Al
principio parecía una broma, una chanza de algún grupo excéntrico, pero el
movimiento conocido por las siglas (AE, almorrávanos por su Estado) va cobrando
tal pujanza, que en las altas esferas de la política nacional las sonrisas se
tornan en gesto preocupado y silencio prudente.
Primero
fue una inquietud imprecisa, un malestar inconcreto; más tarde un sentimiento
de común pertenencia y una reclamación al unísono. Acá o acullá se encontraban
individuos que sufrían por causa de las almorranas y comentaban sus padecimientos
y compartían sus quejas: que si no se esfuerza bastante la investigación médica
de este país para atajar sus males con medicamentos eficaces o cirugías poco
invasivas, que si su mucho sufrir debería compensarlo la normativa laboral con
descuentos en el horario de trabajo o, desde luego, el sistema fiscal con
rebajas de impuestos y exenciones adecuadas, que si eran constantemente señalados
con el dedo burlón de los conciudadanos y tenidos en menor consideración humana
por causa de su dolencia, que si en ambulatorios y centros de salud les tocaba
compartir trámites y esperas con enfermos con ellos poco comparables, como los
que iban por una simple gripe o un vulgar catarro. Era un inconformismo difuso,
pero muy extendido.
Fueron
apareciendo líderes y se organizaron movimientos reivindicativos, si bien un
tanto desunidos y dados a las facciones y las disidencias. Los hubo que
abogaron por la acción directa o la desobediencia civil, mientras que otros,
más posibilistas y mejor integrados en los parámetros constitucionales,
intentaron crear un partido político (conocido como el PATRÁS), con miras a
convertirse partido bisagra entre el PP y el PSOE, pero no quiso la suerte
electoral que lograran su propósito, ya que les tocaron tiempos de mayorías
absolutas de los partidos dominantes, conocidos como los partidos sanistas.
La
nueva etapa empezó con el advenimiento de un verdadero líder, todo carisma y
arrojo, Indalecio Caudal. A él le correspondió la unificación del movimiento
hemorroidal y él fue quien dotó de sustancia teórica y sentido de grupo a los
ciudadanos con hemorroides. En su obra canónica, Diez tesis sobre la nación hemorroide, desarrolló seis tesis que
marcaron el panorama político del país y pusieron un antes y un después en la
historia del Estado.
En
primer lugar, se subrayó el carácter transversal de la nación hemorroide, de
los que, desde entonces, pasaron a ser popularmente conocidos como los almorrávanos.
Quiere decirse que, si definimos como nación propiamente dicha o auténtica a la
integrada por quienes poseen un rasgo identitario bien tangible, nación serían
los que portan indeleblemente una almorrana bien marcada, al margen de que
vivan en cualquier parte del Estado español o en una u otra de sus comunidades
autónomas.
Por
razón de esa identidad transversal, y es la segunda tesis, cuestiona el señor
Caudal la esencia de las naciones establecidas y de los nacionalismos al uso. “Catalanes,
gallegos, vascos, extremeños, andaluces, asturianos, murcianos, riojanos o los
españoles mismos se dicen nación sin tener en común verdaderas señas distintivas,
pues en cada uno de esos grupos pseudonacionales los hay rubios o morenos,
altos y bajitos, inteligentes y tórpidos, mujeres y hombres, arquitectos o
carteros, simpáticos y sosos, o, incluso, que hablan una lengua u otra o que
hasta dominan varias, y bien se ve, con todo eso y más diversidades que cabría
enumerar, que lo que hace a tales naciones presuntas no es más que el hecho
circunstancial de vivir en este o aquel territorio, sin nada que los ponga a
comulgar en una común empresa de resultas de una señal compartida y bien
arraigada. No puede ser la nación un mero sentimiento de pertenencia, un
quererse de allí o con aquellos, sino un padecer idéntico, fruto de un mismo
estigma, un estigma que, con la contundencia de lo físico, sea imborrable y
perentorio, marca que no necesita adoctrinamiento, señal al margen de toda
ideología”. Hasta ahí las palabras decisivas de Indalecio Caudal en la mentada
obra.
La
tercera tesis viene a demostrar que el pueblo hemorroico se halla discriminado
en un Estado que no ha tomado conciencia de sus dificultades en el obrar y sus
peculiaridades en el sentir. En un sistema jurídico-político que presume del
trato igual de todos los ciudadanos se hace de menos a los así diferentes y se
ciegan los cauces para el ejercicio real de sus derechos, de los derechos que
corresponden a la naturaleza colectiva y comunitaria del grupo y, por
extensión, a las necesidades de sus miembros. Los mismos modelos de sillas para
todos, iguales sofás, comunes los asientos en los medios de transporte, y hasta
tazas en los excusados cuyo diseño no considera más que a los de convencional
retaguardia.
Sentado,
así, que los almorrávanos son nación con identidad específica y que, faltos de
reconocimiento y vías de expresión, están condenados en este Estado a la
discriminación y a variadas opresiones, la tesis cuarta surge con lógica
necesidad: no queda más camino que uno de estos dos: o el pacto fiscal o la
autodeterminación. Si vascos y navarros tienen constitucionalmente reconocido un
régimen fiscal y financiero favorecedor, el famoso Concierto, pese a que, como
ya se ha dicho, vascos y navarros los hay de todos los colores y en las más
variadas combinaciones, con mucha más razón será la nación de los almorrávanos
acreedora de un trato similar, por ser más densa su identidad y hallarse
socialmente peor tratados sus integrantes. A lo que se suma, y es otro dato
capital, que los homorroicos pagan impuestos como los demás y sin que a ellos
reviertan servicios y prestaciones públicas proporcionadas a su aportación a
las arcas comunes.
La
tesis quinta desarrolla la alternativa: si el Estado no se aviene a la
negociación y al pacto, si la búsqueda de consensos razonables no es atendida
por causa de la cerrazón de una élite política y social que se siente a gusto
porque se sienta sin dificultad, no restará otra salida que la autodeterminación
de la nación hemorroidal. Se organizará un referéndum para que libremente pueda
cada almorrávano manifestar si desea permanecer en este Estado que pisotea sus
derechos y desatiende sus legítimas pretensiones o si prefiere que nazca un
Estado nuevo y suyo, del que será territorio propio la casa de cada uno y que
se aglutinará en el espacio virtual que en estos tiempos permiten las
tecnologías y los sistemas de comunicaciones. Por lo pronto, ya está en
tramitación una nueva extensión para los nombres de dominio en internet, el “punto
hem”.
Por
fin, la sexta y última tesis se dedica a atacar la más insidiosa de las
objeciones que a las demandas nacionales de los almorrávanos ponen los grandes
partidos y las oligarquías dominantes, la de que, por esa regla de tres,
también podrían quererse nación independiente los enfermos de cirrosis, los
alérgicos al polen o los depresivos, pongamos por caso. A este respecto,
puntualiza el líder Caudal que no es la enfermedad en sí lo que da sentido a su
nación, pues enfermedad propiamente no es, sino física peculiaridad o
fisiológico distintivo, por lo que compararlos con variados enfermos no es más
que una perversa artimaña para diluir su identidad en una nebulosa comunión con
los más dispares. En segundo lugar, y aun entrando al juego del argumento
sanitario, no son las hemorroides padecimiento mortal ni que acorte la vida de
quienes los portan, y de ahí que, mientras sí pueden de consuno fungir
establemente como nación autogobernada, no sucedería lo mismo con quienes, por
desgracia, no cuentan con un horizonte de vitalidad duradera, como sucede con
los que sufren cáncer de páncreas, angina de pecho o infarto grave. Tercera
razón, mientras que la presencia de la almorrana es comprobable sin margen para
la duda, admitir que como nación operen otros que no llevan señal externa que
los identifique, como sería el caso de depresivos o hipertensos, significaría
abrir de par en par las puertas al fraude de ley y el abuso de derecho, a la
vil impostura y al café para todos. Y, muy principalmente, mientras que los
modos de vida actuales han dado lugar a una avalancha de novedosas enfermedades
sin antecedente histórico claro, las hemorroides ya estaban en el hombre
primitivo, como enseña la investigación paleontológica, y de heroicos
hemorroicos ya da cuenta la historiografía de los pueblos antiguos, desde China
hasta las tribus precolombinas, desde Cartago hasta los primeros clanes que
ocuparon la estepa siberiana.
Las
espadas están en alto y hasta hay quien oye ruido de bisturíes. Para el próximo
domingo están convocadas manifestaciones de almorrávanos en todas las capitales
de provincia y si, como se espera, la asistencia es masiva, la independencia de
la nueva nación resultará imparable, por mucho que Rajoy se siga negando a
hablar por teléfono con Indalecio Caudal y aunque el PSOE se mantenga en una
estudiada ambigüedad. Comisiones Obreras y UGT harán un llamamiento a los
trabajadores y las trabajadoras con hemorroides, aunque todavía no han decidido
para qué los van a llamar. Islandia, Costa Rica y las Islas Feroe ya han anunciado
que enviarán observadores cualificados. La presión diplomática hace más
insostenible la situación.
Seguiremos
informando.
2 comentarios:
http://euobserver.com/institutional/117998
Muy bueno el artículo como siempre. Es evidente el artificio de la construcción nacionalista pero ¿podría ser la nación un multivitaminado y mineralizado derecho de propiedad? ¿es inevitable la creación de un Estado, es decir, tiende la geografía política a la multidivisión constante, a la entropía ansiosa? ¿Acaso una vez liquidado el cesaropapismo solo nos quedan los hombres y sus banderas? ¿Dónde acabará esta manía tan de primatetribalmachoalfa de la posesión sobre las mujeres, las cosas, los animales, de parcelar los promocionales y verdes valles y ponerles nombre que nos recuerden a algo?
Cuántas preguntas para este buen fin de semana. Un abrazo.
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