24 octubre, 2006

Irán, (cierto) Islam

En El Mundo viene esta noticia: Amnistía lanza una campaña para frenar la ejecución por lapidación de siete mujeres en Irán. Véanla en el periódico pinchando aquí. De todos modos, ahora mismo la copio.
¿Y si allá gobernara Bush? (y la pregunta no excluye, para nada, la condición cafre de Bush, en su caso). ¿Y si un presidente nuestro se hubiera hecho unas fotos en las Azores con los líderes teocráticos de Irán? (y la pregunta no excluye, para nada, que Aznar sea un bobalicón o cosas más lamentables, en su caso).
Bien por Amnistía Internacional, pero en general hay poco ambiente, ¿no? ¿Dónde andan otras ONGs, las feministas, las asociaciones de derechos humanos, Moratinos, ZP, la progresía y la gente guay en general? Y si Irán fuera un país católico radical, en lugar de ser islámico radical, y proclamara -otra vez, como antes- que el adulterio es delito y castigara a las adúlteras, aunque no fuera con la muerte por lapidación, ¿saldrían los guapos a las calles en manifestacion o tampoco? Yo creo que se nos desequilibró el rasero hace un tiempo. Es móvil. Antes se inclinaba a favor de las dictaduras del otro lado del telón de acero y ahora coquetea con las dictaduras teocráticas. Claro, con Cuba no nos alcanza a los defensores de la vida, la libertad y los derechos humanos toditos.
Esto es lo que cuenta el periódico:
YASMINA JIMÉNEZ (elmundo.es)
MADRID.- "Siete mujeres corren riesgo de ejecución por lapidación en Irán". De este modo comienza la carta que Amnistía Internacional espera que firme el mayor número posible de internautas urgentemente. Después, la ONG enviará las rúbricas al líder de la República Islámica de Irán para que conmute la condena a estas mujeres.
La organización defensora de los derechos humanos explica que "el país islámico trata el adulterio como un delito castigado con la pena de muerte por lapidación -según recoge el artículo 83 de su Código Penal- violando el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que garantiza el derecho a la vida y prohíbe la tortura".
En la campaña lanzada por la ONG se intenta frenar la muerte de Parisa, Iran, Khayrieh, Shamameh, Kobra, Soghra y Fatemeh, que "han sido injustamente condenadas a la pena más cruel, inhumana y degradante, la de la pena de muerte".
La víctima condenada a morir lapidada es envuelta en una sábana blanca y enterrada hasta la cintura o el cuello para sufrir una muerte lenta y dolorosa mientras es apedreada con piedras no excesivamente grandes -como exige la ley islámica-, para evitar la muerte con el primer golpe.
La ley islámica deja clara su postura en cuanto a las relaciones extramatrimoniales y los castigos que se aplican, sobre todo en el caso de las mujeres, las principales víctimas. Cuatro testigos deben descubrir a la pareja en el acto y denunciarlo. En muchos casos, si ambos adúlteros están casados, son ejecutados en público; si están solteros, cada uno recibe cerca de un centernar de latigazos.
Otra historia reciente
En la carta que enviará Amnistía a Irán se denuncia la muerte de un hombre y una mujer en mayo de 2006 mediante este método. A pesar de que en diciembre de 2002 el presidente de la magistratura anunció la suspensión de las ejecuciones por lapidación, los informes recibidos por la organización indican que la pareja ha sido ejecutada.
La ONG recuerda a las autoridades iraníes que el Comité de Derechos Humanos de la ONU ha explicado claramente que tratar el adulterio y la fornicación como delitos es contrario a las normas internacionales de derechos humanos, y que, por tanto, la imposición de la pena de muerte de este tipo constituye un incumplimiento del compromiso contraído por Irán en virtud del artículo 6.2 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, según el cual "sólo podrá imponerse la pena de muerte por los más graves delitos".
Amnistía Internacional ha utilizado en otras ocasiones la presión ciudadana e internacional en campañas similares para salvar a otras mujeres condenadas a morir lapidadas. Dos casos consiguieron dar la vuelta al mundo: el de Amina Lawal, una mujer de 31 años, y el de Safiya Husaini, de 35. Las dos mujeres, de Nigeria, consiguieron salvar sus vidas gracias a la presión internacional.

Imitando voces. 1. Río yo.

Me concedí hoy un rato para hurgar por los blogs de pata negra y fui a dar de Prisa con el de Javier Rioyo, al que alguna vez veo en la tele un poquito mientras entrevista a algún escritor o editor, con particular gusto por los más pedantes y de posturita más como así ya me entiendes que exclusivísima de la vida e ideal de la muerte es la cultura y tal y cual Pacual (Maragall).
Veo su post o nota de hoy, 24 de octubre, titulado Comprando libros, y me viene una risa tontorrona. No es que esté mal, no, allí se encuentra uno lo que se podía esperar y no hay reproche en mi descojone. En realidad tendré que preguntarle a algún psicoanalista cazurro el por qué de este despiporre que me posee. Creo que es por alguna curiosa asociación de ideas. Para poder entenderme, si es que tal cosa cabe, pinchen ahí arriba y echen un vistazo al referido texto del señor Rioyo.
¿Ya? Ahora sigo con lo mío. Decía que fue asociación de ideas, pero más exacto sería hablar de asociación o cruce de imágenes. Verán, lo mismo que al señor Rioyo le ocurrió estos días en su librería favorita con Miquel Barceló, el pintor, me sucedió a mí ayer en Alimerka. Coincidencias de la vida, así de juguetón es el destino con nosotros, los elegidos y los tocados por la mano de los tocados por las manos de las musas. Contaré lo mío para que se entienda mi emocionado desconcierto.
Pues seguía yo en el Alimerka del barrio más próximo a mi casa, haciendo la compra semanal. Amén de las viandas de rigor, la amiga asistenta me había encargado detergente para fregar el suelo y yo lo quería con olor a pino, pues en esta época del año los pinares de los montes de enfrente despuntan con virulencia contra los cielos grises, diríanse puñales que se clavan en el cuerpo desesperanzado del otoño. Toma ya, pensé allí mismo, me invade un calentón poético de aquella manera, esto tengo que ponerlo en el blog. Fui a dar con el Ajax Pino y andaba mirándole la etiqueta cuando, a mi espalda, escuché la voz de mi amigo Alfredo, que se congratulaba de encontrarme en menesteres idénticos a los suyos. Comentamos un rato sobre las ofertas del día, yo aproveché para colocarle mi teoría sobre el olor del friegasuelos y el paisaje en mi ventana y él me hizo saber que su hija pequeña se apasiona con las magdalenas Martínez y que gracias a ellas consiguen cada tarde, a la hora de la merienda, que haga los deberes que le pone su seño en el colegio privado ese nuevo al que la envían y que, chico, a veces le mandan colorear cada dibujo que no me extraña que se estresen los chavales, la mía, con sus seis añitos, yo creo que aún es muy chiquitina para colorear tanto, venga hojas y hojas. Es que hoy en día no tienen corazón los maestros, hijo, repliqué yo por decir algo. Y añadí, para que no pensara que su tema inicial me era indiferente: ¿habéis probado las de Bella Easo? Uy, sí, pero esa textura es más como para con un café de mezcla.
Total, que después de unas pocas frases más nos despedimos y yo ya caminaba hacia la caja, empujando mi carro bien repleto y diciéndome que no debía olvidarme otra vez de sacar el euro de su ranura al dejar el carro. En esas estaba cuando fugazmente vi, cruzando entre los pasillos de conservas, el perfil de Mariana. Me pudo la pura curiosidad. Hace tiempo que admiro a Mariana y creo que mi mujer comparte una sensación similar, algo hemos comentado. Mariana trabaja en un despacho de algo, yo no sé bien si es abogada, arquitecta o qué. Nos saludamos a menudo con la cabeza, cuando coincidimos a la hora de salir para el trabajo, pues nuestros garajes son vecinos. Tiene dos niños, ninguno adolescente aún, y se la ve y se la oye tratarlos con tanta mesura como autoridad. No le conocemos marido o pareja y siempre supusimos que vive separada, lo que le da un plus de mérito hoy en día. Durante una semana llegamos a compartir asistenta, pero no le sacamos a ésta ni una palabra, otra prueba de la recia personalidad de Mariana y del respeto que infunde.
Así que no pude evitar seguirla. ¿Qué comprará esta mujer? En todo son importantes los modelos y la imitación de los mejores siempre nos ensancha el horizonte. Me puse a distancia suficiente para captar qué iba metiendo a su carro, pero bastante para que no se inquietara al sentir cercanos unos ojos sobre su nuca. No fue sorpresa que en la sección de pescadería se llevara unas lubinas salvajes, qué menos, pensé. Después caminó a la parte de limpieza y droguería y no conseguí escuchar lo que, con un frasco en su mano, le preguntaba a una empleada, un frasco que dejó de nuevo en el estante y que era de limpiacristales Cristasol. Me inquietó mucho, pues es el que suelo comprar yo y no podía dejar de preguntarme cuál sería el inconveniente. Mas me sacó de estas cogitaciones el verla comprar un taco de papel higiénico. Lo que me suponía, doble capa, tisú suavizado con resinas orientales, aroma de enebro y color salmón con un tenue reborde verde pistacho. Ay.
No me atreveré a hablar con ella, pero puedo limpiarme el culo con la misma marca de papel. La seguiré espiando en el súper.

23 octubre, 2006

Terrorismo y cometarro.

¿Y si el terrorismo se arreglara dejando de hacerle caso? Es una osadía la mera pregunta, lo sé. Pero aún así me atrevo a lanzarla. Tómese como pura hipótesis para el debate, más que nunca, todo lo que ahora voy a decir.
Vivimos rodeados de riesgos y cercados por la muerte de mil maneras. Sales a la calle, tomas tu coche para recorrer unos kilómetros y empieza la ruleta rusa. Te comes unas ostras y puedes irte al otro barrio. Sales a dar una vuelta a pie para evitar peligros y estás listo, sumido en un ambiente en el que hay borrachos conduciendo, personas portando armas de cualquier tipo y calibre, bombonas de butano en las casas bajo cuya terraza pasas, losetas en el suelo que con un poco de lluvia son pistas de patinaje para partirse la crisma... Etc., etc., etc. Nada más ocioso que seguir con la enumeración de riesgos que a diario acechan nuestra vida. Y eso sin contar con el polvete aquel echado sin condón con aquella señora –o señor- tan maja/o que conocías de vista, o el regreso a casa el sábado por la noche en el coche de ese compañero que dice que el alcohol no le afecta. Y etc., etc., etc., otra vez.
Pensemos fríamente de qué es más fácil que cualquiera de nosotros palme mañana –no lo quieran los hados-, de un atentado terrorista o por obra de un borracho con BMW, de un atentado terrorista o por la acción tenaz del virus del sida –que también se puede coger en la peluquería, no me ponga usted esa cara de pureta y de a mí eso no me pasa-, de un atentado terrorista o del desprendimiento de una teja o de la caída de un árbol o de un letrero luminoso. Pues de cualquiera de esas cosas citadas en segundo lugar mucho más probablemente que de mano de terroristas, muchísimo más. Ahí están las estadísticas de lo que haga falta, contundentes. Y, sin embargo, nos preocupa, nos angustia mucho más el terrorismo que los conductores beodos o los albañiles que dejan la azotea a medio pegar. Por cierto, cada dos por tres, cuando llego a mi casa, miro medio segundo hacia una raja pistonuda que tengo en el alero de mi tejado, justo encima de la línea que mi cabeza traza al entrar en casa, y me digo que a ver si un día llamo para que le echen un vistazo prefesional a aquello. Si me contaran que tres portales más allá vive un confidente etarra seguro que me daba más canguelo, siendo su peligro objetivamente menor y su potencial mortífero inferior al del cacho cabrón de operario que me dejó el alero como los párpados de la Montiel. Y, al fin y al cabo, ETA mató a unos mil en tantos años. Mil muertos que merecen todo el respeto y todos los homenajes, eso no se discute, mil muertos asesinados del modo vil que es propio de los más cobardes, qué duda cabe. Pero mil, muchos menos de los que en esos años se cargaron Michelín o Bridgestone o Goodyear o Pirelli, seguramente, por neumáticos con defectos. Y ya ven, no les ofrecemos la autodeterminación a los de las ruedas ni les desgravamos los recauchutados.
Naturalmente que el terrorista provoca una indignación moral enorme por el dolo con que actúa y la frialdad de su cálculo. Esa indignación moral puede hacer comprensible que para él demandemos un castigo ejemplar o que nos preguntemos cómo es que tantos le sonríen a ese que es el mayor hijo de puta de los que nacieron en su pueblo. Eso es una cosa. Pero que tengamos más miedo a los terroristas que a los borrachos con coche o a los chiflados con licencia de armas es asunto distinto. Y no digamos si nos paramos a pensar en que para combatir al terrorismo estamos dispuestos a prescindir de comodidades, libertades, democracia y derechos, mientras que torcemos el gesto porque al beodo le quiten unos puntos de su carnet de conducir, al obrero chapuzas lo despidan o le metan un paquete bueno al empresario que puso en peligro nuestra integridad para ahorrarse un par de sacos de cemento.
Por qué tememos más al terrorista, esa es la cuestión. No se me ocurre una respuesta más original que esta: por obra y gracia de los medios de comunicación. Cada atentado –y no hablo de uno incomparablemente monstruoso como el del 11-S, sino mismamente de uno que sólo haya causado unos rasguños a alguien- nos lo lanzan como una bomba, informativa, eso sí. Un bombazo informativo. Ese mismo día murieron diez en las carreteras del país y no se entra en mayores detalles, para qué si son tantos cotidianamente. Ese mismo día palmaron media docena en quirófanos durante las operaciones, a manos de médicos sin pericia o que llevaban en el cuerpo algo más que la debida diligencia profesional, y ni mu. ¿Alguien negociaría con los médicos un aumento de sueldo a cambio de que no beban licores duros seis horas antes de tomar el bisturí –y no me lo tome a mal ningún médico, pues bien sé que tal cosa ocurre en menos de un cinco por ciento de las operaciones complicadas-? ¿Por qué no exigimos controles de alcoholemia a la entrada de los hospitales igual que admitimos los controles de equipaje y corporales en los aeropuertos? Y, por cierto, los conductores borrachos, los constructores chapuceros, los médicos imprudentes, los ingenieros de caminos que diseñan aquellas curvas de la muerte...¿qué son, terroristas o insurgentes?
Imaginemos qué pasaría si los medios de comunicación dieran muy poquito espacio a las informaciones sobre atentados y tramas terroristas, si los tertulianos no mareasen la pediz hasta matarla también, si a la gente no se la convenciera de que el mayor peligro que sobre ella se cierne al pasear por Santovenia de la Valdoncina o al tomarse un vino en Cacabelos -provincia de León- es que se la lleve por delante una bomba cobarde de ETA o de Al Queda. ¿Qué pasaría?
Mira que si, en vez de negociar con ellos o de limitarnos los derechos –y los dineros- a todos para perseguirlos, bastara pasar de ellos como de la mierda... Tratarlos como lo que son, vaya. Resultaría gracioso.

22 octubre, 2006

Facultades de Derecho y espacio europeo. Por Francisco Sosa Wagner

En la Universidad estamos de reforma, hace falta andar muy ducho en aritmética para saber por qué número vamos, cada ministro/a trae su reforma como cada otoño trae sus castañas. Naturalmente todo es un alarde de improvisación y superficialidad y, lo que es peor, el fruto de la influencia que ejercen a la hora de legislar los “colectivos” -como se dice ahora- universitarios. Hoy es muy evidente que este papel lo desempeñan algunos rectores quienes se cobran así su particular lucha contra la reforma anterior. Pero podían haber sido los catedráticos o los bedeles, da igual, quién más ruido arme y quien más incordio pueda causar al gobierno de turno. Esto es lo determinante: fundamental para el gobernante es que no haya turbulencias porque la Universidad tiene buenos altavoces y estos deben ser silenciados.
Esta forma de ¿gobernar? tiene en estos días en las facultades de derecho una prueba elocuente. Me explicaré: desde hace años se ha llegado a la conclusión de que los licenciados en derecho, para desempeñarse como abogados y actuar ante los tribunales, han de pasar unas pruebas, no basta pues la simple inscripción en el Colegio profesional. Esta cautela está bien pensada y coincide con lo que se practica más allá de los Pirineos. El gobierno actual ha aprobado una norma en tal sentido pero ... para su entrada en vigor ha establecido una moratoria ¡de cinco años! La ley pues tendrá una “vacatio” que se medirá por años, adiós pues a los veinte días del Código civil. La pregunta es: si lo que se dice en ella responde al interés general ¿a qué viene tal aplazamiento desmesurado para que sea efectiva? Evidentemente, a evitar el alboroto de los actuales estudiantes de nuestras facultades de derecho. A este fin se supedita todo lo que haga falta.
Como es frecuente que las desgracias vengan acompañadas, por si no tuviéramos poco con las internas, otras reformas nos amenazan desde Europa. El lector habrá oído hablar del “espacio europeo”, de la homologación de títulos, de créditos -que es como el papanatismo actual llama a las asignaturas y a las enseñanzas-, de la excelencia, la calidad y otra porción de bellas palabras que esconden enredos de grueso calibre y de dudoso gusto. Pues bien, también nos volvemos a topar con las facultades de derecho en este caso. Preciso es acomodar sus enseñanzas y sus pautas de exámenes a lo que demande ese espacio que nos rodea. Son -se dice- las exigencias de “Bolonia” pues en aquella hermosa ciudad italiana se fraguaron los acuerdos pertinentes.
Consecuencia de ello es que quienes ejercemos nuestro oficio en estas facultades andamos azacanados tratando de hacer los deberes para aplicar cuanto antes los designios “de Bolonia”: es de ver el trajín que, con la mejor intención, se llevan las autoridades creando comisiones y grupos de trabajo y la formalidad con la que casi todos nos tomamos estos esfuerzos.
Pues bien, debido a mi costumbre antigua de leer las revistas jurídicas alemanas, me encuentro en ellas la noticia de que en el documento programático que ha servido de base al acuerdo entre los partidos que forman el Gobierno de coalición alemán ¡nada menos que en tal solemne papel! se contiene la determimación firme de “rechazar la implantación de los acuerdos de Bolonia a las facultades de Derecho alemanas”. Alerto sobre ello a quien proceda con el objeto de enfriar tanto entusiasmo como padecemos por estos pagos y ese afán que nos moviliza para ser los primeros de la clase en cumplir nuestras obligaciones europeas. La cautela impone contemplar cómo se van aparejando los mimbres en otros países antes de dar pasos irreversibles. Calma, sosiego: no dilapidemos apresuradamente la herencia de la abuela.

Carta a Francisco Sosa sobre Bolonia y otros cuentos universitarios

Querido Paco:
Bien está tu llamada a la mesura en las reformas de nuestras facultades de Derecho, tu invitación, incluso, a la resistencia frente a la nueva “frivolité”, la que viene esta vez de Bolonia. Pero sabes muy bien que no hay nada que hacer, que en ese campo todas las batallas están perdidas. Te está costando mucho, como a mí y como a un puñado de colegas entrañables, hacerte a la idea de que la casa donde nos ganamos la vida, la casa de nuestros sueños y nuestra vocación, ésa que comenzaron a edificar nuestros tatarabuelos a base de mucho esfuerzo y mucho estudio, se ha convertido irremisiblemente en un lupanar. Sí, querido Paco, la Universidad se nos ha vuelto una casa de mala vida y eso no hay quien lo pare. Lo único que a unos pocos nos queda es resistir y cocear para que a nosotros no nos metan en el negocio y no nos pongan a ejercer el oficio con los clientes más guarros.
Porque dime, si no, cómo calificaríamos lo que está pasando a nuestro alrededor, creo que en todas las universidades del país. ¿Cómo se ganan los votos nuestros excelsos rectores, por ejemplo? ¿Acaso garantizando una buena calidad de las enseñanzas, el prestigio de los títulos, la mejor cualificación de los profesores? No, vade retro, planteando tales cosas en serio –las palabritas con la boca pequeña y el guiño picarón son otra cosa, coquetería de peripatética, declaraciones de amor eterno en boca de fulana- no se ganan votos ni para rellenar un pocillo de café. En esas elecciones se vence asegurando ascensos a los más mantas, prometiendo cargos inverosímiles a los más inútiles, garantizando al personal de administración y servicios (¡personal de servicios ya parecemos todos!) jefaturas de negociado y nivel no sé cuántos, donando a los estudiantes aprobados por compensación o a cambio de tres etiquetas de bollicao. Como quien dice, abaratando el polvo o regalando el arriendo del cuarto por veinte minutos.
Desengañémonos de una vez, la guerra está perdida y los daños colaterales los seguirán aguantando los que sólo quieran enseñar en serio o investigar como es debido. Iremos de cabeza a esta nueva reforma tontorrona con el mismo entusiasmo oficial con que se acometieron las anteriores. Es una ocasión de oro para nuevos favores y nuevos ajustes de cuentas, para nuevas venganzas. Cada vez que hay oportunidad para una reestructuración de lo que sea, de los planes de estudio, de los títulos, de los departamentos, de las facultades, es ocasión para favorecer a amiguetes, para vender favores, para colocar parientes, para blindar el poder frente a la razón, para intercambiar cromos con los compinches. El que se mueve no sale en la foto, al que protesta se le aísla, al que resiste se le fuerza.
¿Recuerdas cuando la reforma aquella del PP? No era gran cosa, es cierto. Pero hay que ver el cisco que montaron los rectores porque se sorteaban los siete miembros de los tribunales que habían de dirimir los concursos para la habilitación de cátedras y titularidades. Qué espectáculo tan tierno ver a los magníficos y excelentísimos convocando manifestaciones y alzando pancartas en nombre de la autonomía universitaria y la excelencia del saber. Y nadie se engañaba sobre los verdaderos móviles, lo que les molestaba era el riesgo de que no se hicieran con esas plazas sus protegidos o los mantenidos de sus amigos. Y eso que la misma norma contra la que protestaban se ocupaba de asegurar que en ninguna Universidad se hiciera con puesto de funcionario docente ninguno que sus mandos no quisieran. Pero no bastaba ese control negativo, pues se trata de procurar otra cosa, se trata de que los que asciendan en cada lugar sean exactamente los que quienes manden en cada universidad señalen con su imperial dedo. Por eso no han parado hasta cambiar la ley y ahora, por fin, lo van a conseguir, gracias al nuevo sistema. Ahora habrá una comisioncita -que la ley no dice cómo se elige, pues queda ese asunto menor pendiente de desarrollo reglamentario, fíjate qué democrático todo- que va a habilitar, sin luz ni testigos, a todo el que lo solicite, pera que ya, siendo candidatos habilitados todos los posibles, sea cada Universidad la que promocione a los suyos, a los dóciles, a los fáciles, a los que se dejen hacer y le den gustito al que les paga.
Iremos a esta nueva reforma frívola que viene de Bolonia (¡de Bolonia, nada menos, con lo que significa ese nombre en la historia de las universidades!) de cabeza y marcando el paso de tres en fondo, nos esforzaremos por ser los primeros en estar a la moda y nos revestiremos de nuevas comisiones, grupos, juntas, reuniones, proyectos, borradores, libros blancos y de colorines, con mucho power point y mucha lírica chusca y facilona. Como esos nuevos ricos que visten de marca sin haber aprendido antes a combinar los colores ni a lavarse los sobacos. Haremos felices a esos padres que quieren ver con título bajo el brazo a sus torpes hijitos malcriados, llenaremos de gozo a tanto estudiante que no quiere aguantar explicaciones de una hora ni leer libro ninguno ni pararse a pensar en nada que no sean los juanetes de Ronaldo o el anillo besuqueado de Raúl. Eso sí, nuestro silencio lo comprarán computándonos como horas de docencia las pasadas en fantasmagóricas tutorías a solas y declarando profesores ejemplares a los que vayan a clase a leer en voz alta los periódicos o a pedir a sus alumnos que busquen en internet información sobre el comercio de remolacha en Uzbequistán. Todo muy mono y apañado, muy de diseño, muy a la medida de los más lerdos.
Esos alemanes que mencionas en tu escrito quedarán como unos reaccionarios, unos conservadores sin escrúpulos, unos nostálgicos del saber autoritario y antidemocrático. Aquí somos de otra manera, somos modernos y muy chulis, democratizamos la ciencia, popularizamos el aprendizaje, somos la mismísima monda. Ampliaremos los salones, pondremos más luces rojas, cambiaremos los viejos camastros por camas de agua y enriqueceremos nuestras prestaciones con masajes de nueva gama.
Y el que quiera investigar o darse con propiedad a la ciencia, que lo haga en su casita. Al fin y al cabo, no hace tanto que un rector dijo en público que la investigación es cosa personal de cada uno y que aquí nos pagan para otra cosa. La virtud universitaria, querido Paco, ya no es una virtud pública. Lo público es aquello otro. Toca pasar a la clandestinidad. Y en público, cerrar los ojos y apretar los puños. Al fin y al cabo, si te mentalizas y te acostumbras, dejará de dolerte tanto.

Echándole cuento. Sin título

Úrsula, ¿cómo estás? Me alegra tanto volver a verte. ¿Me oyes? Había soñado tanto este momento. Úrsula, ¿me oyes?

21 octubre, 2006

La pertinaz corrupción

Cualquier día nos vamos a morir de pura náusea, nos va a ahogar el vómito. Qué espectáculo tan repulsivo, los partidos echándose en cara recalificaciones a tanto alzado más comisión y pelotazos de hormigón. Y esas caras de sorpresa, esos gestos de indignación, esas miradas de pureza, esos dedos admonitorios que amenazan al otro con condenas eternas, en el más allá, por tanto. Gentuza, basura, sinvergonzonería, roña. Salta en el ayuntamiento de acá el escándalo de un concejal venal o un alcalde que puso la mano y recalifica lo que haga falta, y contraatacan los del otro partido con un consejero que hizo negocio inmobiliario hace un año o un primo de diputado que trincó a base de vista para intuir a pelo qué pedazo de monte se iba a recalificar próximamente. Es uno de los juegos más hipócritas de esta política nuestra, política que hasta sin eso se las trae, de tan cutre, llena de oradores babositos y de chorizos horteras hasta decir basta.
Porque seamos serios: aquí la corrupción urbanística campa por sus respetos porque no ha existido ni existe ni el más mínimo propósito de cortarla. A cualquier ciudadano de cualquier pueblo de este Estado (o lo que sea) le piden ahora mismo que señale al menos a un par de conciudadanos que se estén forrando a base de dar el palo, a golpe de cohechos y manoseos, y no se equivoca ni un ápice, hace diana al primer intento. Pero si los conocemos a todos, carajo, si ha llegado a ser tan evidente, tan descarado, que lo ven hasta los ciegos.
¿O no? Meditemos sobre la siguiente historieta, real como la vida misma y archisabida. En las afueras de una ciudad cualquiera hay un monte que no vale ni dos duros para el particular que es su propietario, pues allí ni se puede plantar nada, de tan pedregoso el suelo, ni hay agua ni cosa ninguna que valga un pimiento. Un día, aparece por casa de ese propietario un opulento señor que viaja en Mercedes y le compra el monte por cuatro perras que, sin embargo, al hasta entonces dueño le parecen una bendición. Ésa es la primera casualidad de una cadena de acontecimientos providenciales. La segunda es que unos meses después el ayuntamiento correspondiente recalifica aquellos terrenos montunos y hace legalmente posible que allí se pueda levantar una urbanización de adosados con cancha de pádel y todo. En ese momento, el intuitivo comprador del monte lo revende por cien veces más de lo que le costó o construye con su propia empresa los adosados y se hace de oro hasta extremos que un mortal común no puede ni imaginar.
Y ahora viene la pregunta: ¿en alguna de las miles de ocasiones en las que cada año se da en nuestro país un encadenamiento de acontecimientos como el anterior rige la casualidad? Respuesta que dará sin dudar ni un segundo cualquier persona simplemente normalilla, es decir, que no sea tonto de remate o no tenga algo que ocultar: EN NINGUNA. Ergo, están pringados prácticamente todos los ayuntamientos, prácticamente todos los concejales de urbanismo, prácticamente todos los partidos con mando suficiente para que su voto recalifique algo. Chapotean todos y todo el rato en el mismo lodazal.
¿Será que no caben instrumentos legales para cortar el abuso? ¡Vamos, hombre! Nos sentamos cuatro ahora mismo delante de una botella de vino y antes del segundo trago hemos inventado diez medidas que acaban con semejantes pelotazos o los reducen al mínimo en un periquete. Lo que pasa que trinca casi todo el mundo y somos muchos los que buscamos al menos la migaja, incluido el que, consumado el latrocinio urbanístico, compra un apartamentito para revender ganando algo, reventa que se hace a otro que va con el mismo propósito; y así sucesivamente, hasta que el juego de la pirámide alcanza su perfección final dejando en bolas al último pescador de río revuelto, al más incauto. Pero a cada uno lo suyo, y estábamos con lo de alcaldes, concejales, consejeros y demás ralea. Y a lo que íbamos antes que nada es a que jueces, fiscales, políticos y demás detentadores de poderes públicos están perfectamente al cabo de la calle de lo que se cuece en cada esquina con solar libre. Y que unos cierran los ojos por vil cobardía o para no caerse de las listas en las próximas elecciones, otros por callada admiración ante ésos piratas que se hacen de oro a base de alimentar a los cerdos con cargo y otros pillan por de lado las propinas que les caen para que se estén calladitos, propinas en forma de mira, compra en tal sitio que ahí se va a revalorizar, o de a ti te dejo elegir sobre plano el ático que quieras antes de sacarlos a la venta y me lo vas pagando al paso que te venga bien.
Así que cuando aparecen cantamañanas como los de Cienpozuelos, sin dos dedos de frente pero con una infinita capacidad para prostituirse en el cargo, y vemos a los fiscales iniciar investigaciones con el ceño fruncido o los jueces instruir con aires de vehementes justicieros y a los políticos ponerse sus mejores máscaras de fariseos profesionales, no debemos dejarnos engañar. Es una ceremonia de confusión, un rito de despiste, el simple sacrificio ritual del ladrón más chapucero a manos de sus semejantes, la venganza contra el que por su torpeza dejó en evidencia al gremio entero.
Nunca, jamás, bajo ningún concepto se le va a tocar ni un pelo a un constructor bien enfangado. Porque, si quiere, se lleva por delante hasta al palo de la bandera. Eso sí, cada tanto harán de chivos expiatorios un par de concejales, los más idiotas de los miles que trincan.
No es un problema de la democracia como sistema. Es algo más profundo, algo transversal, como diría un pedagogo. Se debe al tipo de políticos que tenemos adosados, el tipo de políticos que la mayoría merecemos.

20 octubre, 2006

Nazis y bobadas

Vamos a ver, algo tendré que decir, por no quedar como anfitrión en exceso morigerado, para que algunos silencios no se me malinterpreten. Casi nunca entro al trapo de la matraca de los nazis, mientras que alguna vez la he tomado un poco con los que se ponen otros apellidos. Alguna vez se me ha reprochado aquí esa tolerancia, tildándola de excesiva o equívoca, y lo comprendo. Con todo y con eso, tampoco ahora voy a gastar demasiadas líneas en el tema.
Me parece perfectamente admisible toda crítica que se quiera hacer a los defectos de las democracias realmente existentes, a los partidos, a los políticos, a la sociedad, a la gente, a los futbolistas, a los fontaneros, a los profesores, a cualquier cosa. Es un sano ejercicio el de la crítica, el debate siempre nos enriquece, las ideas y las convicciones están para ponerlas a prueba en la discusión. Todo eso está muy bien. Pero todo auténtico debate tiene unas reglas de juego, unos presupuestos sin los cuales lo que iba para discusión se convierte en diálogo de sordos. No veo cómo se puede dialogar con quien, por ejemplo, diga que no es cierto que se contiene información genética en la cadena de ADN o que es falso que cuando llegaron los españoles a América había allí población indígena o que en los mares hay peces o que los planetas del sistema solar giran alrededor del sol. Qué vas a decir, no hay nada que decir.
Con quien niegue que Hitler y sus secuaces fueron unos criminales salvajes tampoco caben muchas vueltas. O con quien se empeñe en que Stalin fue un bienhechor de la humanidad o niegue el gulag. La tentación más fácil es pedirle a quien eso haga que estudie sobre el tema, que se documente, que vea los lugares, las pruebas, los testimonios. Pero en ocasiones hay una decisión previa que bloquea la capacidad de asimilación de los datos o las informaciones. Si uno se empeña en que América estaba desierta antes del 1492 y que toda la historia de la conquista es un montaje de un puñado de españoles para hacerse los héroes y colgarse medallas, y si desde tal prejuicio se niega alguien a creer una sola letra que diga lo contrario, apaga y vámonos, perdemos el tiempo.
Cualquiera puede pensar que Hitler y los nazis no fueron los únicos asesinos en masa de la historia del siglo XX, y tendrá razón, pues hubo más. Pero no por eso dejan de ser lo que fueron. Muchos opinan que de la historia del holocausto hubo quien trató después de aprovecharse para su medro o el de cierto Estado, y algo de verdad habrá en ello, pero no por eso el holocausto deja de ser lo que fue.
Contra determinados tipos de fe no valen las razones. Una vez, hace años, me tocó organizar un debate en la Universidad con creacionistas, ésos que se empecinan en que de la Creación a hoy sólo han pasado unos pocos miles de años, que es verdad literal que Dios hizo a Eva de una costilla de Adán y que es mentira interesada, falsedad pura y dura todo lo que contra la lectura literal y pueril de la Biblia afirmen paleontólogos, geólogos, biólogos, químicos o el sursum corda. Aquella velada con los creacionistas acabó como tenía que acabar, preguntándonos todos qué carajo hacíamos allí. A ellos no los apeaba nadie de la convicción de que una conspiración universal pretendía desvirtuar las verdades incuestionables de su libro sagrado tomado al pie de la letra. No se enfrentaban en la discusión distintas verdades posibles, hipótesis respetables, era un litigio absurdo entre la razón científica y otra cosa que no podemos llamar razón mientras no hayamos perdido por completo la razón. Y no se piense que fueran meros zotes aquellos creacionistas. El promotor del acto era un reputado oftalmólogo. Tal vez la única réplica inteligente hubiera sido la de negar los ojos y mantener que el sentido de la vista no existe, que estamos todos ciegos y que los oculistas se lo montan a base de inventarse córneas y retinas para seguir viviendo del engaño. Si toca teatro del absurdo, más madera, concurso de gilipolleces. Pero a ninguno se nos ocurrió.
Tiene que haber razones muy profundas para ciertos empecinamientos radicales, razones psicológicas. No digo que sean puros locos los que defienden el creacionismo o niegan los asesinatos de Hitler o de Stalin. Pero algún peculiar resorte los lleva a afirmarse a sí mismos negando que sea verdad lo que todo el mundo sabe. Y no menciono juntos a Hitler y a Stalin por el mero gusto de buscar analogías o paralelismos, sino por la extrañeza que me causa el que los mismos que niegan los asesinatos del primero consideren perfectamente probados e indiscutibles los crímenes del otro. Puestos a negar los hechos históricos más patentes, parecería los más lógico desconfiar de todos los hechos, negarlos todos. Pero tampoco es una cuestión de lógica, es una cuestión de fe, es la decisión gratuita, previa, apriorística, de creer todo de un lado y nada del otro. Extraña manera de hacerse notar. Y contra esas decisiones no valen los datos ni las demostraciones. Ahora mismo se me dirá que por qué no demuestro el holocausto, entre otras cosas. Lo único que ante esa demanda se podrá hacer será remitir a una bibliografía de decenas de miles de volúmenes, con pruebas históricas, testimonios personales, confesiones, fotos... Y se replicará que todo mentira, todo falsedad, conspiración monstruosa. Y se traerán a colación quince o veinte panfletos que sostienen lo contrario. Igual que los creacionistas van con sus cuatro folletos y sus dos experimentos de laboratorio infantil.
Perdemos el tiempo. Por eso no merece la pena entrar a ese trapo. Ni a ése ni al de otras muchas supersticiones chabacanas que nos rodean y nos atosigan. Tomarlos en serio es faltarles al respeto.
Otra cosa sería que lo de Hitler (o lo de Stalin) sí se lo creyeran y les gustase, les diera morbo, los excitase. En ese caso el silencio sería la suprema expresión del asco.
Y, dicho esto, trataré de no hablar más del tema.

19 octubre, 2006

Prestaciones matrimoniales

Venía el otro día en un periódico (El País, 7 de octubre, pág. 34) la noticia de que un hombre ha sido condenado a indemnizar a su esposa por ocultarle su homosexualidad. La sentencia la ha perpetrado la Audiencia de Palma de Mallorca. No es sólo que se haya decretado la nulidad del matrimonio civil por error en una condición esencial del matrimonio. Es que el marido ha de pagarle a la mujer seis mil euros por haber ocultado de mala fe su condición gay a la señora ya antes de casarse y por los consiguientes "graves perjuicios morales y psicológicos" que ella hubo de padecer por esa causa. Al parecer, el tribunal equipara la situación a otras ocultaciones maliciosas por uno de los cónyuges de cosas tales como la condición de alcohólico, toxicómano, tener o padecer anomalías psíquicas, enfermedad mental grave, enfermedad física contagiosa, impotencia, enfermedad degenerativa y otras lindezas similares.
Nada he visto sobre protestas de colectivos homosexuales por tales analogías, pero sí cuenta el diario que el marido se lo confesó a su señora cuatro años después de la feliz ceremonia nupcial. Y el sabio Tribunal apostilla que, puesto que el varón se casó a los 31 años, edad a la que "ya está definida la propia sexualidad u orientación sexual", la perversidad de tal caballero al casarse sin decir ni pío de lo suyo es más que evidente. No consta, al menos en la información periodística, que el señor tuviera amantes de su gusto ni que se diera a la ostentación descarada de sus tendencias. Tal parece que, más bien, se hace verdad nuevamente el adagio de que por la boca muere el pez.
Pues vaya, menudo ejemplo. Tal como se cuenta el suceso, da la impresión de que si él se hubiera callado para siempre habría pasado como un sujeto falto de ganillas, reticente ante el débito, flojillo en los menesteres de la coyunda, renuente a los placeres del tálamo. Y supongo que, como mínimo, se habría ahorrado la compensación monetaria por los daños morales. Porque a ver cuándo se animan los jueces a disponer indemnizaciones por el escaso esmero o la falta de entusiasmo al encamarse con la pareja legal. Ya se imagina uno las colas ante los juzgados para demandar pago por lo que hacen sufrir las jaquecas frecuentes, las cefaleas sobrevenidas de noche, los desgastes provocados por las fatigosas comidas de trabajo o el sueño placentero que sobreviene después de ver en la tele el partido de fúbol en que ha ganado tu equipo y ha brillado Raúl como en los viejos tiempos.
No es que vea mal la medida tomada para este caso, no. Pero la gracia está en las analogías. No parecen muy políticamente correctas aquellas que el tribunal invoca. Más bien cabe pensar que el daño padecido por la buena mujer se debe al poco rendimiento de su hombre en el camastro hogareño. Porque por la vergüenza del qué dirán las de la pelu no ha de ser, si pasaron los años y el marido llevaba su atormentada condición con suma discreción. Tanta, que hace pensar que ni ella misma se entera si él no se lo llega a cascar en un alarde de sinceridad que le ha costado dinero, aunque no demasiado, todo hay que decirlo. Eso sí, si él no se lo había contado a nadie más, la ha armado buena, ahora lo saben hasta en el Alimerka.
Se nos llena la sucia cabeza de interrogaciones. ¿Estaba consumado el matrimonio por vía y modo legal? ¿Se animaba el señor de vez en cuando a la cópula hogareña? Cabe creer que sí, pues si ella esperó cuatro años a cantarle las cuarenta con abogado y procurador será porque no lo tenía por incapaz del todo para el menester. ¿O será que con el simple gatillazo frecuente no hay razón bastante para el daño moral y la ocasión la pintaron calva cuando él le explicó que la preferiría con bigote y aroma de cargador de muelle? ¿Y si él era bi? Porque, insisto, si de vez en cuando, de tarde de sábado en tarde de sábado, se aplicaba al sexo con ella, algo de bi tendría, aunque fuera en proporción dispar. ¿Y sería tierno? Pues, caray, uno ya se ha convencido, de tanto oírlo, de que mejor un tipo tierno y poco aplicado que un salvaje de aquí te cojo, aquí te mato. Y, por cierto, ¿no deberían estos últimos también pagar algo por el daño moral y el daño todo que provocan?
¿Y las relaciones prematrimoniales? ¿No tendrían que ser obligatorias para evitar estas sorpresas y el apoquine ulterior? ¿No se coscaba ella al verlo tan comedido, o lo tenía todo por entrañable respeto a la antigua? ¿No hacía ella por animarlo en ese tiempo, aunque fuera a base de gintonics y bailes arrimaos en locales decadentes? Que no, que no, que no juego a ser el machista que echa las culpas a la dama, para nada. Pero, hombre, que haya tenido él que confesarse homo para que ella caiga de la burra y arranque demanda en ristre suena a historia de otros tiempos. ¿Y si hubiera sido ella la que le confesara a él, al cabo de los cuatro años, que no eran jaquecas sino lesbianismo? ¿Y si cualquiera de los dos le hubiera reconocido al otro que es un rijoso promiscuo y orgiástico y que vaya rollo lo del uno con sólo una o una con sólo uno? ¿Y se hubieran confesado unos cuernos de antílope? ¿También habría indemnización por daño moral? Hay que pensar que sí, y más vale. Porque, si no, habría discriminación contra los homosexuales en el fondo de la sentencia, y hasta ahí podríamos llegar, ya te digo.
Y ya veo a algún amigo de este blog echándome en cara que no defino qué sea homosexualidad y que vaya cháchara vacía si no hay definición. Pues yo qué sé, chico, yo qué sé. A falta de claridad conceptual, quedémonos al menos con la penetración jurisprudencial.

17 octubre, 2006

Multiculturalismos. 1.

Me voy a meter en camisa de once varas y, además, en huerto ajeno. O, en otros términos, voy a chapotear un poco en aguas traicioneras y sin saber nadar. Pues, pretendo darle algunas vueltas a lo del multiculturalismo. Por ahí abajo algún anónimo hace ironía, creo, sobre mi supuesta condición multiculturalista. Y como no sé contestar a ciencia cierta si merezco o no tal calificación, respondo que depende: que depende de lo que entendamos por la tal palabreja. Por mucho que un servidor no lo domine, no debe de ser tema desatendido, pues uno le pone la palabra a google, así en castellano meramente, y las páginas a que remite ese nuevo dios omnisciente son doscientas setenta y tres mil. Solamente. Si se lo ponemos en inglés salen ¡seis millones ochocientos noventa mil! El acabose.
Así que, con tanta documentación, lo mejor es irse a wilkipedia donde figura la siguiente descripción:
Se denomina multiculturalismo a la política gubernamental empleada para incentivar la diversidad cultural en una sociedad multiétnica, acentuando oficialmente el respeto mutuo y la tolerancia a las diferencias culturales dentro de las fronteras nacionales. Como política que es, el multiculturalismo enfatiza las características peculiares de las diferentes culturas, especialmente en las relaciones entre unas y otras en las naciones anfitrionas. La palabra fue empleada por primera vez en 1957 para describir a Suiza, pero también se hizo común en Canadá a finales de los años 60, para posteriormente extenderse rápidamente a otros países de habla inglesa.
No es palabra de dios, pero sirve para saber de qué hablamos.
Creo que podemos hacer una escala de situaciones posibles en tema de tipos de convivencia entre culturas distintas. Y sin meternos en el berenjenal de qué sea una cultura, pues da la impresión de que esos problemas que se llaman ahora culturales son sobre todo problemas religiosos y problemas lingüísticos. Pero, insisto, dejemos eso y vayamos con las modalidades de convivencia entre culturas.
1.- Monoculturalismo.- Predominio de una determinada cultura que usa todo tipo de medios, incluidos los coactivos, para desterrar a otras o impedir que se desarrollen o que se manifiesten. En sociedades no homogéneas culturalmente el monoculturalismo equivale al dominio forzado de un grupo sobre otro u otros, a base de prohibir sus religiones, sus lenguas, sus ritos y costumbres, etc. En este sentido, nuestras sociedades fueron hasta hace bien poco sociedades monoculturales. A ese monoculturalismo tiende también el islamismo radical. Los Estados confesionales propenden, como parece obvio, a esta situación de monoculturalismo. También los Estados plurilingües con una única lengua oficial.
2. Pluriculturalismo con supremacía de una cultura.- Predominio de una cultura, pero sin prohibir ni reprimir abiertamente las otras. Ese predominio no se basa ni se nota, por tanto, en el uso de la fuerza o de la amenaza legal, sino en que las estructuras básicas del Estado y los puestos más influyentes en la sociedad están monopolizados por los miembros de una determinada cultura, que con sus acciones y comportamientos la difunden, la defienden y la mantienen en su situación de dominio. En estas situaciones los miembros de las culturas subordinadas suelen sumar a su discriminación cultural otras discriminaciones sociales y discriminación económica.
Para la defensa de ese preponderancia se invoca muchas veces el argumento mayoritario, en términos de que los más tienen algún “derecho” a que en su Estado se viva y se actúe en consonancia con su cultura. Otras veces se suma a ese argumento el del “derecho” a perdurar de las tradiciones de la comunidades originarias del lugar. De esa manera se intenta justificar, por ejemplo, que en las ceremonias de Estado se introduzcan ritos de la religión dominante o que el Estado colabore en la financiación de una determinada iglesia.
Otras veces los mecanismos de perpetuación de la superioridad de un grupo cultural son más sutiles e, incluso, perversos. Tal es el caso en muchos países latinoamericanos, cuyas Constituciones reconocen el derecho de las culturas aborígenes a mantener sus señas de identidad y a vivir según sus códigos propios. Lo que parece un reconocimiento igualitario de derechos se convierte en mecanismo de perpetuación de desigualdades sociales, pues a los miembros de las culturas minoritarias se los confina en “reservas”, so pretexto de que allí es donde libremente pueden vivir según sus patrones propios. En la periferia, que vivan “ellos” a su manera; en la capital, vivimos y “gobernamos” el Estado nosotros a la nuestra. Tal cosa viene a significar que el miembro de esas culturas periféricas o marginales queda atado a su aldea y a sus tradiciones sin posibilidades de pasar a la cultura dominante y de competir en igualdad con los miembros de ésta. Así ocurre cuando la educación de los niños se hace exclusivamente en la lengua y en las tradiciones de su cultura minoritaria y originaria.
3. Pluriculturalismo con reglas de juego supraculturales y neutrales.- Se respeta el derecho de cada cultura a manifestarse, sin que se reconozcan ni se permitan derechos superiores o prioridades de ninguna. El problema aquí está en establecer dos tipos de reglas: a) las reglas que gobiernen el conflicto intercultural y b) las reglas que dispongan la relación entre derechos colectivos y derechos individuales.
a) En cuanto a lo primero, se trata de sentar cuáles son las esferas de intangibilidad o inatacabilidad de cada cultura y cuáles son los márgenes de respeto que cada una ha de rendir hacia las otras. Con un ejemplo: ¿puede cada cultura criticar las formas de vida o las creencias propias de las otras o han de evitarse por igual tales críticas? Un supuesto más concreto: ¿prima con carácter general la libertad de expresión, de modo que quepa, pongamos por caso, hacer caricaturas por igual de los dioses o los fieles de una u otra fe de las que los ciudadanos cultiven o ha de extremarse el respeto a base de perseguir toda expresión que una cultura pueda considerar ofensiva?
En una situación de pluralismo cultural igualitario esas reglas de conflicto resultan ineludibles, como única manera de evitar la violencia o la anarquía incontrolable, como forma de asegurar un orden en la convivencia, cometido primero y razón de ser esencial de todo Estado, y también para atajar todo intento que cualquier cultura haga de hacerse con la supremacía y de imponer coactivamente sus planteamientos propios. Esas reglas de conflicto, que simultáneamente protejan a cada cultura y que a todas mantengan a raya en su respeto a las otras, han de tener necesariamente dos características: alcance general e imposición igualitaria. Ambas notas aluden a que esas normas que fijan límites no cumplirán la función que las justifica si se admiten excepciones en su aplicación y si no se imponen a todos los grupos por igual. Con el ejemplo anterior: si se admiten críticas o caricaturas de un grupo frente a otro, han de admitirse también a la inversa; y si no se admiten, no se admiten en ningún caso.
En esas reglas está la madre del cordero. Sin ellas, la convivencia entre culturas cambia a competición entre culturas y tenderá a acabar en lucha, incluso violenta, entre culturas. Pero, si admitimos la necesidad de esas normas, el problema más grave se halla en su posible contaminación cultural; es decir, en cómo evitar que esas reglas de juego común, que por definición han de ser culturalmente neutrales, si es que estamos en este tercer modelo y no en el anterior, no sean en realidad la expresión, más o menos camuflada, de los puntos de vista y los gustos de una cultura dominante. ¿Cabe tal cosa? Si no cabe, el pluriculturalismo o multiculturalismo igualitario se torna un imposible práctico y no queda más salida que la dominación o el enfrentamiento, enfrentamiento que siempre acabará, también, en el dominio de los vencedores. Toda doctrina multiculturalista que no proponga solución para este problema se queda en especulación vacía, en frivolidad a la moda pero con muy poca sustancia.
Al pensar en esas normas de convivencia intercultural normalmente nosotros nos imaginaremos cosas tales como el respeto a la libertad de conciencia religiosa o como el respeto a las diversas maneras de la organización de la vida familiar (monogamia, poligamia, poliandria...). Mas ¿no resulta eso expresión de la cultura occidental “liberal”? ¿no serían las normas que reconocen con carácter general esos derechos la manifestación suprema de esta cultura de aquí, de la visión del individuo, de los grupos, de la fe, etc. que es la propia de nuestro particular mundo? El relativista cultural radical dirá que sí y que no hay nada que hacer. El dogmático o radical de otras culturas dirá también que sí y que, puestos a imponer superverdades, que se impongan las de su grupo. El dogmático o radical de nuestra cultura dirá que no y que aquellas normas son expresión de una razón pura, incontaminada, ubicada por encima de todo dictado grupal y, por tanto, respetuosas por igual con todos los grupos.
b) Los dilemas y las aporías engordan cuando llegamos al otro punto que quedó pendiente, el de las reglas rectoras de las relaciones entre los individuos y los grupos.
Sobre este tema también podemos clasificar las distintas culturas en pugna en dos grandes grupos: las que afirman el supremo valor del individuo y de su autonomía, y las que sostienen la prioridad del grupo sobre sus miembros. Las primeras, por mucho que reconozcan la importancia de las culturas, las identidades comunitarias, las tradiciones y las prácticas comunes, ponen por delante el derecho de cada sujeto particular a entrar y salir libremente de los grupos, su derecho a elegir y por tanto, a recibir los medios materiales e intelectuales para conocer sus alternativas y hacer efectivas sus opciones; las segundas mantienen lo contrario y, por mucho que reconozcan la importancia de esferas de libertad individual, resuelven a favor de la colectividad cultural los conflictos entre la defensa de las señas de identidad colectiva y los intereses grupales, por un lado, y la libre opción de los individuos, por otro. Así que en un Estado donde se impongan cosas tales como el derecho de cada ciudadano a elegir su fe, a elegir sus prácticas sexuales, a elegir el tipo de su vida familiar, a elegir el modo de educar a sus hijos, etc., y donde se aseguren unos mínimos de educación pública igual y neutral para todos, se estaría optando por las culturas del primer tipo y discriminando a las del segundo. Y la opción contraria conduciría a la discriminación opuesta. Y, sea como sea, no cabe un Estado propiamente dicho, es decir, capaz de mantener un orden social mínimo, que no se incline por una de esas alternativas.
Sobre este último problema es muy ilustrativa la lectura atenta de muchos de los más importantes teóricos del multiculturalismo. Autores de la relevancia de Kymlicka o Raz, generosos en su defensa de las sociedades multiculturales, acaban por admitir que en el supuesto de conflicto grave entre derechos individuales básicos y derechos grupales debe la ley estatal defender la dignidad y autonomía individuales. Pensemos en el caso, tan manido, de la ablación femenina o en el de una cultura que admitiera la tortura en sus sistema penal. Y, paradójicamente, en lugares como Estados Unidos el Tribunal Supremo ha sentado a veces la prioridad del grupo, en algunas sentencias tan sonadas como la que reconoció el derecho de los amish a que sus hijos no recibieran la educación pública común (caso Wisconsin v. Yoder, 1972) y el de la familias de un pueblo indígena a concertar el matrimonio de sus hijas durante su minoría de edad (caso Santa Clara Pueblo v. Martínez, 1978), todo en nombre de la defensa de las señas de identidad de esos dos grupos culturales y en pro de que no se disuelvan por el ejercicio de la libertad indivudial de sus miembros.
Pensemos en casos que nos son cercanos. ¿Debe el derecho común del Estado amparar a la muchacha gitana que se niegue a casarse con el hombre que su familia le impone? ¿Es una falta de respeto a la cultura islámica la persecución penal entre nosotros de la ablación del clítoris? Y, más allá: ¿se puede responder afirmativa o negativamente a estas preguntas y tenerse, al tiempo, por multiculturalista? La respuesta dependerá de si somos capaces de hallar para esas reglas que resuelven los conflictos entre culturas o entre el individuo y el grupo un fundamento supracultural, de si podemos fundamentarlas como reglas realmente neutrales, no aquejadas de parcialidad.
(Continuará).

16 octubre, 2006

La razón y la fe

La conciencia está por encima de la religión. Al menos mientras se considere que la religión tiene su lugar en la conciencia de cada uno y que lo que le da valor al sentimiento religioso es la libre elección del creyente, su autónoma convicción, basada en lo que piensa y necesita. Si lo que otorga su importancia y, si es el caso, su mérito al credo religioso es que el individuo libremente lo abrace, la libertad de conciencia es un prius de la religiosidad misma, su condición necesaria, su presupuesto ineludible. De este modo se exaltan al tiempo dos cosas, la fe humana y el sujeto como ente que no deja de ser racional por el hecho de asumir la creencia. La vieja tensión entre fe y razón se resuelve así en un nivel más alto, allí donde la opción por la primera no parte de negar la segunda. Otra cosa es que los contenidos concretos de la fe se muestren inasibles o inefables desde el ejercicio mismo del razonar, con lo que la razón decide hacerle hueco en la persona a tesis o dogmas de los que por sí misma no puede dar cuenta. Una razón que se hace humilde para acoger el misterio, pero que no se niega a sí misma ni permite que se usurpe su legítimo lugar como clave de las elecciones. Si yo elijo creer lo que no entiendo, no deja de ser una elección mía, personal, de la que puedo dar cuenta en sus causas o móviles. Es convicción de que necesito algo más, sin que con ello abdique de mi condición de ser humano libre, racional y dueño de mis opciones.
Y todo esto tiene su contrapartida en que cualquier confesión religiosa que prefiera la sumisión acrítica, el forzamiento de las conciencias, la adhesión obligatoria de aquellos a los que ni siquiera se les permite imaginar alternativas a la fe es una religión que niega sus propios fundamentos, es culto a un dios de mala calaña, con caracteres de padre cruel y caprichoso, perverso, obsceno. Esos dioses que, al parecer, prescriben muerte y sufrimiento para los que no los adoren no pueden por definición ser dioses, son puros fantasmas sin sustancia, entelequias que resumen la malnacida catadura de los que en su imaginación los paren.
Por supuesto, hay otras maneras de entender la religión y se mantienen bien lozanas y vigentes. Son las que instrumentalizan a las personas para convertirlas en objetos, las que propugnan la castración de cualquier atributo humano relacionado con la razón y el pensamiento -y con el cuerpo muchas veces-, a mayor gloria de dioses imposibles o tan absolutamente depravados como para prohibir a sus supuestas criaturas el uso pleno de aquello que precisamente las diferencia de las piedras o los brutos: la razón y la elección libre. Dioses que nos dan lo mejor para recrearse en la prohibición de que lo usemos y en la fruición del castigo para el que no los obedezca. Dioses autoritorios, villanos, violentos, veleidosos, absurdos. Dioses hechos a imagen y semejanza de los más estúpidos de nosotros, de los menos humanos de los humanos. Divinidad de la que debe abominar cualquier ser humano que a sí mismo se quiera y se respete y que quiera y respete también a su prójimo. Dioses para tarados, para enfermos, para débiles mentales, para acomplejados, para resentidos, para psicópatas, para idiotas. Si esos dioses existen, todo está permitido, con tal de que se diga que es en su nombre.
Y decir libertad de conciencia es decir libertad de expresión y de acción. De nada vale poder forjar ideas en nuestra imaginación si no podemos expresarlas sin miedo a que nos amenacen o nos maten; de nada sirve la capacidad de análisis y discriminación si no se nos permite traducirlas en los actos de nuestra vida, en nuestras elecciones y en los comportamientos acordes con ellas.
Por eso impresiona tanto, para mal, lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Esta civilización, o cultura, o como queramos llamarla, que aprendió, a fuerza de muertos, a liberarse de las cadenas de la religiosidad más infame y opresiva, de la religión de la muerte y de las hogueras, de la religión que con mano de hierro dictaba las normas de todo, de la ciencia, del arte, del derecho, de la moral, de la política, del pensamiento mismo, esta civilización muestra ahora su más arrobada sensibilidad, su respeto más infame, su cobarde aquiescencia ante los credos de los que quieren matar todo pensamiento y toda libertad en nombre del pecado y de la interpretación más reaccionaria de polvorientos libros sagrados; esta civilización no se rebela ante los millones de hombres y mujeres a los que toda libertad se les niega, salvo que llamemos libertad lo que disfruta el ganado dentro de sus estrechos cercados; esta civilización no sólo se refugia con complacencia en su disfrute exclusivo de la autonomía y de los placeres que a otros habitantes del planeta les hurtan sus sacerdotes autoritarios; esta civilización, no contenta con eso, se arma de mala conciencia y se siente opresora por predicar la libertad, explotadora por demandar la liberación, irrespetuosa por ejercer de viva voz y sin complejos la peculiaridad que la caracteriza y le da lo más valioso de su ser, la libertad de crítica, la libertad de expresión. Esta civilización se está convirtiendo en una mierda. Esta civilización añora dictadores, ayatollahs, hogueras, sacrificios humanos. Esta civilización quiere perecer, para que vengan los bárbaros y vuelvan los relojes de la historia a ponerse a las cero horas. Parece que queremos acabar con todo para morir con la fruición de pensar que fuimos los últimos hombres libres.
No se trata de defender nuestras razones como las únicas buenas o las insuperables. Se trata de defender la razón. Porque los que matan por la fe no dan razones ni pretenden, por tanto, que se atienda a las suyas. Niegan la razón a base de pura fuerza. Niegan a cualquier dios que no provoque el vómito. Niegan la humanidad. Sus oraciones sólo puede entenderlas como blasfemia cualquier persona de bien: blasfemia contra los semejantes y blasfemias contra cualquier dios posible. Porque un dios que nos prefiera estúpidos no es un dios que merezca el nombre ni, menos, la adoración. Si en eso hemos de acabar, mejor sería morir, a qué tanto miedo. Y líbrenos el demonio de acabar en el paraíso, ese paraíso de siervos y sumisos con las manos manchadas de sangre inocente.
Y todo lo anterior lo escribe un ateo, conste. Un ateo que sólo aquí puede serlo y proclamarlo sin riesgo para su vida. Por eso siento como traidores a todos esos otros ateos que babean ante las atrocidades, los abusos y la inhumanidad de algunas variantes de algunas otras culturas. Idiotas, puros idiotas, renegados, nostálgicos del látigo. Cobardes más considerados con los verdugos que con sus víctimas. Ya me gustaría verlos cimbreando su cinturilla y con su porte decadente en Riad, por ejemplo, proclamando allí el respeto igual para todas las culturas o defendiendo, allí, el respeto a las creencias de los ateos. Les iban a dar de lo que les gusta, al parecer.

15 octubre, 2006

Mimosas

Cuánto sobresalto. Ayer abrí La Nueva España, periódico de mi tierra astur, y me topé con una noticia sorprendente: el Gobierno asturiano quiere prohibir las mimosas. Toma castaña, pensé, ya estamos otra vez con las cuestiones de género. Claro, me dije, esa actitud de mimo, esos pucheritos, esa manera de dejarse querer y buscar el arrullo del varón, degradan a la fémina a una condición subordinada, le dan aire de debilidad, hacen que se la vea vulnerable y que el macho se envanezca y acabe creyéndose cosas que no son. Que las prohíban a todas y seguro que desciende la violencia doméstica. El que quiera mimo, que lo busque clandestino. Ya me imaginaba los eslóganes de la campaña: “si tú mimosa, él tu oso”, “no mimo al memo”, “la que mima mama”, “mímate a ti sola: la masturbación es mejor que el mimo al malo”, “que lo mime su madre”, “si mimas eres mema”, “ponte borde por San Valentín”. Y así.
Parece que llega el tiempo de la mujer recia por prescripción legal, me dije ante la noticia. Damas hirsutas, señoras destempladas, bigotes disuasorios, artes marciales en lugar de amatorias, broncas de órdago, jaquecas permanentes y sin tregua. Ardía en deseos de leerme completa la norma legal asturiana. Igual que partió Pelayo de Covadonga para empezar la Reconquista, arrancan ahora de Oviedo las nuevas amazonas para evitar toda conquista nueva, para que no las aguante ni su padre, de tan antipáticas y distantes. Abajo el mimo, la ternura que se la busquen pagando, el que quiera arrumacos que se quede en casa de su mamá. Se llenaba mi cabeza de preguntas: ¿qué sanciones preverá la norma para la mujer que tenga algún momento de flojera y se pierda con su hombre en requiebros? ¿Habrá incentivos para la que aguante años sin sonreírle a un tío? ¿Créditos blandos para las tipas duras? ¿Estará permitido el amor romántico entre chicas o se castigará también? ¿Hay alguna medida contra los hombres mimosos? ¿Juega aquí la discriminación positiva? ¿Qué opinará el TC?
He de reconocer que el modo en que la noticia aparecía en el diario era un tanto extraño, cuando menos. Así rezaba el titular: “El Principado declara en extinción 4 aves y quiere prohibir las mimosas”. Sorprendente. Dándole vueltas, se me ocurría que a lo mejor lo de las cuatro aves era una ocurrente metáfora, referida a los pajarracos machistas, cuervos, buitres, que se aprovechan siempre de la bondad de las mimosas. Pasaba uno al desarrollo de la noticia en páginas interiores y resultaba que de las mimosas no se decía ni pío, mientras que se extendía el reportaje en consideraciones de este tenor: “El plan de recursos naturales elimina la protección a la nutria y a la rana común por considerar que su población ya está recuperada”. Ya entiendo, pensé, este asunto de las mimosas lo va a meter nuestro astuto Gobierno autonómico en una norma de tema ecológico. Al fin y al cabo, tiene que ver con las relaciones entre los géneros, por lo que toca el asunto de la reproducción de la especie y tal y cual. Más aún, está muy bien pensado, pues alguno se preguntará si la arisca disposición femenina que la ley propicia no rebajará a tal punto la continuidad de la especie como para que un día corramos tanto riesgo de extinción como las ranas esas. Otro eslogan al canto: “reprodúcete sin mimos, fría como rana”.
Así que lo parco de la explicación periodística me dejó con las ganas de saber mucho más. Hoy, sin embargo, fue a más mi desconcierto. Doy en el mismo periódico con un artículo de Javier Neira titulado “Mimosas libres” y que comienza de esta guisa: “El Gobierno astur quiere prohibir las mimosas. Buen motivo para declararse en rebeldía y a fecha fija: equidistantes entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera, cuando la luz ya lleva mes y medio creciendo y el frío, sin embargo, alcanza aun su límite de crudeza, aparecen las mimosas como anuncio de mejores tiempos o lo que es lo mismo, por San Blas, la cigüeña verás”. Pura poesía, me digo, propia de un macho que, para colmo, asocia a las mimosas con la venida de la cigüeña. La vieja obsesión reproductiva del varón, que donde ve dama amable ya se imagina llevándosela al huerto para poner la semillita y toda esa parafernalia falócrata.
Cuando ya casi decido que me rindo es cuando, poco más abajo, descubro la siguiente explicación: que el Gobierno asturiano quiere prohibir las mimosas porque son originarias de Australia. Esto va a ser cosas de genetistas, como ésos que dijeron el otro día, después de detenidísimos análisis de ADN y de cosas peores, que los ingleses descienden de gallegos. Je, y los gallegos que andaban organizando festivales celtas porque se pensaban hijos de navegantes de allá arriba. Deberían ser los británicos los que cada verano organizaran romerías con muñeira y rapa das bestas. Y ahora nosotros con las mujeres lo mismo. Cada vez que una te da unos besitos -a escondidas, claro, no vaya a verla un guardia- deberías regalarle un cangurito de peluche y llamarla mi dulce aborigen australiana.
Pero, con estos gobiernos, puede que nos convenga más emigrar a Australia. Directamente.

Echándole cuento. El fusil.

Mientras cavo el agujero repaso lo que le oí tantas veces a mi padre, de cuando desertó del ejército republicano porque se veía perdido y abocado a una muerte cierta y echó a andar de monte en monte, fusil en mano, de los montes de Palencia a los de Santander, evitando los caminos, durmiendo al relente, robando comida de las paupérrimas huertas. Se fue uniendo con otros que también escapaban, hasta que llegaron juntos al altozano que domina nuestro pueblo y desde donde divisó la casa de los padres, que después fue suya, y echó a correr tras un fugaz abrazo a los otros y la promesa de reencontrarse alguna vez, quién sabe.
Contaba siempre que comió con ansia y que su madre le iba trayendo más platos. Luego, su padre, mi abuelo, le dijo que debía hacer algo con aquel fusil, esconderlo. Mi padre lo embadurnó de grasa, cavó un hoyo, recubrió el arma con tejas y luego le echó la tierra encima y disimuló el lugar con ramas y piedras. Al poco los nacionales lo movilizaron también y retornó a la guerra. No regresó a casa en unos cuantos años.
Me explicaba a cada rato esta historia, antes de morir, y me señalaba el punto donde, según su recuerdo, estaba enterrado aquel fusil, en aquel prado que llamábamos La Campa, justo a la orilla de donde comienza la hilera de avellanos. Exactamente aquí donde estoy ahora cavando, casi setenta años después. El terreno está blando, ha llovido bastante en las últimas semanas. Voy ensanchando el agujero, mi padre siempre decía que no estaba muy profundo el fusil, pero no acabo de dar con el lugar exacto.
Al fin mi pala tropieza con una masa rojiza y extremo el cuidado. Aparecen trozos de metal muy oxidado. Debajo, veo un pequeño arcón de ladrillos y lo rompo. Dentro hay una caja de metal y dentro de ella otra caja más pequeña. En el interior de ésta, dos anillos de oro, uno de talla de mujer y otro de hombre. Hay también restos de papeles que el tiempo no ha respetado.

14 octubre, 2006

Respeto al vodevil. Por Francisco Sosa Wagner

La vida política pone en circulación palabras con un desenfado y una falta de información que desespera a quienes buscamos cierta precisión. Ya me tuve que ocupar hace algún tiempo del empleo de la palabra caspa y casposo como insulto. Sostuve entonces que la caspa es la muceta que lucen los pensadores despistados y los sabios ajenos al mundo. Es de color blanco porque blanca es su inocencia de investigadores y tiene algo de título, de rango, de prosapia, una suerte de atributo o insignia. El símbolo de la fértil despreocupación. Y de la misma forma que se entrega al doctor los guantes de la ciencia o al obispo un anillo habría que entregar al intelectual fecundo un saquito con caspa para que lo espolvoreara con gracia sobre sus hombros, si él careciera de la suya propia. Y se debería heredar como se heredan los derechos de autor y de patentes.
Mi razonamiento de nada ha servido y todavía he de soportar a quienes descalifican al adversario llamándole casposo. No le llamarían herpético o seborreico pero sí le motejan de casposo. Un respeto para la caspa es lo que pido de una vez.
Ahora viene la palabra vodevil, aplicada al sucedido -ciertamente ominoso- de la designación de un candidato a la alcaldía de Madrid. Y se impone repetir lo mismo: un poco de consideración, señores de los editoriales y de las radios, al vodevil que es un género medio literario, medio teatral, medio musical, de lo más honrado y de lo más imaginativo que circuló por Europa desde principios del siglo XIX y luego por los USA que también allí han tenido sus vodeviles –y buenos- en el escenario. El vodevil mezclaba ironía y sátira con números musicales llenos de intención (mala, por supuesto) y las gentes reían de buena gana vengándose de esta inocente manera de gobernantes y pelmazos estirados en general. El vodevil es en cierta manera el padre de la opereta, que no está mal una paternidad así, Jacques Offenbach le sacó mucho partido al asunto en aquel París del segundo Imperio, con Napoleón -el sobrino- y la española Eugenia de Montijo haciendo de las suyas por la capital de los quesos. ¡Menudo fue el tal Offenbach! Todavía no hace mucho hemos visto y oído los aficionados en el Auditorio de León “Los cuentos de Hoffmann” que no es de lo mejor del autor pero sí lo que más fama le dio, con el poeta romántico alemán E.T.A. Hoffmann en el centro de los pequeños enredos amorosos.
Es decir que el vodevil tiene una gran dignidad. Como la ha tenido la revista musical española, zumo extraído de la comedia y el sainete, más variedades y música, atrevido todo y con mujeres ligeras de ropa que enseñaban las ligas y las nalgas opulentas. El personal lo pasaba pipa en la revista durante la primera mitad del siglo XX. Y después tampoco le hizo ascos.
Vodevil, opereta, revista ... Casi nada. En el mundo germánico estos espectáculos se hermanan además con el “cabaret”. En España, el cabaret ha sido algo más zafio aunque ha habido cabarets notables, centro de conspiraciones intelectuales y artísticas de alto porte. Pero en Alemania -como en Austria- el cabaret ha sido cosa fina. Tan fina que los nazis lo prohibieron pues durante los años de Weimar había sido el cabaret el punto de encuentro y de inteligenteequilibrio entre artistas osados y público dispuesto a hacer cenizas con las convenciones. ¡Gran asunto el cabaret germánico! Autores de la talla de Kurt Tucholsky o Erich Kästner escribieron para este género y la hija predilecta de Thomas Mann, Erika Mann, que fue un volcán humano e intelectual, fundó en Munich un cabaret donde se servía el humor fino bien helado.
Todo esto -se advertirá- no tiene nada que ver con los números que montan nuestros políticos a los que les sobra de rudeza lo que les falta de gracia.

Echándole versos. II.

Estas preñadas flores, madre,
los montes albos que han tomado tus ojos,
esa risa inocente que te vuelve
de los años vencidos.
Se te adivinan mansos los recuerdos,
ya sin agraz su fruto,
ya mellado el dolor, los sobresaltos
enterrados, raudo el perdón.
Tu respirar, jinetes
lentos, cansados trazos
de tu paisaje, un rostro con encrucijadas.
Como aquellos jinetes
que me contaste un día,
no hace tanto, húmedos
de amaneceres, rígidos
de lejanía y nostalgias,
de compasión cegada y manos firmes.
Como aquellos jinetes y tú niña
y el aire detenido en la mañana
y los pájaros en su silencio
y las campanas mudas
y los hombres ausentes
y los jinetes trágicos
que al fin hoy compadeces
cuando vuelves a verlos
desde tu atalaya
de surcos, de misterio, de caminos,
indiferente, ajena, madre,
reina de todo el tiempo que te queda.

13 octubre, 2006

Curriculum

Últimamente, cuando oigo a algún joven profesor no funcionarizado aludir a su curriculum me echo a temblar. Lo del curriculum antes parecía cosa seria y ahora se ha convertido en cajón de sastre en el que meter toda suerte de bobaditas con la que se adornan biografías que mejor lucirían entregadas al dolce far niente o concentradas en el disfrute de la vida real, en lugar de ser degustación de sucedáneos, deglución de distintos productos adelgazantes del espíritu, acumulación y síntesis de variadas pérdidas de tiempo.
A ver si me explico. Partamos de que estamos en la Universidad y refiriéndonos a gentes que tratan de hacer carrera como investigadores y docentes. No hablamos de menesterosos desempleados que echan sus papeles para repartir en Telepizza o para que los admitan a un cursillo del INEM. Dicho sea con todos los respetos y desde la firme convicción de que seguramente hay más dignidad, de promedio, en estos últimos ámbitos que en la pomposamente llamada Academia. Pero estamos en que los jóvenes aspirantes al estrellato académico han de rellenar sus hojas de vida con la cuenta de sus méritos y ricas actividades, en la esperanza de que un tribunal imparcial (lo siento, se me escapó la coña de la imparcialidad; no me tomen muy en serio, pues, repito, me refiero a la Universidad; ya saben, Madame Claude and so on, o Las que tienen que servir) los señale un día con el dedo de los elegidos.
¿Qué esperaríamos que figurara ahí muy destacadamente, si no en exclusiva? Sesudas publicaciones, intrincadas investigaciones en curso o culminadas con resultados brillantes, estancias acreditadas en laboratorios y centros del mayor prestigio, ponencias en idiomas varios. Cosas así, que hicieran esfumarse otras chorradillas, anuladas, difuminadas bajo la sombra alargada de esos merecimientos ciertos. Pues no, los tiros ahora no van por ese lado. Ahora la moda es abarrotar el curriculum de imbecilidades, de pasatiempos. Ahora se tiene por mérito cualquier cosa con tal de que sea improductiva, pasiva e inútil bajo cualquier punto de vista. Se pasan los jóvenes talentos, sean reales o presuntos, lo mejor de su tiempo haciendo el mono en todo tipo de eventos decadentes con el solo propósito de luego poner en su currículo que hicieron tal cosa chusca o estuvieron en tal lugar lamentable. Si esto fueran aún universidades e instituciones científicas y no los manicomios que son, a la mitad de esos infelices se les mandaría para casa con una patada en las posaderas, por perder energías en semejantes patochadas: que si cursos de powerpoint, que si sesiones sobre cómo motivar con motivo al alumno desmotivado, que si técnicas de subrayado en excel, que si seminario sobre sistemas de evaluación no traumáticos, que si jornadas sobre la recepción en Babia del sistema de Bolonia, que si congreso sobre la problemática psicomotriz del estudiante tímido. Seguro que muchos han vivido conversaciones como ésta: viene un joven profesor con expresión perpleja y uno le pregunta en qué andaba. Estoy haciendo un curso sobre estimulación del alumno y docencia dinámica. ¿Y qué tal? Puf, un tostón, nos dormimos todos, pues el tipo que lo dicta no sabe explicar. Real como la vida universitaria misma.
Insisto en algo que ya he repetido aquí: deberíamos ir componiendo una antología sobre las chorradas en las que se pierde en tiempo en las universidades. Y sobre los mangantes que viven de organizar tales desatinos. Y encima marcan paquete de estar a la última.
Pero los pobres meritorios jóvenes tienen que plegarse a esta dictadura de la estulticia. No hace mucho aquí mismo confesaba nuestro admirado ATMC que él, sí, él, había tenido que pasar también sus horas en esos cursos impartidos por pedagogos a la violeta que en su puñetera vida sacarían una oposición para barrendero municipal (con todo el respeto otra vez). Y se disculpaba, pobre hombre, con una razón bien real y poderosa: que tenía que pasar bajo las horcas claudinas de la ANECA, y ahí te quiero ver si no demuestras que has perdido el tiempo en gilipolleces de tomo y lomo. Ay, la ANECA. ¿Se acuerdan de aquél que la dirigía en épocas del PP y que no tenía curriculum ni para que le admitieran los papeles si fuera candidato a evaluación “anecal”? O sí, pues aunque no hubiera escrito apenas nada ni constara que hubiera pasado tiempo de su vida en investigación alguna (no estaba mucho mejor su ministra, aunque eran amigos; o por eso), a lo mejor tenía un montón de certificados sobre esas cositas tan monas: cursos recibidos sobre “modulación de la voz en la clase magistral”, “gestualidad de las manos el interpelar mesuradamente a los estudiantes” o “ventajas de la bragueta con cremallera para la interacción con el alumnado”. Quienes fijan los criterios con que evalúan las anecas y las anequitas son casi siempre listillos de ese calibre, inútiles con ínfulas, celosos de que se valoren tamañas insensateces para, así, valorarse altamente a sí mismos. Que les hagan un dictado a ésos también y veríamos qué risa. Pero estamos en sus manos y es lo que hay. Los que ocupan su tiempo en reglamentos tienen buen cuidado en regar la inanidad y convertirla en ley general imperativa. Van de carguete en carguete y de encomienda en encomienda y no estudiaron en serio desde que aprobaron la selectividad por recomendación de papá. Con contadísimas e impotentes excepciones, por supuesto. Pero es lo que hay.
Una monografía llena de doctrina alemana o de la mejor ciencia mundial vale lo que tres cursitos para cretinos impartidos por los del mismo gremio. Lo que puntúa es andar moviendo el culete de cursito en cursito o presentando comunicaciones tartamudas en congresillos de amiguetes indocumentados. Ah, y los cargos académicos, claro. El otro día escuché que en la reforma que viene, con esa superaneca (¿Por qué no "anoca"; o, mejor: "anosa") a la que todavía no se le conoce padre, ni madre ni perrito que le ladre, contará grandemente el desempeño de cargos académicos para la habilitación de los aspirantes guapos. Pues muy bien. O sea, que puntúe para la consagración investigadora y docente lo que quita más tiempo para investigar y preparar decentamente las clases. Ya metidos en gastos, algún aspirante cachondo acabará alegando que fue presidente de su comunidad de vecinos, y ya veremos si se lo toman en cuenta para bien. Todo se andará.
No falta mucho para que la investigación seria tenga que ser clandestina. Por de pronto, en el curriculum conviene más invocar la condición servil y el espíritu atrofiado. Más que nada para no molestar a las eminencias grises de la Universidad. Tan grises.

11 octubre, 2006

EnREDarse

No sé cuántas horas acabo de pasarme deambulando por la red a la caza y captura de literatura. Al final, es una especie de metacaza, pues no lees ni acumulas textos literarios, sino direcciones de páginas en tus marcadores.
Sea como sea, impresiona la cantidad de literatura buena que hay colgada en la red. Yo andaba hoy a la busca de poesía. Esta mañana me compré Tigre en la red. Antología de la poesía mexicana contemporánea 1950-2005 (Hiperión, 2006). Y por la tarde me senté a leer un rato, disciplinadamente. O eso creía. Comencé por el primero de los antologados, Rubén Bonifaz Nuño. Tanto me gustó que me indujo al error: al error de meter su nombre en Google y ver si daba con más poemas que esos pocos del referido libro. Y vaya si di. Con él y con el parnaso entero.
Pues me hice con una colección hermosa de direcciones llenas de poesía, en muchos casos con grabaciones de la propia voz de los autores leyendo sus poemas. Ahí van algunas:
Y una revista estupenda, que tiene de todo:
Total, que he leído poquísimo, pues me he vuelto a enREDar. Navegar y navegar, sin tocar tierra.

¿Crisis de los grandes relatos o crisis de los cuentistas?

Seguimos con los diagnósticos de la posmodernidad esta en la que, al parecer, nos hallamos instalados. Se ha convertido en un tópico pesadísimo aquello de que se asiste en este tiempo a la crisis de los grandes relatos. O sea, que lo que mueve a los ciudadanos y a las masas ya no son aquellas historias que hablaban del progreso de la humanidad, el fin de las esclavitudes universales, la liberación de los pueblos, la revolución de los oprimidos o la construcción del paraíso terrenal aquí mismo, según vas, a la izquierda.
Bien. Pero uno se pregunta cuándo fueron las sociedades realmente movidas por esas milongas. Digo las sociedades, no los intelectuales, las élites, las vanguardias o los listillos. El único relato grande que ha seducido a los pueblos ha sido la religión, en cualquiera de sus variantes. Y ha funcionado a base de narración oral, no porque la gente leyera un carajo. Cualquier relato que se precie debe ir en libro sagrado. También El Capital sirvió durante un tiempo a esos efectos. Lo leyó tan poca gente como poca lee la Biblia; pero por eso. Lo otro, las ideas seculares para hacer un mundo perfecto, ha sido pasto únicamente de intelectuales con ganas de mandar o vocación de profetas. De esas historias se llenaron las monografías, los panfletos y los pasquines, pero el pueblo ha ido siempre a lo suyo y sólo ha coreado los eslóganes de marras cuando lo obligaron a punta de bayoneta o a bombazo limpio.
Así que no son los tales relatos los que están en crisis, sino sus forjadores. Los que han hecho mutis por el foro son los que se llamaban intelectuales comprometidos, convertidos ahora casi todos en intelectuales orgánicos, es decir, cultivados con abono natural: a golpe de talonario y conferencia entre amiguetes. Y los otros, los políticos que antaño necesitaban pergeñar utopías y propalar ideales, han descubierto hace poco que con menor esfuerzo se gana más, incluso más votos, pues basta colocar el morrete tal que así para las fotos y hablar como si uno fuera un perfecto iletrado pero muy buena gente, muy natural y como de casa, míralo que pinta de gilipollas, no me digas que no se parece al primo Gervasio; adoro a estos hombres sencillos y sensibles, hija.
Y los académicos, los profesores y los que andan todo el día de gira por congresos varios, ocultan su pereza para parir ideas a base de darle a la matraca de que en este tiempo las ideas han muerto, fíjate que idea.
Puede que estemos en el momento perfecto para que la sociedad, el pueblo llano, la gente de bien, los normales, liberados ya de tanto pelmazo y tanto adivino de pacotilla, comiencen a hacer lo que les dé la gana y a buscarse la vida sin tantos cuentos. A vivir, que son dos días. El paraíso es cosa de charlatanes y vendedores de hipotecas: se forran de comisiones y luego no hay tal, venden quimeras.

09 octubre, 2006

Limbo

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Mecachis en los demonios, precisamente. Ojeo con retraso El País del sábado pasado, día 7, y me encuentro en la página 36 con la noticia que, mal que me pese, da la razón para siempre a todos esos posmodernos que me hacen tan poco tilín. Ya tenemos constatación definitiva de que todo se licúa, fluye, se evapora, tiembla y resiste mal el paso del tiempo. Fin de los grandes relatos, sí, y de los pequeños, y de las películas de miedo de verdad y del hombre del saco y del coco. Dentro de pocos años explicaremos a los niños que el hombre del saco sí existe, pero como figura de la literatura popular nacional y que, mira, niño, aparte de la nación y el espíritu del pueblo, no hay más allá ni más hostias, todo es empírico, cambiante y con dos rebajas al año.
Me pongo así de cascarrabias por lo del limbo. Por favor, adónde vamos a parar. Lleva uno un puñado de décadas alistado en el ejército racionalista y peleándose con la metafísica religiosa y los esoterismos varios y ahora van y, sin ton ni son, los enemigos disuelven su ejército, proclaman un ansia infinita de paz y dicen que donde dije Diego digo digo. Que ni el limbo existe ni el cielo es como piensan las beatas, todo lleno de querubines sin pene ni pena, ni, probablemente, el infierno es un sitio donde se pasen putas sino un estado de ánimo. Verás como en cosa de poco resulta que de ese estado de ánimo se sale leyendo un par de tomos de Paulo Coelho y todos a hacer el gilipollas en el cielo. Definitivamente, no va a compensar ser malo, total para qué, si ya no hay adonde ir con los colegas.
Bueno, pero escuchemos la docta voz del periódico-biblia (y lo de "docta voz" no es ironía, que conste). Cuenta que el pasado viernes la Iglesia católica hizo público oficialmente el cierre del limbo. Pero, por lo visto, fue un trámite de nada, pues Ratzinger ya había afirmado en 1984 que lo del limbo no era más que una "hipótesis teológica" y que, aunque estaba en el catecismo, no era verdad oficial. Moraleja: ya no te puedes fiar ni del catecismo. Verás el día que digan que era broma o sólo hipótesis aquello de que los enemigos del alma son el mundo, el demonio y la carne. Y que, por tanto, follar alegremente y sin encomendarse a nada ni a nadie ya no es pecado. Si por meterle unos aditivos de nada al tabaco andan las empresas tabaqueras pagando indemnizaciones multimillonarias, ya veo yo la cola de jubilatas ante los obispados, solicitando compensación por los polvos que no echaron a tiempo, o que no echaron con su santa porque ésta no quería en su alma enemigos.
Y si ya ni la Iglesia mantiene las formas, qué vamos a pedir de los concejales que casan a la gente. Según cuenta el mismo diario, para clausurar el limbo "no hizo falta... ninguna accción papal más allá de la recepción, en una ceremonia litúrgica, de las conclusiones de una comisión de teólogos". Y luego nos quejamos mi amigo Paco Sosa y yo de que la universidad se anda reformando a tontas y a locas, venga comisiones, juntas, reglamentos y sobeteos en los despachos. Corcho, pero si hasta la Iglesia se carga cuarto y mitad de la arquitectura del más allá con una simple reunión de teólogos, que seguro que fue, para colmo, una cena de trabajo regada con un excelso Brunello de Montalcino. No me jodas.
No sé, habrá que cambiar hasta los dichos. Ahora, sin limbo, a ver cómo explicamos dónde anda el que está atontado, el que no se entera o el que acaba de enamorarse. En el limbo ya no podemos decir que se encuentre, pues seguro que sale algún repipi leído con el cuento de que ese sitio no existe o que lo derogaron. Como la nación española, casi, aunque bien mirado, ésta es un limbo de limbos, mientras no nos declare inexistentes a todos una reunión de teólogos de la Unión Europea.
De todas maneras, queda tela por cortar. Porque con esta decisión de los teólogos en comisión, bendecida por el Papa, ya ha quedado claro y transparente que los niños que mueren sin bautizar no van a ningún limbo, sino que de su suerte decide Dios caso por caso. Hasta en el cielo se pone de moda el casuismo, ya ni al pecado original se le aplica la ley general y abstracta. De qué nos quejamos aquí abajo. Sin embargo, las espadas siguen en alto en lo que toca a los que se murieron antes de la venida de Cristo, que, como se sabe, suman un buen puñado. Según el citado periódico, "la comisión teológica tomó decisiones sobre los neonatos no bautizados, pero no sobre la humanidad anterior a Jesús. El destino de estas personas quedó en manos de futuras comisiones y, eventualmente, de Dios". Lo del "eventualmente" me encanta, pero me parece demasiado agudo para que lo haya hecho el periodista aposta.
Resumo la situación. Hasta ahora se iban al limbo, lugar donde se decía que no se estaba ni bien ni mal, una cosa así como en Albacete, supongo, se iban, digo, los niños no bautizados y todos los que habían cascado antes de la venida de Cristo a redimirnos del pecado original. Nunca tantos pagaron por la falta de solo dos, pero esa es otra historia, con mujer mala y hombre débil, que un día de estos corregirá otra comisión con una nueva cosecha del mismo elixir. A mí ese limbo tan lleno me hace pensar en los centros de internamiento para inmigrantes de Canarias. Y, por lo mismo, había que aligerar personal y meter unos cuantos en aviones para el cielo, que viene a ser para el cristiano como la UE para el subsahariano.
Pues muy bien, uno tiene que alegrarse siempre de que mejore la condición eterna de esos niños que a nadie hicieron mal, pues ni tiempo tuvieron, pobrecillos. Pero ¿y los otros? ¿Qué va a pasar con el otro colectivo, como lo llamaría un sindicalista celeste? ¿Hasta cuándo los van a tener, todavía y después de milenios, en ese limbo jurídico derivado de que no está claro el estatuto jurídico-escatológico del limbo? ¿Y los derechos adquiridos? Porque muy bien que lleves media vida eterna en el limbo en plan ni fu ni fa, ni frío ni calor, y que te digan que asciendes y te vas a una especie de Caribe ultraterreno, pase; pero, ¿y a los que les pinten bastos y los manden para el infierno a redactar estatutos de autonomía o leyes del suelo ígneo? ¿Los tranquilizará saber que lo suyo lo va a resolver una comisión nueva? ¿Formarán un lobby? ¿Tratarán de "tocar" a un par de cardenales ligeros de cánones?
Son preocupaciones hondas que habrán de consumir buen fósforo de las mejores cabezas de este valle de lágrimas. Allá ellos y que sea para bien. Lo que a mí me ha dejado definitivamente traspuesto ha sido otro parrafito de la misma página de El País. Al parecer, una de las razones que han movido a la Iglesia a declarar edificables los terrenos del limbo es la siguiente: "La segunda razón se basa en las estadísticas: el 60% de los católicos cree en Cristo, pero no en el infierno ni en el Paraíso". Manda güevos, hasta detrás de eso anda el CIS. Va a tener razón Zapatero, lo principal es el consenso. Religión a la carta, dogma prêt à porter, credos wonderbra, evangelistas de blog, santos de emoticón, condenas eternas de fin de semana, paraísos artificiales, curas... milagrosas.
Si yo fuera Dios estaría que me llevaría idem.

Nos movilizamos, compañeros.

Diantre, hace un par de horas me encontré en los pasillos de la Facultad con un gran amigo que, de buenas a primeras, me suelta esto: "¿Irás a las dos manifestaciones de esta tarde? Supongo que sí, como yo, pero a ver cómo hacemos para estar al menos un rato en cada una".
Me quedo boquiabierto y le respondo que no estaba yo enterado de que hubiera tal cosa hoy y que de qué van las manifestaciones en cuestión."Pero tú en qué mundo vives, amigo mío, -me dice-. Una es a las seis, bajo el lema "nucleares no" y es por lo de la prueba nuclear del ceporro ese de Corea del Norte. Y la otra, a las siete, la convocan varias asociaciones feministas, a las que se han unido algunas asociaciones de periodistas, y es para protestar por el asesinato de esa valorosa periodista rusa, mujer ejemplar, que andaba denunciando las torturas de los de Putin en Chechenia". Y remacha: "¿O es que tú no sabías que en Chechenia también se tortura?".
Sorprendido, lo miro serio y me aguanta la mirada sin inmutarse, pero sólo un par de segundos. Luego le da la risa floja. Y me espeta: "carca, que eres un carca, que si de verdad fueras tan progre como te gusta presumir saldrías a protestar por esas cosas". Al final nos reímos los dos. Nos reímos con una inmensa tristeza. Siglo XXI, cambalache otra vez.

08 octubre, 2006

Jueces y cigüeñas negras. Por Francisco Sosa Wagner

Gracias, cigüeña negra, mil gracias. Poco sé de estas criaturas pero las imagino tan gráciles y hermosas como sus hermanas blancas que instalan en las espadañas su tribuna para hablar desde allí con los dioses y escrutar sus designios. No sé tampoco si estas cigüeñas negras están encargadas de traer a los niños desde París como sus hermanas blancas pero seguro que las ayudan en su trajín natalicio, cuando a aquellas se les acumulan los encargos. No sé de qué viven ni si levantan galanas el vuelo para emparejarse con el viento y gozar de sus libertades allá en las refulgentes torres. Poco sé pues de estas benditas criaturas, místicas y solitarias.
Solo sé que, gracias a ellas, gracias a cinco apostólicas parejas, se ha paralizado una gran urbanización con miles de viviendas y un hotel más el inevitable campo de golf. Esta es la aportación de esas aves a la convivencia y al mantenimiento de un espacio abierto a los soles, allá en la provincia de Ávila, síntesis de la eternidad quieta, nido de armonías naturales.
Es decir, que lo que no han podido hacer varias decenas de leyes del suelo, un largo centenar de reglamentos, miles de páginas escritas por sesudos juristas, lo han conseguido estas humildes cigüeñas que son negras porque son las encargadas en su especie de llevar el luto. Sépase que en España faltarán muchas cosas, seremos parcos a la hora de inventar raros artilugios tecnológicos, de perforar las intimidades del I+D+I, de enviar naves al espacio, donde yacen los amores muertos, todas estas carencias lacerantes se cuentan entre las que nos rondan como fantasmas velados. Pero, en punto a producir leyes y reglamentos superfluos, nadie nos gana, en especial, en achaques de utilización del suelo y del urbanismo. Desde el año 1956, en que se oyó el gong de salida de una carrera enloquecida y practicada en una cinta sin fin, no ha pasado una legislatura sin que al gobierno de turno no haya alumbrado una ley del suelo con su cortejo de reglamentos planchados y engreídos. Cada una de esas ocurrencias legales traía un preciso olor a cadáver pues los más avisados hemos sabido siempre que son poco más que fuego fatuo, fugaces tormentas veraniegas que no sirven ni para hacer un charco. Cierto que dan de comer a muchos -yo mismo, sin ir más lejos- pero que son inútiles es una verdad inconcusa. Todo lo más sirven para formar osario de cementerio.
Además, ahora, cuando se han abierto las compuertas legislativas porque hay diecisiete parlamentos legislando al buen tuntún, tales leyes se multiplican y florecen como alondras mañaneras. No hay rincón de España sobre el que no se superponga una ley básica, dos de desarrollo, tres de ejecución y cinco de coordinación, que tratan de enmendar lo que con puntilloso afán se ha descoordinado poco antes. Centenares de jueces, cuyas vidas gimen bajo este alud, se encargan de bracear para meter esta catástrofe en razón. Esfuerzo baldío la mayor parte de las veces porque los preceptos legales son algo parecido a la tenia en el cuerpo humano, se enroscan en él, son difíciles de expulsar, y lo extenúan.
Han tenido que venir las cigüeñas a arreglar este asunto inextricable pues un tribunal ha fallado a su favor. ¿A qué se debe el éxito? Muy fácil: su color negro no es una casualidad ni un capricho de la naturaleza, es color de toga y esta circunstancia las hace vivir una segura intimidad con los hondones del derecho procesal, entre cuyos recovecos han encontrado la fórmula para paralizar el estropicio. Porque las cigüeñas negras -y ahora venimos a desvelar el verdadero secreto- son los magistrados del mundo cigüeñil. Es más: los jueces fueron hermosas cigüeñas negras en la otra vida y, cuando mueren y dejan la Audiencia, vuelven a ser cigüeñas negras. La vida de un magistrado no es más que un interregno entre dos mundos de vuelos de oro y migraciones aventureras. Es decir, que las cigúeñas negras han jugado con ventaja procesal pero benditas sean las cigüeñas negras.

El cuadro de la semana













Caminos del aire
Aníbal Huidobro

Bodas civiles. Por Ariadna.

En la madrugada del pasado sábado nos contaba Ariadna, trasnochada, su impresión sobre las bodas civiles, lo pobre de su ritual y lo limitado de la lírica que en ellas se maneja. Confirma mi vieja sospecha de que el problema no es tanto el código que se aplique como lo que de hortera tenga el personal.
Está simpático e interesante y aquí lo reproduzco.
Vengo de una boda civil, en un ayuntamiento, oficiada por la candidata a las próximas elecciones por el psoe -lo dijo antes de saludar a los novios, empeñada en que la boda le traería suerte (éramos todos medio gallegos y ni las meigas entendieron la profecía)-. Constato, una vez más, que urge un rito civil como dios manda -por paradójico que suene-; urge un libro de textos, escritos, poemas y conjuros, con el que los muchos torpes concejales y allegados que hay por el mundo puedan salir del paso dignamente. Para que dejen de machacar a Benedetti -no falta en ninguna boda civil, sea en su versión 'puedes contar conmigo' o en la otra de que los pobres no necesitan ni cama para follar-; para que dejen de mezclar el código civil con el amor eterno, los deberes del matrimonio con el estado de derecho, el régimen de gananciales con la democracia, etc. etc.
También al amigo-primo-vecino-exnovio que suele hablar en la ceremonia le serán de ayuda unos textos propicios: el que habló hoy leyó un poema a lo Gloria Fuertes -somos dos gatos rosquito y ros estamos malitos tenemos tos- dedicado a los novios. Era un poema simpático, con rimas facilonas pero simpático. Cerca de mí estaba su madre. Me contó que no lo había escrito él, qué va. Lo había buscado por internet, y había cambiado los datos.
Urge regular el rito civil, aunque sea poniendo a los curas a impartir clases en plan master de cómo oficiar bodas.