12 octubre, 2010

El cuento familiar

Ayer salía en El País la enésima encuesta tontaina, esta vez sobre lo que piensa la gente de la familia, para qué vale y cómo se siente cada uno en la suya. Bien, gracias. Y sirve la familia, según los más, para criar y educar a los hijos. Otros, menos, opinan que para proporcionar amor y afecto, y hasta queda alguno que cree que para transmitir valores culturales y no sé qué. La mayoría se siente cómoda en la suya, seguramente porque no tiene otra y porque al encuestador no se le ocurrió preguntar por las cosas del sexo, que ahí sí que se miente con dolo.

La familia, ja. Yo con la mía bien, ya lo he dicho; en serio, palabra. Pero la mayoría de las familias que conozco y he conocido son una desgracia. Con estas encuestas educan al personal para que no se plantee vivir solo, que es lo único natural. Salvo los viernes por la noche y algún puente, pero eso se arregla fácil. Mucho más fácil que seguir adelante años y años en familia, sin puentes ni tirarse una oca cuando toca. La familia, gran institución, junto con el Estado, los hospitales, las cárceles y los ejércitos. Y los psiquiátricos.

Aparte de bromas, lo de la familia es la gran trampa contemporánea. Déjenme que explique mi opinión, ahora en serio y prescindiendo por completo de si usted con la suya está a gusto. Con su familia, digo. Yo con la mía bien, insisto.

Me he ido de León con mi hija, para pasar el puente. Hemos dejado sola a mi santa y mamá de Elsa. No se apuren, no hay crisis de pareja, para nada, al contrario. Es que mi dueña tiene el mismo oficio que un servidor y cada tanto le toca terminar sesudos artículos jurídicos. Trabajo absurdo donde los haya, pues cobramos lo mismo aunque no la hinquemos. Pero es como la familia este trabajo, nadie te obliga, te metes por mala cabeza y luego todo son plazos perentorios y compromisos ineludibles. Con lo bien que viven los del gremio que no dan palo al agua y tienen tiempo para leer y para solazarse en las variadas actividades características de los humanos propiamente dichos. Esos zánganos del oficio universitario son como los solteros, inconscientes afortunados. Luego, un día como hoy, a ti o a tu santa te llaman unos que quieren acreditarse y que normalmente te hablan de fútbol y de Tele 5, y te cuentan que la universidad es una calamidad que les hace injusticias y que cómo es posible si el año pasado escribieron un artículo y todo. Mecachis. Y tú, con tu hija en una mano y en la otra un libro de Dworkin, les contestas que cáspita y que vaya por Dios y que no hay derecho. Tu hija se pone a llorar porque hace tres días y medio que no juegas con ella ni la cambias de brazo, y, en ese momento de relax, te preguntas cómo habrá quedado el Sporting, pues es martes y no te has enterado. Lástima no habérselo dicho al acreditando, él no se pierde partido.

A lo que íbamos, a lo de la familia. En su forma contemporánea e ideal, la que gusta a los encuestados, es una estafa. Como institución, digo, como organización social y tal. Ni disfrutan los padres ni los hijos ni el Espíritu Santo. No sólo porque si los padres trabajan ambos fuera de casa y porque si los churumbeles tienen actividades extraescolares es todo un ir y venir frenético y un sinsentido rodante, sino, más que nada, porque por todos lados nos convencen de que tiene que ser así. La consigna social, desde los libros, los periódicos, la tele, las amistades, es que a los hijos debe uno dedicarse en cuerpo y alma, sin descanso, sin tregua, sin respiro. Ah, y que es muy bonito así, lo mejor que te puede pasar en la vida, la fuente de las mayores satisfacciones. Y una mierda.

No importa si no vuelves a pisar un restaurante, si se te acaban las razonables borracheras con los amigos, si dejas de fumar, si ya no lees ensayo, novela ni poesía, si dejas de ir al cine y hasta al videoclub, si no recuerdas lo que es un viaje de placer, y, a propósito de placer, si en la vida vuelves a echar un polvete sin sueño a con alguien que no se duerma mientras te dice que bueno, que vale, pero rapidito, que se despierta el bebé. En casa, digo. Mecagoenlosdemonios, pues sobre todo eso el discurso oficial reza que es lo mejor de tu vida y que sin ello el vivir carece de objeto. Que lo de viajar, comer, beber, fumar, leer, fornicar que total para qué y que qué maneras de perder el tiempo y de gastar la existencia sin fruto, que lo bonito es cambiar pañales y llevar al pequeño a karate y a yoga y a preparar la fiesta de Halloween en el cole.

La culpa no es de los niños, por supuesto que no, ni de las parejas. No. La culpa es de una ideología dominante, que ha encontrado en el discurso familiar presuntamente moderno y generosísimo el pretexto perfecto para esclavizar a la gente y tenerla con la conciencia hecha polvo, sumisa, dócil, cansada y sin ánimo para hacer la revolución aunque no sea más que en el portal de casa. Empieza ya con el agobio de que hay que hacer hijos porque una pareja sin hijos es como una puesta de sol sin foto. Es cuando más de cuatro señoras descubren que hacer el amor a piñón fijo con un ente preñador puede ser odioso, y cuando algún señor se plantea el cambio de acera como alternativa más descansada y menos onerosa. Luego, tras la feliz noticia, siempre cae en manos de la mamá algún panfleto que asegura que si el parto es con dolor comienza una relación más natural y plena con el retoño. Palabra. Naturalmente, toda la presión del mundo para que la madre amamante, no sea que se escape si no está todo el día agarrada a su propia teta en casa. Y entretanto, el papá también tiene que dar apoyo moral y no quitar ojo, así compensa por no tener leche. ¿Canguros para aliviar la presión un rato y tomarse unas copas un día, como los desgraciados sin descendencia? A ser posible no, pues el otro día una cuidadora casera mató a un bebé en Nueva Zelanda y luego se lo comió con unas aceitunas sin hueso. Qué horror, hay una inseguridad horripilante. ¿Dejar al niño con los abuelos algún fin de semana? No, que lo maleducan y luego se hace pis; es decir, pis se hace ahora igual, pero en ese caso sería por haberlo dejado con los abuelos y tendrían los padres un pesar grande, ya que quizá se sigue meando por eso, por aquel día que ellos se fueron dos horas solos al bar.

El único modelo de familia racional era el de antes. Espere, espere, que me explico. No me refiero a la división de papeles entre hombre y mujer. Me refiero simplemente a la división de papeles. Pues que se quede en casa cinco años el papá, eso da igual. Pero que se quede uno en casa. Eso es lo que debería tener subvención estatal, si en verdad importara el bienestar de los ciudadanos y no anduviéramos todo el día inventando trucos para que el personal sea esclavo y no se dé a los placeres, incluido el placer de tener con los hijos una relación sana y no esta histeria babosa disfrazada de amor paterno/materno.

¿Más ideas para que la familia no sea como aquel sitio del que escapó el Conde de Montecristo? Servicio doméstico. No es tan caro. Es que cómo vas a dejar a tu hijo horas enteras con una ecuatoriana, dicen tus amigos progres. Y los otros. En lo sustancial no suele haber diferencias. Ellos lo dicen por si al mocoso se le pega acento sudamericano, no vayan ustedes a pensar otra cosa; es que luego igual no saca unas oposiciones de la Generalitat, o de la Xunta; o de la Comunidad de Madrid. Bueno, pues entonces mi mujer y yo le buscamos a Elsa una au-pair inglesa el pasado verano. Salió muy bien todo, de cine, pero la mayoría de nuestros conocidos dijeron: a) que qué pijos; ellos prefieren enviar a sus nenes a hacer algún curso en EEUU, en plan proletario; b) que cómo podíamos meter en casa a una extraña durante tres meses; como si no existieran los cuñados; c) que cómo podíamos soportar semejante atentado contra nuestra intimidad, la nuestra entre nosotros y la intimidad con Elsa; d) que a ver si la extranjera iba a ser ladrona o pervertida o asesina nata, que no es que uno sea xenófobo, en absoluto, pero se dan casos.

En realidad los amigos, pobres, son portavoces de esa ideología familiar dominante, la que nos domestica en lo doméstico, la que nos esclaviza convenciéndonos de que este cabreo constante es por cariño. Como si la vida familiar, tal como hoy se organiza desde los poderes establecidos y por obra de la propaganda oficial, aún admitiera la intimidad, permitiera la comunicación y fuera compatible con el placer.

Que nadie crea que es enfado mío por mi situación personal lo que me hace escribir así. Bien al contrario. Represento y representamos ejemplo andante de que cabe ser libres con hijos, dentro de un orden. De que se puede seguir trabajando bien, disfrutando de bastantes aficiones, viajando, hasta emborrachándose más de cuatro sábados, qué pasa. Ah, que tampoco se debe, se me olvidaba. Ni fumar. Vale, amigo, pégate un tiro. ¿Cómo? ¿Que prefieres tener otro par de hijos y cuidarlos con la mayor entrega, con saña, como si fueras masoca o aceptaras penitencia porque una vez lo pasaste bien y vino un cura laico y te dijo que era pecado? Bueno, tú mismo.

Viajo y viajamos, trabajamos duro y mucho, tengo tiempo para el blog, leo literatura abundante... Se puede. Se puede porque Elsa tiene una cuidadora cinco horas cada tarde, porque de vez en cuando se queda una semana con sus abuelos maternos, porque no es pretexto para ninguna obsesión de orden. No puedo culpar a Elsa de nada que no haga, de ninguna frustración o represión, y por eso la relación con ella es y será sana, por eso. No sería mérito todo esto ni merecería esta mención si no fuera porque resulta revolucionario en los tiempos actuales. Porque en los tiempos que corren ser padre equivale muchas veces a volverse imbécil y creerse mil y un milongas alienantes. Y a tener a güevo el pretexto para no hacer de ningún modo aquello que no se quiere hacer pero que se dice que se haría si no fuera uno un padre tan entregado. Cuántos hijos de hoy son hijos de la gran disculpa.

Mientras escribo esto Elsa juega a mi lado, pinta con unas ceras que le traje de mi viaje último y me hace comentarios ciertamente pertinentes con los que me troncho. Hemos comido juntos unos deliciosos macarrones con tomate, huevo y atún que preparé para ambos, y lenguado frito con aceite del bueno. Ahora nos vamos a ir a El Corte Inglés porque he leído que hay unas jornadas de la Toscana y tengo ganas de mercarme unos vinos italianos ricos, sin cortarme ni un pelo ni temer que Elsa se haga consumista, pues lo que quiero enseñarle es que el sentido a la vida lo da la sabia combinación de libertad y placer y que ella es también un placer mío y que con ella yo puedo ser libre igualmente. Eso sí, a costa de vivir a leches con el conservadurismo camuflado y con el otro, eso también ha de aprenderlo de un servidor.

Joer, pero a ver si la mi Pili acaba sus artículos, eso sí, que tengo yo pendientes un par de escritos y el plazo se me termina igualmente Y para que salgamos a cenar un día de estos y se nos ocurra alguna maldad interesante, más propia de solteros o de desaprensivos sin Dios ni manual de la perfecta familia laica pero igual de jodida.

9 comentarios:

Kevin dijo...

Cómo te lo montas, qué enrollado eres. Me muero de envidia: yo trabajo en una fábrica, tengo cuatro hijos porque mi mujer no puede tomar la píldora; no los soporto, ni a ella tampoco. Sólo espero morir sin dolor, lo antes posible.

Anónimo dijo...

Nunca, señor catedrático, se me había ocurrido pensar que el no tener servicio doméstico se debiera a prejuicios ideológicos, sino al mucho más banal motivo de que la mayor parte de los mortales no tenemos dinero para ello.

En realidad, y ahora que lo pienso, entre la gente con posibles que conozco (de lejos, que la nobleza no se mezcla así como así con la chusma) el número de los que se declaran "de izquierdas" (con "carnet" del PSOE o de IU, e incluso activos sindicalistas muchos de ellos) es notablemente mayor que el de los que reconocen el nefando pecado de ser "de derechas" (sólo dos chiflados se atreven a sacar así al aire sus vergüenzas). Ahora bien, me parece que no hay ninguna diferencia entre unos y otros a la hora de disfrutar del servicio doméstico. Yo incluso diría que los de "izquierdas" tienen mucho menos empacho en explotar vilmente a sus "empleadas de hogar" y ponerles condiciones leoninas: al fin y al cabo, como ellos son "de izquierdas" ya tienen de antemano la conciencia tranquila.

Pero, en fin, que el común de los mortales no tenemos más remedio que sacar adelante a los críos sin servicio doméstico, pero, créame, no es por escrúpulos morales, es sólo porque nuestros salarios no son como los de los catedráticos de universidad. Pasa como con los abuelos: ya nos gustaría a muchos tener abuelos con los que dejar a los niños siquiera una noche al mes..., pero los pobres abuelos o se han muerto ya, o viven muy lejos..., o están para que los cuiden a ellos.

No sabe, en fin, cuánto le envidio, y no sólo por los privilegios de que goza, sino también por esa firme convicción de que si la plebe no hace otro tanto es porque sus supersticiones (y no su cartera) se lo impiden. ¿Que no tiene pan? ¡Pues que coman 'croissants', caramba!

Y ahora que ya sabemos cómo cree usted que se debería proceder para arreglar el problema del tráfico aéreo, supongo que estará de acuerdo en que otro tanto cabría hacer para lograr de una vez por todas una universidad de calidad. Y no digo yo que la culpa sea de los catedráticos, naturalmente, igual que usted no decía ni insinuaba que la culpa fuera de los controladores aéreos.

(Antonia Tobajas)

Juan Pablo López dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan Pablo López dijo...

Estimado J.A.G.A,

Sigo su blog desde hace bastante tiempo y con unos artículos estoy más conforme que con otros. Por eso le sigo leyendo, porque no coincidimos al cien por cien en todo.

Vaya por delante que soy soltero y sin hijos, aunque aspiro a tener una familia, pros y contras incluidos. El otro día un compañero del curre me dijo que para celebrar su aniversario él y su mujer habían decidido irse a compartir el día con sus séis hijos y comer en el sitio donde a ellos les gusta y pasar la tarde jugando a los bolos. Les hacen ver que ese día es el que más hay que celebrar de todos los del año.

Yo sí que creo en la Familia, esta vez no comparto su criterio.

Un cordial saludo,
J.P.L.T.

P.D.: ¡Ah! Se me olvidaba, mis padres también, pros y contra incluidos, claro.

Anónimo dijo...

Yo le entiendo y entiendo bien lo que quiere decir. Y en muchos sentidos le doy la razón: a veces los hijos son excusas para no hacer muchas cosas que realmente no se quieren hacer. Seguramente los padres que usted conoce y que andan continuamente quejándose son de su entorno y podrían permitirse todo eso que dice usted y dejar de quejarse. Y dejar de criticarle a usted, si es que lo hacen. Pero hay otros que no pueden, muchos, muchísimos, y que no tienen a los socorridos abuelos que a lo mejor se quedan con el niño algo más de una semana de vez en cuándo... No sé cuánto cuestan cinco horas de servicio doméstico, cinco días a la semana durante un mes, pero por el bien del servicio doméstico espero que no menos de 5 euros la hora (y ya me parece bien poco). Eso hacen 500 euros al mes de servicio doméstico (si esa persona emplease otras 5 horas al mismo precio en otra casa, ganaría 1000 euros trabajando 10 horas diarias, y tendría que pagarse autónomos y demás...). 500 euros son muchos euros para muchísima gente. Si en vez de 500 euros son 300 al mes -imagino que ni de coña cobra 5 euros por hora-, pues también son dinero para mucha gente. Porque hay que sumarle otro tanto de guardería -las jornadas laborales normales no son de cinco horas... y a la criaturita habrá que dejarla en algún sitio-, y ya estamos en 600, y suma y sigue. Y créame: a los que hacen ese esfuerzo, a la mayoría, les queda muy poco para viajar, emborracharse, salir a cenar y demás. Pero que muy, muy poco. A la mayoría.

Francisco dijo...

Te felicito por la reflexión y te voy a aconsejar un vino italiano, de esos que sirven para "engañar" al contrario: SANGRE DI JUDAS, GIORGI. Antes lo tenia el Corte Ingles, ahora no lo sé pero se pregunta y de paso se va a Roma...
Fíjate que debajo del nombre ponga GIORGI, si pone otra cosa no es el mismo y no engañará igual. Un saludo y buen beber.

Anónimo dijo...

jajajaja,Amado.Te superas cada día. Te recomiendo un libro. "Tengo una pistola".No sé si lo habrás leido, es de un autor muy joven, Enrique Rubio. (Por lo de Generatriz)Yo aún no tengo familia, pero cuando la tenga; si es que me dejan de una puñetera vez hacer algo con mi vida. Haré como usted, intentaré no renunciar a mí misma. Aunque lo de meter extraños en casa, eso si que es para pensarselo, por mucha pasta que tengas y mucho que quieras conciliar. Yo es que como no he tenido más remedio que convivir con extraños... pero claro; es diferente.

Margarita dijo...

Estoy totalmente deacuerdo en su exposición, de hecho creo firmemente que los padre nos hemos convertido en una especie de animadores socioculturales, no podemos dejar que nuestros hijos se aburran, por eso la mayoría de ellos no saben gestionar su aburrimiento, gran problema, ya que la vida está llena de momentos aburridos, hasta el estudio es necesario que sea divertido y esto se fomenta desde la propia Administración.
Acabo de terminar mis segundos estudios universitarios, estudié en los 90 derecho y ahora he terminado Humanidades, la diferencia de enfoque de las clases es completamente distinto. ¿Cómo podemos formar a estudiosos o técnicos sólo pensando en su entretenimiento

Los padres no tenemos vida propia, no se nos permite tener nuestro propio espacio, pero tenemos que tener en cuenta que los hijos se van, y al final la pareja se encuentra sola, casi sin conocerse, no saben gestionar el tiempo que antes dedicaban a los hijos.

Anónimo dijo...

¡Oh JAGA! ¡grande eres en el Sinaí¡