15 marzo, 2006

Teoría de la ciudad latinoamericana

Yo había prometido aquí que iba a hacer de corresponsal en Nicaragua y resulta que no tengo casi nada que contar, porque no me estoy enterando de nada de lo que pasa a mi alrededor en este país. Mañana y tarde hablando y hablando ante los muy atentos -en el doble sentido de la expresión- jueces nicas y después de las cinco metido en mi hotel trabajando un poco. Pero me pregunto adónde podría ir si quisiera moverme de aquí. Iba a decir que en estos días no he pisado la calle, pero es que aquí las calles no se pisan. Las gentes con las que trato nunca andan por las calles. ¿Entonces para qué están las calles? Para que pasen los coches que trasladan a las personas de un lugar a otro. ¿Y nadie camina? Pues sólo los que no tienen otra manera de moverse.
Y en esos pensamientos estaba yo hace unos minutos, mientras cenaba solo -y huyendo de las locuacidades ajenas, lo confieso, pero guárdenme el secreto escrupulosamente- cuando se me ocurrió lo que pomposamente podemos llamar teoría de la ciudad latinoamericana. Vale para todas las ciudades de este subcontinente que conozco, excepción hecha de Buenos Aires, que, como bien se sabe, es una ciudad europea sin europeos -esto último va a jorobar a más de uno- instalada en Argentina.
Esa teoría se compone de dos tesis, que enuncio y que renuncio -de momento- a desarrollar por extenso. La primera tesis versa sobre las calles de tales ciudades, y dice así:
Por las calles de estas ciudades nunca caminan los que tienen en ellas algo que perder y nada que ganar; y sólo andan los que tienen en ellas algo que ganar y nada que perder.
Así que en las calles jamás deambula nadie que cuente con ingresos fijos y un mínimo nivel de vida. ¿Y ésos no salen de casa, no pasean? Sí, van a los centros comerciales. Lo que nos lleva a la segunda tesis, complementaria de la anterior:
En las centros comerciales latinoamericanos se concentra toda la gente que no necesita comprar nada pero podría comprar algo -o mucho-. Mientras que los que no se encuentran allí son los que necesitarían comprar algo -o mucho- pero no pueden comprar nada.
Por eso en estas ciudades la separación de las clases sociales no es meramente económica o de status, es también física. Cada uno en su reducto, en su reserva. Para los pobres la calle. Para los no pobres los centros comerciales. Para los más ricos los clubes sociales de alto standing.
Es bastante práctico, sí. Les da sensación de normalidad y de orden.

4 comentarios:

Un amigo dijo...

Sí, el fenómeno del malleo (verbo correspondiente, mallear) es alucinante. Lo estamos importando en la Federación Hispana con "éxito", viva la globalización.

Habría que subdividir tu segunda tesis en dos, valida para la mitad norte del subcontinente sur, y también para el centro (más un corolario):

2.a En los centros comerciales locales se concentra la gente que ya no necesita comprar nada de nacional pero no puede costearse el malleo de fin de semana en Miami o Houston.

2.b En los centros comerciales gringos se concentra la gente local que verdaderamente ya no necesita comprar nada.

(Corolario) La mayor parte de la élite aspirante 2.a. y la práctica totalidad de la élite aspirante 2.b necesitan desesperadamente cosas que no se pueden comprar, ni de malleo ni en ninguna otra parte.


La teoría que formulas deriva de una exquisitamente thatcheriana: como la sociedad no existe, lo lógico es que la ciudad tampoco exista, si no como lugar de tránsito (veloz, tras cristales tintados, un poquitín asqueado) entre islas amuralladas.

Creo, en mi experiencia, que por Santiago, Quito, Guayaquil también se puede caminar, al menos por los centros.

Y creo que por toda Cuba también, de día y de noche -aunque eso se salga de mi experiencia, ya que he rehusado siempre ir, por cuestión de convicciones. Me espero a que se produzca el hecho biológico.

CIENTIFICO dijo...

Hola, soy el hijo del usuario anónimo, le quería comentar y pedir su opinión, hoy tuve un exámen de biología de 3º de la ESO , la mayor parte de la clase copió, sacaron unas chuletas como la mesa pupitre de grandes, de 23 que somos 16 o 17 copiaron, entre ellos una alumna de sobresaliente. Entonces yo me planteo si saco peor nota en el exámen que ellos que la profesora me valorará menos que a los demás copiones y podrá sacar conclusiones equivocadas acerca de como estudio.
¿qué debo hacer? ¿ protestar o comerme los cojones ?

Un amigo dijo...

Estimado Científico ben Anónimo,

salvo cataclismos cósmicos impredecibles, esa profesora un tanto renunciataria te durará sólo lo que resta del curso, es decir diez semanas mal contadas.

Las gónadas, en cambio, te deberían acompañar el resto de la vida, con un poco de fortuna (y un mucho de adamantina firmeza interior ante tentaciones como la que hoy te asalta). Considera, te lo dice un amigo, que hay desgarros que no tienen zurcido. Mimadas y bien gestionadas, por el contrario, te podrían suministrar un saldo de delicias no desdeñable, desde luego muy superiores a los dudosos placeres de un plato de criadillas autárquicas. Y a las valoraciones de una profe pasota.

Por lo que la respuesta más racional ante la disyuntiva que planteas es: respira profundamente, acomódatelos con amoroso cuidado en la penumbra tibia de los gayumbos, y protesta. Recio.

Ya nos contarás del resultado.

Cordiales saludos,

Garciamado dijo...

Científico, encantado de saludarte, y más siendo hijo de quien eres, pues sabes que admiro a tu padre, aunque a veces se pone algo cabezón con sus cosas, jeje. Sobre el problema que planteas, y que es de difícil, respuesta, yo te diría:
a) Haz caso a lo que te acaba de decir aquí "un amigo".
b)Hombre, en una situación así yo combinaría estas tres cosas (pero no me hagas mucho caso, pues a veces soy un poco bestia): 1) Estudiar todo lo que pueda esa asignatura, pues lo importante es lo que se aprende, no la nota. 2) Si para sacar la máxima nota no me alcanza con lo que he podido estudiar, yo el resto lo copiaría, por todo el morro y sabiendo que lo hago para defenderme de los otros deshonestos; es copieteo de legítima defensa, para que no salgan ganándome los copiones. 3) Protestaría, tal vez anónimamente, por las represalias -en tu caso no me atrevo a pedirte que salgas a dar la cara por la justicia-, pero muy contundentemente: carta anónima al director, y otra, de propina, a la profe preguntándole si es gilipollas o se hace.Y cuando seas mayor, tengas carrera y buen trabajo y te le encuentres en la calle, te cagas en sus muertos, tal cual.
Espero que tu padre no me regañe por darte estos consejos.
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Amigo "amigo", asumo los complementos de la teoría de las ciudades que me brinda. El origen thatcheriano será casual, espero. Yo sólo trataba de describir lo que veo.
Es verdad que por el centro de Quito se puede caminar. Guayaquil y Santiano no las conozco. Conozco otras ciudades por las que se puede caminar estupendamente por el centro, como Cartagena de Indias -auténtica maravilla-. En realidad, casi todas las ciudades de aquí tienen un pequeño reducto seguro, donde ponen los restaurantes guapos y esas cosas. Pero es un espejismo, una isla a la que los burgueses no van a pasear -los turistas sí-, sino a tiro fijo a lo suyo: comer o bailar o visitar al abogado.
Me alegra la feliz coincidencia con su párrafo final: yo también me he jurado que no piso Cuba mientras aquello sea una casa de putas forzadas por la miseria en nombre de la justicia. Me congratula su compañía en la resistencia pasiva y en la espera del hecho biológico, que ya tarda, por cierto. Ese va a durar tanto como Franco, o más.