El
otro día, en uno de esos eventos inverosímiles a los que uno concurre por ahí,
coincidí, en la cena, con unos cuantos colegas de varias universidades del
país. Al hablar de lo de siempre, alguien volvió a sacar el topicazo de que uno
de los grandes problemas de la universidad española está en que no prepara a
sus titulados para que rindan adecuadamente en las empresas, por lo que habría
que dar a nuestros estudiantes la formación que las empresas requieren, y eso
exige que preguntemos a las empresas qué necesitan y cómo lo hacemos. Precioso
y muy original.
Yo
repliqué que, puesto que enseño en León, convendrá tal vez que a mis
estudiantes de Derecho los adiestremos sobre distintas maneras de ser empleado
mileurista hasta los cuarenta, o sobre estrategias para ayudar a los patronos a
corromper concejales, en el modo de evadir impuestos con impunidad o sobre
artimañas para conseguir ayudas oficiales para una producción de pega, y así.
Me miraron raro mis interlocutores, lo que me obligó a explicarme mejor y
preguntarles, antes que nada, qué clase de empresas suponen ellos que abundan
en León y en tantas ciudades con campus universitario. Me pareció que no lo
sabían, y se lo aclaré un poco más: pues la inmensa mayoría de las llamadas
empresas son chiringuitos regidos por pícaros, que no tienen más interés que
coger algo de pasta y salir corriendo, que explotan vilmente a su personal,
empezando por el académicamente más cualificado. Y que los primeros que no
tienen ni remota idea de cómo llevar en condiciones una empresa son los mismos
empresarios (perdón, quise decir emprendedores) y que el ideal empresarial más
común correspondía a la promotora inmobiliaria en manos de algún aspirante a
presidir una caja de ahorros para acabar de forrarse sin producir nada digno. ¿Qué
tipo de empleado con título universitario conviene más, por tanto, a la empresa
de pillos recién llegados de la braña y con un espíritu más delictivo que
productivo? ¿Podemos preguntar a esos empresarios qué les hace falta y
organizar la enseñanza universitaria en función de sus consejos de mafiosillos
parroquiales y horteras sin luces?
Habrá
de todo, por supuesto. Pero es que de empresarios que no merezcan calificativo
cercano al Código Penal yo tengo escasa noticia por estos pagos. Y, desde
luego, no estoy hablando del pequeño autónomo con seis o siete trabajadores,
quien, por su entidad y por mucho que sea esforzado y digno, tampoco parece el
más adecuado para ilustrarnos acerca de lo que hemos de enseñar a ingenieros,
economistas, juristas o biólogos. ¿O convidamos a unos cuantos directores de
sucursal bancaria para que nos asesoren y, en cuanto acabamos la reunión,
salimos a manifestarnos contra los bancos y a protestar porque nos han colocado
unas cuantas preferentes mediante maniobras cercanas al timo de la estampita?
Si
hubiera de verdad empresas y empresarios, podría tener algo de sentido ese
pretendido noviazgo entre universidad y empresa. Pero, francamente, no veo que
se dé la primera condición. ¿Y si atendemos nada más que a las grandes firmas,
tipo Telefónica o algún banco postinero? A lo mejor nos hacen ver que debemos adiestrar
a nuestros alumnos sobre cómo ligarse a una infanta o cómo pasar por la
política con mañas de choricete. Pues ¿no están Urdangarín y Zaplana, junto a
tantísimos más, entre los más brillantes cuadros de Telefónica? ¡Anda ya!, a
otro perro con ese hueso de las relaciones universidad y empresa y de la
sumisión de la primera a la segunda. Lo que mis colegas de facultad y yo
tenemos que mostrar a nuestros estudiantes es la manera para que, cuando sean
fiscales o jueces, empapelen sin temblores a urdangarines y zaplanas, a los
directivos de bancos que estafan a sus clientes, a los alcaldes que recalifican
a comisión, a los constructores que destruyen bosques o destrozan paisajes y a
los politicastros que arruinan cajas de ahorros. Nuestras empresas están para
que las pasemos por la guillotina y luego, si acaso, empezamos a tratar de cómo
hacer otras serias, decentes, productivas y socialmente útiles.
Les
voy a contar un asuntillo que me toca muy de cerca, y luego me dicen si aquí
tenemos empresas o puticlubs. He estado estos días con mi hijo, que no llega a
los treinta. Narraré algo de lo que me ha contado ahora y durante los últimos
meses, llenándome de asombro y envidiando, ahí sí, a algunas empresas
extranjeras. Porque, por cierto, aquí, al parecer, no formamos a los jóvenes
para que se desempeñen bien en las empresas que los contraten, pero resulta que
nuestros estudiantes más brillantes acaban siendo fichados por empresas
alemanas, canadienses, estadounidenses o suecas. ¿Estarán tontos los
empresarios de esos países y no se darán cuenta de que esos chavales que
exportamos carecen de las adecuadas competencias, habilidades y destrezas para
hacer felices a los grandes centros productivos del mundo?
Mi
hijo lleva dese los veintidós años fuera de España y un par de años en Estados
Unidos, en California. Acaba de ser contratado por una de las tres o cuatro
empresas mundiales más importantes y enormes en su campo, el de la informática.
Los detalles que paso a exponer nos servirán para que comparemos con lo que por
aquí se estila y para que nos preguntemos si aquí fallan los jóvenes, los
empresarios o el sistema social entero.
Quise
saber cómo había sido su primer contacto con esa empresa tremenda que ahora lo
acoge. Me dijo que porque lo había recomendado un conocido o colega suyo que ya
trabajaba ahí. ¿Y eso? Pues resulta que es la vía normal de acceso. El que ya
está dentro pone a la división de personal en la pista del amigo o conocido
suyo que puede resultar un buen fichaje. Sólo con eso y luego de seguir rastros
en intenet, al así presentado lo llaman para hacerle unas pruebas bien serias.
Si acaban contratándolo, ese mediador se lleva una prima de diez mil dólares.
Imagino que si comprueban en la empresa que su empleado les quería colar un
paquete, perderá algo de su crédito. Sea como sea, ante ese incentivo,
convendrá más presentar a un candidato competente que a un cuñado que se quedó
en el paro y que, pobrecito, es muy buena gente y tiene tres hijos, criterio
que entre nosotros tendría prioridad absoluta. Las primas que por aquí se
estilan son primas carnales.
Llamaron
a mi chaval por teléfono y concertaron con él una prueba, dándole amplio margen
para elegir el momento y, si quería, prepararse para la ocasión. Llegó el día.
A las nueve de la mañana apareció el primer entrevistador y le planteó un
problema técnico, para que lo resolviera. No para que encontrara la solución,
sino para que fuera explicando cómo la buscaba, para verlo razonar en vivo y
comprobar su pericia a base de dialogar. Una hora duró esa prueba primera.
Después, otra hora con otro, otra con otro, otra con otro. Una pausa de una
horita para la comida, y por la tarde llegaron más. Un día entero sometido a
ese tercer grado. Todo ello en inglés, claro, aunque sus examinadores eran en
su mayoría chinos o indios de la India.
Terminada
esa jornada, con el agotamiento imaginable, le dijeron que ya lo llamarían para
contarle el resultado. A las tres o cuatro semanas llegó esa llamada
telefónica. En ese momento viajaba a España para pasar aquí unos días, pues era
Navidad. Se hallaba en pleno trasbordo, embarcando en un avión, creo que en
Detroit o sitio más raro. Que no se preocupara, que volverían a llamarlo al día
siguiente, pero que le tenían buenas noticias. Cumplieron y, ya con más calma,
le contaron que querían contratarlo y que tocaba negociar el sueldo con la
división de personal. La primera oferta ya resultaba mareante, y la aceptó.
Hecho. Por esos días vino a mi casa y lo veía encerrarse largos ratos, pues
cada poco lo llamaban los californianos. Que qué pasa, le preguntaba yo, por
qué te persiguen tanto. Ahora telefoneaban los distintos jefes de grupo o
directores de sección, cada uno de los cuales le exponía el trabajo o proyecto
en el que ese grupo o sección andaba, a ver cuál lo convencía para quedarse con
ellos.
No
hace falta que aclare yo cuán grande era mi sorpresa (más mi orgullo, claro,
pero ahora no hablamos de eso, aunque eso se me tenga que notar), ya que me
preguntaba sin parar si ese proceso sería similar si se tratara de alguna
empresa española. Pero a mi perplejidad todavía le faltaban varios capítulos, y
a ellos vamos.
Como
tiene que trasladarse del lugar en que vivía, San Francisco, a una ciudad a
unos pocos kilómetros, le dijeron que ellos lo ayudaban en el asunto de la
búsqueda de casa. ¿Cómo será esa ayuda? Por lo pronto, le dan tres meses de
residencia a su costa, a costa de la empresa. ¿Dónde? En una urbanización de
superlujo, un lugar para altos ejecutivos, pijo del todo. Increíble. ¿Y para
después? Para después ya hay que buscar sitio por cuenta de él, pero, ojo, le
ponen a una empleada, una especie de secretaria, para que se encargue de ese
trámite. Él nada más que tiene que indicarle a ella en qué zona quiere la casa,
de qué características y con qué precio de alquiler. Le buscan unas cuantas así
y se las enseñan para que elija. No quieren que pierda ni tiempo ni energías en
tales labores.
Pero
saben que es español e imaginan que por aquí tendrá cosas que quiera llevarse
para allá. Así que la llamada siguiente es de una empresa de mudanzas
internacionales. Que les diga en qué fecha y lugar de España pueden encontrarse
con él para que les muestre lo que deben trasladar. ¿Trasladar? Sí, ellos lo
embalan, lo llevan, lo almacenan hasta que él tenga su nueva vivienda y se lo
ponen en ella cuando corresponda. ¿Qué es lo que se puede trasladar así? Lo que
sea, incluso si tenía en España una casa entera, con sus muebles y cualesquiera
enseres. Por cierto, si tiene coche aquí, también se lo transportan a Califormia
¿Y quién paga todo eso? La empresa que lo acaba de contratar y con la que
todavía no ha empezado a trabajar.
Continué
con mi interrogatorio, preguntándole ahora por cuántos años lo contratan, ya
que tanto se esmeran. Contestación: en el contrato está clarito que ellos
pueden echarlo cuando quieran y él puede irse cuando le dé la gana, con un
pequeño preaviso como única condición. O sea, ¿no te tienen un año o dos a
prueba con un sueldo mísero y en pompa? No. ¿No te amarran fuertemente, ya que
tanto desembolso hacen de mano contigo? No. O sí, pero de otra manera. ¿Cuál?
Pues, aparte del sueldo, le asignan una serie de incentivos que van aumentando
cuanto más tiempo trabaje allí y le dan otro pastón en forma de acciones de la
compañía, acciones que solo puede vender pasados cinco años y si continúa en la
empresa.
Para
que no sea todo hablar de mi retoño y su buena estrella, miren lo que me contó
el otro día mi peluquero. Tiene un hijo que estudió Enfermería y que llevaba
dos o tres años trabajando en un hospital de una ciudad del Norte de España.
Habla inglés, claro, siempre hay que empezar por ahí. Envió el muchacho su
currículum a varios hospitales británicos y de uno de él lo llamaron. Que
querían hacerle una entrevista y que, por tanto (¡?), le pagaban un billete de
avión para ese encuentro. La entrevista salió a pedir de boca y le dijeron que
para darle el sí definitivo solo faltaba un pequeño trámite y que ya lo
avisarían. ¿Pequeño trámite? A los pocos días, en el hospital español en el que
él trabajaba se presentó un delegado del hospital inglés con un cuestionario
para la dirección y los jefes del chico, cuestionario en el que se les pedía
que evaluaran sus aptitudes y su trabajo. Como también en eso salió bien
parado, ya está haciendo las maletas para empezar su nueva vida profesional, ni
que decir tiene que con mejor salario. Pero fijémonos: billete de avión para la
entrevista, delegado del hospital al que mandan para acá a investigar sobre el
candidato, sueldo decente desde el primer momento… Y ningún llanto en las
instituciones españolas o de nuestras autoridades sanitarias porque nos
arrebaten al joven y muy competente enfermero. A lo mejor hasta estudió con beca en España. Es nuestra manera peculiar de ayudar al desarrollo; al de otros países más ricos que el nuestro, claro.
Regresemos
a la cuestión inicial, una vez expuesto el caso, pero sin perder de vista que
ese trato no es único para mi hijo, sino el que aplican a todos cuantos allá incorporan
para esos menesteres propios de la empresa, como personal de alto nivel. ¿Son
muchos? Sí, son miles, y son gentes de todas las partes del mundo. ¿No es
requisito ser de allí, tener el inglés como lengua nativa o ser sobrino de
algún gerente? No. Pues vaya, son raros de verdad por esos mundos. Aquí no
ocurriría, Dios nos libre.
Mi
hijo estudió en la Universidad de Oviedo, con un año de Erasmus en Dinamarca. Pues
algo no cuadra, porque los estudiantes españoles no salen con la debida
preparación para que las empresas los acojan. Claro que no, no sirven, al
parecer, para las sublimes y muy ejemplares empresas españolas. Ah, caramba,
será eso.
Ay,
las empresas españolas, y las instituciones españolas. Ay, la universidad
española. Nuestros problemas no están en la materia prima, no es que no haya
aquí montones de estudiantes capaces y unos miles de profesores de primera.
Nuestros problemas son estructurales y tienen que ver con nuestra condición de
sociedad un tanto primitiva, tribal, corrupta y mafiosilla. Lo ilustraré con
otra sorprendente historia.
Cuando mi hijo hacía su carrera, despotricaba
sin misericordia contra la mayoría de sus profesores. No era él un estudiante
excepcional, de los que nunca suspenden o sacan nada más que sobresalientes,
para nada. Pero quería aprender y tenía una vocación tremenda y una curiosidad
infinita en su materia, la informática. Así que él, y otros también, se armaba
de libros y estudiaba por su cuenta. Con lo cual, obvio, enseguida descubría
cuando el profesor estaba dando gato por liebre o no dominaba su materia. Los
profesores por ese motivo interpelados echaban balones fuera, rogaban que no se
les interrumpiera o, como máximo, prometían que para el próximo curso
revisarían el manual y corregirían errores.
También
había buenos profesores y, en particular, mi hijo siempre me hablaba de uno al
que consideraba un genio absoluto y al que admiraba tremendamente. ¿Y cómo le
va a ese profesor?, inquiría yo. Fatal, es contratado y están a punto de no
renovarle el contrato porque es poco dócil y molesta que sus clases se llenen.
Rarísimo, ¿verdad? Cuando mi hijo trabajaba en Ginebra y el profesor aquel
seguía en posición inestable y con toda vía de ascenso universitario bloqueada,
le preguntaron a mi hijo si no conocía por esos mundos a alguien que fuera muy
competente en no sé qué especialidad. Los puso en contacto con su antiguo
profesor, se lo llevaron allá, lo contrataron y ahora, pocos años después, allí
sigue, magníficamente tratado, ascendiendo y con un fabuloso contrato. Y un
marciano se preguntaría si no lamenta la universidad española, o la asturiana
al menos, haber perdido a un docente de ese calibre y a un investigador con
semejante capacidad. Bien sabemos la respuesta. La respuesta es no, un no
rotundo. Bueno, serán problemas y celos en el gremio universitario, pero el
marciano (o el norteamericano) podría seguir con su interrogatorio: ¿no
captaron los cazatalentos al servicio de las empresas españolas la valía de tal
sujeto o la de mi hijo o la de los cientos de titulados de esa misma facultad
que acabaron en las mejores empresas mundiales del ramo? Miren cómo son los
marcianos, qué simpáticos y qué atontados. ¿Cazatalentos? ¿Empresas españolas
batiéndose para llevarse a los mejores? Oiga, marcianito, usted en qué país
vive. Sí, en otro planta, bien se nota.
Universidad
y empresa, esa matraca tiene aquí una gracia que no se puede aguantar. Por
regla general, y con las excepciones de rigor, a nuestras universidades y a
nuestras empresas el talento de los universitarios españoles les importa tanto
como una óptica a un topo o el sexo en pareja a un caracol. Así que dejémonos
de cuentos de una maldita vez y, al menos, atrevámonos a mirar de frente
nuestra cutre realidad. No hay terapia efectiva sin un previo diagnóstico
certero. Es lo que hay, y punto, y lo que hay no se mejora a base de milongas
sobre la colaboración entre universidades y empresas. Que viene a ser, en esta
chistosa nación de naciones, como si colaboraran Al Capone y sus asesores
fiscales.