2006

Madrid me mata. De horror.

Entre los más insondables misterios del cosmos se cuenta el gusto que le encuentran los madrileños a vivir en Madrid. Bueno, pensándolo bien, también hay desviados a los que les chifla que les pinchen con imperdibles las tetillas o que les pongan morado el culo a puros latigazos. Seamos respetuosos con el libre desarrollo de la personalidad de cualesquiera criaturas y ciñámonos a los hechos que me tienen esta mañana somnoliento y con el talante de aquella manera.
Ayer me tocaba actuar en tribunal de tesis doctoral en Madrid y el lunes andaré en las mismas en San Sebastián. Así que con mi pareja había planeado vueltecilla de fin de semana, con pernocta rural en algún paraje llamativo y norteño de la opresiva Castilla. Tuve que cambiar el plan a la carrera, debido a la hospitalización de mi madre. De modo que me compré un billete de avión Asturias-Madrid, con ida a mediodía de ayer viernes y regreso temprano esta mañana de sábado.
Tesis en universidad privada, mi primera experiencia. Por cierto, se les ha olvidado preguntarme que qué se debe de lo del viaje y tal. Tal vez consideran que con el honor ya voy bien remunerado. Pues sí, vaya plan. Porque la tesis... dejémoslo. No tengo los ánimos estos días para montar broncas en solitario, y el resto de los estimadísimos colegas a los que jamás había visto y de los que nunca había oído ni mu eran receptivos al castigo, bienaventurados por mansos y propicios al proceso de paz doctoral. Me juro a mí mismo que dejo de aceptar nombramiento para tales tribunales, salvo cuando me dé plenas garantías el nombre del director y la pinta del doctorando. O sea, ya casi nunca, otra cosa que se acaba. La cena de primera, eso sí.
Pero vamos con Madrid, que es tema que me compromete menos con lo más granado de mi gremio, sector proletario asalariado. El viaje del aeropuerto al hotel, en taxi, creyendo que me lo pagarían. Ay, alma cándida, no aprenderás. Al metro, que en la privada tratas con currantes, hombre. Y con empresarios. Así que al metro para la próxima... que no habrá. El viaje en el taxi una eternidad, porque está Madrid guapa, una delicia, puro relax.
El clímax, esta mañana. Me levanto a las seis y cuarto para llegar con tiempo al aeropuerto, como nos gusta a todos los aldeanos. Mi hotel estaba en Alberto Aguilera. Al irme, el recepcionista ya me advierte que lo del taxi, difícil, difícil, pues, al parecer, evitan los taxistas esa zona a esas horas porque el personal retorna cocido a sus madrigueras y no se muestra muy tratable con los sufridos trabajadores del transporte más caro. Y que los del radio-taxi o no cogen el teléfono o te engañan prometiéndote en vano que pasarán a recogerte en media hora, poco más o menos. Sin poder dar crédito, salgo a la calle y veo montones de brazos extendidos preventivamente, pese a que ningún taxi se divisa con la luz verde. Me quedo cinco minutos al quite y asisto a la violentísima discusión de una pareja muy engalanada, cuyos miembros/as se imputan mutuamente la responsabilidad por la falta de taxis. Antes de verme incriminado por no auxiliarlo a él por la inminente agresión violenta que iba a padecer, me alejo, pues desconozco los detalles de la nueva legislación sobre el género.
A la vista de la fatídica pertinacia de los hechos, decido caminar hacia el metro. Oh, maravilla, la línea más directa está cortada, pues las obras capitalinas tocan también el subsuelo, el mismísimo underground. Treinta y cinco minutos de metro, y porque estoy de suerte y pillo los trenes casi al vuelo. Ya en Barajas, el problema es la T4, esa mancha enorme en medio del desierto manchego, prodigio de arquitectos y campo de entrenamiento para corredores de maratón, fondo y medio fondo. Toca esperar el bus que enlaza con la hermosa terminal infinita después de hacer una amplia circunferencia. El paisaje se muestra tan bello que me pregunto al instante cómo puedo estar blasfemando para mis adentros en presencia de tanta belleza natural e ingenieril. Menos mal que no llevo maleta y solvento lo de la tarjeta de embarque por vía automática, pues las colas en los mostradores quitaban el hipo. A seguir pistas y letreros en busca de la lejana puerta de embarque. Siempre me recuerda la mili, cuando nos soltaban en el monte con un mapa y una brújula. Aquellos eran tiempos, y ni sofá con tele y videojuegos había en los montes aquellos, qué penurias. Ardor guerrero. Como el que me invade cada vez que disfruto las delicias madrileñas.
Arribo al fin a la esquina más alejada de la Tortura-4 y, albricias, se anuncia retraso en la salida del vuelo. Iberia, genio y figura. Por cierto, pobres pilitos, humillados y ofendidos siempre, lumpenproletariado. Arriba, parias de la tierra, a seguir subiendo hasta alcanzar la altura de crucero. Al fin en el avión, mi vecino de silla resulta ser un fiel exponente de la fobia al desodorante, esa plaga que nos tiene la pituitaria en máxima alerta todo el día. ¿Será una libre opción personal la de ir apestando? ¿Será porque volvemos a los usos de marca del territorio, ahora que retornamos al simio medio? ¿O tal vez no se dan cuenta y se piensan una maravilla para los cinco sentidos?
Ya en casa en Gijón, por fin, y concediéndome un mínimo descanso antes de salir para el hospital, pienso en León y comparo con Madrid. Mi casa, una casa grande, en las afueras, con campo y todo y poco hormigón alrededor, está a diez minutos en coche del centro de la ciudad y a cinco de la Facultad donde diserto para fanáticos de Orfeo, cubro impresos y asisto a comisiones y juntas. Y me costó lo que un apartamento de treinta metros en Vallecas. Qué dicha, oiga. Madrid para los madrileños. Deberían pedir la independencia. León sólo, y capital Astorga, qué güevos. Y T-4, agua.

07 julio, 2006

Genuina memoria histórica.

Esta tarde visitó a mi madre su prima Violeta, de Pinzales. Ochenta y tres años, llevados con hermosura, la cabeza clara y sólo una muleta. Con mi madre se le notaba la comunión en tantas vivencias, en los trajines, en las penurias, en la experiencia de retar a la vida con fe incólume en el esfuerzo y los trabajos. Pronto a mi madre la venció el agotamiento y entonces su prima Violeta se sentó a mi lado y me contó de su vida. Entre tantas, me narró esta historia, que recojo tan fielmente como puedo:

"Mi madre murió cuando yo tenía un año y medio. A mi padre lo mataron allá por mis quince años, en el treinta y nueve. Fueron a buscarlo un mediodía. Él no había hecho nada malo, sólo trabajar como un buey. Lo asesinaron porque había escondido en nuestra casa a un huido (un "guardau"). Dieron con él después de torturar a un sobrino suyo que sabía dónde se ocultaba. Se llevaron a tres, a mi padre, al huido y a un cuñado de éste, que había sido quien le pidió a mi padre que lo albergase hasta que pasara el peligro. Se los llevaron a los tres a las doce del mediodía y a las doce de la noche ya los fusilaron. Se dieron mucha prisa para evitar intercesiones y ruegos de clemencia. Mi padre nunca se había metido en política ni había hecho mal a nadie, sólo había ocultado a aquel hombre por pura humanidad, por compasión y porque así se lo había rogado aquel otro amigo. Obligaron a los tres, de noche, a cavar su propia fosa, en el cementerio de Pando, en La Felguera. En cuanto terminaron, los mataron a tiros.
Unos años después, yo hablé con el enterrador de aquel cementerio de Pando y le pedí que me avisase cuando fueran a sacar los restos de aquella fosa. Y, efectivamente, me llamó en el cincuenta y nueve, cuando iban a vaciarla. Yo estuve allí, con otros parientes de los tres asesinados, cuando excavaron la tierra, y vi aparecer los huesos de los tres. Se notaba perfectamente la postura en que habían quedado, unos sobre otros. El que estaba encima, el último en caer, aparecía sentado sobre el cuerpo de los demás. Los familiares que me acompañaban y yo misma reconocimos la cabeza de mi padre, por su forma, de configuración idéntica a las nuestras. Tenía en un lado de la frente un agujero del tamaño de un dedal. Recogimos, como buenamente pudimos, los huesos de los tres y cada familia llevó los de su pariente al cementerio que le era más querido. Pagó los nichos y todos los gastos de los enterramientos el hijo de aquel de los tres al que mi padre había escondido y por el que habían muerto.
Yo le he pedido a mi hija que, cuando yo muera, quemen mi cuerpo y esparzan las cenizas en Pinzales. Me ha dicho que esto último no lo hará. Así que, a cambio, le he rogado que encierre mis cenizas en la tumba en la que yacen los restos de mi padre y de mi madre. Todos hemos de morir, no tiene nada de particular".

Ni un instante dejó de sonreír, con esa mirada franca de quien no tiene qué ocultar ni de quién esconderse. Cultiva la memoria de sus muertos como parte de su sentido de la vida, de un profundo y nada gastado sentido de la vida, sin impostura ni alharaca. Les hace justicia.

05 julio, 2006

Madre

Diluviaba en Gijón esta mañana, a las once. Cuando llegué, al fin, al lado de su cama en el hospital, no me reconoció de inmediato. ¿Sabes quién soy? El médicu, me contestó. Le dije que no, que era su hijo y trató de abrir un poco más sus ojos, que los años y las dolencias van dejando minúsculos y desorientados.
Está muy débil, su corazón trabaja a medio gas, agotado. De tanto en tanto me observa un breve instante y me pregunta cómo me enteré de que estaba mala. Me llamaron al móvil, respondo yo. Y cada vez ella apostilla: fíjate qué adelantos hay. Estoy contenta de que estés aquí porque yes el mi fíu.
He podido hablar muy poco con ella, se le cierran los ojos, se queda traspuesta, se me va. En uno de esos pocos momentos, me miró fijamente y me dijo: se me está olvidando todo.
Su sueño es muy agitado, se mueve, respira entrecortadamente, murmura palabras ininteligibles, suspira. En la boca entreabierta se le pone una expresión de niña. Me pregunto qué bulle en su cabeza, qué imágenes se le agolpan, qué sueños le quedan por soñar. Puede que sea el momento en que ya sólo queda soñar, la antesala de los sueños infinitos, el eterno batiburrillo de los recuerdos, sin orden ni concierto, piezas del rompecabezas que fue una vida. A lo mejor por eso se le están olvidando las cosas, porque ya los recuerdos abandonan la vigilia y se alistan al otro lado, en los sueños, libres, infinitos, eternos, tan aleatorios en su orden como azaroso fue el acontecer de la vida a este lado.
A mediodía salí unos minutos de su habitación y la dejé sola. Cuando regresé, la enfermera, una amable señora, estaba a punto de darle la comida. Le dije que yo lo haría. Antes de salir, me contó que poco antes había visto en la habitación a una mujer que miraba a mi madre. Ella, la enfermera, le preguntó que si la conocía y era a mi madre a quien estaba buscando. Le respondió que sí, sin añadir nada. Me extrañó, pues pensé que nadie más que yo estaba aún al tanto de su nueva hospitalización. Así que la interrogué sobre su aspecto o cualquier detalle que me diera una pista de la identidad de la dama aquella y de su fugaz visita. No lo sé, me respondió, no la vi entrar ni salir, estaba aquí dentro hace un rato, ahora no sé adónde habrá ido. No he sabido más de ella en todo el día.

04 julio, 2006

La indignación moral y los políticos (I).

Se me reprochaba matizadamente aquí estos días que en mis notas se aprecia a veces un exceso de indignación moral, muy en particular cuando hablo del Presidente del Gobierno. De esa manera mi actitud se engarzaría con el tono general del debate político, ciertamente lamentable y barriobajero, más armado de insultos y de imputaciones baratas que de argumentos sólidos. Poco me cuesta reconocer todo: que me gusta cargar las tintas y que las cargo más con ZP, pues a ningún amigo se le ocultará a estas alturas que me cae como una patada en la boca y que lo tengo en muy bajo concepto, tanto si toca hablar de sus calidades intelectuales como morales. De que es un habilísimo político –en cierto sentido menesteroso y rastrerillo de la política- y un maestro del regate en corto, pocas dudas me caben ya. E igual de convencido ando de que posee una inusitada habilidad para romperle al rival la cintura y la paciencia, a base de marearlo con dimes, diretes, trolas y frases de doble o tripe sentido; o de ninguno.
Sentado lo anterior por mor de la honestidad que pretendo manejar con mis apreciados interlocutores, podría añadir que no me son mucho más simpáticos bastantes de los personajes de la oposición pepera que más cámara chupan. Zaplanado quedo a menudo al observar tanta desfachatez, tanta zafiedad y semejante primitivismo a golpe de quijada. Unido a la propensión a alborotarse ante la paja –sí, hasta la paja- en el ojo ajeno, sin querer ver el propio lleno de vigas, pontones y hasta monolitos. Y con las mismas proclamo también que hay algún ministro del Gobierno socialista que tengo por capaz, honesto y aprovechable fuera del estercolero este de la política de hoy.
Pero vayamos a la cuestión más general: ¿cabe y conviene que nuestros juicios políticos se contaminen de indignación moral o, por contra, es preferible hacer con la política rancho aparte y prescindir de aquellos juicios que califican a las personas y a las acciones políticas como morales o inmorales, decentes o indecentes, honestas o deshonestas? Si fuera esta segunda la actitud recomendable, de la gestión política deberíamos opinar con atención solamente a los fines propuestos y a los frutos alcanzados, prescindiendo de enfangarnos en debates sobre la calidad moral de los medios usados y de las actitudes personales de quienes los utilizan.
Pondré un ejemplo muy claro, aunque ciertamente extremo: el asesinato por razón de Estado. La paz es supremo valor para un Estado e ideal compartido por la inmensa mayoría de sus ciudadanos, que la ansían y tienen de ella hasta un anhelo infinito cuando se ponen estupendos (¿ven?, ya se me escapó la coña; con lo bien que iba, diantre). Queremos vivir pacíficamente y con seguridad para nuestra persona y nuestros bienes. Sentimos el terrorismo como atentado gravísimo a esos valores, a tales ideales de paz y seguridad. En consecuencia, que un Gobierno oriente su acción y sus políticas a mejorar nuestra convivencia pacífica a base de reducir o eliminar las actividades terroristas nos parecerá muy bien a todos, al menos a todas las gentes de bien. Acuerdo perfecto, pues, en el fin. ¿Y los medios? Pongamos que ese Gobierno concluye que la manera más efectiva de alcanzar aquel legítimo y consensuado objetivo sea la guerra sucia, el asesinato ilegal de los terroristas o de quienes los apoyan o con ellos simpatizan. Aquí ocurrió hace años; no ahora. Israel lo hace todos los días. Es lo que se conoce como el problema de las manos sucias. Y, para cerrar el ejemplo, supongamos que, contra lo que en tales casos suele ocurrir -¿fue una excepción la política del Estado alemán contra la Baader-Meinhof?-, el Gobierno tiene éxito y la sociedad queda libre de la peste terrorista, gracias a tan expeditos e ilegales medios. ¿Podríamos o deberíamos los que creemos en la moralidad ínsita en las reglas de juego del Estado de Derecho hacer valer nuestra indignación moral o deberíamos achantar a la vista de los “felices” resultados o para no provocar nuevos conflictos? Mi opinión la tengo clara, aun a riesgo de yerro grave: la base del Estado de Derecho es moral, una moral del respeto a todo individuo qua individuo y del férreo sometimiento del poder a las reglas jurídicas que dan vida y sustancia pragmática a aquella moral de base. El poder tiene que ser legal tanto en su origen como en su ejercicio, pues un poder ilegal es en el Estado de Derecho un poder por definición inmoral y, con ello, lo opuesto a tal Estado, dictadura larvada, tiranía vergonzante, oprobio disfrazado de respeto y maneras.
Cierto que el ejercicio de la política va de la mano de la negociación, la dialéctica sibilina, el ocasional forzamiento o tensión de reglas y prácticas institucionales. Verdad es que el buen político, el político eficaz, deberá ser flexible, con capacidad para acomodar sus programas e ideales a lo que las situaciones y las coyunturas determinen. El buen político no será nunca el sujeto dogmático, radical, incapaz de ceder un ápice o de moverse un centímetro de sus propósitos. Quizá es en la política donde más pura aplicación alcanza el dicho de que lo mejor es enemigo de lo bueno. Todo esto lo tenía presente Max Weber cuando distinguía entre ética de convicciones y ética de la responsabilidad. Bien está la primera para misioneros, pongamos por caso, de los que esperamos que hasta el martirio asuman por no traicionar su fe y sus ideales, que no reparen en gastos para vivir conforme a su mensaje; pero la de los políticos sería la segunda, la que mira más a los logros que inflexible o rígida es en los medios.
Hasta ahí estaremos la mayoría de acuerdo. La discusión empieza cuando toca poner los límites, fijar hasta dónde puede el político llegar en su elección de medios para fines admisibles. ¿Justifica el fin cualquier medio? Maquiavelo casi decía que sí, y por eso llamamos maquiavélico al político que para sus fines no repara en mentir, chantajear, amenazar... o matar. A un servidor le repelen los políticos maquiavélicos, aun sabedor de que sin un toque de maquiavelismo no tienen pito que tocar ni darán pie con bola en su gestión. O sea, que el político ha de tener mano izquierda, buena dosis de cazurrería y algunas otras virtudes propias de espadachín avezado a las malas calles. Pero que todo tiene un límite. Y que cuanto más sucio sea su juego, por gracia de la política y de Maquiavelo, a mí peor me cae. Será esa la razón de que nunca ganen nada los (pocos) que me son más simpáticos.
Quien desee observar una buena recreación literaria de estos dilemas morales de la política, que se lea dos obras memorables: Las manos sucias, de Sartre, y Los justos, de Camus.
Compliquémonos ahora la vida y mojémonos. ¿Qué tiene que ver lo anterior con nuestros debates a propósito de ZP? Empezaré por sentar bien claro que, a día de hoy, no me resulta sospechoso de esas inmoralidades más graves, de tener las manos sucias en ese brutal sentido. Como sí las tuvo algún presidente anterior, casi con toda seguridad. Dicho esto, nuestras discrepancias pueden tener un doble origen.
A) Yo pienso que Zapatero es un político maniobrero y mentiroso, inmoral en grado superior al admisible o conveniente para la mínima moralidad política que debe impregnar un Estado de Derecho; y que, además, con su modo de actuar mendaz (otra vez la palabreja: reincido), marrullero, hace una pésima pedagogía social y agranda la anomia de esta sociedad. Otros, en cambio, no lo ven de esa manera y lo tienen por moral e intelectualmente honesto, o piensan que para nada rebasa ese límite de la moralidad mínima y de la lealtad que un buen político debe guardar con los electores y con las reglas de juego del sistema jurídico-político. Me parece esto último defendible, sin duda, pero me llama la atención cuán pocas son las personas -sin cargo- que lo defienden así, con argumentos claros y sin ciertas falacias de libro (igual de malos son los otros, no podemos admitir nada que le haga el juego al rival, bueno estás tú para hablar, tu juicio es interesado y, por tanto, no entro a analizar su verdad o falsedad, etc.). Mas, insisto, cabe que Zapatero sea el más recto de los políticos que por aquí han pululado, unido a que yo le tenga una tirria irracional y a que sus defensores pasen de argumentar lo que consideran obvio.
B) Más bien se diría que la mayor parte de nuestras discrepancias se relacionan con la diversa ponderación de fines y medios. Esto es, creo que muchos opinan que objetivos tan legítimos y deseables como el fin del terrorismo o una reorganización territorial del Estado más respetuosa con los afanes independentistas o de autodeterminación de ciertos (políticos y ciudadanos de ciertos) territorios bien justifica el que con los ciudadanos todos se utilice la mentira o una ambigüedad tan taimada que roza el engaño; o que las reglas de juego, comenzando por la Constitución, se pongan del revés, cual calcetín, o se tensen hasta un poco más allá de la resistencia de sus materiales. A mí me gusta una política más clara, abierta, sincera y deliberativa, aunque sea al precio de éxitos más magros o mayores sacrificios. Otros prefieren resultados más brillantes (?), aunque haya que cargarse más de una norma de lo que otros consideramos la moral mínima compatible con y exigible en la política democrática; o prefieren salirse con la suya sin reparar en gastos.

02 julio, 2006

Nobleza obliga.

Están los de mi pueblo como locos, no les cabe en el cuerpo la alegría. Ayer me llamaron varios, a distintas horas, y por la noche, al parecer, salieron muchos a remojar su entusiasmo en bebedizos. Y no es para menos. Cuántas veces escuché la misma queja en aquel único bar que teníamos, el Miramar, con qué frecuencia salía a colación esta cuestión tremenda en las conversaciones que entablaban los paisanos que se encontraban en cualquier encrucijada de caminos. Siempre, años y más años, la misma aspiración, el mismo anhelo, una y otra vez frustrado, la incontenible ansiedad tenida por utópica ensoñación.
Pero tomen nota los incrédulos de que todo llega, sepan los escépticos que el progreso existe, reparen los tímidos en que el mundo lo impulsan los osados y, sobre todo, mediten bien y rectifiquen los apóstoles del fin de las ideologías. No, señor, no, las ideologías siguen pujantes, convicciones profundas de personas sin tacha tiran, y tiran bien, del carro de la historia.
Albricias, pues. Apacígüense los iracundos, sáciense los sedientos de justicia, sientan los progresistas el viento en la cara, pues este país coge velocidad de crucero y no hay ya quién lo detenga. Hallen consuelo los afligidos y alivio los parias de la tierra. Confiad, hermanos, ya se otea la tierra prometida, efluvios del paraíso anuncian la epifanía inminente. Agrupémonos todos en la lucha final, basta de tutela odiosa, que la igualdad ley ha de ser. Atruena la razón en marcha, es el fin de la opresión. El mundo va a cambiar de base, los nada hoy todo han de ser.
Pueblo mío que estabas en la colina, tendido como un viejo que se muere. Mi corazón está con tus gentes, ya felices, me congratulo con vosotros de que por fin encuentre remedio vuestra opresión secular. Enhorabuena, hermanos, amigos, queridos todos. ¿Estaré soñando o será verdad tanta dicha? Van a suprimir, sí, nuestros legisladores van a suprimir, la preferencia del varón en la sucesión de los títulos nobiliarios y de las Gradezas de España. Habrá más marquesas, duquesas y condesas, crecerán las baronesas, con o sin pinacoteca. Al Alba, al Alba. A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar. Todos atentos a Tele5 en cuanto acabe el Mundial.
No, ninguno de mi pueblo alcanzó jamás título nobiliario, sólo faltaba, semejantes plebeyos honrados. No. Pero más de la mitad de sus tierras lo fueron de marqueses y condes hasta hace cuatro días, como quien dice. Por eso se alegran sus gentes sencillas, porque a aquellos amos los han jodido bien, aunque sea a toro pasado. Para nosotros esta ley no sólo hace justicia, riega también nuestra memoria histórica. Mañana irán todos mis coterráneos a segar o al andamio con una sonrisa en los labios y con otro espíritu, sabedores de que la revolución está en marcha y de que seguirán existiendo nobles, pero no machismo, cuidadín y ojo al matiz. Viva la igualdad. Volvemos a ser la reserva espiritual de Occidente, la monda lironda. Da gusto.

01 julio, 2006

Reforma federal alemana: aviso a navegantes. Por Francisco Sosa Wagner.

Está a punto de aprobarse la reforma del federalismo alemán y es por ello momento apropiado para detenerse a valorarla en algunos de sus aspectos porque tienen un subido interés en estos pagos donde se avanza alegremente por el camino de la reforma estatutaria.
A destacar, en primer lugar, el procedimiento. Los dos grandes partidos, socialdemócratas y cristianodemócratas, juntos en un Gobierno de coalición, se han puesto de acuerdo para modificar unos cuantos artículos de la Constitución federal, de la Constitución de todos los alemanes, que viene de 1949. A nadie se le ocurriría allí el pintoresco sistema español que consiste en escribir un Estatuto en cada región y mandarlo por correo certificado a Madrid. Este sistema es literalmente un disparate que está llevando a la consolidación de futuras relaciones bilaterales entre algunas Comunidades autónomas y el Estado, casos catalán y andaluz. Pero las relaciones bilaterales son propias, no de los sistemas federales sino de los confederales, que son sin más un retroceso en la historia y tiene gracias que los asumamos nosotros -con un Estado formado hace varios siglos- cuando los norteamericanos, en la hora fundacional, es decir, a finales del siglo XVIII, los descartaron abiertamente. Y ahí están como testimonio imperecederolos “papeles federalistas” de Hamilton, Madison y Hay publicados en 1788. ¿Queremos dar lecciones de federalismo a los americanos?
Volviendo a las orillas del Rín, conviene saber que los asuntos afectados por el acuerdo político son, vistos desde la perspectiva nuestra, “de letra pequeña” y entre ellos cabe citar la regulación del cierre de los comercios, algunos aspectos relacionados con hoteles y restaurantes, el sueldo de los funcionarios públicos, la política de fomento de la investigación en las universidades, la protección del medio ambiente o el derecho de manifestación..., materias en las que hay un ligero -pero medido- desplazamiento de la responsabilidad desde la Federación hacia los Länder. Hablo pues de “letra pequeña” porque a nadie se le ocurre por allí planteardebates emocionantes acerca de las “naciones”, las realidades o los aromas nacionales.
Por el contrario, los derechos de los Länder se reducen considerablemente cuando se trata de negociar en Bruselas. Este punto tiene interés en España porque los Estatutos citados -catalán y andaluz- refuerzan el poder “negociador” de estas Comunidades en los asuntos europeos, de acuerdo probablemente con el modelo alemán vigente hasta ahora y que es justamente el que se reforma, a la vista de la experiencia paralizante de los últimos años. Lo que se persigue es que las autoridades federales actúen de forma “soberana”, sin indeseadas interferencias de los Länder.
Otro aspecto básico en España, donde se quiere reformar el Senado para hacer de él “una Cámara de representación territorial”: en Alemania la tienen y justamente ese invento es el que ha llevado a la paralización de las instituciones políticas, recuérdese que Schröder hubo de convocar elecciones anticipadas por el bloqueo a que se sometía su política desde su Senado. Y lo mismo le pasó a Kohl. Por eso ahora se reduce drásticamente el número de leyes que necesitan el acuerdo de la representación de los Länder.
Y, por último, algo relevante también para nuestros modos: en el seno de los grupos parlamentarios socialdemócrata y cristianodemócrata ha habido oposición seria de muchos diputados a la reforma por razones que otro día explicaré. Las “unanimidades” de los grupos parlamentarios españoles, donde no se oye una voz discrepante, no existen evidentemente en las democracias maduras.

Ante todo rábano por las hojas.

Me voy a permitir dialogar o debatir un poquillo aquí, en primera plana. Porque, de rebote, algo de teoría saldrá, aunque sea teoría del discurso, por decirlo pedantemente.
Mi muy apreciado y respetado -esto no es retórica- AnteTodoMuchaCalma (hombre de nicks reversibles y proteicos) es, amén de hombre de conocimientos tan variados como profundos -tampoco es retórica-, un consumado retor -precisamente-, un sublime dominador de las virtudes clásicas de la dialéctica, con un toque erístico que proporciona adicional encanto a sus disertaciones. Y en su comentario a mi último post, el de la negociación con ETA, echa mano de la erística schopenhaueriana para desactivar mi irónico alegato. Sin dejar de admirar siempre su agudeza, echo en falta en nuestra amable pugna un poco más de cuerpo a cuerpo. Me explicaré.
¿Les ocurrió a ustedes alguna vez en su infancia, le habrá ocurrido a ATMC, aquello de que uno escribía una esmeradísima redacción, poniendo todo el empeño que le cabe a un infante de sangre roja, y el maestro ojeaba la hoja escrita y se la devolvía al autor displicentemente, aduciendo que la letra era muy mala o que había una falta de ortografía? Uno lo admitía resignado, pero se quedaba con la pena de que el idolatrado profesor no quisiera entrar en el contenido de la composición. Frustrante.
Sigamos con las comparaciones traídas por los pelos. Un mal chiste. Una persona le dice a otra: "esta noche tenemos que hacer el amor sin falta". Y la persona interpelada le responde: "ah, me encantan el amor, las novelas de amor son mis favoritas, el amor es lo mejor, soy una persona tan romántica...". A eso habitualmente se le llama salirse por la tangente.
En mi post sobre la negociación con ETA analizaba, en tono abiertamente irónico y con propósito de desenmascaramiento de las intencionadas contradicciones y las estudiadas ambigüedades de ZP, su declaración sobre la mentada negociación que, al parecer, va a comenzar ahora. Mi intención, creo que muy obvia, era señalar que si las afirmaciones del Presidente eran tomadas en serio, su declaración era o un cúmulo de contradicciones o, leída con aún mejor fe, una declaración de intenciones que prácticamente dejaba la negociación sin más objeto que el de pactar la entrega de las armas con el precio de algún beneficio penitenciario, como máximo. En efecto, si la Constitución ni se roza, si la política está excluida de la mesa negociadora, si las decisiones políticamente relevantes sólo las toman los parlamentos y si el respeto y la atención a las víctimas son prioritarios, ya me dirán en qué puede ceder el Gobierno en la negociación de marras; en nada. Así que los etarras ya se la pueden ir envainando, puestas así las cosas y tomadas en serio. Y la pregunta que en el fondo de mi análisis se apuntaba es la de si nosotros nos creemos o no que ZP realmente cree lo que promete tan solemnemente o si no estaremos, más bien, ante un redomado embaucador.
Es posible, y hasta probable, que tales disquisiciones mías sobre la pieza oratoria del Presidente resulten impertinentes o manifiestamente erróneas. Pero resulta que mi admirado crítico, y sin embargo amigo, no entra al trapo, sino que se va al tendido de sol a deleitarse con el clavel rojo que lleva en el pelo una señora del tendido. Y el torero lamentándose, claro. Con esto quiero decir que considero a ATMC absolutamente capaz de despedazar cada una de mis interpretaciones en dicho post. Pero no entra en el fondo, y me pregunto por qué. ¿Será que sobre el fondo estamos muy de acuerdo y sólo discrepamos en las formas? Caray, si lo que no le llena es mi estilo, palabra que trato de cambiarlo; si no le agrada que sea arisco y erístico, me pongo melifluo y talantoso. Más sospecho que no es eso lo que desea. Simplemente hace gala de las mejores argucias del brillante orador que convierte el accidente en sustancia cuando no desea habérselas con la sustancia propiamente dicha.
De todo el post se queda, con ánimo de deconstrucción, con mi última frase, en la que sostenía yo que la única manera de no tomar en serio el contenido evidente de lo que ZP había afirmado era pensar que nuestro Presidente es mentiroso e indecente. Yo sí creo que es más falso que la falsa monea, pero puedo estar equivocado y hacerle así injusticia gravísima al más sincero político que parieron los tiempos. Que cada uno juzgue como quiera, cómo no. Y mi respeto para todas las opiniones.
Sin embargo, ATMC se abstiene de hacer las dos cosas que a mí más me estimularían. Una, argumentar en contra de mi evidente insinuación de que ZP es un trapacero de tomo y lomo. Si ATMC está convencido de la honestidad intelectual de ZP y de su condición de hombre de palabra, bien estaría que lo afirmara abiertamente y, si cabe, que lo justificara. Si no posee tal convencimiento, me está dando tácitamente la razón y nuestras divergencias estilísticas son divertimento poco relevante para el fondo, aunque ciertamente entretenidas. Otra, alegar, con fundamentos que sin duda se le alcanzan, que las frases de ZP no significan lo que yo digo que significan ni comprometen a lo que yo afirmo que comprometen a la persona leal que las enuncie.
Pues en esos dos asuntos me deja ATMC con las ganas de conocer su opinión. A cambio, lo que hace es tomar aquella última frase mía y usarla con un doble propósito. Uno, afirmar que en ella se contienen calificativos del estilo de los que suele usar un locutor de la radio obispal de cuyo programa, al parecer, nuestro amigo no es capaz de desengancharse, de tanto morbo que le da. Yo a lo del morbo soy muy sensible, pero a ese radiofonista, JL, no lo he escuchado ni cinco veces en mi vida, y poco rato en cada una de esas escasas ocasiones, palabra de honor; y tampoco leo casi nunca su columna en El Mundo. Simplemente porque no me gustan ni su estilo ni sus ideas. Pero no se trata aquí de discutir sobre gustos, sino de que me estoy preguntando si la efímera - ¿o no tanto? ¡cielos!- coincidencia terminológica es razón bastante para desautorizar el contenido todo, no sólo la forma, de mi post. Pues vamos a inventar categorías, así, por la cara. Se me está ocurriendo la de censura invertida. Llámase de esta guisa -o debería llamarse- a la represión que de las propias ideas o de su expresión hacen aquellos que temen ser confundidos con otros que coinciden en alguna de tales ideas o, peor, utilizan alguna de esas expresiones. O sea, que antes de decir nada ni de decirlo como se me ocurra yo debo, ¡por fin!, escuchar atentamente a JL, para que no coincidamos ni en un adverbio.
La segunda estrategia retórica de ATMC consiste en tomarla con la oculta malevolencia de esa última frase mía. Sí soy malévolo ahí, claro que sí, pero de un modo tan abierto que no queda para nada oculto por la exacerbada ironía que utilizo; al contrario. No es sutil ejercicio erístico, puñalada con guante de seda, porque justamente renuncio ahí a toda sutileza y, más todavía, con la manera de construir la coña pretendo hacer más evidente aún -¿hacía falta?- lo que pienso de la honestidad intelectual de ZP y la credibilidad que me merecen sus observaciones. Esto lo ha captado perfectísimamente ATMC, no me cabe ni la más mínima duda; otra cosa es que se quiera agarrar a esa hoja para no tener que vérselas con el rábano. O sea, él sabe, y todos y cada uno de los amables lectores, que mi ánimo no era insidioso o sibilino, sino abiertamente crítico y reprobatorio. ¿A estas alturas necesito disimular lo que pienso de ZP?
Otras partes de su comentario las entiendo menos. Así la alusión a que ese tipo de "insidias" no se hacen igual con pequeños que con fortachones. ¿Quiere decir que es ZP un pobre pezqueñín y que debo reservar mis críticas para tipos de más talla? Bueno, si ésa es la imagen que se gasta de ZP... Y no voy a sacar aquí la lista de mis combates con gordos -pasan de cincuenta, seguro-, pero me precio, por contraste con mi medio, de batirme donde toque sin reparar en costes, ya afecten a la cartilla o a la mejilla. O sea, yo pongo el par ese que mi interlocutor solicita y él que me proporcione "uno más grande". Yo haré lo que pueda, modestamente, si considero que el zumosol ese merece unos guantazos. Tengo MUFACE y, además, estoy seguro de que ATMC consolaría con sus textos mis días de sanatorio.
Volviendo al eje de mi contracrítica, me atrevo a sostener que llueve sobre mojado. Ya ocurrió con mi post titulado "Mierda" y dedicado al valeroso Txapote. Si no recuerdo mal, tres grandes amigos de este blog me pusieron reparos. Uno, recordándome que también eran muy malos los GAL y que menuda indecencia de indultos y suavizantes. Pues tiene toda la razón, eran unos matones sinvergüenzas y asquerosos y fue de órdago la indecencia. No me había parado a afirmarlo expresamente, pero dicho queda. Y más: menuda cobardía la del o los autores intelectuales del engendro, que no tuvieron arrestos para dar la cara y por ahí andan con la cabeza bien alta. Y vaya caradura de los del PP cuando, a toro pasado, se rasgaban las vestiduras. De esto algo se contenía en el post, creo. ¿Y qué? Deja por eso Txapote de ser un degenerado abominable?
Los otros dos críticos, uno ATMC, se agarraban a mi reproche a los "tibios" que se ensañan más con quien está más lejos -¿uno gordo pero que no nos tiene a mano para partirnos la cara?- y se tientan la ropa cuando se trata de salir a la palestra para cantar qué asesinos son los asesinos de ETA. He repetido aquí más de una vez que Bush es un fanático sediento de sangre. ¿Cuántas veces más he de recalcarlo antes de poder lamentar que sus críticos no lo sean también, y con pareja intensidad, de esos otros asesinos que nos caen más cerca? Y, sobre todo, ¿cuánto habría de falso o erróneo en mis juicios sobre Txapote si a mí no me pareciera Bush tan lamentable como me parece?
Prediquemos con el ejemplo. Si algún estimado lector repasa el post sobre la negociación con ETA, dé el último párrafo por no puesto. Lo retiro. Y considérese suprimida también la crítica a los que injustamente tildo de tibios. ¿Me permiten mis interlocutores pensar que en lo que resta están de acuerdo? Lo celebraría, en verdad; casi tanto como que con sus buenas razones me convencieran de cuánto me equivoco en todo eso que dicho queda y no retirado, por el momento.