Ale,
como es viernes y ya nos relajaremos un poco mañana, hoy voy a por todas y a
que me llamen cualquier cosa, pues defenderé antes que nada la tesis de que hay
seres humanos que son como animales del todo, menos racionales que las más
torpes bestias. Lo cual que debo matizar de inmediato y sin reparar en
párrafos.
Lo
primero de todo, no quiero que se me molesten los ahora llamados animalistas,
celosos guardianes de los derechos morales y hasta jurídicos de los animales.
Lo único que quiero decir es que, mismamente, un burro es un burro, aun con
toda su dignidad, y que cabe toparse también con seres humanos que son más
burros que los burros y que diríanse con dignidad menor. Así que por ahí no es.
Lo
siguiente es la cuestión de los ejemplos, ay, porque hasta ahora todos me
estarán diciendo que sí y que no es para ponerse así de precavido o tenso, pero
cada uno estará pensando en ese enemigo suyo de toda la vida o en el que le
levantó la novia o el novio a base de gin-tonics de garrafa. Pues ejemplos
podríamos sacar de acá o de allá, pero por ahora, y para ir de frente al lío,
me estoy refiriendo, entre muchos, a los fanáticos religiosos más cerriles y
brutales. Aludo a los que de las caricaturas de Mahoma, of course, los que son capaces de matar al infiel que pillen por el
cabreo que les causa el que uno que no es de su confesión haga un dibujito
cualquiera, hasta bonito si cabe, de su profeta de las narices. Mas no me lo
lleven a la islamofobia ni a otras maniobras para represión nuestra o de amor a
la censura, ya que por estos andurriales de Occidente tuvimos de esos mismos
por millones hace nada de tiempo, como quien dice, y hasta los encontramos ahora
si escarbamos un pelín. A día de hoy y salvando las distancias que sean del
caso, miren esta
noticia sobre los Amish y el cuento cerril y estúpido que se traen sobre la
obligación de que los hombres casados vayan con luengas barbas. Y, si lo quieren
más cercano y también en su orden, pensemos en esas pandillas que son capaces
de encontrar sentido y gusto al matar a un vagabundo que duerme en el recinto
de un cajero automático. En fin, que cada cual traiga las muestras que desee,
pero a lo que vamos es a que existen tipejos a los que la dignidad humana se
les reconoce como concepto moral y constitucional, como atributo constitutivo e
insoslayable, pero que no hacen ni un mérito para mostrar que la tienen.
Puesto
así el tema sobre el tapete, lo que me inquieta y pretendo poner en solfa es el
modo como aplicamos sin matiz ni escala la idea de dignidad y el lenguaje de
los derechos. Partimos de que cada cual goza de un derecho natural o
cuasinatural, indiscutible, puro axioma, un derecho a ser como es, creer hasta
lo más idiota que creerse pueda y obrar en consonancia con sus sucias ideas o
su fe de tarado. Luego, eso sí, si se propasan en su hacer, les aplicamos la
ley penal, en la idea de que el castigo no lo merecen por ser como son, sino
por actuar como actuaron. Es decir, y yendo de nuevo al caso del que hoy más se
habla, un paisano puede tomarse al pie de la letra el Corán (o cualquier libro
sagrado de religión monoteísta, que allá se andan), convencerse de que es
gravísima degeneración comer cerdo o beber alcohol o pintar en un papelito una
caricatura del profeta, o de que en su derecho primigenio está el darle dos
bofetadas a la mujer que no se le someta, matarla a pedradas si es adúltera y
obligarla a ir tapada por completo, y lo que nosotros, intelectualillos
occidentales, proclamamos es que está en su derecho a ser tan zote, tan burro y
tan irracional, pero que si en nuestro país se propasa al poner en sintonía su
creencia con su práctica, a lo mejor tenemos que castigarlo con alguna pena. O
sea, que el de ser tan burro e irracional es un derecho y el serlo no empaña la
humana dignidad, pero que ojito con lo que hace si lo hace aquí o daña a los
nuestros. Se respeta la causa pero se combate, a veces, el efecto de esa causa.
Mantengo que la causa no merece respeto.
Es
en ese punto donde nos conviene meter el bisturí. Porque al respetar las causas
y traducirlas a inatacables derechos, no hacemos por atajar el mal, sino sus
síntomas. Por ejemplo, en tema de educación. Nada de que los padres tienen
derecho a educar a sus hijos en su fe y sus creencias si esa fe o tales
creencias son palmariamente imbéciles, radicalmente incompatibles con un modelo
de racionalidad que es superior a tenor de la ciencia y en sentido común de los
que tengan sentido comú. Porque si usted, amigo, considera que tanta razón
puede haber en el creacionista puro y duro como en el que se atiene al dato
científico de la biología, o si le parece que tanto vale la idea, la cultura o
la mentalidad del que mata con saña por lo de la caricatura de Mahoma como del
que respeta por encima de todo las libertades de todos y para todos
compatibles, seguramente no tendremos mucho más que discutir. Entre asnos
totales y humanos que merezcan la pena habrá una gradación sutil y mil escalas
intermedias, claro que sí, pero analíticamente y políticamente y en la práctica
social no se puede prescindir de la contraposición. En el plano moral, que es
en el que estamos, yo –y usted- soy superior al fundamentalista religioso
asesino por razón de religión. Y punto. Que la diferencia pueda tener una base
en las culturas es dato cierto que puede obrar en descargo del reproche de la
conducta particular de alguno, pero no a la hora de catalogar la diversa
cualidad moral del modo de ser, de creer y de obrar de ciertos sujetos o grupos
de ellos. Entre otras cosas, porque en cualesquiera culturas hay individuos
capaces de sobreponerse al absurdo fundante de las mismas y, por ello, nada
dispuestos a asesinar por aquellas razones. Se puede creer en el Corán o la
Biblia sin ser una hiena.
Somos
dados, nosotros, a confundir las bases del igual tratamiento jurídico y de la
idéntica dignidad ante el Derecho con las bases morales de las personas y de su
calificación moral. Cuando nuestros sistemas jurídicos occidentales, aun con
sus contradicciones, paradojas y recaídas, asumen que es idéntico para todos el
derecho a un juicio justo, a una pena resocializadora y no cruel, inhumana o
degradante, al trato respetuoso en y desde las instituciones jurídicas, es
porque concluimos que ese modo de organizar el Derecho es el mejor, más equitativo,
más acorde con nuestra idea del trato digno y, de propina, el que más nos
conviene para evitar peligrosas y muy resbaladizas pendientes que acaben
perjudicando a cualquiera, bueno o malo, cabal o completamente ceporro. Ese es
un planteamiento jurídico con sustrato moral, con nuestro sustrato moral, que
no es precisamente el de las bestias a las que respetamos jurídicamente como si
moralmente no fueran bestias, más no significa que moralmente tengamos que
vernos a todos equiparados. Repito, la igualdad de trato jurídico digno,
justificada por razones morales, no lleva aparejada la igualdad en la
calificación moral de los sujetos o grupos ni, sobre todo, ha de contemplarse
como razón que excluya la crítica moral en los términos más duros y
deslegitimadores.
Sé
que en la teoría jurídica de estas décadas también se ha producido la reacción
inversa o paralela en bestialismo, la de quienes, por ejemplo, forjan el
concepto de derecho penal del enemigo para exigir que el Derecho trate como
enemigos y, además, como puros animales no humanos, a quienes en sus creencias
y acciones no se atienen a nuestra moral colectiva ni a los valores sobre los
que edificamos estas sociedades de aquí. No es esa la tesis a la que me
adscribo, en modo alguno, y confío en que ya haya quedado claro. Entre otras
muchas razones, porque los fundamentos del derecho penal del enemigo no son
morales propiamente, sino estrictamente funcionales, justificación para que la
sociedad se defienda de la manera más brutal de aquellos que más fuertemente la
cuestionan en sus mecanismos y modos de interactuar. No estoy abogando por que
una cultura, como tal, se defienda de otras y contra otras mediante la negación
radical de derechos, sino por el papel de la moral racional no puramente
utilitaria y funcional, grupal, colectivista, represora del disidente nada más
que por disentir con radicalidad.
No,
el machista salvaje, el asesino por fe, el asno impenetrable a la razón y hasta
a la compasión no tiene, como humano y en el plano moral, la misma dignidad que
los demás ni el mismo derecho que los otros a ser como es. Es el Derecho el que, sobre todo al castigar,
debe que tratarlo como si tal dignidad fuera la misma, simplemente eso, y para
que no nos degrade a la indignidad el Derecho mismo, a todos. Estamos ante una
ficción jurídica por razones morales. Pero que no se puede aplicar en otros ámbitos, por ejemplo al regular la educación y sus derechos.
Es un bonito supuesto para entender que
el derecho jurídico a un trato digno no acarrea, bajo ningún punto de vista,
que tengamos que pensar que es idéntica la dignidad y el valor moral de cada
persona, de la digna y de la indigna, de la que no nos ataca por pensar distingo y de las que nos apuñala por blasfemar o reírnos de un santo o un profeta. Donde hay razones morales para que los
sistemas jurídicos no deban distinguir, no las hay para que la moral, y
nosotros al cultivarla con ánimo racional y reflexivo, no debamos diferenciar.
Sencillamente, se dan ocasiones, como esta, en que la moral impone que el Derecho
haya de tratar igualmente lo desigual, pero únicamente en ciertas parcelas de su ancho campo.
2 comentarios:
Qué tema tan interesante profesor... pero muy complicado también. No obstante, es un poco peligroso, tal y como apuntaba... tal vez un poco poseído por el espíritu jakobsiano...
creemos que vivimos en un planeta tierra donde impera una civilización global ilustrada e impregnada por la ilustración, progresiva, justa socialmente y democrática, pluralista e igualitaria formalmente, pero vivimos, con sus imperfecciones de recesión, desempleo, manipulación, corrupción y falta de equidad, en islas o islotes de "mundo feliz", abundancia, cultura y progreso democrático: impera como siempre, la brutalidad más desalmada, el fanatismo, a la cabeza el religioso o pseudoreligioso, los estallidos, explosiones y motines sociales, el hambre, la corrupción absolutamente generalizada, la desolación y la infrahumanidad.
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