Hace unos días no se me habría ocurrido usar la expresión “rojo” para hablar de derechas e izquierdas... Ahora lo he puesto así porque nuestro Presidente ha rescatado la palabra “rojo” de la hornacina en la que guardábamos los restos de los muertos y las armas por las que murieron. Alguien ha debido de decirle que se pescan más votos a base de hedor de viejos cadáveres y gesto de vengador caduco. Mis alumnos veinteañeros no tienen ni remota idea de las historias de la Guerra Civil –ni de ninguna otra historia-. Que sean tan ignorantes es una desgracia, ciertamente. Pero aún peor será que lo único que aprendan sea a odiar como se odiaba en aquel tiempo del que no conocen más. Y ya han comenzado. Cuando los historiadores en el futuro se pregunten por qué a los sesenta y cinco años de terminada la guerra y a los treinta de finiquitada la dictadura volvimos a las andadas, a la caverna, al insulto, a las ganas de agredirnos, no van a quedar en muy buen lugar los aznares y los zapateros, para nada.
Pero dejemos eso.
¿Qué significa, al menos en teoría, ser de izquierda –o rojo, si fuera lo mismo-? Hay una manera de ser de izquierda o de derecha, rojo o azul, que es profundamente irracional, pues se basa en sentimientos que son la antítesis de cualquier planteamiento presentable de la política. Me refiero a los que se sienten izquierdistas por la sola razón de que odian al rival. Muchos que se tienen por rojísimos responderían hoy que lo que da sentido a su postura es, en abstracto, la convicción de que todos los que militan o simpatizan con partidos conservadores son unos cabrones, y, en concreto, que porque les cae mal Aznar o piensan que Rajoy, o Zaplana, o Acebes son unos impresentables. Y por el otro lado otro tanto de lo mismo, muchos se consideran hoy muy de derechas por lo mal que les cae ZP y porque opinan que toda persona que se defina como progresista o de izquierda es por definición un inmoral o un capullo. El desenlace natural de tan ilustrados credos políticos es la embestida, la pelea, el llegar a las manos. Ya ocurrió en aquella época que ZP (antes lo hizo hasta Juan Pablo II, todo hay que decirlo) se empeña en recuperar para nuestra memoria y va camino de volver a suceder, dado el nivel que el debate político y social está cobrando en este país que hasta ayer parecía tolerante, pacífico y abierto.
Si ser de derecha o de izquierda es algo que se nota sólo en el tono del mugido y en la fetidez del exabrupto, urge que nos hagamos todos apolíticos. Las convicciones serias y las ideologías respetables no tienen nada que ver con ese tipo de desarreglos mentales e intestinales. ¿Convicciones respetables? Pues traduzcamos a ellas lo que sería una derecha seria y una izquierda seria.
La persona de derechas es conservadora en lo social y poco amiga del Estado en lo político. Lo primero es una cuestión de talante (sí, también hay talantes buenos y serios entre los conservadores), y se refleja en la poco propensión al cambio, en el gusto por mantenerse en los esquemas y valores conocidos, en el apego a las tradiciones y el alto valor que se otorga al orden establecido y las reglas vigentes, cuanto más antiguas mejor. Lo de la poca simpatía en la mirada al Estado proviene de que el conservador confía más en la sociedad que en los políticos, y en las reglas de convivencia basadas en el uso y la historia más que en las normas que publica el BOE. Observa al Estado con desconfianza porque sabe que es lo primero que toman los que pretenden hacer la revolución o cambiarlo todo, y eso no le agrada. Y esa desconfianza del Estado y de la política que desde él se hace conduce también a su preferencia por el mercado. Frente al intervencionismo estatal que busca la justicia social valiéndose del Derecho, el conservador prefiere la “mano invisible” del mercado, la vigencia nada o poco alterada de la regla simple de oferta y demanda, y al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. De ahí que sea tan amigo de lo privado –educación, sanidad, medios de comunicación- y que estime que los servicios públicos prestados por la Administración son caros, ineficientes y propicios para la corruptela.
Desde la izquierda se ve distinto. Se valora más a los individuos que a los grupos, a los ciudadanos que a las tradiciones, y se desea que todo individuo, todo ser humano, por el mero hecho de serlo, tenga iguales oportunidades vitales e idéntica posibilidad de elegir su vocación y realizarla. Cosa que el mercado no hace, pues su reglas son crueles y determinan repartos tan desiguales de la riqueza como para que por la simple circunstancia de nacer en una cuna u otra los sujetos tengan ya muchas veces marcado su destino: el rico hacer lo que quiera, el pobre de solemnidad, apenas lo que pueda, que será bien poco generalmente. Por eso la izquierda considera que sólo desde la acción política y el Gobierno del Estado se puede trabajar eficazmente en pro de la liberación de los oprimidos y los más desfavorecidos, que siempre se hallarán en tal situación de inferioridad o indefensión por obra de la acción combinada de los dos tipos de reglas que tanto gustan a los de la derecha, las reglas sociales tradicionales –morales, religiosas...- y las reglas económicas que imperan en el mercado. Así que el izquierdista aspira exactamente a remover esas dos cosas que el derechista quiere intocables, las convicciones tradicionales y los resultados de la oferta y la demanda en el mercado. ¿Por qué? Pues porque las primeras generan desigualdades sociales injustas y atentatorias contra la idéntical dignidad de cada persona –piénsese en la situación de las mujeres en la tradición y en las convicciones socialmente vigentes hasta hace bien poco- y porque los segundos, los resultados de un mercado no intervenido ni condicionado, engendran desigualdades de riqueza que privan a muchos de los bienes imprescindibles –alimento, sanidad, educación, vivienda...- que les sobran a otros, a los más habiles para pescar en el río revuelto de la oferta y la demanda, o a sus herederos, aunque sean unos perfectos zoquetes y unos haraganes, en su caso.
Por consiguiente, la clave para detectar a una persona de izquierda que quiera ser seria y coherente se llama redistribución de la riqueza. Cuanto más férrea e intensa se quiera esa redistribución que busca atenuar las diferencias entre lo que tienen unos ciudadanos y otros, más izquierdista será el sujeto. En el extremo está el igualitarismo total que quería el comunismo leninista y que desembocó en la tiranía antiigualitaria y explotadora que todos sabemos. En paralelo, los afanes conservadores de las derechas han desembocado también más de una vez en totalitarismos teocráticos que compran el inmovilismo y la santificación de las tradiciones al precio de mucha sangre. Ambos extremos han ido a parar siempre al asesinato masivo y a la axfisia radical de todas las libertades. Pero entre esos extremos viciosos está el sitio para legítimas posturas conservadoras o progresistas, que tienen perfecta cabida y merecen total respeto dentro del juego político constitucionalmente instituido en los Estados de Derecho. Nadie es malo por la sola razón de pensar distinto, tener otro carácter o profesar otros ideales, con tal de que respete al rival y las reglas del juego político pacífico.
Si algo de lo anterior tiene sentido y si en algo valen esas caracterizaciones, a ver quién nos responde ahora a la siguiente pregunta: ser partidario de que los ciudadanos vivan con calidad distinta, cuenten con medios diversos y gocen de diferentes oportunidades vitales según que vivan en Girona o Soria, ¿suena compatible o incompatible son ser rojo y saber dónde se tiene la mano derecha?
Sospecho que no somos pocos lo que, por un lado, creemos en una al menos mínima necesidad de que se distribuya la riqueza, se imponga la solidaridad y se garantice a todos una básica igualdad de oportunidades, a todos; pero que, por otro lado, no les vemos por ninguna parte el socialismo o la rojez a esos que cada día se acuestan con un conservador distinto, al que prometen luego que harán ricos a todos los de su pueblo. Eso es o esquizofrenia o cretinismo. O ignorancia, que también cabe.
Pero dejemos eso.
¿Qué significa, al menos en teoría, ser de izquierda –o rojo, si fuera lo mismo-? Hay una manera de ser de izquierda o de derecha, rojo o azul, que es profundamente irracional, pues se basa en sentimientos que son la antítesis de cualquier planteamiento presentable de la política. Me refiero a los que se sienten izquierdistas por la sola razón de que odian al rival. Muchos que se tienen por rojísimos responderían hoy que lo que da sentido a su postura es, en abstracto, la convicción de que todos los que militan o simpatizan con partidos conservadores son unos cabrones, y, en concreto, que porque les cae mal Aznar o piensan que Rajoy, o Zaplana, o Acebes son unos impresentables. Y por el otro lado otro tanto de lo mismo, muchos se consideran hoy muy de derechas por lo mal que les cae ZP y porque opinan que toda persona que se defina como progresista o de izquierda es por definición un inmoral o un capullo. El desenlace natural de tan ilustrados credos políticos es la embestida, la pelea, el llegar a las manos. Ya ocurrió en aquella época que ZP (antes lo hizo hasta Juan Pablo II, todo hay que decirlo) se empeña en recuperar para nuestra memoria y va camino de volver a suceder, dado el nivel que el debate político y social está cobrando en este país que hasta ayer parecía tolerante, pacífico y abierto.
Si ser de derecha o de izquierda es algo que se nota sólo en el tono del mugido y en la fetidez del exabrupto, urge que nos hagamos todos apolíticos. Las convicciones serias y las ideologías respetables no tienen nada que ver con ese tipo de desarreglos mentales e intestinales. ¿Convicciones respetables? Pues traduzcamos a ellas lo que sería una derecha seria y una izquierda seria.
La persona de derechas es conservadora en lo social y poco amiga del Estado en lo político. Lo primero es una cuestión de talante (sí, también hay talantes buenos y serios entre los conservadores), y se refleja en la poco propensión al cambio, en el gusto por mantenerse en los esquemas y valores conocidos, en el apego a las tradiciones y el alto valor que se otorga al orden establecido y las reglas vigentes, cuanto más antiguas mejor. Lo de la poca simpatía en la mirada al Estado proviene de que el conservador confía más en la sociedad que en los políticos, y en las reglas de convivencia basadas en el uso y la historia más que en las normas que publica el BOE. Observa al Estado con desconfianza porque sabe que es lo primero que toman los que pretenden hacer la revolución o cambiarlo todo, y eso no le agrada. Y esa desconfianza del Estado y de la política que desde él se hace conduce también a su preferencia por el mercado. Frente al intervencionismo estatal que busca la justicia social valiéndose del Derecho, el conservador prefiere la “mano invisible” del mercado, la vigencia nada o poco alterada de la regla simple de oferta y demanda, y al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. De ahí que sea tan amigo de lo privado –educación, sanidad, medios de comunicación- y que estime que los servicios públicos prestados por la Administración son caros, ineficientes y propicios para la corruptela.
Desde la izquierda se ve distinto. Se valora más a los individuos que a los grupos, a los ciudadanos que a las tradiciones, y se desea que todo individuo, todo ser humano, por el mero hecho de serlo, tenga iguales oportunidades vitales e idéntica posibilidad de elegir su vocación y realizarla. Cosa que el mercado no hace, pues su reglas son crueles y determinan repartos tan desiguales de la riqueza como para que por la simple circunstancia de nacer en una cuna u otra los sujetos tengan ya muchas veces marcado su destino: el rico hacer lo que quiera, el pobre de solemnidad, apenas lo que pueda, que será bien poco generalmente. Por eso la izquierda considera que sólo desde la acción política y el Gobierno del Estado se puede trabajar eficazmente en pro de la liberación de los oprimidos y los más desfavorecidos, que siempre se hallarán en tal situación de inferioridad o indefensión por obra de la acción combinada de los dos tipos de reglas que tanto gustan a los de la derecha, las reglas sociales tradicionales –morales, religiosas...- y las reglas económicas que imperan en el mercado. Así que el izquierdista aspira exactamente a remover esas dos cosas que el derechista quiere intocables, las convicciones tradicionales y los resultados de la oferta y la demanda en el mercado. ¿Por qué? Pues porque las primeras generan desigualdades sociales injustas y atentatorias contra la idéntical dignidad de cada persona –piénsese en la situación de las mujeres en la tradición y en las convicciones socialmente vigentes hasta hace bien poco- y porque los segundos, los resultados de un mercado no intervenido ni condicionado, engendran desigualdades de riqueza que privan a muchos de los bienes imprescindibles –alimento, sanidad, educación, vivienda...- que les sobran a otros, a los más habiles para pescar en el río revuelto de la oferta y la demanda, o a sus herederos, aunque sean unos perfectos zoquetes y unos haraganes, en su caso.
Por consiguiente, la clave para detectar a una persona de izquierda que quiera ser seria y coherente se llama redistribución de la riqueza. Cuanto más férrea e intensa se quiera esa redistribución que busca atenuar las diferencias entre lo que tienen unos ciudadanos y otros, más izquierdista será el sujeto. En el extremo está el igualitarismo total que quería el comunismo leninista y que desembocó en la tiranía antiigualitaria y explotadora que todos sabemos. En paralelo, los afanes conservadores de las derechas han desembocado también más de una vez en totalitarismos teocráticos que compran el inmovilismo y la santificación de las tradiciones al precio de mucha sangre. Ambos extremos han ido a parar siempre al asesinato masivo y a la axfisia radical de todas las libertades. Pero entre esos extremos viciosos está el sitio para legítimas posturas conservadoras o progresistas, que tienen perfecta cabida y merecen total respeto dentro del juego político constitucionalmente instituido en los Estados de Derecho. Nadie es malo por la sola razón de pensar distinto, tener otro carácter o profesar otros ideales, con tal de que respete al rival y las reglas del juego político pacífico.
Si algo de lo anterior tiene sentido y si en algo valen esas caracterizaciones, a ver quién nos responde ahora a la siguiente pregunta: ser partidario de que los ciudadanos vivan con calidad distinta, cuenten con medios diversos y gocen de diferentes oportunidades vitales según que vivan en Girona o Soria, ¿suena compatible o incompatible son ser rojo y saber dónde se tiene la mano derecha?
Sospecho que no somos pocos lo que, por un lado, creemos en una al menos mínima necesidad de que se distribuya la riqueza, se imponga la solidaridad y se garantice a todos una básica igualdad de oportunidades, a todos; pero que, por otro lado, no les vemos por ninguna parte el socialismo o la rojez a esos que cada día se acuestan con un conservador distinto, al que prometen luego que harán ricos a todos los de su pueblo. Eso es o esquizofrenia o cretinismo. O ignorancia, que también cabe.




