11 enero, 2007

¿Quién responde por la mala suerte? 2

Hoy toca rollo largo y pesadito. No todo va a ser hablar de las miserias de estos partidos y estos gobernantes que nos tocan por verdadera mala suerte, de la que nosotros respondemos. Aquí va la segunda parte del post de 29 de diciembre pasado. Y con la misma advertencia de entonces: el que no tenga tiempo o ganas para disquisiciones teóricas puede pasar de largo sin sentir que se pierde algo importantísimo. En cualquier caso, he querido escribir esto con afán didáctico y, por consiguiente, estilo sencillo y comprensible. A ver si se ha conseguido.
************************************************
3. Accidentes y percances.
La suerte también gobierna mucho del transcurrir de nuestras vidas. Un día puede tocarnos un premio millonario en un sorteo, pero otro día puede que un coche nos atropelle o que un terremoto se lleve por delante nuestra casa. Tanto la filosofía moral y política como el derecho, éste aplicando las recetas de aquéllas, tienen que discernir quién corre con los resultados de la suerte de cada uno. Cuando es buena y se traduce en ganancia, la cuestión es si debe o no el afortunado repartir algo de lo que obtuvo, por ejemplo por vía de tributación. Pero, cuando vienen mal dadas por algún azaroso e inesperado acontecimiento, ¿quién corre con los gastos? Si un conductor borracho me atropella, o si lo hace uno sobrio que cumple con todas las normas de cuidado, si un médico me opera y se deja dentro unas gasas que me causan un nuevo padecimiento, si mi casa se cae porque el arquitecto no calculó bien el grosor de los muros, si a mi perro se lo come el perro del vecino, si mi mujer me abandona y se va con otro más elegante, ¿quién carga con los gastos y/o con los disgustos? Las respuestas pueden ser tres: la víctima de la desgracia, el que la provocó o la sociedad en su conjunto.
La casuística es infinita y no cabe aquí pararse en agotadoras clasificaciones. Así que pasaremos por encima con sólo algunas elementales distinciones.
Tenemos en primer lugar el Derecho penal. Si alguien me lesiona sin motivo lícito y, con ello, incurre en una conducta penalmente tipificada, el Estado le impone una pena como precio que paga por su inadmisible ataque. Es una vieja discusión de penalistas y filósofos la de cuál sea el fin principal de la pena. Unos dicen que la función de la pena es castigar al delincuente por lo que hizo, hacerle pagar, retribuir, su mal comportamiento. Esas son las teorías retribucionistas, que ven la pena como venganza, si bien en manos del Estado, que actuaría así para resarcir el mal que la víctima sufrió con un mal equivalente que al autor se le causa. Pero si yo perdí un brazo por obra de esa agresión, sin el brazo me quedo por mucho que el delincuente pague unos años de cárcel. Y aunque aplicáramos el viejo principio del ojo por ojo y al delincuente se le amputara un brazo por haberme arrancado el mío, ¿qué gano yo, salvo la dudosa satisfacción de verlo a él sufrir como yo he sufrido? Un mal no cura otro y la suma de dos males no da ningún bien, da dos males. ¿Acaso dos males son algo socialmente mejor que uno solo? Por eso otras doctrinas mantienen que lo que justifica la pena no es la retribución de un daño con otro, sino el escarmiento: con el castigo se le enseña al delincuente lo que no debe hacer (prevención especial negativa), o se le indica cómo debe comportarse en el futuro (prevención especial positiva). Mas la lección no la recibe sólo el condenado, también la sociedad aprende, escarmentando en cabeza ajena, qué cosas no deben hacerse (prevención general negativa) o cuál es el comportamiento debido (prevención general positiva). Todas estas teorías últimas reciben el nombre de teorías preventivas de la pena.
Pero supongamos que el que perdió el brazo de esa manera era un afamado director de orquesta. En el futuro ya no va a poder dirigir más, lo cual le provocará grandes pérdidas económicas y enorme sufrimiento si esa era su vocación y lo que daba sentido a su vida. Esos daños no se compensan con el encarcelamiento del malhechor. De ahí que el propio Código Penal prevea que los tribunales decidan también sobre la responsabilidad civil derivada del delito. Que el delincuente también responda civilmente significa que además de “pagarle” al Estado (o a la sociedad) la pena por su acción, tiene que indemnizar también a la víctima lo que el daño le haya “costado”, en un doble sentido: el precio del daño material (lo perdido y lo dejado de ganar) y el precio del sufrimiento o dolor (los alemanes llaman a esto, con expresión bien gráfica, Schmerzensgeld, dinero del dolor), lo que entre nosotros se llama daño moral.
Ahora pensemos en un daño que alguien me causa con una acción suya que no es delito. Por ejemplo, un amigo bromista pone sus manos llenas de grasa sobre mi corbata y deja para siempre una mancha en esa prenda que me había costado un dineral y que, además, tenía yo en gran aprecio porque con ella me había casado. ¿Tiene que pagarme la corbata? ¿Y el dolor que me causa su pérdida? Aquí nos movemos ya en el puro ámbito de la responsabilidad civil por daño extracontractual.
Dice el artículo 1902 del Código Civil español que “El que por acción u omisión causa daño a otro, interviniendo culpa o negligencia, está obligado a reparar el daño causado”. Ese amigo bromista me ha causado un daño con su acción, ya sea por mala idea –tal vez tenía envidia de mi corbata o celos de lo lucido que se me veía con ella- ya por simplemente atolondrado. Sea como sea, tendrá que pagar si no le ampara una excusa legal.
El derecho de la responsabilidad civil tiene como función repartir los costes de los daños que alguien sufre como consecuencia de la conducta de otro. La ley y la jurisprudencia tipifican los supuestos en que debe ser el dañante el que corra con los costes y aquellos otros en los que debe ser la víctima la que cargue con ellos. Y ahí se halla la gran cuestión en términos de teoría de la justicia, en establecer en qué supuestos debe ser uno u otro el que “pague”. Unos ejemplos sencillos: ¿quién paga si mi amigo puso sus manos sucias en mi corbata cuando intentaba agarrarse a algo porque había tropezado y se estaba cayendo? Ahí hemos tenido mala suerte los dos. ¿Y si iba borracho? Hemos tenido mala suerte los dos, pero parece que de la suya él era en alguna medida responsable. ¿Y si yo lo estaba molestando con mi insistencia en que él nunca podría pagarse una corbata tan cara? Los supuestos pueden multiplicarse hasta el infinito, pero el derecho tiene que agruparlos si no quiere ser puramente casuístico, y a eso se llama tipificación legal.
Veamos algunas situaciones diferentes.
a) Alguien causa un daño con intención. Por ejemplo, mi amigo se lo pensó antes de mancharme la corbata y decidió hacerlo. En este caso cualquier sistema jurídico dispondrá la obligación de indemnizar del dañante.
b) Alguien no evita un daño que sí pudo evitar sin arriesgar nada suyo. Simplemente omitió el auxilio. Por ejemplo, mi amigo ve que yo he dejado mi corbata sobre el mostrador del bar y que se ha caído un café, café que va resbalando hacia mi corbata y pronto la va a impregnar. Pero en lugar de advertirme o apartar él mismo la corbata, se queda quieto, callado y sonriente. ¿Me causó él el daño? Difícilmente podrá afirmarse tal cosa, si hablamos con propiedad y no en sentido metafórico. El que, pudiendo, no salva la vida a otro, no lo mató, simplemente no evitó que se muriera. Pero si yo no evito que usted pise un charco, yo no soy el causante de que usted se haya mojado los zapatos. Ahora bien, existen numerosos supuestos en que el Derecho nos obliga a indemnizar aquellos daños que no hemos evitado, aunque tampoco los hayamos causado. Mi amigo no es el causante de la mancha de café en mi corbata, pero puede ser responsable. Así que el jurídicamente responsable de un daño no siempre es su causante. ¿Tendrá mi amigo, en este último ejemplo, que pagarme la corbata o la tintorería? Difícil será encontrar un ordenamiento que lo obligue a tal cosa en un caso así. Pues casi todos los sistemas jurídicos hacen responsables de los daños no evitados a aquel que pudo evitarlos cuando el mismo se encuentra jurídicamente obligado a prestar especial cuidado o se halla, dicho más técnicamente, en una posición especial de garante. Por ejemplo, si fue el perro del amigo el que me mordió mientras él contemplaba la escena tranquilamente y sin hacer nada por evitarlo, mi amigo tendrá que indemnizarme por ese daño; y no digamos si mi amigo era el médico de guardia cuando yo llegué al hospital con un infarto y no hizo nada por atenderme.
c) Ahora pongámonos en que esa corbata tan cara y que tanto aprecio se me deshilacha y se llena de pelusillas en dos días, pese a que yo la cuido con todo el esmero posible. Pero, qué mala suerte la mía, me vendieron una corbata defectuosa, con un defecto que no se podía apreciar cuando la compré. ¿Pierdo el dinero que gasté en ella o alguien debe compensármelo? Hablamos de casos en los que no hubo mala fe ni en el fabricante de la corbata ni en el comerciante. Debemos distinguir dos tipos de casos aquí.
El primer tipo de casos se da si el fabricante, aun sin intención defraudatoria, no se esmeró demasiado al hacer la corbata, o si el comerciante no se preocupó de a qué clase de fabricante descuidado le adquiría las corbatas que luego vendía. Estaríamos ante supuestos de negligencia, de falta del debido cuidado en la labor de cada uno. Y no poner el cuidado o diligencia debidos significa asumir que alguien puede resultar perjudicado por el mal hacer de uno, aunque uno no quiera propiamente hacer mal a nadie. Está de por medio el difícil problema de la prueba, pero, probada la falta de diligencia, nos encontraríamos ante un supuesto de responsabilidad por negligencia: tienen que pagarme la corbata. Parece que la justicia lo exige y cualquier ordenamiento jurídico lo aplicaría así.
El segundo tipo de supuestos es más complicado de dirimir en términos de justicia. Supóngase que un fabricante de corbatas produce una remesa utilizando la tela, el hilo y los tintes que unánimemente están considerados mejores y de mayor calidad, y que pone en el proceso de fabricación el mayor esmero imaginable. Pero una de ellas se decolora con el uso y, tras un par de puestas solamente, mancha para siempre una cara camisa del comprador, sin que pueda probarse que haya culpa de éste por descuido o mal uso ¿Alguien le pagará al usuario la camisa que con tan mala suerte se le dañó o es él quien sufre la pérdida porque ninguno es culpable de lo acontecido con ella y la corbata? Con arreglo a la vigente legislación española y europea en materia de responsabilidad civil por productos defectuosos, le tocaría al fabricante de la corbata abonar el daño de la camisa, pese a que ya hemos dejado claro que ninguna negligencia se dio en su actuación.
La responsabilidad sin culpa, es decir, la responsabilidad por un daño derivado de una actividad de un sujeto que no ha tenido intención de perjudicar y que, además, ha obrado con todo el cuidado que le era posible, se llama responsabilidad objetiva. En principio parece difícil de asimilar que alguien deba correr con los costes de un daño del que no tiene ninguna culpa. Y, sin embargo, los mecanismos de la responsabilidad de este tipo, la responsabilidad objetiva, se van extendiendo lentamente por todos los ordenamientos jurídicos de nuestro entorno. Por ejemplo, y como ya hemos dicho, en el Derecho español (y el de la Unión Europea) el fabricante responde por los daños que su producto cause al consumidor (o a cualquier otro perjudicado) y que no sean imputables a mal uso, descuido o imprudencia de éste. En ocasiones incluso corre el fabricante con la responsabilidad por los daños derivados de una mala utilización del producto por parte del consumidor, cuando se estima que no informó suficientemente dicho fabricante de cuáles era los usos posibles y cuáles los indebidos de su producto. Un ejemplo extremo lo presenta aquel famoso caso de la jurisprudencia norteamericana, tan citado: una señora baña a su perrito y para secarlo lo mete en el horno microondas. El animal pasó a mejor vida, pero al fabricante le tocó pagarle por él a la señora, porque en el folleto con las instrucciones para el empleo del aparato no se indicaba que no se podían introducir en él bichos vivos, salvo que se quisiera cocinarlos.
¿Cómo se justifica en términos de justicia la responsabilidad objetiva? Sus partidarios acostumbran a invocar el argumento del riesgo unido al beneficio. Por ejemplo, quien fabrica coches asume tácitamente y lo quiera o no que de cada diez mil coches fabricados alguno va a tener algún fallo en algún mecanismo o pieza, y eso por mucho esfuerzo que se ponga en la calidad de las piezas y en el proceso de fabricación. El azar tiene sus leyes y los imprevistos son inevitables. Sólo hay dos alternativas principales para ver a cuenta de quién va una mala suerte así, el fabricante y el consumidor. Al fin y al cabo, si es el consumidor el que carga con los perjuicios también lo hace sin culpa por su parte (si la culpa es suya y se prueba así, él responde, no hay problema).
Pues bien, el argumento del riesgo más beneficio nos dice que quien pone en práctica una actividad que causa a otros algún riesgo de daños y, además, obtiene beneficios con esa actividad, debe responder por los daños cuando el riesgo se consuma en daño. Es la desventaja de su ventaja, es una compensación. Naturalmente, también podría defenderse que el que compra el producto, el coche, por ejemplo, disfruta y se beneficia con su uso y que al decidirse a utilizarlo está asumiendo el riesgo de que algo vaya mal sin que sea su culpa. Si un conductor daña su coche por puro azar y sin culpa ni afectar a otros (por ejemplo porque le sobreviene un desvanecimiento), nadie le paga los desperfectos si no lo tiene asegurado frente a tales eventos. En cambio el fabricante sí paga si el fallo fue de algún elemento del vehículo y no hubo culpa de nadie, tampoco suya.
Con este debate sobre la responsabilidad objetiva queda bien a las claras que las normas sobre responsabilidad extracontractual por daños se explican y se justifican desde la teoría general de la justicia, pues la cuestión a la que responden es la de cuál sea el modo más justo de reparto social de los costes de los accidentes, las desgracias y la mala suerte. Cuando el daño se puede explicar como resultado del proceder indebido de alguien, rige el viejo principio de que quien la hace la paga, secuela de una sociedad organizada sobre la idea de libertad individual y de responsabilidad por los propios actos. Pero, ¿quién responde cuando el perjuicio que yo sufro no es el resultado ni de la culpa ni del actuar descuidado ni de la pasividad de nadie que hubiera podido y debido evitarlo? Las normas de responsabilidad objetiva sirven para exonerar de los costes del daño, en ciertos supuestos, a las víctimas. Y esa es una manera de redistribuir recursos en la sociedad con arreglo a pautas generales. Por eso su justificación o crítica tienen siempre que partir de consideraciones sobre la más justa distribución de los bienes y las cargas en la sociedad, de la teoría de la justicia y la filosofía política, en suma. Y según la doctrina que al respecto cada cual abrace, se defenderán unos criterios u otros para tal reparto y se promoverá un espacio mayor o menor para la responsabilidad objetiva que acabamos de ver.

4) ¿Que pague la Administración Pública? O sea, a repartir entre todos.
Otras veces el origen de mi mala suerte se sitúa en este fantasmagórico ente que llamamos Administración. Dispone el artículo 106.2 de la Constitución Española que “Los particulares, en los términos establecidos por la ley, tendrán derecho a ser indemnizados por toda lesión que sufran en cualquiera de sus bienes y derechos, salvo en los casos de fuerza mayor, siempre que la lesión sea consecuencia del funcionamiento de los servicios públicos”. Y la ley correspondiente, concretamente el artículo 139.1 de la Ley 30/1992 de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común, establece que “Los particulares tendrán derecho a ser indemnizados por las Administraciones Públicas correspondientes, (sic) de toda lesión que sufran en cualquiera de sus bienes y derechos, salvo en los casos de fuerza mayor, siempre que la lesión sea consecuencia del funcionamiento normal o anormal de los servicios públicos”. Puntualiza el apartado 2 de ese artículo que “En todo caso, el daño alegado habrá de ser efectivo, evaluable económicamente e individualizado con relación a una persona o grupo de personas”. Vemos cómo juega aquí, cuando el daño proviene de una actuación administrativa, la responsabilidad objetiva en toda su plenitud.
Cuando la persona que se desempeña en su condición institucional de servidor de la Administración pública me daña por causa de su actuar culposo o negligente estamos al principio ya conocido de responsabilidad por culpa, a tenor del cual no tiene por qué correr la víctima con el coste de daños de los que es responsable la mala fe o el descuido de otro. En ese caso la Administración habría obrado de modo “anormal” en la prestación de sus servicios propios y seguramente se puede sostener que ha incumplido el mandato constitucional de que “La Administración Pública sirve con objetividad los intereses generales y actúa de acuerdo con los principios de eficacia, jerarquía, descentralización, desconcentración y coordinación, con sometimiento a la Ley y al Derecho” (art. 103.1 de la Constitución Española). Pero, ¿qué ocurre si no hay culpa ni negligencia en la acción administrativa de la que se ha seguido un daño que la víctima no está jurídicamente obligada a soportar? (el artículo 141.1. de la Ley antes referida puntualiza que “Sólo serán indemnizables las lesiones producidas al particular provenientes de daños que éste no tenga el deber jurídico de soportar de acuerdo con la Ley”. ¿Dónde está el límite de la responsabilidad de la Administración y dónde el del deber de soportar de los ciudadanos?
Pensemos en los casos de funcionamiento “normal” de los servicios públicos, casos en los que en la prestación del servicio público no se ha dado ni ilegalidad, ni ningún vicio jurídico. Primero algunos ejemplos que buscan el absurdo de que no existan límites. Yo estoy ante un semáforo esperando para cruzar. Ha llovido y la calle está encharcada. Un autobús del servicio municipal de transporte público pasa a la velocidad reglamentaria y sin hacer ninguna maniobra reprochable, pero pisa con su rueda un charco y salpica de barro y grasa mi gabardina nueva. ¿Deberá la Administración municipal indemnizarme en aplicación del precepto legal mencionado? Otro caso. Yo soy un joven que quiere estudiar una carrera universitaria, concretamente Derecho. Voy a matricularme en la Universidad pública de mi elección y me encuentro con que hay numerus clausus para tales estudios, legalmente establecido, y que mi promedio de calificaciones no alcanza para superar la nota de corte. ¿Deberá la Administración compensarme por ese indudable daño que me produce y que no habría padecido si no existiera tal restricción impuesta?
Ahora vamos con un caso real de la jurisprudencia española, muy debatido en la doctrina. Se trata del asunto resuelto en la Sentencia del Tribunal Supremo, Sala 3ª, de 14 de junio de 1991. Un paciente ingresa en un hospital público con un cuadro clínico de aneurismas gigantes en ambas carótidas. El caso era de gravedad extrema y el cirujano tuvo que decidir si reducía primero el aneurisma de la carótida izquierda o el de la derecha. Optó por el de la derecha y no dio resultado, pues el paciente murió por causa de un edema y una isquemia cerebral. La elección del médico no resultó la mejor, pues es posible que el paciente hubiera sobrevivido si hubiera reducido primero el aneurisma de la carótida izquierda. Pero eso el cirujano no tenía ninguna posibilidad de saberlo cuando hizo la operación y, además, todos los dictámenes periciales y todas las opiniones de expertos coincidieron en que su proceder había sido absolutamente correcto y adecuado a la lex artis. No obstante, el Tribunal condenó y estableció la responsabilidad de la Administración, con el argumento de que la opción del cirujano, aun siendo legítima y perfectamente acorde con los estándares de profesionalidad médica, resultó a posteriori desacertada y fue una de las causas de la muerte. Vemos, pues, que la Administración es condenada pese a que su funcionario obró con absoluta corrección y sin que quepa hacerle ni el más mínimo reproche. Simplemente no tuvo suerte, le jugó el azar una mala pasada, como al paciente. Se trataba de ver quién cargaba con las consecuencias del infortunio imprevisible, si el médico (la Administración en realidad) o los herederos del paciente fallecido. Ganaron los herederos.
¿Habría sido posible una sentencia de este tenor si la operación de urgencia se hubiera practicado en un hospital privado y en ejercicio privado de la medicina? Difícilmente, pues en esos casos en España se exige culpa para que se condene a indemnizar por el daño. Sólo unas pocas sentencias han aplicado en este ámbito de la medicina privada el artículo 28 de la Ley General de Defensa de Consumidores y Usuarios para fundamentar el carácter objetivo de la responsabilidad médica. Si esto es así, cabe preguntarse por qué en las relaciones entre privados, en general, la responsabilidad por culpa sigue siendo la regla y la responsabilidad objetiva la excepción, por mucho que esas excepciones vayan aumentando de día en día. Puede que la respuesta se relacione con la idea de que la economía de la Administración no necesita de las cautelas que sí son necesarias con la economía privada, si no se quiere abocar a la ruina de las empresas privadas o al desmedido encarecimiento de sus servicios. Ahora bien, también el aumento indudable de costes que para la Administración significa la objetivación de su responsabilidad repercute en el ciudadano, en un doble sentido: en el sentido de que los recursos públicos provienen de los bolsillos de los ciudadanos y los ponemos entre todos; y en el sentido de que los medios públicos destinados a indemnizaciones a los particulares (o al pago de seguros) son medios que se detraen de la prestación de otros servicios públicos. De ahí que resurja también aquí, con nueva fuerza, la cuestión de la justicia y que debamos plantear si es más justo que sea el ciudadano el que cargue con su mala suerte cuando es perjudicado por el funcionamiento normal (no culposo) de la Administración, como contrapeso a los beneficios que normalmente obtiene de dichos servicios, o si, por el contrario, implica mayor equidad la socialización de los costes de dichos perjuicios. Pues no se debe perder de vista una diferencia decisiva: cuando la responsabilidad objetiva opera como criterio de asignación del coste de los daños entre particulares, caben justificaciones en términos de que la adscripción de responsabilidad por el daño causado sin culpa es el contrapeso de asunción de riesgos por el que realiza la correspondiente actividad potencialmente dañosa a cambio de la expectativa de beneficios; en cambio, el criterio del beneficio no puede aplicarse a la Administración, cuya prestación de servicios es puramente “altruista” y parte de su cometido definitorio al servicio de los “intereses generales” (art. 103 de la Constitución Española). La Administración pública no trabaja con la meta del beneficio económico para sí, y los beneficiados de su labor son los propios administrados, los ciudadanos. La paradoja aparece cuando esos mismos beneficiarios con carácter general reclaman que la Administración los indemnice cuando sufren perjuicio por una acción administrativa llevada a cabo con toda la legalidad, diligencia y celo que del hacer administrativo es exigible. Cabría pensar que ese pauta del beneficio como dirimente de la imputación de responsabilidad podría servir en estos casos para hacer recaer el coste del daño en el ciudadano perjudicado y no en el conjunto de la población. Pero, nuevamente, es éste un asunto dependiente de la teoría de la justicia que abracemos y, más concretamente, del modelo de ciudadano responsable y de distribución social de beneficios y cargas que en cada teoría se elabore.
Mas, ¿realmente funcionan las cosas tan al pie de la letra legal?, ¿en verdad se obliga a la Administración a indemnizar en todo caso en que el funcionamiento normal de los servicios públicos irrogue un daño a alguien? Realmente no. Pensemos en los ejemplos antes mencionados del autobús que me salpica la gabardina nueva o del numerus clausus. O veamos otro caso: me dirijo a tomar un avión que me llevará a una ciudad lejana a firmar dentro de diez horas un importantísimo contrato. Pierdo el avión por causa de un atasco monumental en las calles de la ciudad y pese a que he salido de mi casa con un margen de tiempo más que razonable, excesivo incluso. No llego a tiempo para firmar ese contrato y se lo lleva un competidor, de modo que pierdo la gran oportunidad de mi vida económica. Resulta que la razón del gran embotellamiento parece ser una avería en el sistema semafórico de la ciudad, unida a que la policía municipal no contaba con personal suficiente para regular la circulación en los cruces más difíciles y a que tampoco supo la municipalidad reaccionar a tiempo para establecer vías alternativas u otras soluciones. Y añadámosle al caso que esa avería no es muy sorprendente, pues el sistema de control de los semáforos va necesitando una renovación. ¿Obtendría yo indemnización de la Administración municipal por el daño que he sufrido? Me parece dudoso y basta pensar en la lluvia de reclamaciones que se interpondrían después de cada atasco, pues siempre la Administración pudo haber construido calles más anchas o pasos elevados en cada cruce, o siempre pudo haberse procurado más personal a su servicio para esos eventos. Si el criterio es que la Administración pudo haber evitado los daños con una gestión más adecuada, ese criterio operará siempre y no hay daño que no hubiera podido haberse evitado, salvo en los casos de verdadera y genuina fuerza mayor. Es decir, casi todos mis daños puedo cargárselos, por activa o por pasiva, a la Administración.
En la práctica no ocurre así, pese al declarado carácter objetivo de la responsabilidad administrativa, gracias a que en realidad los tribunales recortan tal carácter a base de pautas sentadas ad casum. Pero una jurisprudencia casuística es suprema fuente de injusticia, por serlo de desigualdad de trato. Y en esas estamos.

5. Otras desgracias.
La mala fortuna acecha de muchas maneras. Estamos expuestos a que un día nos dañe un terremoto, un huracán, una sequía grave, una inundación, cualquier fenómeno imprevisto de la pura naturaleza. ¿Deben las víctimas conformarse con su suerte o se han de poner en marcha reparaciones materiales y económicas por cuenta del Estado, que es tanto como decir de la sociedad en su conjunto? Este ha sido un tema tradicionalmente confiado a la caridad privada, al ejercicio de la solidaridad humana no mediada ni impuesta por el Estado. De hecho, cuando desastres de ese calibre se producen suelen muchas personas volcarse en el ofrecimiento de ayuda material y económica a sus expensas directas. Más aún, en nuestro tiempo las ONGs se han convertido en la vía por antonomasia para la canalización de esa solidaridad social que antes se llamaba caridad. Sin embargo, también es común que los Estados destinen importantes partidas económicas para aliviar las pérdidas de las víctimas. Cuando tal ocurre podemos decir que pagamos todos y no únicamente los que voluntariamente quieren hacerlo.
Pocos discutirán tales prácticas públicas, si no es al precio de argumentos tan rebuscados, perversos incluso, como que cada cual debe correr con su destino, ya que todo lo que a alguien le ocurre es resultado de un designio superior que no se debe combatir; o que en mano de cada uno está precaverse también de las fatalidades, por ejemplo evitando vivir en zonas sísmicas o en las proximidades de los ríos que puedan desbordarse. Sea como sea, estamos ante un nuevo campo de posible enfrentamiento entre quienes entienden la sociedad en clave radicalmente individualista, como agrupación de individuos movidos únicamente por su estricto interés personal y que asumen su destino como parte de su aventura vital, y quienes conciben el pacto social como engendrador de solidaridad forzosa ante las desgracias que a cualquiera pueden afectar.
Hay Estados, como el español, que prevén que esa solidaridad pública se plasme también en compensaciones públicas por los daños derivados de ciertos delitos, como los de terrorismo (Ley 32/1999, de 8 de octubre) o delitos violentos y contra la libertad sexual (Ley 35/1995, de 11 de diciembre). La Exposición de Motivos de esta Ley justifica esas medidas del siguiente modo: “Desde hace ya bastantes años la ciencia penal pone su atención en la persona de la víctima, reclamando una intervención positiva del Estado dirigida a restaurar la situación en que se encontraba antes de padecer el delito o al menos a paliar los efectos que el delito ha producido sobre ella.En el caso de los delitos violentos, las víctimas sufren, además, las consecuencias de una alteración grave e imprevista de su vida habitual, evaluable en términos económicos. En el supuesto de que la víctima haya sufrido lesiones corporales graves, la pérdida de ingresos y la necesidad de afrontar gastos extraordinarios acentúan los perjuicios del propio hecho delictivo. Si se ha producido la muerte, las personas dependientes del fallecido se ven abocadas a situaciones de dificultad económica, a menudo severa. Estas consecuencias económicas del delito golpean con especial dureza a las capas sociales más desfavorecidas y a las personas con mayores dificultades para insertarse plenamente en el tejido laboral y social”. Y seguidamente aclara que no se trata de prestar “indemnizaciones”, sino de “ayudas públicas”[1]. Nos hemos alejado ya por completo de los resortes de la responsabilidad del Estado y éste se proclama mero instrumento de una solidaridad social, solidaridad congruente con los mandatos constitucionales. Nuevamente se toman recursos sociales para proporcionar ayuda a las víctimas de ciertas desgracias, éstas no naturales, sino provocadas por la conducta dañina y dolosa de terceros; esto es, el valor económico de esos daños se socializa.
¿Qué casos debe cubrir esa solidaridad? Habrá quienes digan que ninguno, otra vez desde la idea de que el precio de la convivencia social en libertad y pluralismo es el riesgo de padecer agresiones de otros. Serían los riesgos generales de la vida social y deberían correr por cuenta de cada uno. Los que admitan ese manejo público de la solidaridad se verán forzados a plantear cuáles tienen que ser sus límites, donde se hace el corte, pues la garantía social frente a cualquier daño de una víctima inocente, incluso frente a cualquier víctima de un delito, resulta económicamente inviable, conduciría al colapso del propio Estado. De esto es consciente el legislador cuando en la Exposición de Motivos de la Ley últimamente citada se recuerda que ésta prevé ayudas económicas sólo para ese tipo de delitos dolosos, intencionadamente cometidos, pues extenderlas a los casos de comisión por imprudencia sería económicamente inviable[2] . Al estipular estas ayudas solamente para las víctimas de los delitos (dolosos) violentos cuyo resultado sea muerte, lesiones corporales graves o daños graves en la salud física y mental (art. 1.1), así como para “las víctimas de los delitos contra la libertad sexual aun cuando éstos se perpetraran sin violencia” (art. 2.1), está el poder político español estableciendo la jerarquía de los que considera supremos y más valiosos bienes de una persona: la vida, la integridad física, la salud física y mental y la libertad sexual. Y de esa forma volvemos al terreno de lo que se puede debatir desde distintas concepciones de la teoría justicia y de la teoría ética.

6. ¿Y la desgracia de ser pobre?
Con este último punto retornamos al principio, para interrogarnos sobre si debe el Estado prestar asistencia especial, a costa de los contribuyentes, a aquellas personas que, por las razones que sean, se encuentran en la indigencia, agravada a veces por razones de vejez, cargas familiares, etc. Expresado del modo más claro y brutal, ¿debe recibir la solidaridad pública alguien que no ha sido capaz o no ha querido procurarse los medios para una vida digna, incluso en la vejez, o que no ha gobernado su vida con cálculo suficiente para, por ejemplo, no engendrar más hijos que los que pueda alimentar? No será necesario repetir aquí los debates aludidos en los primeros apartados de este escrito. Baste recordar, meramente, que individualistas radicales e igualitaristas volverán a enfrentarse en este punto.
Muy difícilmente podrá una norma legal discernir entre quienes se hallan en situación de penuria porque sus circunstancias no les permitieron otra cosa, porque han sido víctimas de una suerte adversa o porque, sin más, no se animaron al trabajo y el esfuerzo. Así que las soluciones, si ha de haberlas, tendrán que ser generales, para todo el que esté bajo el grado de necesidad que se determine.
La universalización de ciertos servicios públicos esenciales, como educación o seguridad social, es una primera y clara manifestación del propósito de que la satisfacción de ciertas necesidades básicas no quede al albur del destino o la suerte de cada cual. Más allá, en Europa son muchos los Estados que establecen pensiones no contributivas para quienes se encuentren en situaciones de grave carencia, en la idea de que la más básica de las necesidades es la de contar con alimento y techo y de que debe ser el erario público el cauce para que todos disfruten de esos mínimos. Y en muchos países con fuerte desarrollo económico se está discutiendo con vehemencia la propuesta de instaurar una renta básica universal, una paga mínima que el Estado entregaría periódicamente a todo ciudadano por el mero hecho de tal y sea cual sea su situación personal y económica. Como se puede imaginar, la discusión es enconada, pues donde muchos ven la culminación de un Estado social y redistributivo, juzgan otros que tales rentas contradicen frontalmente los fundamentos de las políticas sociales y la justicia distributiva, pues no disciernen entre situaciones de necesidad y situaciones de bienestar y tratan igualmente a los desiguales, a costa del peculio común.
[1] “El concepto legal de ayudas públicas contemplado en esta Ley debe distinguirse de figuras afines y, señaladamente, de la indemnización. No cabe admitir que la prestación económica que el Estado asume sea una indemnización ya que éste no puede asumir sustitutoriamente las indemnizaciones debidas por el culpable del delito ni, desde otra perspectiva, es razonable incluir el daño moral provocado por el delito. La Ley, por el contrario, se construye sobre el concepto de ayudas públicas -plenamente recogido en nuestro Ordenamiento- referido directamente al principio de solidaridad en que se inspira”.
[2] “La presente Ley contempla los delitos violentos y dolosos cometidos en España. El concepto de dolo excluye de entrada los delitos de imprudencia cuya admisión haría inviable económicamente esta iniciativa legislativa”.

10 enero, 2007

Otra de lógica. Sobre razonamientos a fortiori.

A este Zapatero le encanta viajar, está claro. Y de los desvelos de la política nacional se desquita mimando la internacional. Está a punto de ingresar en el selecto grupo de los líderes mundiales cuya voz se escucha y se toma en serio en los países de más peso y en los foros más decisivos.
Le apasiona viajar, pero a la mínima suspende un viaje. La primera vez, cuando lo de Polonia, se quedó todo el mundo de una pieza. Para colmo, se adujo que es que andaba cansado, el hombre. Así que aprendió y ya sólo los anula cuando hay manera de montar una disculpa un poco aparente. Para eso vienen bien las desgracias. Allá por julio pasado dejó a medias un viaje a la India por el accidente del metro en Valencia. Ahora mismo acaba de posponer sin fecha el viaje que tenía previsto la semana que viene a Japón. Hasta uno a Murcia se piró el otro día. Claro, el hombre lo tiene complicado, qué le vamos a hacer. El Congreso podía haberle dicho que hablara el próximo viernes en él, pero no, le coloca la sesión el lunes, mecachis. También podría él haber aplazado un día el viaje a Japón, pero, total, ya puestos, te lo cargas entero y quedas en casa por si ocurre algo por aquí.
Ah, usted, amigo lector, pillín, pillín, que ya sé lo que me va a decir, que sí. Que me va a preguntar si prefiero que ande el Presidente lejos de su puesto y viajando mientras aquí ocurren cosas muy graves. Pues no, lo que a mí me preocupa es la lógica. Sigo como ayer.
Pongámonos didácticos, aunque maldita la falta que hace. Suponga que mi casa se está inundando, me llaman y yo suspendo y aplazo la firma de un negocio que acababa de cerrar, para salir corriendo para allá. ¿Suspendería también una intrascendente partida de cartas con los amigotes en un caso así? Pues aplicando un elemental razonamiento a fortiori cualquiera diría: si a este hombre su casa le importa más que un buen negocio, a mayor razón le importará más su casa que una partida intrascendente de cartas. Si luego resulta que no es así y que lo de las cartas no lo abandono por la casa, no es que el razonamiento de usted fuera erróneo, es que el anormal soy yo; o el que no razona según una lógica estándar, digamos.
Bueno, pues ahora veamos con qué razonamientos se organiza Zapi: puede ahora, diez días después del atentado de ETA, suspender su viaje a Japón, pero no pudo en los tres días que siguieron al atentado dejar sus vacaciones en Doñana. Y pregunto: si en lugar de estar descansando en doñana hubiera estado trabajando en Japón, ¿habría abandonado el viaje y se habría venido para acá? Respuesta: sí, porque tenía una disculpa bárbara para no andar por ahí con esos tipos amarillos que hasta hablan inglés, los muy taimados.
Un servidor, que no tiene nada de la genialidad de nuestro Presidente, prefiere cosas más normalitas y previsibles: que no se vaya de viaje Zapatero cuando aquí las cosas están complicadas, pero que tampoco se tome vacaciones esos días precisamente. ¿Vale?

Savater sobre los límites de la paz.

Será cuestión de gustos y de opiniones, claro que sí, pero los argumentos de Savater en estos temas de terrorismos, nacionalismos y asesinatos me suelen parecer apabullantes. Su artículo de hoy en El País lo considero ejemplar, valiente y atrevido hasta el vértigo. No hay por qué estar de acuerdo con todo lo que dice, pero es difícil librarse con palabritas de preguntas como la de en cuántos pueblos del País Vasco, su tierra, le está vedado a él comprarse una casita en el campo o pasarse una temporada. Y el que responda que puede en todos, si lleva escolta bastante o deja de molestar, es casi tan miserable o tan enfermo como los etarras. Será quien así hable parte destacada de eso tan de aquí y tan de ahora que Savater nombra ejemplarmente: el izquierdismo más obtuso y falsario de Europa.
Bueno, aquí copio el artículo. Que lo disfruten las gentes de buena voluntad.
Los límites de la paz. Por Fernando Savater.
"Hace unas semanas, José Blanco acuñó un apotegma taoísta: "Los que no saben, hablan, y los que saben, callan". Bueno, a partir del 30 de diciembre ya quedó claro en cuál de las dos categorías hay que apuntar al Presidente del Gobierno. Aunque la calificación puede extenderse -y con agravantes- a la pléyade de expertos en el asentimiento y el hosanna que se han apiñado últimamente para "asesorar" al prócer en lo tocante al fementido "proceso de paz". Rodeado de tantos empeñados en dar jabón, no es raro que el hombre haya resbalado. Y aún se les oye tocar el tambor a los más obstinados, como a los conejitos de las pilas incansables, llamando al somatén contra el PP, que no apoyó al Gobierno en su confusa aventura. Por cierto que no aclaran lo que hubiéramos ganado si la oposición hubiera brindado en este punto su adhesión inquebrantable al Ejecutivo, salvo que tras el atentado de Barajas se les habría quedado cara de tontos a dos líderes en lugar de sólo a uno. Seguir a estas alturas tratando de culpabilizar a los críticos de Zapatero en nombre de lo que hizo o dejó de hacer Aznar es cubrirse de ridículo, cuando no de alguna sustancia aún más fétida. Pero no cejan porque cuando se les acaba el sectarismo se les agotan las ideas. Incluso hay algún caradura ignorante que sigue llamando "enemigos del proceso de paz" a quienes hicieron desde el primer día las reservas y advertencias que luego se han revelado tan dolorosamente pertinentes.
Sin embargo, tampoco saldremos de pobres con quienes no cesan de bailar la danza de los siete velos pidiendo la cabeza del frustrado Pacificador. Convendría recordar, en cambio, su afirmación más errónea y reveladora: "Hoy estamos mejor que hace un año". Ningún no nacionalista residente en el País Vasco habría suscrito semejante aseveración. Y no sólo por la intensificación de la kale borroka, sino por el regreso de constantes formas de intimidación personal (incluso contra gente moderada del PNV), vuelta a las pintadas y ocupación de espacios públicos por panegíricos del terrorismo, etcétera. Pero también por la perpetuación de una situación de acoso a cuanto no recibe el euskolabel nacionalista en la cultura, la educación, la universidad, los festejos públicos... Si las cosas hubieran realmente mejorado, la gente menos adicta al régimen no seguiría marchándose y los partidos constitucionales no tendrían cada vez más problemas para encontrar voluntarios para las listas electorales. Los aspectos cotidianos que no chorrean sangre pueden hacer también la vida insoportable o humillante para los menos dóciles. Uno se pregunta: ¿en cuántas localidades de mi tierra me está vedado comprarme una casita en el campo o ni siquiera irme a pasar una temporada? Pongo la ETB: aparece uno de los concursos más populares, Date el bote. Cada uno de los participantes se presenta a sí mismo con una breve cancioncilla y a mí me toca el que canta "ya no se puede ir a los bares a potear tranquilo, están llenos de policías, a ver si los mandamos a todos a Jamaica". Risitas, es lo normal. Luego el programa de debate Políticamente incorrecto, en el que aparecen en sobreimpresión mensajes de los telespectadores: "Los españoles son los terroristas, etcétera". Y si tropiezo con la retransmisión de la gran competición de bertsolaris en el palacio Euskalduna, ni cuento los loores a De Juana Chaos y similares que tendré que ver en pancarta y soportar en verso. La lista es interminable, pero por lo visto sólo interesa a quienes vivimos allí.
Y es que se está confundiendo desde comienzos del llamado "proceso" la paz con la tranquilidad. La paz es la Constitución, el Estado de derecho, los estatutos aprobados según las normas legales y los códigos penales y civiles que se aplican por igual a todos los ciudadanos españoles. Esa paz no pueden darla acuerdos subrepticios con los terroristas, ni con sus portavoces o servicios auxiliares ni con quienes se aprovechan del clima de intimidación para sacar adelante sus proyectos políticos presentados como derechos inamovibles e inalienables. Pero, en cambio, la tranquilidad (que viene de tranca, según nos decían de pequeños) sí es algo que los mafiosos pueden alterar o restituir. Lo que no tenemos desde hace décadas en el País Vasco es tranquilidad: y los más intranquilos de todos estamos quienes hemos luchado por mantener la paz y las libertades constitucionales. También en el resto de España el terrorismo ha sabido alterar criminalmente la tranquilidad de los ciudadanos, tomándoles como rehenes para conseguir sus objetivos en Euskadi. Y lo que ahora ETA y quienes la secundan han ofrecido desde un comienzo al Gobierno no es sino la restauración de la tranquilidad a cambio de modificar la paz constitucional al modo que a ellos les parezca más conveniente. Es decir, aumentando la hegemonía nacionalista y blindándola respecto a futuras intervenciones del Estado español, llámesele a eso independencia o de cualquierotra fórmula transitoria menos provocativa. Por ello tenía que haber una segunda mesa estrictamente política, en la cual figurarían los hasta ayer ilegales junto con los nacionalistas legales que han prosperado durante estos años bajo la sombra del terrorismo y también los no nacionalistas que allí firmarían su acatamiento al nuevo orden que les relegaba a un papel secundario... pero eso sí, mucho más tranquilo. Éste es el fondo del asunto y esto es lo que está en juego: sobre esto es sobre lo que se pretende que haya ese "diálogo" al cual los nacionalistas no quieren como es lógico renunciar (aunque bastantes de ellos deploren ahora los modos y el apresuramiento de los etarras, que pueden echarlo todo a perder con su exceso de celo: por eso dice Egibar que el ciclo de la violencia está "agotado").
Y ahora ¿qué nos espera? Pues más de lo mismo, pero agravado. Josu Jon Imaz se ha convertido en la gran esperanza blanca de los que quieren a toda costa tranquilizarse asegurando que el PNV ya es más leal a la legalidad constitucional que la Vieja Guardia a Napoleón. No dudo de la buena intención de Imaz ni de muchos de sus correligionarios que le apoyan, pero los que mandan de veras son Ibarretxe, Urkullu, Egibar, Azkarraga y el resto de los convocantes de la manifestación del sábado, en la que los socialistas vascos harán el papel de mamelucos (Patxi López dice que irán porque no quiere que se repita la desunión vergonzosa de las honras fúnebres de Fernando Buesa... ¡como si de lo que ocurrió entonces hubieran tenido la culpa los socialistas!). Y luego vendrán las elecciones municipales. No sé si Batasuna logrará presentarse a ellas con uno u otro nombre, pero en cualquier caso -como siempre- los verdaderamente ilegales serán socialistas y populares, que no encontrarán gente para sus listas, no podrán hacer campaña electoral con la libertad de los demás, etcétera. Consecuencia: mayoría ampliada de los de siempre y viva el tripartito. Ibarretxe seguirá plan en ristre y dirá que más que nunca es necesaria una consulta popular porque los asuntos de los vascos los tenemos que resolver "los de aquí". Continuará la intimidación callejera y quizá también los asesinatos. Y mucha gente de la que aún no se ha ido pensará que con tal de alcanzar por fin cierta tranquilidad cualquier concesión parece razonable...
Sí, hay que hacer algo, claro que hay que hacer algo. Por supuesto, recuperar el Pacto Antiterrorista, sobre todo en su preámbulo, que condenaba el nacionalismo obligatorio estilo Lizarra (luego plan Ibarretxe) como precio al cese del terror. Pero es hora de ir decididamente más allá. Del famoso "proceso" queda en pie una frase que Zapatero repitió varias veces: primero el final de la violencia, luego la política. A lo largo de todos estos años hemos intentado hacer política en el País Vasco a pesar de la violencia y de su permanente adulteración de la voluntad ciudadana intimidada. Pero puede que el Presidente tenga razón y que debamos tomar su fórmula al pie de la letra. Es hora de que los constitucionalistas nos neguemos a participar en el juego político mientras dure el terrorismo. No más elecciones, no más fingimiento de que se puede ser normal en plena anormalidad y de que quienes sacan ventaja de la situación la padecen tanto como sus víctimas directas. La autonomía no puede beneficiar sólo a unos, no es un derecho divino sin contrapartidas ni obligaciones con el Estado. Ya que tanto se invoca el caso irlandés en otras ocasiones, podemos recordar que Blair no ha vacilado en suspender la autonomía mientras no se daban las condiciones políticas y la aceptación de la legalidad necesarias para la convivencia. La pervivencia del terrorismo y de quienes no lo condenan (o lo apoyan) y lo rentabilizan crea una situación excepcional que es preciso encarar con medios políticos excepcionales si queremos alguna vez romper el círculo diabólico en el que estamos metidos. Me parece que todos los ciudadanos que no esperan ventajas directas o indirectas de la coacción etarra o de la subasta política de su liquidación condicional pueden comprender, aceptar y apoyar estas medidas clarificadoras.
Un último recuerdo para nuestros hermanos de Ecuador, que vinieron a España con su esfuerzo y sacrificio para labrarse un futuro, colaborando al desarrollo de nuestro país (como la inmensa mayoría de los inmigrantes, conviene recordarlo), y murieron víctimas de un terrorismo en el que los ricos asesinan a los humildes en nombre de ideales xenófobos y retrógrados, a menudo con la comprensión política -cuando no con la complicidad- del izquierdismo más obtuso y falsario de Europa".

09 enero, 2007

Lógicas y semánticas.

Este país nuestro ya no lo entiende ni la madre que lo fundó. Y digo país para usar una expresión lo más neutra posible, aunque no estoy muy seguro de que ésta sirva para tal propósito. Nación al parecer no somos, sino nación de naciones o putiferio conceptual parecido. Si somos Estado tal vez sea peor, pues voy viendo aquí y allá y por lo que me dicen algunos buenos amigos en el blog que somos un Estado asesino y torturador que casi está en el mismo nivel de infamia que un grupo terrorista, por lo que no conviene meterse con los asesinos sin hacer la salvedad de que el Estado también es horrible, matón y abusica. Vale, pues me pongo a buscar manuales de Ciencia Política, Ética, Teoría del Estado y fabricación de bombas para ver si me aclaro, pues está visto que en lugar de cerebro llevo puesta una manta de Palencia.
Mañana llegaré a mis clases y no sabré por dónde empezar. A lo mejor propongo que se cierre la Facultad hasta que sepamos si lo que en ella se explica es Derecho de un Estado de Derecho o la lista de la compra de una casa de putas. Si no me aceptan la propuesta, siempre me quedará disertar sobre los atentados contra la ecología en la selva amazónica, y así los estudiantes se van haciendo una idea de lo que la justicia requiere del ciudadano moderno. Desde luego, lo que no voy a hacer es explicar las reglas de la lógica y el razonamiento, pues resulta obvio que han sido derogadas. Tengo que preguntar si se trata de derogación tácita o si alguna norma, puede que consuetudinaria, se las ha cargado por las buenas. Pero regir, no rigen, eso seguro.
Porque veamos. Basta asomarse a los periódicos electrónicos esta misma tarde. Sin orujo o algún brebaje igual de potente no se entiende nada. Habrá que probar si entre vapores etílicos el panorama se aclara y somos capaces de dar con la regla oculta que gobierna todo este desbarajuste mental, político, moral y de todo. Repasemos, de momento sobrios, aunque me he puesto una música de Astor Piazzola para ir abriendo boca.
1. ETA ha enviado su esperadísimo comunicado, en el cual a) reconoce que es la autora del atentado de Barajas, b) dice que se mantiene vigente en el alto el fuego permanente (y tiro -en la nuca- porque me lleva la corriente), y c) amenaza con realizar más atentados si continúan los ataques del Estado a Euskal Herria y a la izquierda abertzale. Así que tranquilos. Es que ellos o bien entienden de otra manera la permanencia de lo permanente o bien consideran que no ha habido fuego en Barajas. Lógico.
2. ETA dice en su comunicado que ha puesto la bomba porque el Gobierno “ha incumplido sus compromisos de alto el fuego”. ¿Se puede saber de una maldita vez qué compromisos son ésos? Mi inclinación natural es a pensar que ETA se lo inventa todo, hasta los supuestos compromisos del Gobierno. Pero como últimamente todo el mundo me insiste en que ETA no miente, no engaña, cumple y tiene más palabra que el Gobierno, voy a tener que creerme que sí había dichos compromisos, con lo que paso a preguntarme cuáles eran y por qué no se cumplieron. Bueno, sobre esto último ya sé la respuesta: por culpa del PP. En cuyo caso volvemos a lo de siempre: por qué no se pactaron esos compromisos con el PP. También me sé la contestación: porque con el PP no hay quien pacte nada. Bueno, pues será eso. Pero si el pacto era imprescindible para poder cumplir los compromisos, ¿por qué se comprometió el Gobierno con ETA –si es que lo hizo- sin pactar? Qué lío.
3. Zapatero declara hoy mismo que España “vivirá sin asesinatos y sin bombas”. No dice cuándo. Tampoco aclara si sólo se van a terminar los asesinatos de los etarras o también los que, al parecer, comete el Estado un día sí y otro también.
4. Rubalcaba manifiesta que “nunca más habrá otra tregua creíble con ETA” y que ETA "tiene una lógica diferente, una lógica asesina, psicopática”. Mira, en eso de la lógica ha estado acertado. Pero en lo de la psicopatía que vaya con cuidado, pues a mí, modestamente, me regañan los amigos por llamar psicópatas a los terroristas. A lo mejor a Rubalcaba se lo permiten.
Juntamos lo afirmado por Zapatero y por Rubalcaba y nos sale esto: que si España va a vivir sin asesinatos y sin bombas y si resulta que las próximas treguas no van a ser creíbles y no se les va a hacer caso (¿no acaba de decir ETA que la tregua sigue y no se ha interrumpido?, ¿si es la misma tregua de antes sí le hacemos caso?), habrá que pensar que esa paz sin bombas o se va a alcanzar negociando sin tregua (o sin creérsela) o se va a lograr sin negociar. ¿O estoy aplicando la lógica de toda la vida, recientemente derogada? No me aclaro y sólo me vienen preguntas, como ésta: ¿Zapatero y Rubalcaba comentan el asunto entre sí y están de acuerdo en el plan y los principios, los que sean, o va cada uno por libre y dice lo que buenamente se le ocurre en cada momento? ¿Se han parado a pensar que al pueblo llano le están montando en la cabeza una empanada de tomo y lomo, o es que se trata de sembrar el desconcierto a posta? No sé qué prefiero, la verdad.
5. La lógica se nos perdió, pero la semántica está poderosa y mandona. Ibarretxe convoca una manifestación por la paz y el diálogo. El PP no va porque no le gusta la palabra diálogo ahí. Al PSOE tampoco le gusta, pero va. Sin embargo, con quien el PSOE quiere pactar es con el PP y el PP quiere un pacto con el PSOE. No se los permite la semántica, mira qué lástima.
Más vueltas con las palabras. Los sindicatos y las asociaciones de ecuatorianos convocan una manifestación en Madrid. Primero el lema iba a ser “Por la paz y contra el terrorismo”. Van los ecuatorianos, manipulados por el PP, seguro, y proponen este otro: “Por la paz, la libertad, contra el terrorismo”. Y volvemos a liarla por un quítame allá esa palabreja. UGT dice que lo de la libertad sobra y que nanai. ¿Por qué molesta la palabra libertad ahí? No se me alcanza, estoy obtuso. A todo esto, el PP todavía no sabe si ir o no ir a esa manifestación; a lo mejor depende de la palabrita de marras. O quizá estén esperando a que convoque una manifa la Conferencia Episcopal y entonces sí van.
Todo esto, TODO, es INSOPORTABLE. Iba a añadir que basta ya, pero a lo mejor la liamos más con esa expresión. La única extrañeza que se me ha ido es la de por qué los ciudadanos no salen a la calle a protestar en condiciones contra el terrorismo etarra. Ahora ya me imagino por qué: estamos analizando las palabras, no vayamos a joder la marrana por cantar lo que no se debe. Yo propongo un lema: etarras, si no sois buenos, no os traerán nada los reyes la próxima vez. ¿Vale así?

08 enero, 2007

Nuestras miserias

Mi muy apreciado ATMC, en un comentario, sagaz y sugerente como todos los suyos y que por ahí abajo le respondo en lo posible, me reprochaba amablemente mi lenguaje a menudo excesivo y de subido tono, especialmente cuando me refiero a personajes de la calaña de los etarras y de los que les bailan en agua. Apelaba él, con loable criterio que cumple en lo que puede, a que empleemos en estos juicios y debates un tono más acorde con la fría razón argumental y menos rehén de las emociones. Tendrá razón, no digo que no; o, al menos, dignas de seria consideración son sus razones. En mi descargo, si necesidad hubiera de tal, diré que me mueve no sólo una mala leche innata (la nata de la leche, como si dijéramos; otros la prefieren desnatada), sino también un propósito reequilibrador, tal vez ingenuo y desenfocado, que es lo que pretendo explicar con un poquillo de detenimiento. No me refiero a que debamos igualarnos a los salvajes que llaman constantemente facha y perro al que cuestione sus quiméricas metafísicas nacionales o reproche las prácticas asesinas de los gudaris viles, sino a que está haciendo mucha falta, creo, ponerle límites a los excesos de la tolerancia y a la obsesión por la equidistancia que aqueja a muchos ciudadanos de buena voluntad y quizá escasa reflexión. Equidistancia que acaba siendo falsa y tramposa, mera pose inducida por prejuicios de difícil cura, si es que no estoy muy errado.
Pondré unos pocos ejemplos. Hoy recibí la revista de una ONG de la que soy socio y a la que cotizo regularmente. No la tengo a mano en este momento y no puedo hacer cita literal del texto que me enfadó, pero trato de reproducir fielmente su sustancia. Tiene fecha anterior al atentado del 30-D e insiste en que es muy importante y fructífero el diálogo entre el Estado y ETA para acabar con el terrorismo. Hasta ahí bien, es perfectamente respetable la postura. Pero a continuación el escrito hace una llamada a las dos partes para que respeten los derechos humanos, los terroristas dejando de matar o secuestrar y el Estado dejando de torturar o velando más seriamente por los derechos de los presos etarras. Impoluta equidistancia... aparente, que esconde una falaz igualación de lo desigual. Una vela a dios y otra al diablo y todos contentos. Pues no. Yo también puedo estar echándole la bronca a un etarra y ,si está delante mi tío Herminio (ya sólo me queda éste), aprovechar y soltarle a éste que cuidadín él también y que a ver si no hace fechorías. Y alguna habrá hecho o se le ocurrirá, por qué no, pero de ahí a compararlo con el otro y decir que vale por igual para ambos el mismo apercibimiento, va un trecho largo, pues mi tío a nadie a matado ni secuestrado ni extorsionado.
Bien está insistir en que el Estado se mantenga en la escrupulosa legalidad y controle férreamente cualquier exceso de sus cuerpos de seguridad o en sus prisiones. Pero, hombre, comparar y asimilar así por las buenas no me parece ni justo ni la manera mejor de defender los derechos humanos, precisamente. A día de hoy, e insisto, hoy, lanzar idénticas admoniciones a una banda de asesinos y al Estado español, que se supone que queda por Estado asesino, poco más o menos, me parece que es pasarse siete pueblos y medio y dar justificación a los que matan por la espalda. Un servidor se va a dar de baja inmediatamente en esa ONG y a destinar esos dinerillos a otros que hagan algo más que poner posturitas cómodas y guardarse el culo por si pintan bastos.
Otro ejemplo. Tengo un viejo amigo que gusta de presentarse a sí mismo como activista de los derechos humanos. Fue ciertamente muy activo, pongamos por caso, en el envío de correos electrónicos contra Bush y la guerra de Irak. Nada que objetar. Cada semana envía algún e-mail metiéndose duramente con la Casa Real. El último fue para mostrar indignación por la manía que tiene el Rey este de andar por el mundo matando osos y haciendo el idem. Nada que objetar, absolutamente nada. Pero, carajo, nunca manda un mensaje de similar lamentación o reproche cuando un etarra caza por la espalda a algún ciudadano. Estoy esperando pacientemente que diga algo, desde su comprometido activismo, contra los que pusieron la bomba en la T4 y se llevaron por delante a los dos ecuatorianos, que no eran osos precisamente. ¿Es peor el Rey que Txapote? Supongo que ese amigo no lo creerá así, pero tampoco le costaría tanto un mensajito contra el último cuando venga a cuento, digo yo. ¿Cobardía porque el Rey mata osos pero no activistas de los derechos humanos, mientras que los otros dejan en paz a los osos pero se cargan gente? Puede ser que algo de eso haya. ¿Estrabismo moral? Seguramente también. Arreglados estamos con los que defienden nuestros derechos.
La mayor parte de mis amigos politizados no entrarían ni a rastras en un bar de cabezas rapadas y neonazis. Yo tampoco. Pero se pueden tomar un chato tan tranquilos en una herrikotaberna, riéndoles las gracias a los zoquetes de turno y con cara pensar eso de hacen mal, pero no son malos chicos, son izquierdistas que simplemente se equivocan de estrategia y se propasan. Muchos de esos que repiten la palabra facha ochocientas veces para referirse a Acebes o Zaplana, a Rajoy incluso, se cargan de eufemismos y miramientos para hablar de los batasunos. ¿Miopía? ¿Prejuicio? ¿Miedo? Mucho morro, en cualquier caso. Y no porque Acebes, Zaplana o Rajoy no merezcan mil críticas y no tengan lo suyo. Pero esa manera de quedarse calladitos cuando toca calificar a Otegui, Permach o Barrena (o De Juana, si lo queremos más grave) da que pensar. ¿Qué dirían, entonces, de Acebes, si éste se convirtiese en poco menos que portavoz de un grupo terrorista de extrema derecha y se negase a condenar sus bombas y asesinatos? ¿Y por qué no se enojan lo mismo y tan a menudo con los de ETA o su brazo político? Sólo se me ocurren las mismas respuestas: o son unos cobardes redomados, o en el fondo no juzgan que valgan lo mismo los derechos humanos de todos los humanos ni sienten idéntico aprecio por todas las víctimas. O se creen que a ETA y Batasuna hay que disculparlos más, porque son de izquierdas. Que manda cataplines –miren qué cuidadoso ando hoy con el léxico- que alguien con dos dedos de frente y un par de lecturas pueda creer a estas alturas de la película que eso es izquierda.
¿Qué nos está pasando? Uno, ingenuo, se pensaba que si ETA volvía a matar saldríamos en masa a las calles a condenarlos y gritarles que son unos malditos miserables. Pues no, las reacciones han sido de lo más leve. ¿Porque fueron ecuatorianos los muertos? ¿Porque estábamos de compras navideñas? ¿Porque nos enfangamos otra vez en si los atentados benefician más a este partido o el otro? Que gran pena.
Parecía que era sólida y mayoritaria la disposición de la gente para el nunca mais, la intolerancia frente a los bárbaros, más allá de que discrepáramos sobre si la negociación podía ser la salida y a qué precio. Pero no, se nos ha contagiado la mezquindaz de los partidos políticos, el estilo de esta peste de dirigentes que tiene la moral de los alacranes y la estatura de las ladillas (ojito, que se me va la mano. Me refreno ipso facto).
Y a lo que iba. Tenemos que perder el miedo a las palabras, convendría que venciéramos esos prejuicios que no nos dejan calificar con la mayor contundencia a los asesinos más rastreros. Cuando yo digo que un terrorista de esa calaña es un comemierda no me estoy equiparando a él, pues ni lo mato ni pretendo que se le vulnere ni uno sólo de sus derechos constitucionales, simplemente expreso mi rechazo moral, mi condena de ciudadano, que se quiere honesto y noble, ante la más inmoral de las conductas: la del que mata por la espalda a personas que nada malo le han hecho, la del que aprueba tales acciones, la del que no las condena porque no le estomagan y la del timorato que se tienta la ropa y prefiere reservar toda su indignación para Bush porque está lejos y no le va a enviar a casa o al coche a sus matones.
El día que la parte mayor de los ciudadanos compartamos esos principios morales que son el mínimo de una sociedad decente y que nos atrevamos a expresarlos pacíficamente, pero bien alto; el día que nos dejemos de eufemismos y llamemos a cada cosa por su nombre; el día que no nos dediquemos a calcular si este o aquel atentado convienen más a uno u otro de los dos grandes partidos cuyos programas y prácticas reales apenas se diferencian, ese día ETA se acaba. Pero queda largo trecho, por lo que parece. Mientras seamos tan correctos, tan temerosos de molestar a cualquiera que no esté a un océano de distancia, tan púdicos y tan comprensivos, estaremos alimentando, nosotros, a esos degenerados de la bomba en ristre que se nutren de lo peor; de lo peor de todos nosotros.

La Iglesia y Oscar Wilde. Por Francisco Sosa Wagner

Ahora la Iglesia rectifica y acoge en su seno a Oscar Wilde, así debe interpretarse el hecho de que un colaborador próximo a Benedicto XVI haya publicado un libro en el que se recogen ocurrencias del genial escritor.
Personalmente me importa poco que Roma recupere ahora a Oscar Wilde. Lo que tienen de malo los intransigentes es que se pierden mucho de lo bueno que tiene la vida y esta desgracia ocurre cuando se envía al infierno -aunque no sé si este ha sido derogado- a un artista. Peor para quien se ha perdido a Oscar Wilde, peor para quienes no han disfrutado de sus creaciones, porque la Iglesia será eterna, y sin duda ha dado muestras de que va camino de ello, pero tan eterno como ella es el arte, al que sencillamente es inútil intentar sofocar o desconocer.
Disfrutar de “La importancia ...”, del “Abanico ...” de “Un marido ideal”, de “Vera o los nihilistas”, de “El retrato de Dorian Gray”, “El fantasma de Canterville” etc, es un acto íntimo de goce pero es también un homenaje callado a la inspiración pródiga en colores y al derroche fecundo, a la pirotecnia de la palabra y de las ocurrencias felices. Quien no sepa apreciarlo, peor para él, y quien lo haga empinado en el pináculo de un dogma de rebajas es un candidato al ingreso en la orden de la imbecilidad andante.
No tengo ningún interés en ingresar en tal cofradía y una de mis medicinas es volver mucho a las obras de Wilde que tengo en la edición de Aguilar con estudio y notas de Julio Gómez de la Serna. No es extraño este apellido vinculado al nombre de Wilde porque Ramón Gómez de la Serna se dio cuenta de la importancia de llamarse Wilde a quien es preciso considerar como el padre del mejor humor español, el que desemboca en Miguel Mihura y Enrique Jardiel Poncela. Un humor desaparecido porque hoy a lo que nos dedicamos los españoles es a asuntos superfluos como reformar los estatutos de autonomías y, lo que es peor si cabe, a escuchar por la radio a los secretarios de (des)organización de los partidos. ¡Y, encima, comentar sus disparates! Una novela mía -publicada por Ámbito- la titulé precisamente “Es indiferente llamarse Ernesto”, en un gesto de guiño y humilde complicidad con don Óscar. Pues bien, cuando se vuelve a él, se vuelve también a “La balada ...”, tan emocionante, y a los cuentos, algunos de los cuales como “El joven rey” o “El príncipe feliz” son la rima perfecta de la delicadeza con la fantasía. El que lleva por título “La esfinge sin secreto” tiene una actualidad enorme porque estamos ante el paradigma del personaje vacuo que trata de sepultar su vacuidad entre pífanos de palabrería. Hasta que se descubren las oquedades.
¿Y por qué es tan considerable la obra de Oscar Wilde? Porque fue un destructor de tópicos de la sociedad mentirosa. Y como todas las sociedades son mentirosas, un cofre de piedras preciosas lleno de embustes, los genios creativos deben explicárnoslo y nosotros agradecerlo. Así cuando lady Markby (de “Un marido ideal”) suelta lo siguiente: “al consagrarse seriamente a la política, mi marido se ha vuelto de un carácter insoportable. Realmente desde que esa Cámara de los Comunes intenta ser útil, hace muchísimo daño”. O lord Darlington cuando (en “El abanico ...”) nos recuerda que “es absurdo dividir a la gente en buena o mala. La gente es tan solo encantadora o aburrida”. Un “hombre que moraliza es un hipócrita y una mujer que moraliza es invariablemente fea”. O esta perla de lady Blacknell (de “La importancia...”): “afortunadamente, en Inglaterra la educación no produce el menor efecto. Si lo produjese, representaría un serio peligro para las clases altas y daría lugar a actos de violencia en Grovesnor Square”. Ácido puro, como se advertirá.
Poder leer estas cosas es una de las causas que justifican la vida. La vida terrenal y la vida eterna, por eso bien venidos sean los clérigos que ya pueden leer a Wilde sin tener que quemar sus culpas en ese pebetero de los pecados que es el confesionario.

06 enero, 2007

Trolas y patologías

No puedo evitarlo. Estos días me vienen a cada rato a la cabeza las historias de aquel sujeto del que algunas veces he hablado aquí, el mentiroso compulsivo que ponía –pone, pero ahora las víctimas son otros- tanta convicción en sus patrañas que uno, aun conociéndolo, acababa por pensar que no todo podía ser falso, fabulación, embuste. Y lo era. En realidad estaba –está- muy enfermo. Creo que su dolencia se llama pseudología fantástica, también denominada mitomanía. Quienes padecen ese mal inventan continuamente historias que cuentan como ciertas, mentiras desproporcionadas con las que intentan crearse una nueva identidad y que ellos mismos creen, y acaban confundiendo sus recuerdos verdaderos con estas fabulaciones. Esa condición patológica hace que sea más disculpable el modo de comportarse de este sujeto al que me refiero que el de los que lo creemos cada vez, pese a estar sobre aviso. Me resulta misteriosa la razón que lleva a que sus víctimas una y otra vez lo tomen en serio y le concedan crédito, sintiéndose incluso complacidas por sus confidencias y por toda la confianza que les demuestra al contarles tantas cosas, tantas mentiras envueltas en rigurosa convicción y apropiado gesto de seriedad. Creo que se debe a su tremenda habilidad para halagar al interlocutor, pues entre trola y trola mete adulación en cantidades industriales; y ya sabemos que la adulación es el lubricante espiritual de los inseguros y los mediocres.
Contaré alguna de sus patrañas que yo padecí y luego explicaré por qué se me aparece tanto su fea figura esta temporada. Llamaré X al protagonista de esta historia. Coincidí con él en una universidad, éramos vecinos en el trabajo. Yo ya sabía de su fama y que era el hazmerreír de todos hasta... hasta que llegaba al despacho de cualquiera de nosotros, nos daba coba durante media hora –lubricación a tope-, nos ponía blanditos y sonrientes y luego comenzaba su actuación, inventaba e inventaba. Era comentario general, y sigue siéndolo, que estaba muy loco, pero que era buena gente. Y de eso nada, pues malmetía todo el rato. Esa era otra de sus tácticas, contarte confidencialmente las maldades que decía de ti aquel compañero o aquel que tenías por amigo. Acto seguido iba donde el otro y le soltaba el mismo cuento de ti. Dividía y vencía a menudo. Aun hay quien no me saluda por las historias de X en aquellos tiempos.
Un día se fue en comisión de servicios a otra universidad, en la que comenzaba una nueva titulación. Regresaba a casa y a nuestra universidad los viernes y me venía al despacho. Comenzó por contarme que lo habían hecho decano comisario de la nueva titulación y que se estaba ocupando de un nuevo edificio que se estaba terminando. Me narraba con todo lujo de detalles el mobiliario que había comprado para ese centro y sus tratos con el rector de allá. Hasta llegó a decirme que próximamente la Reina inauguraría esa nueva sede, gracias a unas gestiones que él había realizado personalmente. Yo me debatía entre la duda metódica y el decirme todo el rato que algo de verdad tenía que haber, que no podía estar inventándose por las buenas tal cantidad de embustes que acabarían por descubrirse. Un día me dijo que había dejado aquella otra universidad y que regresaba a ésta. Le pregunté por qué y me dijo que por las calumnias que había vertido allá contra él un profesor de aquí que sabía que no era precisamente amigo mío. Le pregunté que cómo se había enterado y me indicó que lo había averiguado el rector de acá, pues mismamente el día anterior X había llamado a este rector para explicarle la situación y éste se había ofrecido a acompañarlo a la otra ciudad a ver a su colega y pedirle cuentas. Y que ahí se descubrió todo. Se me encendió una luz, ¡al fin!, llamé a nuestro rector y le pedí cita para el día siguiente. Le pregunté de frente: oye, ¿estuviste anteayer con X en tal ciudad viendo al rector? Me contestó que para nada, que qué locura. Le narré el caso y dijo: pobre X, está muy mal. Ese mismo rector había estado a punto de hacer gerente a X, que era la mano derecha del vicerrector de investigación. Volví a la Facultad, llamé a X y lo mandé a la mierda. No sería la última vez. Ahora X es el hombre de confianza de algún consejero de educación y universidades de una autonomía y uno de los encargados de organizar las nuevas enseñanzas de maestría y doctorado en ese infausto territorio. Su ascensión es irresistible, no como la de Arturo Ui.
¿Que a cuento de qué viene esta historia? No sé, pero no dejo de preguntarme si no estaremos gobernados por alguien así, que fabula, inventa, divide y adula y del que en el fondo sabemos que está pirado; pero nos gusta mucho, porque nos hace sentirnos como querríamos ser: modelnos, avanzados, pacíficos, guapos. En lugar de las piltrafillas que verdaderamente somos. Igual que aquel otro salía con una bola mayor cada vez que lo cazaban en una mentira, quién sabe lo que éste estará tramando ahora para volver a hechizarnos y dividirnos. ¿Por qué no hablan los psiquiatras? Que nos examinen a todos, a él y al pueblo soberano.
Es para pensarlo, no me digan que no.

05 enero, 2007

Psocología del alma totalitaria. Una lección.

Acabo de leer una narración, o conjunto de narraciones entrelazadas, que algunos consideran una de las cimas literarias del siglo XX, Una tumba para Boris Davidovich, de Danilo Kis. El autor, serbio, fue tachado de reaccionario y espía por buena parte de la intelectualidad “comprometida” cuando, en 1976, publicó esta obra. Hoy cuenta como una de las mejores recreaciones literarias de las maneras asesinas del totalitarismo stalinista y del modo de pensar y sentir de muchos de sus verdugos, gran parte de los cuales perecieron, ellos mismos, bajo las purgas de Stalin, recibiendo de su propia medicina.
Me permito copiar aquí un fragmento. Los personajes que aparecen son Novski, un duro revolucionario, especialista en atentados con explosivos, y Fedyukin, un torturador profesional, especializado en conseguir de cada detenido que cae en desgracia la confesión exacta que el régimen desea. Ahora le ha llegado el turno a Novski, quien ha resistido mucho tiempo y mucho dolor sin confesar los falsos hechos que se le imputan, pero que finalmente sucumbirá. Veamos cómo describe Danilo Kis la manera en que Fedyukin siente que sirve a la causa de la revolución, pese a saber que son falsas las confesiones que consigue de sus torturados.

"Fedyukin, obviamente, sabía tanto como Novski (y se lo hacía ver) que todo aquello, todo aquel texto de la confesión, escrito en apenas diez páginas mecanografiadas, no era más que una ficción que él mismo, Fedyukin, había estado componiendo a lo largo de las eternas horas nocturnas, mecanografiando con dos dedos, torpe y lentamente (le gustaba trabajar solo), en un intento de sacar conclusiones lógicas sobre la base de algunas conjeturas. Él no estaba interesado en los supuestos hechos, ni tampoco en los supuestos caracteres, sino en aquellas conjeturas y en su funcionamiento dentro de la lógica; sus motivos podrían resumirse, al fin y al cabo, en los mismos que tenía Novski al rechazar por completo cualquier conjetura, partiendo de un esquema completamente distinto, ideal e idealizado. Creo que los dos, en última instancia, actuaron por motivos que sobrepasaban fines egoístas estrechos: Novski luchaba por conservar, en su muerte, en su caída, la dignidad, no solamente la de su imagen, sino la de cualquier revolucionario; Fedyukin intentaba, dentro de su búsqueda de la ficción y de las conjeturas, preservar lo estricto y lo consecuente de la justicia revolucionaria y de aquellos que la impartían, pues era mejor sacrificar la verdad de un hombre, de un organismo minúsculo, que poner en cuestión por su causa unos principios y unos intereses mucho más sublimes. Cuando a lo largo del desarrollo de la instrucción Fedyukin arremetía contra sus obstinadas víctimas, no se trataba del capricho neurótico de un cocainómano, como creen algunos, sino de una lucha por us propias convicciones que, al igual que sus víctimas, consideraba generosas, inviolables y sagradas. Aquello que provocaba su furia y su odio leal era precisamente ese enfermizo egoísmo de los acusados, su patológica necesidad de demostrar su inocencia, su propia pequeña verdad, aquella neurótica zozobra de hechos supuestos, limitados por los meridianos de sus propios cráneos duros, y que aquella verdad ciega no fuera capaz de entregarse a un sistema de un valor superior, de una justicia superior que exigía sacrificios y no tenía, ni debía tener en cuenta las debilidades humanas. Por esa razón, convertía en enemigo consagrado a todo aquél que no pudiera entender el hecho simple y obvio de que firmar una confesión en nombre del deber no era solamente un asunto lógico, sino una cuestión moral y, por lo tanto, respetable”.

04 enero, 2007

Por favor, que se esté quieto, que no haga nada.

Leo ahora mismo, con la noche entrada, la edición digital de El País y veo que Zapatero ha visitado la T4 (¡una parte de la noticia que inventé ayer se hace realidad!; sólo una parte, pero bien está), después de pasarse tres días de vacaciones en Doñana, tras el viaje relámpago que hizo a Madrid, para su declaración, el día del atentado. Con un par de bemoles. Eso sí, ha suspendido (¡?) un viaje que tenía mañana a Murcia. Que no se diga.
Con la esperanza de que alguna luz, aun tenue, emane en momento así de su enigmático cerebro presuntamente vacío ("el gran vacuo" lo llama un buen amigo mío, socialista de toda la vida), sigo leyendo la noticia y veo sus declaraciones. Frases contundentes, de su estilo: “Desde el escenario de la violencia aseguro que la energía que tengo para alcanzar la paz es hoy aún mucho mayor”. Pero qué energía ni qué narices, ya estamos otra vez con las puñeteras palabras para la galería, el vacío de siempre. Este hombre es un agujero negro. Negro, negro, negro. Todo lo que cae en él deja de tener significado y se convierte en eslogan o viñeta del viejo Pulgarcito. Déjate de leches, colega, de energías y pijadas, lo que te pedimos son IDEAS, rediós, ideas; y que nos las cuentes de manera que podamos entenderlas, en lugar de las bobaditas de siempre. Que si energía, que si paz que si hostias. ¡IDEAS Y QUE TE LAS ENTENDAMOS, DIANTRE! Que sepamos de una dichosa vez a qué atenernos contigo, de qué vas, en qué te basas, qué te propones verdaderamente. Ay, qué pesadez de tío, qué lastre, qué cruz.
Sigo leyendo y ya no sé si reír o llorar. Escribo esto por hacer algo, yo qué sé. Pues resulta que, según El Pais, el jodido Forrest (no lo llama así el diario independiente, eso es mío; lo aclaro, no vaya a ser que alguno se confunda) ha asegurado que las instituciones judiciales actuarán contra los autores del atentado, porque "la Justicia es el camino hacia la paz". Tócate los cojones, esto sí que es una novedad: van a actuar los jueces contra los delincuentes y la paz va a caer de rebote. Oye, Zapa, ¿serías capaz de estarte una semanita sin pronunciar la dichosa palabrita? Paz, paz, paz, paz, paz, paz, paz, paz, paz, paz. Qué peste, carajo. Pero tú, riquín, qué más sabes decir. Esa paz tuya huele a rancio, sabe a humo, es viscosa y dulzona y tiene la fiabilidad de una mula borracha. Uff, ya está, ya lo dije. Ahora sigamos con el análisis.
Resulta que las instituciones judiciales actuarán contra los autores del atentado porque “la Justicia es el camino hacia la paz”. Vamos a ver, vamos a ver, despacito. ¿Pero es que alguien ha dudado aquí alguna vez de que los jueces actúan contra los autores de los atentados? ¿O acaso es que teme nuestro Presidente que se declaren en huelga de togas caídas (¡?) un día de estos, desmoralizados por los mensajes críticos y crípticos que estos meses recibieron -¿de quién, de dónde?- por su exceso de celo a la hora de perseguir y condenar a autores de atentados? ¿Le estará a Conde temblando el Pumpido, temeroso de que a Zapatero ahora se le ocurra dar caña en los tribunales y busque un tipo duro y así? Sorprendente, alucinante, flipante y lo que quieran, Forrest ha descubierto a los jueces, varita mágica con la que vamos a conseguir... ¿saben qué? ¿no lo adivinan? La paz, hombre, la paz, qué va a ser.
Ahora bien, no crean que es la indignación lo único que me posee. Mayor es el susto, la profunda preocupación; me tiemblan las canillas y no siento los dedos de los pies. Pues vean qué más dijo nuestro Presidente en la T4: se va a conseguir el fin de la violencia (es otra manera que tiene él de llamar la paz, para no repetirse y tal) y "Para este objetivo voy a poner lo mejor de mí mismo". ¡Va a poner lo mejor de sí mismo! Dios nos coja confesados. Salgo pitando a buscar un billete de avión para donde sea y me tomo las de Villadiego. Como cuando, en tiempos de Aznar, los directores de cine y actores glamurosos decían la gilipollez aquella de que se iban a exiliar porque aquí no había libertad de expresión, ¿se acuerdan? Almodóvar, ¿estás ahí? Por favor, Pedrito, sálvanos.

03 enero, 2007

Agradable noticia

Acabo de leer en un periódico electrónico una noticia que me congratula y me reconcilia con Zapatero y el resto de nuestros políticos de renombre. A los pocos minutos de que apareciera bajos los escombros el cuerpo de una de las víctimas del atentado etarra el Presidente del Gobierno llegó al lugar, acompañado del Alcalde de Madrid, la Presidenta de la Comunidad Autónoma y el Embajador de Ecuador, así como del Ministro del Interior y otros altos cargos de Interior y de Presidencia. Después de abrazarse con un grupo de ecuatorianos allí presentes y que antes de la presencia del Presidente estaban gritando nunca mais, Zapatero pronunció ante los periodistas unas improvisadas palabras, en la que vino a decir que lamentaba no haber acudido antes a Barajas y que no era este un momento para seguir de vacaciones. Acto seguido, se fundió en un abrazo con los mandatarios del Partido Popular allí presentes y se leyó un comunicado conjunto en el que los dos partidos se comprometen a mantenerse unidos en la lucha contra los terroristas y a no volver a fiarse, gobierne quien gobierne, de las palabra de los que no la tinen.
PD1.- Qué pena que hoy no sea 28 de diciembre.
PD2.- Ya expresé en el post anterior, mediante una comparación, lo firme que era mi propósito de no volver a escribir sobre el maldito asunto de ETA, el atentado y Zapatero.

Brevísima definición.

En el ABC de hoy Ignacio Camacho se gasta bastante recochineo con el "Diccionario ZP-Castellano" que se ha sacado de la manga. Unas entradas tienen más gracia y otras menos, e irá en gustos, pero miren esta pequeña joya:
"Víctima. Deudo de alguien que ha sufrido un accidente mortal, y sufre por ello como si le hubieran fusilado a su abuelo en la guerra".
No se pierda de vista que previamente el término "accidente" había quedado definido así:
"Accidente. Atentado terrorista".
Pues a mí me ha hecho mucha gracia, qué quieren que les diga. Y pensar que hace un año o así yo comencé aquí una antología terminológica y expresiva de nuestro Forrest pucelano-leonés y luego lo dejé porque nadie me animó... Mecachis.
Bueno, y punto con ZP, el terrorismo y esas cosas. Voy a intentar no decir ni una palabra más sobre esas cuestiones durante una semana, por lo menos, lo prometo con seriedad tal que parezco ZP dándole a Rajoy su palabra de honor por cualquier cosa. No sea que, si sigo por este camino, El País, periódico independiente entre los que más, me aplique la misma receta que le suelta hoy en un editorial a Rajoy, el principal culpable de todito: "Si los dirigentes del PP fueran más inteligentes... renunciarían a colocar ahora en primer plano los reproches a Zapatero". Pues eso, que chitón y a no molestar al figura mientras piensa. Pásalo.
PD.- El PP no llegará a nada mientras no tenga su Rubalcaba.
PD.- En otro editorial de hoy, El País trata de las 68 mujeres que han sido víctimas de la violencia doméstica en España durante el 2006. Que no es culpa del Gobierno, ya no, pero que a éste le queda aún mucha tela que cortar.
No sé si me entienden...

No tratemos como normales a los anormales

Es gracioso ver en los periódicos de hoy cómo insisten los responsables de las negociaciones con ETA en que los criminales los han engañado. También parece que existe una sorpresa general porque los matones no avisaron de que romperían la permanencia del alto el fuego permanente. Enternecedor. Ahora resulta que nos espantamos porque los terroristas mienten y engañan. Uy, uy, asesinos ya sabíamos que eran, pero lo de mentirosos no nos lo esperábamos, fíjate tú, Marilú. Cómo pueden hacernos esto, ellos, auténticos caballeros y señoras de pelo en pecho, que siempre van de frente.
Pero cómo podemos ser tan lelos. Seguimos concediéndoles más de lo que piden y les corresponde. En este país de ciudadanos bienpensantes por bien alimentados y de políticos buenistas de merengue y algodón de azúcar, de profesionales de la sonrisita ñoña y el culete en pompa, no acabamos de asimilar que para ciertos individuos pervertidos y con la condición humana venida a menos no hay más que táctica donde otros tenemos ética y principios de noble y leal trato con los demás, enemigos incluidos. No conseguimos asumir que los comemierdas de ETA y los que se la maman a los comemierdas de ETA se hallan en ese estado de la evolución del carácter que los psicólogos llaman la fase anal y que es propia de niños muy pequeños. En esa fase es el principio del placer la única guía del comportamiento: lo que da gusto es bueno y lo que disgusta es malo, y vaya usted a hablarle a un niño de dos años de Mead y la perspectiva del otro generalizado o del imperativo categórico kantiano o del muy cristiano –en teoría- principio de que debes amar al prójimo como a ti mismo. Los gudaris tarados se quedaron ahí, en la fase anal, con la diferencia de que, además de tener el gusto en el culo, han descubierto un par de inverosímiles fuentes de placer: matar, poner cara de chulo putas con flequillo, proclamar entelequias metafísicas a grito pelado y creer con convicción religiosa en idioteces como autodeterminaciones, naciones, espíritus del pueblo y heroísmos de pistoleros que disparan por la espalda o ponen bombas y salen por pies.
Resumiendo, que de enfermos morales y psíquicos, de tarados que compensan con bombas y pistolas sus otras incapacidades e impotencias, de animales de rebaño que no tienen de humano más que la leve apariencia, el flequillo y la fofa chulería propia de adolescentes consentidos, no se puede esperar el tipo de razonamiento moral que hace el ciudadano común. Su psicología se parece más a la de los maltratadores domésticos o a la de los pedófilos más infames. Y vaya usted a extrañarse, por ejemplo, de que un pedófilo no dio un preaviso de cuarenta y ocho horas antes de violar a un bebé. ¿No parece una estupidez tamaña pretensión? Bueno, pues con los etarras pasa lo mismo, así que dejémonos de esa tontería de “ay, qué raro, no nos advirtieron con un mes de antelación de que iban a destripar un aeropuerto y a quienes en él pillaran”.
¿De verdad creían los enviados de Forrest que trataban con personas y con personas de honor? Anda ya, no puede ser. Tú alucinas, Forrest.
PD1.- Acabo de oír en la radio que esta mañana el tal Pernando Barrena, ese batasuno guapo de cara que les hace a los pistoleros eso que decíamos antes, ha declarado, todo serio, que la bomba de Barajas no implica que ETA haya interrumpido el alto el fuego. ¿Ven? ¿No se lo decía yo? La cabeza de esta "gente" es distinta, no sólo no les cabe la ética, tampoco se relacionan con la lógica. Su cerebro se parece bastante más al de los ornitorrincos que al de los humanos. Y que me disculpen los ornitorrincos. Luego voy a los periódicos y me entero mejor del "pensamiento" de "eso": que no hay interrupción del alto el fuego porque ETA todavía no ha emitido un comunicado diciendo que se ha interrumpido el alto el fuego. Como cuando Pepiño, salvando las distancias que haya que salvar, decía aquello de que Batasuna no existe porque está ilegalizada. Te lo cuentan y no te lo crees, fijo.
PD2.- Seguro que me equivoco siempre cuando juzgo a Zapatero, a Pepiño, a los curas, a los profesores, a las monjas o a tantos de los que aquí largo, seguro; y lo asumo desde ya. Pero a ver quién es el polculista profesional que viene a decirme que me paso y soy injusto por los calificativos que les pongo a los de ETA. A ver.
PD3.- Hoy han vuelto a detener a unos cuantos presuntos terroristas islámicos.

02 enero, 2007

Terroristas y negociaciones.

Por ahí abajo mi buen amigo ATMC buscaba las contradicciones de mi post “Atentado”. Me parece que sus principales argumentos eran dos. Uno, que por un lado parecía yo ser defensor de la negociación y, por otro, de una firmeza gubernamental muy poco compatible con los regateos y concesiones que una negociación implica. El otro argumento era, creo, que la culpa mayor y nuestra gran desgracia está en el PP. De esto último poco tengo que decir, pues el PP me tiene bastante sin cuidado. Pero afirmar que el mayor problema son ellos me suena a un exceso grande. Hace falta ser zapaterista de fe inquebrantable para pensar que de todos estos fracasos tienen toda o la mayor culpa Rajoy y sus huestes. O tal vez no, seamos justos. De la misma manera que a un servidor Zapatero le parece un Forrest Gump con menos luces que el original, sin que con ello me sienta para nada defensor de esa tribu de un PP que debería comenzar por limpiar bien su propia casa y renovar sus eslóganes caducos, a lo mejor a mi apreciado ATMC el PP le parece la caverna feroz y más culpable, sin disentir por eso de mi juicio sobre Zapatero, pues aquí he defendido más de una vez que conviene evitar lo de que o estás con unos o con los otros y no hay análisis por libre. Pero no es ese el asunto que más me interesa aclarar aquí, sino aquella primera contradicción mía. Sobre gustos no se puede discutir y muchas veces nuestros debates políticos han quedado reducidos a ver cuál de los mandamases en activo le da más grima a cada cual. A mí Forrest, luego Zaplana, después Rubalcaba y en cuarto lugar Acebes. Podría seguir, pero ahí me detengo. Con ninguno de los cuatro me iría de merienda al campo, por distintas razones; pero respeto los gustos distintos de los demás.
Cuando decía en aquel post que ojalá un día de estos una negociación llegue a buen fin y el terrorismo se acabe, pero sabiendo lo que se negocia, trataba de expresar una obviedad, la de que es bueno que no haya más terrorismo; junto con otra, la de que no cualquier manera de acabar con el terrorismo es buena. A esto sumo algo más: por mí que se organicen todos los referendos que se quiera, ya lo he dicho más veces. Una Euzkadi independiente no me quita ni un segundo de sueño, cosa que sí desvela al PP. Mis amigos vascos seguirían siéndolo y los que no son amigos –tampoco soy consciente de tener enemigos allá, salvo los etarras, que son enemigos de cualquier persona de bien- me importan lo mismo que los franceses o los alemanes: mucho, como seres humanos que son, ya que mi aprecio no depende de la nacionalidad que figure en su pasaporte. Pero en asuntos políticos allá se las compongan los vascos y que sea para bien, lo mismo que deseo a los franceses o a los alemanes. E igual vale para los navarros, que decidan ellos y que sea enhorabuena. A fin de cuentas, a qué andarse ahora en galimatías sobre quién es más soberano, cuando en casi todo lo que más importa se nos gobierna desde Bruselas.
¿Entonces? Pues humildemente reconozco que debe de ser mi condición pueblerina, mi tara aldeana, la que me lleva a antítesis de complicada síntesis. A ver si me explico. Pongamos un ejemplo algo tontorrón. Imaginemos que tengo un coche de más al que no le doy apenas uso y del que en realidad no me importaría gran cosa desprenderme. Hay un vecino que quiere ese coche y una noche me pone una navaja al cuello al grito de o me lo das o un día de estos te mato. Pues no se lo doy, si puedo evitarlo. Es más, mi deseo sería que ese agresor se pasara una buena temporada entre rejas, por hijo de puta y capullo. Pero el presidente de mi comunidad de vecinos y el cura de la parroquia me dicen que negocie con él. Pues no me apetecería; ni aunque me lo pidan juntos el Secretario General de la ONU y el Papa de Roma. ¿Por lo que aprecio el coche? No, porque no son maneras. Pero si ese vecino agresivo viene un día, después de pagar por lo que me hizo, y me dice que perdón, hombre, que no volverá a pasar y que me invita de corazón a unas cervezas y mientras las tomamos me cuenta cuánta ilusión le haría el coche y qué bien le vendría para llevar a sus hijos al colegio, entonces sí, qué caramba. ¿Me explico? Y sé que se me puede replicar que qué ocurre si antes de amenazarme ese vecino me había pedido el coche por las buenas. Respondo que probablemente se lo habría dado. Pero que, si no se lo di, por tener yo un día tonto o particularmente egoísta, no gana legitimidad su pretensión de sacármelo por las malas. Por las malas, nada.
En realidad lo que me inquieta más de la negociación del Gobierno con ETA no es ni la autodeterminación del País Vasco ni cuestión similar. Lo que escuece es que unos asesinos mafiosos y cobardes acaben haciendo rentable su inversión en muertos y heridos. Mi ideal sería este: referendos ya, pero ni un solo indulto ni un solo favor penitenciario para los mierdas que mataron a inocentes por la espalda. Txapote a pagar cárcel como un criminal del montón, sector gusanos, ni más ni menos. Es el ideal que me dictan las emociones, sorry.
Ya sé que con tales planteamientos emocionales poco se puede negociar, seguramente. Por eso uno no puede dedicarse a la política, que es arte de toma y daca. En el lugar de Zapatero yo habría apretado más aún las tuercas policiales a ETA, hasta acabar con ella o dejarla en muy poquita cosa. Y después habría preguntado a los vascos si querían o no la independencia y a los navarros que dónde querrían estar. Pero tranquilos, que no le voy a quitar el puesto a ZP, para nada. Mejor, puesto que, decididamente, no soy hombre de paz. Al menos mientras haya malnacidos sueltos. Y lo repito, por si no queda claro lo bestia que es un servidor: mientras un cabrón me amenace, la paz no es mi valor preferido: primero que le den a él lo que merece y luego nos quedamos en paz. Mi rústica autoestima vale más que la T4. Y hay maneras de vivir que no aprecio gran cosa, aunque den votos, si es que los dan.
En resumen, que si Zapatero –o quien toque- quiere negociar con ETA, que negocie, sabiendo que negociar, en efecto, es ceder algo, sí, pero explicando a los ciudadanos con claridad de palabras y conductas dónde se pone el límite y dejando claro a la ciudadanía y a los etarras desde el principio que no vamos a poner también la cama ni permitir loas a sus matones. Y si con tal firmeza y transparencia no pasan por el aro, la culpa no será ni de Zapatero, ni de la oposición ni de los ciudadanos animalizados como yo: será de los etarras. Así que a por ellos, ley en mano, sin miedo y sin remordimientos, pues son unas sabandijas asquerosas.

01 enero, 2007

Una menos

Carajo, esta sí que es buena. Llego a casa tarde en la tarde, tras uno de los eventos anuales que menos invitan a la concupiscencia, como es la comida familiar –en el sentido amplio de familia- de primero de año, que sigue a la de Nochevieja –la comida puntilla, pues-, echo un vistazo a las versiones electrónicas de los periódicos y me encuentro en ABC una noticia que me reconcilia con el mundo: “Britney Spears renuncia al sexo”. No es para siempre, sólo por seis meses. Pobre mujer, qué le habrá pasado, pienso. Quizá una delicada operación, puede que una molesta punzada, tal vez una erupción inoportuna; o que se le apareció algún angelote para explicarle las virtudes de la santa castidad. Pero no, es que está harta. Hija, es que tanto triquitraque y dale que dale no te deja para nada. Lo que le pasa a usted, querido lector, cómo no vamos a comprender a la pobre Britney.
Miren cómo lo explica, según el periódico madrileño, que lo toma de un diario noruego: “la famosa artista ... quiere curar su desenfrenado deseo sexual con esa dieta tan singular. Asegura Britney que el amor aunque parte fundamental de su vida ocupa demasiado espacio en su existencia y que quiere de momento apostar fuerte por su carrera”. Cambian los tiempos que es una barbaridad. Ahora hasta el ABC reconoce sin empacho que el amor es sexo y lo demás vaya usted a saber qué. Sea como sea, es una idea a la que se apuntarán más de cuatro. ¿Que usted es uno de esos que no se comen un rosco ni tiene al año una noche buena? ¿Que sus amigotes le hacen bromitas pesadas a costa de la abstinencia que ellos, incautos, creen forzada? Pues reaccione, amigo, no se deje comer la moral tan fácilmente. Diga que está siguiendo el método Britney, que se cansó, que se dio cuenta de que no le quedaba tiempo para nada cuando se pasaba los días y los meses encamado con variadas doncellas. Que está probando por seis meses y que si le va bien seguirá así un rato más y que no saben los otros lo que se pierden y que qué paz, qué concentración, qué bienestar. Hasta puede añadir que se está reencontrando consigo mismo. Tiene que ser una gozada eso de que le pregunten a uno si es que no le gusta el tomate y poder responder que sí, pero que se ha tomado un descanso, una pausa para reponerse.
A un servidor ya lo pillan muy mayor para experimentos vitales de tanta hondura, sin contar con que no hace tanto que firmó unos papeles que, creo, incluyen esa prestación entre otras. Pero me gustaría saber más del sistema Britney. ¿Qué pensará hacer en los ratos libres? ¿Leerá a los clásicos? ¿Se matriculará en Biblioteconomía? ¿Abrirá un blog? ¿Ingresará en un monasterio? ¿Se dará al sudoku? ¿Y cómo se armará frente a la más que probable tentación de la carne? ¿Recurrirá al bromuro aquel que en la mili –ay, qué viejo soy, hasta hice la mili- nos ponían en el arroz a la cubana? ¿Se instalará un cinturón de castidad y tirará la llave a un charco? ¿Engordará? Porque, por lo que cuentan, su propósito es radical, ya que su promesa de año nuevo consiste exactamente en “renunciar al sexo durante los primeros seis meses de 2007 y permanecer totalmente pura sin contacto alguno físico o sexual”. ¿Llegará al extremo de no dar la mano al que como saludo se la ofrezca? ¿Eludirá el beso en la mejilla que es costumbre cuando te presentan a alguien? ¿Evitará incluso el contacto físico con su propio físico? Queremos saber. Y usted, querido/a amigo/a, ¿cómo lo hace? Lo de las largas temporadas, digo. Puede que a Britney le interese conocer su método para tomar ejemplo.
Es posible que alguno/a de ustedes hasta tuviera a la Spears en el punto de mira, agazapado/a a la espera del momento oportuno para seducirla a base de artes malas y buenas. Pues tenga paciencia y no moleste a la muchacha, compadézcase de ella y solidarícese con su encomiable propósito. No sea ansioso/a y reconozca que no le importa tanto esperar seis meses más. Imagínese luego...

Heidegger pasea por el bosque en Todtnauberg

Se ha secado otro árbol,
hay en el barro huellas de animales,
estará preparando mi Elfriede
esa tarta de arándanos que adoro,
puede que llueva, la ventana de mi cuarto
quedó abierta.
Cuando pienso que pienso quedo en blanco,
es un vacío extraño, apocamiento.
Ah, esos malditos,
toda esa ciencia ociosa, tanto cálculo,
cuánta ceguera para la grandeza
del logos inasible.
Estas botas se me han quedado viejas,
pero resistirán un año más.